domingo, 31 de mayo de 2009

Para entregar en mano: Todavía aprendo

Jueves, 21 de mayo
VIAJE EN AUTOBÚS

Andaba yo preocupado por las ocho horas del viaje a Cáceres y de pronto se me ocurrió pensar que, en realidad, eran ocho horas para despreocuparme de todo, mirar el mundo, escuchar música, estar conmigo. Y así ha sido. En Zamora, nos detuvimos media hora. Caminé al azar, recordando un verso de Unamuno: “soñadero feliz de mi costumbre”. Alcé la cabeza y estaba precisamente en la calle Miguel de Unamuno, bordeando un inmenso edificio que parecía un colegio. Llegué al final y me sorprendió la fachada escurialense de la Universidad Laboral, otra muestra de la pretenciosa arquitectura franquista. Pero tenía su gracia y el cielo era de un azul prodigioso y se adivinaba un patio ajardinado con cedros y cipreses y entraban y salían grupos de alumnos. Sonaron entonces las doce en el reloj, como en el poema de Guillén, y todo me pareció completo para un dios.


A Cáceres llegué a las tres y media y, sin siquiera pasar por el hotel, me senté a la mesa donde se comía y se discutía el premio de novela. En la charla posterior, hablé de mi última obsesión. Acabo de leer en un artículo que el máximo de inteligencia se da a los 22 años y que a partir de los 27 comienza a decaer, pero que es posible seguir aprendiendo hasta los sesenta. O sea, que solo me queda un año. Gregorio Torres Nebrera y Soledad Puértolas, que ya han cumplido esa edad, no están de acuerdo. Yo sí, a juzgar por lo que veo.
Como soy un optimista incorregible, antes de dormirme le di la vuelta a la cuestión. No es que me quede solo un año para aprender, es que todavía me queda un año. ¡Cuántas ciudades, amores, libros, maravillas caben en las 8760 horas de un año!


Viernes, 22 de mayo
DOS MAESTROS

El azar me regala tres horas en Ginebra. No estaban previstas. Debíamos partir de inmediato para Berna, pero uno de los componentes del grupo ha perdido el vuelo y llega en el avión siguiente. Alquilamos una furgoneta, Flavio se pone al volante y allá vamos sin plano y sin guía, dejándonos llevar solo por el instinto. Que no nos falla. Aparcamos a la primera, atravesamos una plaza ajardinada y nos sorprende el azul del lago, con su alto surtidor. Cruzamos el puente, ante el que nadan unas oscuras aves. “Son fochas cornudas”, me dice Milio.


Yo siento esa especial embriaguez de llegar a una ciudad que me es familiar y en la que no he estado nunca. Contemplo la isla de Rousseau, paseo a lo largo del Ródano, le doy la vuelta a una iglesia con pinta de estación (tiene un gran reloj en la fachada) y me sorprende un mercadillo de libros viejos. En un montón a dos francos (un euro y medio) me aguarda una primera edición de Les vrilles de la vigne, Los zarzillos de la vid, de mi querida Colette. Lo abro y canta un ruiseñor, cae la nieve, ronronea una gata, en un cafetín del puerto los pescadores esperan para volver a salir a la ola que sube y que ya cosquillea la quilla de los barcos, derrumbados de lado en la arena, bajo el muelle…
Con Colette, mi maestra de mirar, gustar y gozar, nos perdemos en el apacible bullicio de las calles, nos sentamos luego en una terraza frente al agua. Un gorrión se posa en la mesa. “Es un macho”, dice Milio. “Ese otro que revolotea ahí arriba, en cambio, es una hembra”. Todos sonreímos. “¿Cómo lo sabes?”, “Es muy fácil, los machos llevan una especie de babero blanco”.
Volvemos al aeropuerto, recogemos a quien faltaba, nos metemos en la furgoneta y allá vamos camino de Berna. Yo pienso en Colette y en sus giras de un teatrillo a otro. También nosotros somos una pequeña troupe circense que lleva su espectáculo por esos mundos. Milio le va poniendo subtítulos al paisaje: sabe el nombre de árboles y cultivos, distingue el canto de cualquier ave. Yo no me pierdo ninguna de sus palabras. Es el último año que tengo para aprender. Comienzo a rellenar lagunas. El azar –siempre generoso conmigo- me ha puesto al lado un buen maestro. No pienso desperdiciar ni una palabra: los trigales verdes, las flores pequeñas de la colza, las blancas acacias…


Sábado, 23 de mayo
JARDÍN DE ROSAS

La vieja Berna, amorosamente rodeada por el río, tiene forma de corazón, o quizá de fresa o cereza con el peciolo en la cornisa acristalada de la estación. Me levanto muy temprano, como siempre hago en las ciudades desconocidas, y comienzo a acariciarla a la vez que la luz de primavera. Delante del aparatoso Palacio Federal está el mercado, a esta hora sin más gente que los vendedores. Los quesos, las flores, las legumbres, los tarros de mermelada, las olorosas especias, todo está dispuesto como en una joyería. Me siento un rey que pasa revista a sus más preciadas posesiones, o quizá Adán en el primer día del Paraíso.
Todo es regalo en esta ciudad de fuentes y soportales, de tejados puntiagudos, de muros y contramuros hechos para resistir el áspero invierno. Sobre la blanca fachada de una biblioteca crece el más hermoso rosal que haya visto nunca; cerca hay una plaza con tilos y con tejos y unas escaleras de madera que descienden hacia el verdor del río. Si lo cruzamos y ascendemos a la meseta del Jardín de Rosas, la ciudad se agrupa en torno a la catedral, bien ordenado el caserío por el mejor escenógrafo. Nada desentona. Todo está en su sitio. Tanta belleza quita la respiración.


“Demasiado bonito”, dice alguien. Cualquier rincón de Suiza parece siempre recién salido de la peluquería; no hay ni un matorral fuera de sitio. Yo también siento que estoy en mi sitio. Me llego hasta la catedral con su pórtico brillantemente coloreado, contemplo la hoz del río, que me trae un eco de los buenos días de Cuenca, y luego voy a tomarme un café al Starbucks del mercado. En la terraza del primer piso, sobre los tenderetes, frente a la copa de los árboles, abro el cuaderno, escribo unas líneas (“No tienes nada / salvo aquello que amas / y el universo”) y añado Berna a mi lista de sucursales del paraíso.


Domingo, 24 de mayo
DEBAJO DEL PUENTE

A las tres termina para mí el espectáculo político-circense del Centro Asturiano. Es la hora más calurosa del día y el día más caluroso del año, pero aquí estoy yo, subiendo y bajando cuestas, escaleras, atravesando puentes, yendo desde la orilla del lago hasta la penumbra de la catedral, tratando de entender la rara morfología de esta Lausanne casi vacía, aplastada por el calor. Sin planos ni guías, intento hacerme una idea del lugar como quien resuelve un jeroglífico. Poco a poco me voy aclarando. En el origen había un villorrio encaramado sobre una colina y bastantes metros más abajo, junto al agua, un pueblo de pescadores que luego se convirtió en un lugar de veraneo y fue creciendo con hoteles modernistas y casas ajardinadas. La ciudad medieval descendía a su vez de la colina y el punto de encuentro está en la estación, a mitad de la ladera.
Pero no tardo en comprender que no hay una colina, sino varias separadas por ríos que ya no existen; de ahí los costurones y las calles hundidas. Ginebra es llana y clara, como una ciudad mediterránea que se hubiera ido de excursión Ródano arriba; Lausanne, toda escaleras, ascensores y puentes, tiene otro misterio, guarda un secreto.
Desde la plaza de la catedral, contemplo los tejados y las torres, el lago deslumbrante, las montañas que casi se desvanecen en la luz. No hay nadie en esta plazoleta arbolada, solo se oye el bisbiseo de una fuente. Entro en la catedral, despojada y gris, adornada solo por las coloristas vidrieras. Le rezo a un dios desconocido.


A las tres no conocía nada de la ciudad; unas horas después, me ofrezco con irresponsable desparpajo no solo a servir de guía, sino también a mostrar al resto del grupo esos lugares curiosos que no aparecen en las guías. Por ejemplo, la cafería al aire libre que se esconde bajo uno de los arcos del puente Bessières. Allí nos sentamos, y al grato frescor de la anochecida, hablamos del arte de contar, de las borrosas fronteras entre realidad y ficción.


Lunes, 25 de mayo
OXNER

En la Tribune de Genève leo el siguiente titular: “Oxner, la minette miraculée, a ouvert les yeux”. El subtítulo explica: “El gatito salvado de la basura en Plainpalais descubre el mundo”. Y al lado una fotografía del diminuto animal –cabe en un puño— bebiendo del biberón. ¿Cómo no amar un país en el que es noticia destacada que un gato recién nacido, encontrado medio muerto, abra por fin los ojos?



Martes, 26 de mayo
AL FINAL DEL PUERTO

No la había visto nunca, pero la reconozco desde lejos. “Esa escultura la hizo uno de mi pueblo”, digo señalando la geométrica rosa de los vientos que aparece al final del puerto de Ouchy, frente a los Alpes nevados. Manuel de la Cera, aunque se crea todo lo que cuenta Xuan Bello, no me cree. “Es de Ángel Duarte, un escultor de Aldeanueva del Camino. Sus abuelos tenían una fragua, su padre era telegrafista y republicano, a su madre la mató una de las últimas bombas que cayeron sobre Madrid. En los cincuenta, cuando tenía veinte años, volvió al pueblo y seguramente se tropezó más de una vez con el niño que yo era porque su familia y la mía vivían puerta con puerta en la Parte Arriba. Luego logró irse a París y allí participó en las tertulias del Café Flore. A la entrada de Aldeanueva, en el cruce de la autovía, han colocado una escultura suya muy semejante a esta”. Mientras yo hablo, Manuel de la Cera ha estado buscando la placa indicativa: “Sí, aquí pone que es de Ángel Duarte”.
“Ouvert au monde” se titula. No es mal lema para un país. Ni mal resumen para una vida.

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