domingo, 25 de julio de 2010

Las veladas del jardín: Little Odessa

“Se está bien aquí, demasiado bien”, dijo Ana. “Me da un poco de miedo tanta tranquila felicidad. Creo que somos como esos niños de los cuentos que llegan a una casita de chocolate y allí se ponen cada vez más gordos ante la atenta mirada de la bruja, que espera el momento adecuado para devorarlos”.


“Yo no me decidía a venir”, dijo Marcos. “Me cuesta salir de casa. Me parece imposible que Martín me convenciera para andar dando tumbos por carreteras perdidas hasta llegar al pazo. Ahora me siento como en una de esas novelas de P. G. Wodehouse con muchos disparates y ninguna desdicha. La primera noche, en mi habitación, estaba pensando en lo a gusto que me fumaría un cigarrillo, pero no sabía si estaría bien fumar dentro de la casa. Y entonces llamaron suavemente a la puerta y entró Lucas con un cenicero. Con dos, mejor dicho. Uno lo dejó en la mesita del centro y el otro, tras abrir la gran cristalera, en la mesa de la terraza, una terraza inmensa sobre el mar y el bosque y toda coronada de estrellas. Pensé en Jeeves, el mayordomo de las novelas de Wodehouse, que parece saber, mediante una especie de telepatía, el momento justo en que necesita algo su señor, que entra con una taza de té en el dormitorio dos minutos justos después de que se despierte, y la reconfortante bebida está siempre en su punto: ni demasiado caliente, ni demasiado floja ni demasiado fuerte, no tiene demasiada leche y ni una sola gota se ha derramado sobre el platito”.
“Dickens decía que pocos lugares había a los que les fuera tan grato regresar, cuando estaba de mal humor, como aquellos en los que nunca había estado. A mí, cuando vuelva a la vida verdadera, a ningún lugar me resultará tan agradable volver como a esta casona y a estos jardines. Me parecen tan fuera del mundo que temo que, como en los sueños, si salgo de ellos, aunque solo sea para darme un paseo por la aldea cercana, no seré capaz de encontrar el camino de regreso”.
“Yo el viernes pasado fui hasta Gijón, a leer poemas en la Semana Negra, y he vuelto sin ninguna dificultad. Estuve en la primera, allá por 1988, el año del centenario de Pessoa, y algo escribí en A quemarropa sobre Pessoa y la novela criminal; también sobre Aleister Crowley, nuestro presunto anfitrión. A ver si algún día le da por hablarnos de su relación con el poeta. Leía poemas a la una de la madrugada, una hora en la que no suelo estar despierto. Todo aquel bullicio, aquella surrealista mezcla de libros y fritanga, de luces estridentes y playa oscura y silenciosa, presididos por la inmensa noria, me recordó de pronto a Coney Island, al Coney Island de los años cuarenta, de las películas en blanco y negro, con sus marineros que tiran al blanco y las rubias oxigenadas que se les abrazan a la cintura, y también al Coney Island actual de las películas de James Gray. Cuando yo pasé por allí era un lugar solitario y apacible, con el parque de atracciones cerrado, y los largos paseos de madera sobre la playa recorridos solo por algún calmo jubilado. Yo me senté en un banco a mirar el agua, a no pensar en nada, como un personaje de Hopper. Y entonces me sobresaltaron dos secos estampidos. Me volví. El jubilado de cabello blanco que hace un instante paseaba tranquilo estaba tumbado en el suelo y junto a él se formaba un charco de sangre. Un hombre joven se alejaba sin prisa. Se volvió un momento para mirarme y yo me asusté, pero él continuó su camino como si nada hubiera tenido que ver con lo que había pasado, y quizá nada había tenido que ver. Aquel barrio, recordé entonces, es Brighton Beach, la Pequeña Odessa de las películas de James Gray, una zona dominada por la mafia rusa. La noticia del crimen apareció al día siguiente en los periódicos, y también la indicación de que la policía buscaba a un posible testigo. Quizá fuera yo, no lo sé. Afortunadamente regresé poco después a España. Durante un tiempo tuve pesadillas. Imaginé que el asesino me buscaba. Tengo mala memoria para los rostros, pero el suyo se me quedó grabado, podría señalarlo perfectamente en una rueda de reconocimiento, podría trazar un retrato robot. Y la madrugada del sábado, tras la lectura de poemas (tuve que hacer un gran esfuerzo para no dormirme), mientras me acerco un momento hasta la playa del Arbeyal, desde un local donde suena música latina a todo volumen, alguien me mira sorprendido y yo le miro y de pronto me pongo a temblar: es él, no me cabe la menor duda. Abandono la idea del paseo, vuelvo a donde está mi amigo Ángel, que ha tenido la amabilidad de traerme en su coche, y le pido que volvamos de inmediato a Oviedo. Me despierto mucho mejor, riéndome un poco de mis melodramáticos temores de aficionado a las películas de la serie B. Pero antes de volver al pazo en Avilés me encuentro con un amigo periodista, Saúl, que me cuenta los pormenores del crimen que tuvo lugar hace unas semanas en la avenida de Lugo. No sé si lo recordáis. El hijo del dueño de la mayoría de los prostíbulos de la zona fue, con su guardaespaldas, a un prostíbulo de la competencia, parece que a amenazar para que cerraran. El caso es que el dueño no estaba en el local en ese momento. Le llamó el portero. Llegó en un coche y, sin mediar palabra, remató por la espalda a los dos que le buscaban. Se defendió diciendo que estaba amenazado, que le habían dado varias palizas. Ahora teme, menos por su familia, que por su mujer y sus hijos, que viven en el barrio de La Luz, una de esas ciudades dormitorios creadas para alojar a los emigrantes en los años sesenta. Yo recuerdo la expectación con que se sortearon esas viviendas y la alegría de aquellos a los que les tocó una de ellas. Mi familia, vivíamos de mala manera en Valliniello, no tuvo suerte. Entonces parecían un lugar privilegiado, con los altos edificios escalonados sobre una soleada colina. Ahora forma parte de nuestra Little Odessa. ¿Sabes? –me dijo Saúl— voy a escribir una novela negra con toda esta historia. En el funeral estuve a punto de entrevistar al padre del asesinado, que controla todo el negocio de putas y drogas de la zona. La mayoría de las putas vienen del Este y bastantes son menores. Las tratan muy mal, paliza va paliza viene para que no protesten y no vayan a la policía. El suegro del asesino parece que era portero en uno de los locales de ese tipo. Trataba bien a las chicas y por eso muchas se fueron con él cuando decidió abrir un local. Eso no se podía permitir, y comenzaron las amenazas que culminaron en el crimen. El primero de una serie ya lo verás. Yo me acerqué al gran capo, que parece un tío normal, para hacerle unas preguntas, pero dos matones me cortaron el paso y me empujaron fuera del tanatorio: Respete el duelo, dijeron. Parece que alguno de los pistoleros que le acompañan viene de América, que los mandan aquí cuando allá están muy vistos, añadió Saúl. Y yo entonces pensé en aquel rostro hosco, mal afeitado, de un cierto atractivo canalla, que me había mirado una apacible mañana de domingo en las playas de Coney Island y a quien había creído reconocer en el bullicio —libros y fritanga— de la Semana Negra”.


“No sé”, dijo Marcos, “no sé si creerte. Ves demasiadas películas. Aunque quizá todos hemos sido testigos de un crimen, no sabemos cuál, quizá el hecho de haber nacido, y hay un matón que nos persigue, pero no viene de Rusia ni de América, sino de dentro de nosotros mismos, de las cloacas donde se pudren las ilusiones y los sueños”.
“¿A qué hablar de esas cosas en una noche tan hermosa? –concluyó Ana—.Yo creo que lo mejor es cerrar los ojos, dejarse acariciar por la brisa, escuchar una intrigante historia o una melancólica canción, pasear junto a los macizos de camelias y pensar que el mundo –al menos en este lugar y en este momento— está bien hecho”.

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