miércoles, 18 de febrero de 2009

Colección particular: De calles y claustros

CLAUSTROS

La catedral de Tuy es del siglo XII, el mismo de la independencia de Portugal, de ahí que tenga tanto de castillo, de ceñuda y altiva fortaleza que vigila las líneas enemigas. Entro por primera vez en su oscuro frescor una sofocante tarde de verano. La música que suena, música de danza más que de plegaria, es renacentista y lo llena todo de alacridad y gracia.


No me dejo tentar por el rebuscamiento dorado de las tallas y los retablos, en seguida salgo al claustro, con su negro ciprés monacal y sus profanos macizos de flores. Qué bien se está en este escondido jardín de convento o palacio. Me gusta soñar con otras vidas: pasarme las horas muertas copiando a Virgilio o poniendo doctas glosas a una epístola de San Pablo y luego pasear por este locus amoenus, miniatura del paraíso. Pero sé que me cansaría pronto, que el más hermoso claustro se convierte en patio de cárcel para los que han de reducir su mundo a él. Subo, por estrechas, empinadas escaleras, hasta la torre de Sotomayor, torre de fortaleza, avanzadilla sobre el enemigo. Y abajo admiro la caligrafía indolente del río, que parece sestear entre huertas y jardines, y al fondo, sobre una colina, la doble fortificación de Valença do Minho. Qué poco amenazadora parece vista desde aquí. Es como una decoración de teatro, pronto sonarán tambores y timbales y comenzará el espectáculo de torneos y batallas. Disuenan los geométricos trazos en tinta china, y con escuadra y cartabón, del puente. Parece que, si no nos gusta donde lo han puesto, podemos alargar la mano y cambiarlo de lugar.
Paseo en torno a las almenas; abajo está el rectángulo del claustro, habitado solo por el olor de las flores y la música. Sí, aquí podría ser feliz.
Podría ser feliz, como soy feliz ahora, pero a condición de marcharme pronto, de no dejarle tiempo a la reiteración y el hastío. La felicidad no gusta del matrimonio, es alérgica al “para toda la vida”; lo más que se permite concedernos es una fugaz aventura. A mí no me parece poco.



CALLES


A menudo recuerdo la clasificación de calles que hacía Julio Camba en Aventuras de una peseta: “En Londres, la calle es algo así como una vía ferroviaria por donde las gentes se trasladan de un sitio a otro. En París, con sus anchas aceras y sus vistosos escaparates, constituye más bien un paseo. En Nápoles es una prolongación de la casa. La calle inglesa es para andar; la francesa, para pasear; la napolitana, para estar”.


Para estar, la calle de Oporto que yo prefiero es la Rua de Santa Catarina. Suelo alojarme en el Grande Hotel do Porto, que es, a pesar de su nombre, un hotel de bolsillo que conserva la discreta elegancia de los años veinte. A un lado, en otro hermoso edificio con atlantes desnudos que toman el sol en la cornisa, tengo la FNAC, uno de esos lugares donde sabemos que siempre nos vamos a encontrar a gusto. Enfrente, el Majestic, un café tan británico que solo puede ser portugués. Dentro, rodeado de cornucopias y espejos, o en la terraza (hay también, detrás, un recoleto jardín de invierno) me gusta hojear los libros que acabo de comprar o entretenerme con la gente que pasa. Hoy traigo conmigo la nueva edición de las Canciones de António Botto, al cuidado de Eduardo Pitta, a quien conocí en los raros días de la abadía francesa de Royamount. El prólogo defrauda algo. Fue su explicita provocación erótica, nos dice Pitta, lo que motivó el rechazo, la marginación del poeta (aunque contó con importantes valedores, de Pessoa a Jorge de Sena), pero ahora, vueltas las cosas del revés, ese parece el principal mérito que le encuentra el prologuista (quien no deja de mostrar su desagrado por Eugénio de Andrade, que a su entender jugó demasiado a la ambigüedad). Yo releo, en el bullicio calmo de Santa Catarina, las “Pequeñas canciones de cabaret” y escucho su música algo canalla y una voz delicada y ronca: “O sofrimento passa, meu amor; / mas a lembrança de ter sofrido / quem é que a pode arrancar?”.
También pasa la felicidad, pienso yo, ¿pero quién nos puede arrancar el recuerdo de que hemos sido felices? Yo vuelvo a serlo siempre que vuelvo a esta calle, que se vacía muy pronto, antes de que anochezca, y se llena de melancolía, como todas las calles portuguesas. A mí me gusta acercarme entonces al centro comercial Vía Catarina y cenar algo allí. A veces solo, a veces con algún amigo que acepta mi escaso refinamiento gastronómico.


En la Rua de Santa Catarina siente uno que tiene la ciudad en la palma de la mano. Comienza en la Praça da Batalha, plaza de cines y teatros. Ahí resiste todavía la fachada modernista de A Águia, donde Mécia de Sena –me lo contó en Santa Bárbara— vio su primera película hablada, y ahí está el teatro de San Joao, del que ahora se cumplen cien años de su restauración. Plaza presidida por la iglesia de San Ildefonso, tan portuguesamente azulejada, y muy cerca la muralla fernandina y las calles que llevan a la catedral y a la parte alta o la parte baja del puente. Claro que también podemos, antes de alcanzar la plaza, descender por la Rua 31 de Janeiro y llegar hasta el Largo de Almeida Garret y la estación de San Bento. Y luego acariciar otra de las piezas más queridas de mi colección, la Rua das Flores, esa calle en la que “casi no hay edificio sin su tienda: de redes, de porcelana, de vinos, de herrumbres, de tabacos, de juguetes, de coronas fúnebres, de sombreros, de botones, de joyas”, según recordaba Eugénio de Andrade. Pero muchas de esas tiendas ya han desaparecido, comenzando por las joyerías. Las casas, sin embargo, siguen siendo hermosas, “y cuanto más hermosas, más arruinadas”. Y allí continúa la inevitable iglesia barroca, con su aparatosa fachada que no puede verse entera desde ninguna parte. También la papelería Heróica (“Tipografía-gravador, grande variedade em papeis”), donde mi amigo Martín López-Vega, siempre libre para partir, suele comprar los cuadernos negros en que anota sus impresiones de viaje.

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