domingo, 9 de agosto de 2009

De Avilés a Cádiz (7): La venganza de Neptuno

Contra un exceso de lirismo nada mejor un buen mareo. Partir ha sido siempre para mí un término euforizante y mágico. Ayer por la mañana salimos del puerto de Leixoes, junto a Oporto. Ahora comienza la verdadera travesía, tras el intento frustrado de Marín. El cielo está azul, dejamos atrás el geométrico puente colgante, decimos adiós, todos uniformados y formados, a los paseantes de ambas orillas que nos miran con curiosidad. Yo me siento como un Ulises que hubiera leído a Cavafis y supiera que lo importante no es llegar a Ítaca sino disfrutar de todas las sorpresas buenas y malas del camino.


El mar está un poco airado, el barco se convierte en una montaña rusa y el pasaje comienza a marearse. Yo voy de un lado a otro, haciendo fotos, contemplando el paisaje azul oscuro y blanco, solo en apariencia monótono, admirando a los delfines (golfinhos, dicen los portugueses) que nos acompañan por estribor, el lado soleado, y que de vez en cuando saltan de dos en dos, como en la imagen heráldica de algún grabado antiguo. Yo me muevo feliz, como un experimentado viajero. No sabía lo que me esperaba. No conocía el dicho marinero: “Golfines que mucho saltan / viento traen y calma espantan”.
Comemos en tres turnos. Esta vez mi turno abre la marcha. Me alegro, porque estoy hambriento. La comida es abundante, variada y siempre recién hecha, te toque un turno u otro. Javier, el cocinero, es un artista que hace maravillas en un espacio pequeño y casi siempre agitado.
Hoy hay, de primero, garbanzos con bacalao. No hago más que tragar el primer bocado y ya tengo que salir corriendo. No entraré en más detalles. Solo diré que el espectáculo se repitió tres veces. Otra a la cena, la última, la peor cuando me retiré al camarote, diminuto y en la proa. El mareo se me pasaba al aire libre, sentado en la cubierta frente a las olas negras. Se repetía, cuando intentaba comer. Por fin, mirando las olas, pude comer un poco de pan, que dicen que es bueno para la ocasión.
Alta la noche, tras atravesar el estrecho pasillo, me tiendo vestido en el camastro. Se está bien allí, el balanceo resulta arrullador. Creo que todo ha pasado. Me levanto para desvestirme y comienza la traca mayor del espectáculo. No tengo más remedio que dormir vestido. Logro, eso sí, quitarme los zapatos.
Pero hoy, sábado, el día ha amanecido azul, el mar calmo, yo como recién nacido. Limpio el baño, que anoche dejé perdido, me ducho y vuelvo a ser el rey del mundo.


Espero que el dios Océano se sienta tranquilo con la jugada de ayer y no intente de nuevo mostrarme quien manda en este velero por encima del capitán.
A la entrada del puente de mando hay un letrero, en inglés, que dice: “Los matrimonios efectuados por el capitán solo tendrán validez mientras dure la travesía”. No sé si alguien lo habrá aprovechado. En lo peor de esta noche pasada se me ocurrió un utilísimo invento (siempre tengo ocurrencias provechosas, si no para la humanidad entera, al menos para la parte de la humanidad que me toca más de cerca: yo mismo). ¿No podrían crearse los matrimonios de mareo? Quiero decir los que duran lo que dura el mal estado del alma y del cuerpo. Yo necesitaba allí cerca alguien que me sujetara la cabeza, me dijera que no pasaba nada, me ayudara a ponerme el pijama, me arreglara el embozo de la cama, me diera un beso en la frente y, lo más importante, limpiara prontamente lo que yo había ensuciado… Qué maravilla. Y luego, cuando pasara el mareo, cuando yo pudiera otra vez trotar a mi aire, si te he visto no me acuerdo: el matrimonio deja de ser válido.
Pero, en fin, los sueños sueños son. El caso es que me las he arreglado solo. Y aquí estoy otra vez, dispuesto a dejar testimonio gráfico de todas las peripecias del viaje: alumnos que ayudan en la cocina, que aprenden a hacer nudos, que junto a los marineros izan las velas… Entraremos en Lisboa con todo el velamen desplegado. Será una hermosa estampa y, al contrario que en Oporto, aquí atracaremos, como en Nápoles, en el mismísimo centro, muy cerca de la Praça do Comercio, con toda la ciudad puesta de puntillas sobre sus colinas para observarnos mejor, para recibirnos con la más esplendorosa de las sonrisas.


Ni siquiera en los peores momentos de ayer me arrepiento de haberme embarcado. Estoy rodeado de buenos maestros y yo, aunque a veces lo parezca, nunca he sido un mal discípulo. Ramón Alvargonzález, a poco de salir de Leixoes nos dio, en la cubierta superior, una charla sobre los cartógrafos portugueses de la corte de Felipe III, el Rey Planeta. Horacio Montes, que ha sido capitán de la marina civil, aprovecha cualquier momento para contar sus experiencias (una vez, regresando de América, y cuando le acompañaba su mujer, salvó milagrosamente el barco en una tormenta perfecta), para precisar el término adecuado, para informarnos de la dirección e intensidad del viento.
Ayer fue el cumpleaños de Inés, una de las alumnas. Yo no pude participar en la fiesta, tenía mi fiesta particular. Firmamos en la tarjeta de felicitación sus compañeros en esta experiencia tan “enriquecedura”. El término es mío.
Quien sube a este barco no es el mismo que baja, al contrario de lo que ocurre en un crucero. Participé en uno hace poco y puedo comparar.
Volveré cargado de tesoros que me durarán lo que el resto de la vida. Un viaje iniciático es una experiencia de muerte y resurrección. Muerte simbólica, resurrección real. Sin el día y la noche de ayer este viaje no sería lo que es.
Redacto estas líneas mientras debería estar ayudando a pelar las patatas para la comida. Pero aquí, además de profesor tutor, vengo como periodista y eso me da ciertos privilegios.
Después de comer, tempranito, desembarcaremos en Lisboa. Allí, tiempo libre hasta las dos de la noche (las tres, hora española). Podré acariciar todos mis lugares favoritos, dejarme acariciar por ellos (espero poder comprar libros en la FNAC del Chiado) y luego recorrer los locales de marcha nocturna en el Bairro Alto. Pero no sé si nuestro falso disfraz de bombero tendrá aquí tanto éxito como en Oporto.

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