domingo, 15 de enero de 2012

Razón de más: Si no estoy en tu corazón

Sábado, 7 de enero
EL ARCA DE NOÉ

En mi visita a la exposición sobre Armenia, en el Museo Correr, me detuve un largo rato delante de los restos del Arca de Noé guardados en un primoroso relicario. Al darme la vuelta, para seguir el recorrido por la para mí tan exótica muestra, casi tropiezo con un joven que contemplaba aquellos fragmentos de madera con intensa atención. “Disculpe”, “No tiene importancia”.  Y luego, sonriente: “Parece que volvemos a encontrarnos”. Habíamos coincidido en la isla de San Lazzaro degli Armeni y charlamos un rato, en el vaporetto de regreso, a propósito de Lord Byron, del que había traducido algunos poemas. Seguimos viendo la exposición juntos. Me sugirió que comprara un libro de Marcello Flores, Il genocidio degli armeni, y luego fuimos a tomar un café al Palazzo Giustinian, frente a Santa Maria della Salute.


            “Mi abuelo fue uno de los supervivientes del genocidio. Cumplía cinco años el 24 de abril de 1915, exactamente el mismo día en que comenzó la gran catástrofe con el arresto de 2345 armenios, las figuras más destacadas de la comunidad. A ese descabezamiento, siguió la deportación de miles y miles de personas. No se les permitió vender sus bienes ni llevar nada consigo. La deportación era temporal, consecuencia de la guerra. Turquía luchaba junto con Alemania y a los armenios se les acusaba de simpatizar con los aliados, especialmente con los rusos. Pero inmediatamente se autorizó a los refugiados turcos a ocupar las casas dejadas por los armenios, a repartirse sus propiedades. No volverían nunca, morían de hambre, de frío, de las más diversas enfermedades en el traslado hacia el sur, o serían directamente exterminados por bandas de kurdos y turcos fanatizados por las autoridades contra los traidores cristianos. La familia de mi abuelo residía en Erzurum. Ahí los encargados de la deportación tuvieron menos paciencia. A pocos kilómetros de la población, los gendarmes que los custodiaban se adelantaron y junto a los kurdos comenzaron a disparar a mansalva. La multitud aterrada se dio la vuelta tratando de escapar, pero entonces se encontraron con los turcos de Erzinjan que les estaban siguiendo armados con fusiles. Les disparaban de un lado y otro, pero eran tantos que algunos consiguieron huir. Se les persiguió como a alimañas. Durante varios días hubo operaciones de rastreamiento. Muchos niños pequeños estaban todavía vivos y vagaban llorosos y aterrados entre los cadáveres de sus padres. Se dio orden de reunirlos y acabar con ellos. Recogieron a docenas y docenas, un lloroso rebaño, y los llevaron hasta la orilla del Éufrates. Allí los agarraban por los pies, golpeaban su cabeza contra las rocas y los arrojaban al río. Pero uno de aquellos niños le hizo gracia a uno de aquellos asesinos, cuya mujer no podía tener hijos, y decidió llevarlo a casa. Ese niño era mi abuelo. Un millón de compatriotas suyos no tuvieron la misma suerte. A los veinte años emigró a Argentina. Tenía talento para los negocios. Había olvidado por completo el trauma de su infancia, era un buen islamista, admiraba a Mustafá Kemal, Atatürk, el padre de los turcos, y durante un tiempo creyó ver en Juan Domingo Perón otro Atatürk. Se enamoró de una mujer de origen italiano y a Italia vinieron en el viaje de bodas. Visitaron Nápoles, Roma, Florencia, Venecia. Y en Venecia, debido a que mi abuela admiraba mucho a Byron, la isla donde se refugió, a comienzos del XVIII, el abad Mekhitar. Al atravesar el claustro, se cruzaron con un fraile, que los saludó en armenio. Mi abuelo le respondió en la misma lengua. El fraile le dijo: ¿Es usted armenio? Y mi abuelo iba a responder, orgulloso y retador: ¡Soy turco! Pero solo fue capaz de susurrar: Soy argentino. Se apoyó en el brazo de su mujer. “Vámonos de aquí, no sé lo que me pasa”. Aquella noche tuvo pesadillas: le golpeaban la cabeza contra una roca, le arrojaban al río. Todo eran gritos a su alrededor y cadáveres putrefactos. De regreso a Buenos Aires visitó a un psicoanalista, el mismo que atendía a Borges. Poco a poco fue recuperando su primera infancia y con ella la lengua materna. Se preocupó de que sus hijos aprendieran armenio, y sus nietos también, aunque yo lo hablo bastante mal. Mi abuelo, Daniel Melkounian, murió en 1992, poco después de la independencia de la República de Armenia, en la antigua Unión Soviética.”


Domingo, 8 de enero
CON BRUNETTI

Camino al azar, según costumbre, y tras detenerme un momento en la iglesia de los griegos, la del inclinado campanile blanco, me encuentro de pronto en un lugar que me resulta familiar y en el que, sin embargo, no creo haber estado nunca. A uno de los lados, un edificio oficial con banderas; al otro, un jardín que se asoma al borde del canal. Miro el nombre: Fondamenta di San Lorenzo, y de pronto caigo en la cuenta. ¡Esta es la questura, la comisaría de policía, aquí está el despacho de Brunetti! Sonrío. Siempre la realidad entremezclándose con la ficción. Quizá la realidad no es verdaderamente realidad hasta que no la ha soñado alguien.
Recuerdo que en una de las novelas de Donna Leon, Veneno de cristal creo que se titula, Brunetti se asoma a la ventana para saludar a la primavera, que tenía enfrente, al otro lado del canal, en un jardín descuidado que de pronto se había llenado de minúsculas florecillas blancas y de otras –amarillas y azules— cuyo nombre no recordaba y que se entreabrían a ras del suelo.
            Leo las novelas de Brunetti, cuando no estoy en esta ciudad, como un pretexto para pasear por ella. Me gusta seguir los pasos del comisario en el plano, localizar exactamente el escenario de los crímenes.
Compro Il Gazzettino en el primer quiosco que encuentro. “Ero seduto e mi ha accoltellato”, declara Claudio del Monaco, hijo de Mario del Monaco, el famoso tenor, al recobrar la consciencia en el hospital. Estaba sentado en su sillón y, de pronto, su mujer —una cantante alemana, Daniela Werner, treinta años más joven—, con la que había tenido una pequeña discusión, comenzó a acuchillarle.
“La tragedia de Jesolo” (Jesolo está en terra ferma, cerca del aeropuerto, al borde de la laguna), leo en otra página: “Travolta vola in canale e muere”. Parece solo un trágico accidente: una mujer sale de su casa para visitar a unos vecinos y de pronto un automóvil la embiste y la arroja al canal. Pero esa mujer era una adivina y había predicho, exactamente para ese día, su propia muerte.
            Cierro el periódico y comienzo a urdir la trama que llevará a la resolución del enigma. Las novelas que yo prefiero son las novelas imaginarias, las que se hacen y deshacen en mi cabeza. También mi vida es casi por entero imaginaria. En la realidad solo busco pretextos para hacer verosímiles los sueños. Las mejores cosas que me han pasado no me han pasado nunca.


Lunes, 9 de enero
DE UN EVANGELIO APÓCRIFO

El Dios de las víctimas y el de los asesinos es el mismo Dios, y no toma partido.

Martes, 10 de enero
EN LA FENICE

Fantasear novelas que no existen, representar obras de teatro en mi imaginación: sigo conservando las aficiones de la inerme adolescencia. Sentado en el suntuoso palco real de La Fenice, contemplo como los obreros desmontan el patio de butacas para adecuarlo a la representación de Lou Salomé, la ópera de Giuseppe Sinopoli –el psiquiatra y director de orquesta muerto hace diez años, cuando dirigía Aida que se estrena el próximo día 21. Parece que no se va a utilizar el escenario, las butacas se están colocando a ambos lados, en semicírculo, y en el centro hay ya una especie de árbol y a su alrededor, envueltos en plástico, otros elementos escenográficos. Gritos, barullos, órdenes y contraórdenes. De pronto los palcos del teatro se llenan de elegantes espectadores y comienza a sonar la música. El argumento de la ópera es el montaje de una ópera. Me divierto tarareando arias que solo existen en mi cabeza. E inventando una trama en la que el tenor es un líder sindical y la soprano la representante de la empresa. Al final, claro, se declara la huelga y todos los operarios abandonan la sala, con las butacas a medio colocar y los árboles de atrezzo tirados por el suelo, mientras cantan “La internacional” y un público de banqueros y grandes empresarios les aplaude entusiasta.
            En el palco real de La Fenice (un añadido de Napoleón a la igualitaria estructura de la sala), envuelto en oros y espejos, cierro un momento los ojos y oigo el grito de “Viva el rey de Italia” mientras arrojan panfletos clandestinos sobre el patio de butacas, lleno de oficiales austriacos. Es el comienzo de Senso, la película de Visconti. La historia de amor y venganza que allí se cuenta la he vivido yo y todavía me llena de autocompasión y humillante vergüenza.


Miércoles, 11 de enero
PARTES DE UNA HISTORIA

Cuando volviste, me devolviste toda mi soledad.
¡Tantas palabras, tantas! Y yo solo recuerdo las que nunca te dije.
La gran luna redonda en lo alto del cielo. Tú sonríes a mi lado, pero mucho más lejos.


Jueves, 12 de enero
EL AMIGO IMAGINARIO

Después de aquella primera charla en el café del Palazzo Giustinian, Daniel y yo
nos perdimos varias veces caminando por las callejuelas de Venecia hablando de Byron, de Borges y del problema armenio. En un muro encontramos escrito con letras rojas: “La patria sará quando tutti saremo stranieri”.


            —Los armenios fueron masacrados porque su nacionalismo chocó con el nacionalismo turco, pero esos nacionalismos no existieron siempre: fueron un invento del siglo XIX. La mitad de los crímenes de nuestro tiempo se deben al nacionalismo, y la mayoría de los mayores crímenes de cualquier tiempo a la religión.
            —Y la otra mitad, a los antinacionalistas y a los enemigos de la religión. A mí, que no creo en ningún Dios, me asombra el poder de las mentiras, de los sueños, de la fantasía de los hombres. Recuerda los venerados fragmentos del Arca de Noé en la exposición del Correr. Podrán ser falsos, pero el Arca de Noé del cristianismo permitió salvarse a los armenios del diluvio del Islam, permanecer como pueblo y como cultura. La historia de cualquier nación, como cualquier religión, está llena de mitos y patrañas. Comienza como un cuento de unos pocos alucinados. Pero sobre ese cuento se construye una hermosa, heroica, conmovedora verdad.
—O todo lo contrario.
            —Yo no creo en Dios, pero me cae bien. Es el amigo imaginario que la humanidad ha inventado para sentirse menos sola.

Viernes, 13 de enero
UNA INSCRIPCIÒN

A la entrada del cementerio de San Michele: “Si no estoy en tu corazón, no estoy en ninguna parte”.


2 comentarios:

  1. A mí me ocurre lo mismo: Dios me cae bien. Pero tiene algunos amigos (o que dicen serlo) que ya, ya...

    ResponderEliminar
  2. Definitivamente gatoflauta ha vuelto a ingresar en la Marina.

    ResponderEliminar