domingo, 25 de enero de 2009

Para entregar en mano: Contar y callar

LA NUEVA ESPAÑA - 25.01.2009

Sábado, 17 de enero: Las cuentas claras

Me tranquilizan los números. Me dan seguridad en un mundo en que nada es seguro. Cuando hago la compra, en Los Prados o en el supermercado del campus del Milán, siempre voy sumando de memoria el precio de los productos. “Doce con veinte”, me dice la cajera, y yo le entrego la cantidad exacta que ya tengo preparada en la mano. Me divierte su sorpresa, soy así de infantil. Y por la noche, si el sueño tarda, hago cuentas.

Las personas a las que no les caigo bien, por ejemplo: exactamente, treinta y siete (dejo fuera los poetillas cuyos versos no he elogiado como ellos creían merecer).

La gente que me quiere: treinta y uno. Me sorprende que sean tantos, y vuelvo a contar. Son esos, ni uno más ni uno menos.

Las veces que he estado enamorado: doscientas cuatro. Es posible que doscientas tres, porque la última aún no la tengo clara. La primera, a los catorce años, lo que hace una media de menos de cinco al año (no me parece mucho). En bastantes de esas historias casi todo ocurrió solo dentro de mi cabeza.

Me gusta hacer cuentas de memoria. Me tranquiliza. Me enamoré doscientas tres o doscientas cuatro veces y fui correspondido cinco o seis veces. No me quejo. Soy afortunado. Esas ocasiones felices son las únicas de las que nunca contaré nada. En materia de amor, un caballero solo debe hacer literatura con sus fracasos.


Domingo, 18 de enero: Un poco de teología

“Tú, como Buñuel, eres ateo gracias a Dios. No crees en Dios, pero prácticamente no hablas de otra cosa”, me reprocha un amigo al que me encuentro en la Plaza del Ayuntamiento cuando sale de misa. “¿No te aterra pensar que pueda no haber nada, nada, después de la muerte?”

A mí, como a Ángel González, me aterra todo el dolor que puede haber, y sin duda hay, antes de la muerte; lo que haya después no me preocupa nada.


Lunes, 19 de enero: Carlos VII

Yo leo los libros de historia como otros leen las revistas del corazón. Más que las grandes causas me interesan los pequeños detalles. Antes de tomar café en el Rosal, paso por el Campillín en busca de lectura. Encuentro una obra del conde de Melgar, El noble fin de la escisión dinástica, en cuya portada aparece un retrato de don Juan de Borbón.

No me imaginaba que el carlismo podía resultar tan apasionante. Tengo buen olfato y el volumen no me defraudó. Comienza en Venecia, en el palacio de Loredán, donde reside don Carlos, el legendario Carlos VII. Murió en 1909, y el telegrama con que el gentilhombre de servicio don Eusebio de Zubizarreta comunicó la noticia no carece de absurdo humor involuntario: “Consecuencia disgustos ocasionados por falsas noticias sobre su salud, sobrevino Señor colapso cardíaco, falleciendo hoy cinco tarde con auxilios espirituales”. O sea, que se murió del enfado que le produjo que dijeran que estaba a punto de morirse. Aquel invierno lo había pasado en Nápoles, luego había regresado a Venecia y allí se le había visto melancólicamente asomado al balcón de su palacio sobre el Gran Canal. Para huir de los compromisos mundanos, decidió trasladarse a Varesse, en la orilla italiana del lago Maggiore. Con su mujer, doña María Berta, se instaló en las habitaciones del Gran Hotel Excelsior. Entre su servidumbre –nos informa el conde de Melgar— “no faltaba el negrito que años antes había apadrinado don Carlos en el Cairo y que llevaba siempre consigo, pues no le gustaba separarse de su compañía”.

Doña María Berta “era una mujer hermosa, sumamente elegante, y que sabía extremar la amabilidad con las personas a las que deseaba atraerse; mostró a su marido una sumisión amorosa y casi idolátrica, que a este le halagaba profundamente, pero que tuvo como consecuencia una completa entrega de la voluntad de don Carlos a las veleidades de su segunda mujer”. Maravilloso lenguaje diplomático: qué manera de llamar hipócrita, mandona y manipuladora a la reina consorte de aquel rey proscrito. La historia de su hijo y heredero, don Jaime, resulta apasionante. Oficial a las órdenes de Nicolás II, zar de todas las Rusias, “estuvo en el Turkestán, en las fronteras de la India, en Persia y en los Urales, hasta que al fin, la insurrección de los boxers, que amenaban la seguridad de los residentes en Pekín, le dio ocasión de tomar parte en la campaña que había de quedar en la historia con el nombre de guerra de las Legaciones”. En 1909, al ser proclamado rey, tenía treinta y nueve años. Estaba soltero, y soltero siguió a pesar de que era muy consciente de su obligación de dejar descendencia. “Por qué no se casó don Jaime” titula el conde de Melgar uno de los capítulos y comienza disculpándose por no tener más remedio que referirse a tan delicado tema. Hasta el papa, que le recibió en audiencia privada, le insistió en la urgente necesidad de contraer matrimonio, e incluso parece que encargó a un cardenal ciertas celestinescas gestiones. Pero no hubo manera.

A don Jaime, cuando aún era solo un príncipe aventurero, le detuvieron por recorren en automóvil los Campos Elíseos a la desmesurada velocidad de cuarenta quilómetros por hora. Tras la guerra de los boxers contrajo el tifus y fue evacuado a Nagasaki, donde pasó varios meses y se hizo muy amigo de Pierre Loti, quien se refiere a él con amorosa devoción en alguno de sus libros.


Martes, 20 de enero: Menáge à trois

Ayer estuve cenando con Rosa Navarro Durán, que ha venido a Asturias a promocionar sus adaptaciones de los clásicos. Fue una cena muy agradable, en la que hablamos de literatura, cotilleamos un poco y conspiramos algo. Rosa es inteligente y divertida, sin ella las reuniones del jurado de los premios Príncipe de Asturias –llevamos coincidiendo ya algunos años— resultarían más aburridas y bastante menos atinadas.

Soñé luego con esa cena, pero en ella había un comensal más. “Se ha empeñado en venir”, me dice la Rosa del sueño, “espero que no te moleste”. Y no, no me molestaba. En aquella charla a tres, el invitado sorpresa pregunta, yo responde, y Rosa asiente con su maravillosa sonrisa. Hablamos de la barbarie de Gaza, de la crisis, de la manera de mejorar las relaciones con Latinoamérica, de Chávez, de Rafael Correa… No le falta información, pero quiere saber qué haría yo en esos casos. En un momento dado, saca un pequeño cuaderno y toma notas. Compruebo que es zurdo.

Me despierto esta mañana sonriente y feliz. Por un instante confundo la cena real con la imaginaria. Qué decepción cuando me doy cuenta de que todo ha sido un sueño. Rosa no dijo su nombre cuando me pidió permiso para que nos acompañara el preocupado e inesperado comensal, pero no hacía falta. Lo reconocí de inmediato: era Barack Obama.

Este sueño no se lo puedo contar a nadie, ni siquiera a Rosa. ¡Cómo se iba a reír! Pocas veces mi megalomanía ha quedado tan clara. El siguiente paso sería creerme Napoleón, como Nicolás Sarkozy.


Miércoles, 21 de enero: Don Jaime

A don Jaime de Borbón, cuando le hablaban de que el tiempo pasaba y que el único heredero de la rama legítima, era su tío Alfonso, de ochenta y muchos años y también soltero, desviaba la conversación y evocaba sus aventuras en París o en la China en armas. Le gustaba evocar la entrada de las tropas en Pekín: “Fue un emocionante desfile triunfal. Los emperadores, que habían prestado ayuda a los revolucionarios, huyeron. Los boxers también escapaban y para hacerlo abrieron un hueco en la muralla de la ciudad amarilla. Los soldados manchúes de la guardia imperial habían desertado, dejando el suelo cubierto de armas. Abría el paso el general Linertch, al frente de las tropas rusas, que atravesaron el palacio y llegaron hasta el mismo trono. El saqueo duró ocho días y durante ellos desapareció un tesoro acumulado durante siglos. Algunos soldados se entretenían en utilizar como blanco las almenas del palacio imperial, compuestas de porcelanas preciosas. La vieja capital del Celeste Imperio, que aún conservaba el sello de los emperadores mogoles, sufrió todas las devastaciones… Paseando yo por los alrededores del Gran Teatro, observé que un puñado de cosacos asediaba a una de las actrices. Los dispersé a puntapiés. Era la mujer más frágil y más bella que un hombre pudiera imaginar”.

Ese encuentro, insinúa el conde de Melgar, pudo ser la razón de su tenaz rechazo al matrimonio, a pesar del deber de continuar la estirpe. Ninguna otra mujer podría compararse a aquella, tan etérea que no parecía de este mundo. Por entonces en China los papeles femeninos eran interpretados por hombres.


Jueves, 22 de enero: El paraíso

A Pascal le aterraba el silencio de los espacios infinitos; a mí me tranquiliza la inmensidad indiferente del universo. Hubo un tiempo en que la luna se alzaba majestuosa sobre el horizonte y no había nadie para admirarla; llegará un tiempo en que asome magnífica sobre la tierra desolada y no haya nadie para admirarla. Y seguirán rodando los siglos y habrá luna ni habrá tierra ni habrá siglos. Todo el dolor del mundo se habrá desvanecido para siempre. Todo será como si nada hubiera sido. Solo entonces Dios, si existe Dios y sabe distinguir el bien del mal, podrá dormir tranquilo y perdonarse a sí mi mismo el inmenso error de haber creado el universo, de haber manchado la deslumbrante hermosura del más perfecto paraíso, la nada.


Viernes, 23 de enero: Más cuentas claras

Me reprocha amargamente un amigo lo que escribí sobre Gaza. Anduvimos juntos por Jerusalén y Tel Aviv. Allí nos encontramos con Simón Peres, que entonces estaba en la oposición y nadie se imaginaba que acabaría como presidente de Israel, y charlamos brevemente junto al monumento al asesinado Isaac Rabin. “No imaginaba que te hubieras pasado al enemigo, que fueras amigo de terroristas”, me dijo. Y yo le repliqué, sabiendo que milita activamente en el Foro de Ermua: “¿Qué opinarías tú de una organización armada que en dos semanas asesinara más niños que guardias civiles ha asesinado Eta en cuarenta años?”, “Ni siquiera me imagino una organización así”, “Yo tampoco me la imaginaba, pero existe y para vergüenza de Israel y de los amamos a Israel se llama Gobierno de Israel”.

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