domingo, 22 de febrero de 2009

Para entregar en mano: El avaro

Sábado, 14 de febrero
ESPAÇOS PERDIDOS

Al comienzo del libro Espaços perdidos aparece una foto del Café Arcádia. Es un día de verano. Las mesas de la terraza estrechan aún más la rua Ferreira Borges. A la derecha una mujer aguarda a alguien, pensativa. Detrás de ella, en la ventana hay una silueta que podía ser la mía. Ahí solía sentarme yo, con un libro o un cuaderno en que escribir versos. A veces esperaba a quien no venía, aunque viniera.

¿Fui más feliz entonces que lo soy ahora? No, pero siento que estaba más vivo. Me alojaba en una pensión de estudiantes, allá en lo alto de la rua Anthero de Quental, muy cerca de la Praça da Republica. Entonces estaba más vivo porque no había espacio para el pasado, todo era ensoñado futuro, asombro y maravilla.
Es curioso, pero de aquel gran amor que daba esplendor al mundo se ha borrado el rostro, se ha borrado el nombre –no por completo: todavía a veces me vuelven a la memoria en sueños-, pero quedan todos los lugares en que anduvimos juntos, como un escenario de teatro que aguarda a que comience otra función: el café Arcadia de las tardes y O Mandarim de las noches; el Jardim da Sereia y el Botánico, el Teatro Avenida, aquella buhardilla que nos prestó un amigo a la que, por un escotillón, se colaba la luna para participar en la fiesta…
Han pasado ya casi tantos años como los que yo tenía entonces. Enamorarme sigue siendo una de mis ocupaciones favoritas. Pero ahora sé que todo amor es fantasía. Que amamos siempre a quien no existe, aunque esté a nuestro lado. Que importa poco que los actores vayan cambiando cada cierto tiempo. Lo importante es que la función continúe. Y tampoco viene mal, de vez en cuando, cerrar un tiempo el teatro por descanso de la compañía. Y pasear sin prisa, sentarse a ver pasar la gente, para ver si de pronto nos sorprende entre la multitud el figurante imprescindible para que la función pueda continuar.
A las historias de amor, les conviene un poquito de desesperación, lo imprescindible para que la tragicomedia no se convierta en una farsa previsible, para que a las sonrisas no se les añada algún bostezo.
Solo existen de verdad los lugares en los que he sido feliz e infeliz, en los que he estado enamorado. Y Coimbra ocupa el primer lugar. De pronto, después de tanto tiempo, siento un irresistible impulso de volver a ella. ¿A qué? A nada. A emborracharme de melancolía.

Domingo, 15 de febrero
EL GRITO

Hojeo Contra el arte y otras imposturas, de Chantal Maillard: “El grito fue, durante más de dos años, sin interrupción, la única respuesta al dolor que fui capaz de dar. Y no lo digo con vergüenza, pues más tarde había de comprender que el grito había sido la expresión de mi propia rebeldía y que esa rebeldía era mi fuerza, la única que me quedaba, la que no había sido anulada por los fármacos; esa fuerza era mi voluntad de vivir. Yo me estaba defendiendo con el grito. La rebeldía contra el sinsentido de aquel dolor era el único sentido que le quedaba a mi existencia maltrecha. Es duro, para quien entiende que su conciencia es lo único que tiene para seguir siendo humano, verse obligado a renunciar a ella parcial o totalmente cuando el dolor se vuelve insoportable, pues perder la conciencia, para mí, equivale a consentir a la desaparición, y esto es lo que yo hacía cada vez que pedía a gritos una dosis de opiáceo”.
Protegido por el arte y otras imposturas, vivo en mi pequeño paraíso, me protege una coloreada burbuja. Mis desdichas son todas melodiosas, todavía no sé hasta dónde puede ser sádica la realidad. Cierro el libro, no quiero escuchar su grito.

Lunes, 16 de febrero
DE UN CAFÉ A OTRO

El primer café del día lo he tomado en el Novelty, bajo los soportales de una dorada Plaza Mayor; el último, bajo las nervaduras góticas del Santa Cruz, cuando ya el bullicio del centro de la ciudad ha casi desaparecido por completo.

Cuántas sombras queridas en ambos lugares, cuántas interminables tertulias leídas o vividas. De camino entre una y otra ciudad universitaria, me detengo en Guarda, junto a la nevada sierra de la Estrella. Miguel de Unamuno, hace cien años pasó un día, “todo un mortal día, en esta Guarda fría, ventosa, húmeda, fea, denegrida y fuerte, que vigila España”. Yo paso menos tiempo. Solo el suficiente para darle una vuelta a la catedral, perderme en alguna callejuela, escuchar los gritos de los niños que se desparraman desde un colegio con una gran escalinata –detrás está la catedral, a un lado el cementerio–y ponen un poco de alegría en el ambiente.
Coimbra me recibe como si acabara de dejarla, con hermosa luz de atardecida, con su bullicio amigo. Estoy seguro de que alguien me espera todavía y, apenas dejado el equipaje en la habitación, recorro con prisa todos los lugares amados. Hay, sí, muchos espacios perdidos, pero son más los que continúan intactos. En pocos lugares se siente con tanta intensidad la sensación del tiempo detenido.

Martes, 17 de febrero
PRAIA DA CLARIDADE

Inmensa playa sin nadie la de Figueira da Foz. Acá y allá una pasarela de madera permite acercarse al mar sin pisar la arena. Tiene uno la impresión de caminar por el desierto, en busca de algún oasis. Pero no hay oasis mejor que este lugar sereno, con el sol manso por toda compañía. Detrás se alzan los edificios pretenciosos, de cristal reluciente, que ocultan la veraniega villa decimonónica. Recuerdo Señales de fuego, la novela de Jorge de Sena ambientada en los tiempos de la guerra civil, que aquí da comienzo. Y apenas recuerdo aquel fin de semana de 1980. Volvía en un lento tren a Coimbra, después de haber nadado y tomado el sol, cuando de pronto el tren se detuvo más de la cuenta en no sé qué apeadero. Me asomé, como otros viajeros impacientes, a la ventanilla, a ver qué pasaba… Y no pasaba nada y pasó todo, como en los versos de Manuel Machado: “Unos ojos negros vi / desde entonces en el mundo / todo es negro para mí”.
Pero en la Praia da Claridade, en Figueira da Foz, esta mañana de verano extraviada en medio del invierno, no hay lugar para la nostalgia. Cierro los ojos, el mar me lame los pies, el sol es un buen amigo y el tiempo se tiende a mi lado sin otra cosa que hacer que ver pasar el tiempo.

Miércoles, 18 de febrero
JARDINES

De este viaje a Coimbra, traigo otro jardín que añadir a mi colección. Paseé, como siempre, por el dieciochesco botánico. Se me había anticipado la primavera: ya habían florecido los camelios, los ciruelos, raras flores orientales cuyo nombre ignoro. Pero el silencio de siempre esta vez estaba roto por un grupo de estudiantes con sus capas negras que celebraban no sé qué medieval rito de paso. Del jardín botánico, lo que yo prefiero son las partes inaccesibles, la arboleda silvestre que llega hasta el ontego. Algún día me gustaría perderme en ella.

No es este jardín el que añado a mi colección –hace tiempo que forma parte de ella—, sino otro más diminuto, un jardín murado escondido en lo alto de la ciudad.
Atravieso el Arco de Almedina, asciendo por las calles en cuesta. Antes de llegar a la Torre do Anto para rendir homenaje a António Nobre (a quien Pessoa definió maliciosamente como “la más grande poetisa de Portugal), paso por delante de la Casa de Sub-Ripas, con su portal manuelino. A la derecha, frente al portal, el muro de un jardín, al que se asoma un verdor secreto. Siempre he querido conocer ese jardín. Y esta vez, por milagro, su puerta estaba abierta. Subo una estrecha escalera y me encuentro con un diminuto rectángulo en el que apenas caben más que cuatro árboles, unos arriates sin flores, un poco de misterio. ¿Nada más? Yo no necesito más. La ciudad apiñada en torno y este rincón de verdor y silencio desde el que, las noches de verano, contemplar las estrellas.

Jueves, 19 de febrero
CIUDAD AMURALLADA

Me gustan los jardines cercados, invisibles tras sus muros, me gustan las ciudades amuralladas. Entro en Ciudad Rodrigo por la Puerta del Sol. Nunca había estado aquí, no sé lo que voy a encontrarme. En la Plaza Mayor están construyendo un inmenso tinglado de madera, martillean con paciencia medieval. ¿Va a celebrarse un auto de fe? ¿Van a quemar algunos herejes? Sobre la madera pintada de rojo leo: “Alguacilillos”, “Heridos”. Los españoles ya no quemamos herejes, pero el maltrato de animales y la crueldad siguen formando parte de nuestra más venerable tradición. Con razón Guarda, al otro lado de la frontera, está siempre alerta.
Con sus estrechas calles llenas de coches y bullanga, no me muestra Ciudad Rodrigo su mejor rostro. Ganas me dan de seguir la marcha. Pero pronto, caminando sobre la muralla --una ancha senda en que crece la hierba-- llegamos a lugares más apacibles. Me sorprenden las cigüeñas posadas en todas partes, en la cima de los cipreses, en los tejados desvencijados, en el frontal de un geométrico edificio muy años treinta…
Me gustan las ciudades amuralladas, cruzar puertas, cruzar puentes, tener la sensación de que entro en otro mundo donde todo es posible. Y luego, antes de que la curiosidad esté satisfecha, antes de desvelar ningún enigma, seguir la marcha hacia ningún lugar.


Viernes, 20 de febrero
MIENTRAS TANTO

Como un avaro, miro y remiro las últimas monedas antes de guardarlas en el arca de la memoria: el caserío de Coimbra asomándose a las ventanas del hotel Astoria; la Praça da República, tendida al sol, sin nadie, pero llena de fantasmas; la playa de Figueira, su dorada claridad; el remozado laberinto de Aveiro, que recorrí una y otra vez en busca del que fui y no fui capaz de encontrar.
Con las manos llenas de áureas monedas, me tapo los oídos. No quiero escuchar ningún grito. Bien sé que pronto o tarde llegará mi hora. Mientras tanto, saboreo cada instante.

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