domingo, 3 de mayo de 2009

Para entregar en mano: Del amor y otras fantasías

Viernes, 24 de abril
UNA BOTELLA DE SIDRA

Recuerdos del paraíso: “A la caída de la tarde, en especial los fines de semana, desde la primavera hasta el otoño, bajo los frondosos árboles del campo de la Alcántara nos reuníamos en corro cinco o seis niños y nos poníamos a contar historias. Destacaba un joven conocido con el sobrenombre de Mito. Había leído a Julio Verne y nos hacía partícipes de las andanzas de sus personajes. Algunas veces aparecía por allí Manolo Guerra, un poco mayor que nosotros, y que disponía de algún dinero porque descargaba bocoyes de vino o aceite que venían en camiones. Cuanto eso ocurría, aportaba parte de su dinero y en Casa Morán, una tienda de ultramarinos que ya no existe, comprábamos sidra dulce. En los intervalos de la historia dábamos por turno un trago a la botella. Un día Manolo dijo a Mito: Bebe hasta que yo te diga basta. Y el bueno de Mito cogió la botella, empezó a beber y, como Manolo se distrajo, se la bebió entera. ¡Menuda la que se armó! ¡Deixáchenos sin sidra!, protestábamos todos. Mito, muy tranquilo, contestó: ¡Eu limiteime a obedecer!


Ricardo Pedreira, catedrático jubilado, cuenta los recuerdos de su infancia en Mondoñedo allá por los años cuarenta. Tiempos oscuros, dorados sin embargo por el sol de la memoria. Cierro los ojos y vuelvo yo también a la sombra de los grandes árboles, mientras cae la tarde, cuando el mundo era una gran caja de sorpresas apenas entreabierta y escucho de nuevo la voz de Mito, la voz del Mito: “El día en que nuestro barco desplegó sus velas a la brisa y zarpó hacia las regiones del Sur era un día hermoso, cálido y luciente. ¡Cómo brincaba de alegría mi corazón con el alegre coro de los marineros mientras tiraban de las cuerdas y levaban el ancla!”.
Sí, yo también, en los lentos atardeceres del verano, sin moverme del sitio, los ojos muy abiertos, he dado la vuelta al mundo. Pero mientras yo fantaseaba distraído siempre eran otros los que se bebían la botella de sidra de la realidad.


Sábado, 25 de abril
AQUEL ABRIL

Por muchos años que pasen, por muchas desilusiones que vengan después, hay fechas que siempre me llenan de luminosa felicidad.
Descender la Avenida da Liberdade, cruzar el Rossio y las rúas geométricas de la Baixa, atravesar el arco suntuoso de la Rua Augusta, llegar a la más hermosa plaza del mundo y allí, frente al azul pacífico del río que se sueña océano, respirar hondo y recordar que la triste historia del mundo puede a veces no estar hecha de sangre y fango,
sino de luz y claridad y fraternidad.
¿Cómo podríamos olvidar quienes vivimos aquel abril que el sueño de un mundo mejor un día se llamó Portugal?



Domingo, 26 de abril
ELOGIO DEL ENGAÑO

Leo en Proust: “Una mujer a la que amamos rara vez basta para todas nuestras necesidades y la engañamos con una mujer a la que no amamos”.
Sí, a menudo engañamos a quien queremos con quien no queremos.
¿Importa eso? No, siempre que sepamos ser discretos y no nos dejemos tentar por el más letal de los pecados: la sinceridad.


Lunes, 27 de abril
HÉROES

Habla Alejandro Bekes -de paso estos días por España- de su abuelo Sándor Bekes, que nació en tierras húngaras, hoy rumanas, del antiguo impero austro-húngaro, y yo recuerdo el poema que le dedica: “¿Qué ha de hacer con su vida un artesano, / un carpintero que viene a América a probar fortuna? / No me senté a llorar ni a acordarme de Sión. / Tenía el taller al lado de la casa. / Ganarse la vida no era fácil. / Los chicos enderezaban los clavos viejos”.
Con nosotros, en la cafetería del Rosal, está Inés Illán: “Mi abuelo era criptojudío, descendiente de aquellos que se vieron obligados a convertirse pero que siguieron manteniendo en secreto su religión durante siglos. Quiso tener muchos hijos y para todos ellos eligió nombres judíos, pero solo pudo tener uno, mi padre, al que quiso llamar Israel. Como no lo aceptaron, le llamó Abraham. A mi padre le detuvieron y le condenaron a muerte a los pocos días de acabada la guerra civil. La víspera de su ejecución pidió, como última voluntad, que le dejaran conocer a su primer hijo que estaba a punto de nacer. Le llevaron esposado y, sin quitarse las esposas, besó a su mujer y a su hija que acababa de nacer. No pudo cogerla en brazos. Esa hija era yo. Esa misma mañana, al leer la lista de los condenados, el guardia que la leía le preguntó si era hijo de su amigo Illán Toledano. Al contestar que sí, le borró de la lista y le apartó del camión que le llevaba al paredón. Se ocultó en el pueblo de Toledo en el que había nacido. Allí se dedicaba a enseñar a leer a la gente, a pesar del riesgo que suponía. Cuando volvió con su mujer y su hija, alguien le delató y le metieron preso. Mi madre le llevaba a la cárcel comida envuelta en papel de periódico. Los guardias se quedaban con parte de la comida, pero nunca le dieron importancia a aquellos papeles que la envolvían. No sabían que para mi padre eran lo más importante. Mi padre podía pasarse días sin comer, pero ni un día sin leer. Aprendió a leer en El Imparcial, el periódico de la familia de Ortega y Gasset, y a mí me enseñó a leer en el Abc. Era yo una niña de cuatro años y ya leía en voz alta el periódico para asombro de todos”.
Con asombro escuchamos Alejandro Bekes y yo a Inés Illán. Como escribió Galdós, y a mi amigo Andrés Trapiello le gusta citar, cada cual lleva consigo su novela. ¡Y qué hermosa novela la de mi antigua profesora de latín! Más admirable que don Illán de Toledo, aquel mago que supo dar una lección a un deán ambicioso, me parece a mí Abraham Illán, para quien no había magia que pudiera competir con la lectura.
La libertad no hace a los hombres felices, los hace simplemente hombres, decía Manuel Azaña. “Mi padre pensaba lo mismo de la lectura”, añade Inés Illán.


Martes, 28 de abril
PAOLO Y LAS SIRENAS

Me gusta hacer de guía. “No te puedes ir de Oviedo sin conocer Gijón”, le digo a mi amigo argentino. Él me habla de su provincia, Entre Ríos, que durante mucho tiempo fue una isla abrazada por dos grandes ríos, como su nombre indica, el Uruguay y el Paraná. Yo le llevo a saludar al océano desde el cerro de Santa Catalina y allí, esta mañana ventosa, escuchamos cantar a las sirenas. A la lista de mis lugares sagrados, he añadido, desde la primera vez que estuve aquí, este templo a un dios desconocido que acaricia la lejanía con sus brazos poderosos.
En silencio escuchamos cantar a las sirenas y luego, en el Dindurra (tan parecido a los viejos cafés porteños), cada uno trata de ponerle letra propia a esos cantos de seductora perdición.


Alejandro Bekes rompe de pronto el silencio y me dice: “¿Tú no crees que los poetas tienen algo de profetas, que no hablan de lo que han vivido sino de lo que van a vivir? Cuando yo volví a contar en un soneto la historia de Paolo y Francesca ni por asomo me imaginaba que iba a ser protagonista de una historia semejante, que toda mi vida se iba a derrumbar de pronto, que tendría que volver a levantarla sobre cimientos nuevos”.
A la memoria me vinieron fragmentos del poema: “este deseo, / Francesca, que nos une y nos abisma / uno en otro, tus ojos en mi vida, / un aliento en dos bocas, una herida / doble que duele amándose a sí misma / con furioso placer, con desgarrada / ternura, nos será castigo eterno, / o eso dirán los ángeles adustos. / Pero por nuestra dicha condenada / los dos tendremos cielo en el infierno: / sin ti es infierno el cielo de los justos”.


Alejandro Bekes ya les ha hecho caso a las sirenas, ya ha tomado su personal camino de perdición hacia el jardín de las Hespérides; yo, más cauto, siempre he preferido quedarme en la orilla, escuchar las confidencias de los viajeros audaces y escribir lo que otros han vivido. Quien no se atreve a ser Ulises ha conformarse con ser Homero.


Miércoles, 29 de abril
LA EXPERIENCIA

Sigo con Proust: “Si algo me ha enseñado la experiencia es que amar es una fatalidad, como las que se suelen dar en los cuentos de brujas, contra la cual nada se puede hacer hasta que no haya cesado el encantamiento”.


Jueves, 30 de abril
CONSEJERO MATRIMONIAL

De vez en cuando, los amigos me hacen confidencias: “Ha ocurrido algo terrible: me he enamorado de otra, pero sigo queriendo a mi mujer”.
Si me piden consejo, les doy siempre el único consejo sensato que se me ocurre: cierra los ojos, déjate llevar, no digas nada, disfruta mientras puedas.
Siempre engañamos a quien queremos y siempre nos engaña quien queremos. De lo contrario, ¿cómo podríamos querernos?


[Publicado en La Nueva España - 03.05.2009]

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