domingo, 26 de julio de 2009

Esbozos y fantasmagorías

Henri de Régnier (1864-1936) es un escritor de otro tiempo que, como tantos, no ha sobrevivido a su tiempo. Quiso ser original, refinado, preciosista, y ya antes de su muerte –con el cambio de estética que siguió a la primera guerra mundial— pareció rebuscado y amanerado. Quincallería simbolista resultan hoy sus versos y sus novelas, ilegibles cuando no risibles. Pero Henri de Régnier, como tantos estetas del fin de siglo, como tantos autores de antes y después, fue un enamorado de Venecia y a ese amor le debemos un puñado de páginas que se siguen leyendo con gusto.


Detrás del palacio Darío, en los muros del jardín que dan sobre el Campiello Barbaro, una placa reproduce unos versos que hablan de Venecia, “sinuosa y delicada”, y nos recuerda que allí “Henri de Régnier / poeta de Francia / venecianamente vivió y escribió”.
En ese palacio, cuya colorista fachada de mármol da sobre el Gran Canal, descubrió la “altana”, terraza de madera que se alza sobre los tejados de la ciudad, y que le sirvió para titular el mejor de sus libros, uno de los más fascinantes que se hayan dedicado a Venecia: L’altana ou la vie vénitienne, de 1928. Una noche en que no podía dormir decidió aventurarse por una empinada escalera. No tarda en encontrarse con una plataforma de madera sobre el techo. Desde allí contempla un ángulo centelleante del Gran Canal, los tejados y las chimeneas con turbante, la cúpula de una iglesia, “todo ello bañado de la luz de una luna esplendente, envuelto en un silencio profundo, en el cual percibo a veces, lejano y como sordamente rimado, un susurro que es una presencia y que solo más tarde sabré que es el murmullo del mar en las playas del Lido”. Desde entonces, esas terrazas sobrepuestas a los tejados y que permiten a los venecianos tomar el sol y respirar el libre aire marino, por encima de las estrechas calles, se convierten para él en símbolo de la ciudad.


El libro mayor de Henri de Réigner sigue inédito en español. Con el título común de Venecia (Cabaret Voltaire) se reúnes, traducidas por Juan José Delgado Gelabert, otras dos obras suyas: Cuentos venecianos, de 1927, y Esbozos venecianos, de 1906. De los primeros sobra casi todo lo que tienen de cuentos, los caducos elementos de fantasía. ¿Importa algo la manida historia fantasmagórica –nada que ver con Henry James— de “El aparecido”? No, puesto que resulta cansinamente previsible. Pero qué fascinante nos parece todo lo que tiene que ver con el palacio Altinengo, su descubrimiento en un lugar apartado, sus laberínticos recovecos, su salón fastuoso decorado con estucos. Sabemos que esas páginas son autobiográficas, que ese palacio Altinengo no es otro que el Palazzo Vendramin ai Carmini, en el que residió un tiempo y al que en L’altana dedica un minuciosamente viscontiano capítulo que no necesita ningún elemento de ficción para resultar apasionante.


El misterio de Venecia no precisa de las fantasías dieciochescas en que gusta de incurrir Henri de Régnier. Para que se nos manifieste basta con “la marcha furtiva de un transeúnte, el deslizamiento de una góndola, el ruido de un tacón sobre el pavimento, el goteo de un remo en el agua, una voz, un canto, el silencio, las ventanas todavía iluminadas de las fachadas oscuras…”
De esos elementos se nos habla en los Esbozos venecianos, donde escuchamos, resonando cada día en el aire marino, las campanas de Venecia, “campanas de San Marcos y la Salute, campanas de los Frari y San Giovanni e Paolo, campanas de los Gesuati y San Sebastiano, y vosotras, campanas de San Giorgio Maggiore y la Giudecca, campanas de las islas de la laguna”; o paseamos por las Zattere, desde la punta de la Dogana hasta la Calle del Vento, “ante el ancho canal, enfrente de la Giudecca con las tres iglesias y los jardines de salvias y cipreses”.


Valen estos dos libros ahora reunidos en un volumen como anticipo del sugerente volumen autobiográfico en que Régnier rememora sus visitas a Venecia entre 1899 y 1924. Uno de sus capítulos se titula “Sous le chinois” y en él recuerda la tertulia literaria que tuvo durante muchos años en el Florian. El protagonista de “El aparecido” tiene sus mismos gustos, sus mismas costumbres, y a veces se olvida de que es un personaje de ficción y se limita a describirnos, sin pretensiones poéticas, los lugares amados de la ciudad, como cuando nos habla del Florian y de sus paredes “adornadas de espejos y pinturas al fresco protegidas con cristal para preservarlas del humo y la degradación. Estos frescos representan figuras vestidas con atuendos de diferentes pueblos. Dos de estas figuras, entre otras, me divertían: un turco con turbante y un chino con su trenza. Era debajo del chino donde con mucho gusto tomaba asiento sobre una banqueta de terciopelo rojo, ante una de esas mesas redondas de mármol cuyo tablero gira sobre el único pie que las sostiene”. O cuando se refiere al Campo de Santa Margherita, circundado de pobres casas y pequeñas tiendas de ultramarinos y fruterías, con su vaivén ruidoso, las bandadas de niños andrajosos y sus cabriolas, las mujeres con largos chales que lo cruzan y los vendedores de polenta al aire libre.
La ciudad de Venecia es en sí misma un género literario. Que no envejece, que no pasa de moda, al contrario que las fantasmagorías decadentes y las bisuterías estilísticas de Henri de Régnier.

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