viernes, 18 de septiembre de 2009

Notas venecianas (2): Tres islas


Pisar por primera vez tres islas en un solo día no ocurre todos los días. Mientras la multitud se aglomera a lo largo del Gran Canal para contemplar la regata histórica, yo me dedico a explorar la laguna. La línea 13 del vaporetto me lleva hasta Sant’Erasmo. Qué extraño este lugar, con sus viñas, sus senderos de tierra, sus casas de labor. Camino sin encontrar a nadie, escuchando el canto de los pájaros, el cacareo de distantes gallinas. Apenas media hora, ¿y dónde quedan canales y callejuelas? Miro con atención y allá lejos, sobre las copas de los árboles, adivino cúpulas y campaniles.
La naturaleza me entretiene durante los primeros quince minutos; luego, en el aire demasiado puro, parece que me falta el aire. Vuelvo a la parada del vaporetto: hasta dentro de una hora no habrá otro. ¡Una hora en la soledad de Sant’Erasmo! No me creo capaz de resistirlo. Pero me acomodo al borde del canal, miro a lo lejos el faro de Murano, respondo al saludo de las lanchas que pasan y dejo que el tiempo se siente a mi lado y me acaricie.


Qué distinta San Servolo, una isla con puerta de entrada, recónditos jardines y ventanas abiertas en los muros de ladrillo al centelleo de la laguna. Hay una Escuela de Bellas Artes, de vez en cuando se entrevé algún grupo juvenil. Cómo me gustaría quedarme con ellos a estudiar la magia de Tiziano o Tintoretto. De pronto, sentada sobre la yerba, una anciana afligida oculta el rostro tras un velo negro. Me acerco temeroso, pero es parte de la dispersa Biennale que alcanza a todos los rincones de la ciudad. Aquí el artista ha acertado conmovedoramente. Este lugar paradisíaco fue antes un centro de psiquiátrica tortura, el manicomio más hermoso del mundo. Está que se nos lo recuerde.
El vaporetto que se aleja de la isla de los locos se detiene de pronto en San Lazaro. Siempre había deseado visitar el lugar en que Byron, que llegaba nadando desde el Lido, se dedicaba a estudiar armenio. Baja una joven y, sin pensarlo, desciendo tras ella. Camina rápidamente y antes de que me dé cuenta ha desaparecido. Vuelvo a estar solo, como en Sant’Erasmo, pero aquí un cartel advierte que es una isla privada, que no están permitidas las visitas. ¿Qué hacer? El vaporetto se ha alejado, no puedo emular a Byron y arrojarme al agua.


Una estatua de Mekhitar, el primer prior de la congregación de monjes armenios que en esta isla se refugiaron de la persecución turca, abre acogedoramente sus brazos de bronce. Me dan ganas de preguntarle si no aceptaría un monje más.
Paseo lentamente entre olivos y cipreses, me siento en una especie de torreón que avanza sobre la laguna. A la cabeza me vienen unos versos en que Byron le habla a su último amor: “Entre las olas, cuando todo / era tormenta y miedo, / mi cuerpo te ofrecí como coraza, / mi corazón como refugio”. Qué poco se imaginaba el fantasioso lord inglés que la Grecia oprimida agradecería sus esfuerzos con el desdén, la reiterada humillación, la muerte sin gloria.
En una mañana el generoso azar me ha llevado por tres veces hasta el paraíso, pero de sobra sé que el paraíso acostumbra a cambiar de lugar sin que nosotros cambiemos de sitio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario