viernes, 8 de agosto de 2025

Café con libros: Un falso secuestro y un fantasma verdadero

 

---Por razones que no vienen al caso, soy muy sensible a las historias de falso culpable. He tenido pesadillas después de leer La fabricación de un crimen, de Ricardo Raphael. Hasta que comencé a leerlo no había oído hablar del caso Wallace, muy famoso en México, y no solo: la protagonista fue portada en las más importantes revistas europeas y hasta en El País Semanal la consideraron una de las heroínas de nuestro tiempo.

            ---¿Es uno de esos true crime o historias basadas en hechos reales que ahora están tan de moda?

            ---Sí. No es una novela, sino una crónica de hechos delictivos, protagonizados por gente muy respetable (jueces, abogados, políticos) que aún continúan. Los acusados falsamente en 2005, si no han muerto, aún siguen en la cárcel, veinte años después, con su condena pendiente de revisión.

            ---Ya sabes lo que se dice de México: si tienes un problema y llamas a la policía entonces tienes dos problemas.

            ---Este libro demuestra que esa afirmación se queda corta. ¡Qué retrato nos deja del país! Parece inverosímil ficción lo que se nos cuenta, pero un código QR nos lleva a informaciones periodísticas sobre el caso que no dejan lugar a dudas de la verdad de los hechos.

            ---¿Y qué hechos fueron esos? Parece que practicas el suspense con nosotros.

            ---Por cierto, hay una noticia que no aparece en el libro, terminado de redactar sin duda antes: en marzo de este año murió Isabel Miranda de Wallace, la protagonista, una mujer que quiso tomarse la justicia por su mano, o mejor, que puso a su servicio la justicia, y fue tratando de exterminar, uno a uno, a los secuestradores de su hijo.

            ---Hizo bien.

            ---Eso pensó la buena sociedad mexicana. Contó con el apoyo firme de Felipe Calderón, el presidente de entonces, quien en 2010 le concedió el Premio Nacional de Derechos Humanos. Os leo algunos fragmentos de su discurso: “Ante la pérdida de su hijo, por la cobarde acción de un grupo de secuestradores, ella emprendió una verdadera cruzada para identificar, para localizar y para llevar a la justicia a los culpables de este terrible suceso. Doña Isabel convirtió una amarga experiencia personal en una poderosa fuente de inspiración. No solo para evitar que la muerte de su hijo quedara impune, sino también para contribuir a la construcción de un México más seguro”.

            ---Una madre coraje.

            ---Solo que no hubo tal secuestro, que fue una desaparición voluntaria, que la madre participó en ella (el hijo al parecer estaba amenazado por los narcotraficantes con los que había colaborado), que fue señalando uno a uno a los presuntos secuestradores, que logró que los detuvieran a todos, que no hubo más pruebas que las confesiones obtenidas bajo tortura, que se desdeñaron todas las evidencias en contra de esas confesiones, que se amenazó a los familiares de los detenidos para que no se retractaran, que la justiciera se convirtió en un personaje popular en el que incluso se pensó para hacerla candidata a la Presidencia de la República.

            ---Voy a leer el libro. No creo que sea tal como tú lo cuentas.

            ---Es peor. Si yo fuera mexicano, me avergonzaría. No parece que los periodistas que jalearon a esa psicópata, ni los jueces, fiscales, políticos que la apoyaron hayan pedido disculpas.

            ---Es que el ideal de mucha buena gente, en México, en España, en Estados Unidos, es El Salvador Nayib Bukele. Preferible equivocarse encarcelando a cien inocentes que dejar a un culpable libre.

            ---Isabel Miranda de Wallace se dedicaba al negocio de la publicidad. Tienen mucha importancia en el libro los llamados “espectaculares”, unos gigantescos cartelones de anuncio que se colocaban sobre un poste en las calles y plazas más frecuentadas. El libro, por cierto, está lleno de términos mexicanos que no se han cambiado, según suele ser habitual, en la edición española. Al secuestro, por ejemplo, se le llama “plagio”. Creo que está bien que, de vez en cuando, se nos saque, de nuestra zona de confort idiomático y seamos conscientes de que hay más de una manera no solo de hablar, sino también de escribir el español.

            ---Podemos pasar a otra cosa, si te parece. Veo que tienes aquí Los poemas de Juan de Leceta de Gabriel Celaya. ¿No crees que ese heterónimo suyo tiene algo que ver con el Alberto Caeiro pessoano?

            ---No se me había ocurrido. Pero antes deja que lea la cita de Quevedo que encabeza el libro Ricardo Raphael: “Donde hay poca justicia es peligroso tener razón”. A Celaya le vi solo una vez, en 1968. Leía sus poemas en Avilés presentado por Ángela Figuera. Dijo una frase que se me quedó grabada: su mérito, si alguno tenía, era haberle quitado los coturnos a la poesía, haberle puesto los zapatos o las zapatillas que usamos todos. Cuando García Montero habló luego de “la musa con vaqueros” me recordó a esa frase. Uno de los tres libros que reúnen en este volumen de la colección Colliure se titula Tranquilamente hablando. Hubo un tiempo en que los poetas del cincuenta le tuvieron como maestro, por eso se publicó en la colección Colliure. Luego, cuando la poesía social cayó en descrédito, le trataron como a un apestado. Valente se burló cruelmente de él y de su mujer, Amparo Gascón, en un poema. Ángel González fue el único que siguió defendiéndole hasta el final. De él tomó el tono conversacional. “No quisiera hacer versos, / quisiera solamente contar lo que me pasa”.

            ---No sé si a mí me interesa mucho que alguien me cuente lo que le pasa. ¿Han resistido, por cierto, estos poemas el paso del tiempo? ¿Los podemos leer como poesía viva y no como un episodio de la historia de la literatura?

            ---Con algo de buena voluntad, desde luego.

            ---Con mucha buena voluntad, Martín. Ese libro es una de las rarezas bibliográficas que encuentras a muy bajo precio en la librería de viejo que tienes al lado de casa, seguro. Y este otro, Diario del zalapastrán, uno de esos que te envían los autores y que hojeas desganado y no sueles traer a la tertulia. Bueno, ya veo por qué te ha caído en gracia, por la dedicatoria. Te llama “estimado señor García”, con lo que el autor, Christian Sanz Gómez, demuestra conocerte poco, pero lo que añade sin duda te ha gustado: “más allá de triviales discrepancias de opinión, uno no puede dejar de ponderar la fuerza de su mente y su seguridad de razonamiento”.

            ---Las dedicatorias son una de las formas de la cortesía. Recuerda aquel aforismo de Antonio Porchia: “Era tan ingenuo que hasta se creía las dedicatorias”. Y sin embargo…

            ---¿Vale la pena este Diario del zalapastrán

            ---Vale la pena. Es el libro de un Montaigne gallego, lleno de citas, disparates y sabiduría. Y humano dolor. Pero te decía que yo no creo en las citas, pero una me ha salvado en estos malos días. El corazón tiene razones que la razón no comprende, sobre todo si es tan racional como la mía. De día, puedo contar anécdotas divertidas sobre Xuan y alegrarme de que le hayan hecho “santo súbito”, de que en un instante pase a convertirse en el Cervantes o la Rosalía de Castro de la literatura asturiana, pero en las noches de insomnio me atormenta el no haber sido capaz de ayudarle la última vez que vino a verme. Quizá hubiera bastado con darle un abrazo. Pero yo me escondo en la armadura de sal de la ironía para que nadie se me acerque demasiado. Temo al dolor ajeno que no soy capaz de remediar. Tengo que cerrar los ojos a Gaza, no ver ni oír las noticias, para poder seguir viviendo. Anoche soñé que pasaba Xuan por casa. “Tengo que contarte algo. ¿Puedo fumar?, “Por supuesto”. Y le dejé solo en el salón mientras yo iba a la cocina a prepararle un café. Sobre la mesa, tenía un montón de libros suyos que había recopilado estos días. “¡Cuánto he escrito!”. “Me faltan algunos que no encuentro”. No sé qué me contó, no recuerdo –o no quiero recordar-- esa parte del sueño, pero sí que esta mañana, se me ocurrió hojear La vida perdida y me sorprendió la extensa dedicatoria. Está en asturiano, os la leo en castellano: “Amigo, Martín: en 1983 (hace una enormidad de años) fui por primera vez a la tertulia Óliver. No recuerdo quién me llevó ni cómo llegué. Allí estaban Víctor Botas, Carlos Espina, Luis Salas… Sin embargo, de aquella tarde que la nostalgia hace inolvidable, solo recuerdo una voz. Yo llevaba unos poemas que pronto circularon de mano en mano. Tú, con voz muy clara, preguntaste: ¿De quién son estos versos? De entonces hasta ahora, creo que nunca escribí nada sin sentir esa voz, la tuya, y creo que gracias a eso no son tan malos los poemas que escribo. Por eso, y por tantas tardes, esta vida perdida te debe tanto que una dedicatoria normal no podría expresar ni el agradecimiento ni la amistad de Xuan Bello”. De sobra sé, que esa dedicatoria debió escribirse hace años, cuando se publicó la recopilación de su poesía, aunque resulte raro que yo no la recordara. Pero no puedo dejar de pensar que Xuan, compadecido de mis insomnios y mi sentimiento de culpa, se tomó la molestia de dejar por un momento el otro mundo para acercarse a este y regalarme sanadoras palabras. Sé que solo son una generosa hipérbole, Xuan, pero cómo te las agradezco.


sábado, 2 de agosto de 2025

Café con libros: El mejor homenaje

---Estoy hojeando estas Anotaciones a lápiz, de Emilio Gavilanes, y me parece un libro muy en tu estilo, Martín --dijo Xuan Bello (era la última vez que le veíamos, pero entonces no podíamos saberlo).

            ---Demasiado. Ya sabes que solo nos damos cuenta de nuestros defectos al verlos en los demás.

            ---Sí, aquello de la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

            ---Yo me atrevo a llevarle la contraria al experto en cualquier materia (mi especialidad son los que defienden que, si el jefe del Estado español nos sale Montoro o Epstein, la justicia debe mirar para otro lado), pero Gavilanes me gana. “¿Cómo puede ser que la matemática –un producto del hombre, independiente de la naturaleza— se adecúe tan admirablemente a los objetos de la realidad?”, se preguntaba Einstein. Gavilanes opina de otra manera: “Las matemáticas son producto de la naturaleza. Las formas geométricas se encuentran en la naturaleza y que uno más uno son dos no es una obviedad o un invento de la mente, sino una experiencia de la vida diaria. Imaginemos que vivimos en un mundo en el que cada vez que dos objetos se acercan surgiese un tercero, como por fricción o cercanía. La experiencia diría que uno más uno son tres. Y sobre esa regla habría que montar una matemática acorde con ese otro mundo”.

Qué atrevida es la ignorancia, y no lo digo solo por Gavilanes –que discrepa de Einstein sin más conocimientos matemáticos que los que se aprenden en primaria, o ni eso--, sino sobre todo por mí, muy dado a aplicar el sentido común en materias de las que ignoro casi todo. Qué sorpresa se va a llevar Gavilanes cuando descubra que además de los números naturales (que por algo se llaman naturales) existen los números enteros, los racionales, los irracionales, los complejos y los imaginarios. Ya me dirá él a qué se corresponde en la naturaleza la raíz cuadrada de menos uno. No existe, es un número imaginario, pero luego resulta que ayuda a resolver ecuaciones. Hace falta saber algo más que sumar, restar, multiplicar y dividir si se quiere contradecir a Einstein.

            ---Pues yo ya me estoy olvidando hasta de eso --dice Bueres--, que para algo sirve la calculadora del móvil. Veo que has traído un cómic sobre las mujeres emprendedoras. Yo creo que se están pasando un poco con eso del feminismo. No hay más que leer Babelia. Casi no hablan más que de libros escritos por mujeres. Ignacio Echevarría ya nos advirtió que en Estados Unidos el escritor blanco heterosexual comienza a ser una especie en vías de extinción.

            ---Sí, sobre todo en Estados Unidos, con Trump, tan feminista, haciendo de las suyas. Eso es una tontería, Bueres. Y este libro, Cruzando la raya estrecha de la aguja y la almohadilla (título poco afortunado) no es un cómic, ni facilona divulgación, sino un compendio de las recientes investigaciones sobre las mujeres españolas (y también europeas) que en los siglos XVI y XVII se dedicaron al mundo de los negocios, fundamentalmente en el ámbito del teatro, pero no solo. Hubo también mujeres impresoras y libreras. Carmen Sanz Ayán nos aclara cómo fue eso posible y como las leyes que limitaban su labor también podían utilizarse favor suyo. Pero sigamos un poco con Gavilanes. Para él, el infinito no existe. Y la prueba la encuentra en la famosa paradoja de Zenón: “No hay cosa a la que podamos dar el nombre de infinito. El espacio no se puede dividir indefinidamente. A partir de cierto momento, en el medio de la última subdivisión solo caben palabras. No realidad. Por eso Aquiles adelanta a la tortuga en dos zancadas, por mucha ventaja que le dé. Infinito no es más que una palabra”. ¿Existen o no existen los números naturales?, le replicaría yo.Ya en la escuela aprendemos que son infinitos: no hay número tan grande que no pueda añadírsele una unidad. Y no solo los números naturales son infinitos, sino que además cualquier número irracional tiene infinitos decimales. Otra cosa es que esa famosa parábola de Zenón sea un sofisma. La línea, que solo tiene una dimensión y que puede dividirse en infinitos puntos, es un concepto geométrico, una abstracción. Meter ahí a un héroe y una tortuga a competir es imposible. Y luego están las geometrías no euclidianas, que nos hablan de mundos de ciencia ficción que tienen más de tres dimensiones. Para no entrar en la física cuántica, donde al parecer una partícula puede estar en dos sitios al mismo tiempo.

            ---No puedes olvidar que has sido maestro, Martín. Eso marca. Mejor hablar de otra cosa. Veo que has traído Beatriz Miami, la novela de Masoliver Ródenas en la que, según nos dijiste el viernes pasado, se te menciona.

            ---Eso creía yo, pero no he sido capaz de encontrar el pasaje en el que el protagonista le reprocha a su novia que quiera ir al recital de un poeta “al que no conoce ni García Martín”. El libro, que me interesó poco en su momento, ahora me ha parecido bastante desagradable. Es una especie de diario o de memorias. El autor no nos perdona ninguno de sus fetichismos más o menos escatológicos. Se burla cruelmente de ciertos escritores, cambiándoles el nombre, pero de forma que sean fácilmente reconocibles. De Feliciano Glande nos dice que su cabellera es de “un blanco espiritual”, por si teníamos alguna duda de quién se trata.  Entró de botones en una revista oficial y luego fue ascendiendo hasta secretario en la época de “Perales”. Lo que más nos ofende hoy es el clasismo. Se insiste  en que fue pastor y se señala que “una prima suya era la encargada de limpiar los retretes”. También se burla de Paco Pobre o sea Francisco Rico, que nunca fue santo de mi devoción, pero es difícil no sentir simpatía por él ante las patochadas de Masoliver Ródenas. Mejor que mi memoria se equivocara y que no sea él quien me cite.

            ---Hoy un libro así no se podría publicar.

            ---Se podría, Bueres. No empieces con lo políticamente correcto y otros tópicos. Pero es muy años ochenta, en el peor sentido de la palabra. Ofensivo para cualquier sensibilidad mínimamente contemporánea. Mejor hablemos de otra cosa. Como me fascina lo que tenga que ver con los tres días más prodigiosos de la historia de España, el 12, 13 y 14 de abril de 1931, creía haber leído todo lo que habían escrito sus protagonistas, de un lado y del otro, pero sorprendentemente me faltaba un libro fundamental, De la dictadura a la república, de Dámaso Berenguer. ¿Por qué lo dejé de lado? Fui influido sin duda por el descrédito del personaje. “El error Berenguer” titula Ortega el artículo que termina con “Delenda est Monarchía”. Y el conde de Romanones arremete contra él en su breve y contundente Y sucedió así. A Dámaso Berenguer le encargaron desmontar el andamiaje de la dictadura y no pudo hacer su trabajo por la oposición de los partidos monárquicos. Los primeros capítulos y los últimos son apasionantes. No se trata, a estas alturas, de tomar partido por uno o por otro. Berenguer culpa a Romanones del súbito y vergonzante desplome del régimen y Romanones a Berenguer por un telegrama en que daba por perdidas las elecciones antes de tiempo (no era así). Pero la razón la tiene Berenguer y el culpable no es Romanones, o no es culpable más que como mamporrero, sino el rey. En los últimos momentos, por salvar el pellejo, cometió un delito de alta traición. Pactó con el enemigo al margen de su gobierno. Romanones es muy claro al respecto: “El rey no comunicó a nadie el encargo que me confiaba”. Ese encargo –el encuentro en casa de Marañón con Alcalá Zamora-- solo podía hacerlo el presidente del gobierno, almirante Aznar, tras un acuerdo del consejo de ministros. Estaría ya perdida la monarquía, con la gente en la calle, como dice Romanones, pero el cambio de Régimen podía haberse realizado con cierta dignidad, no con el sálvese quien pueda que encabezó el rey, dejando su familia confiada a la buena voluntad de quienes le habían obligado a huir sin tiempo a preparar siquiera el equipaje.

            ---Martín, Martín –dice Xuan--, eres de lo que no hay. Críticas a Gavilanes porque se mete a hablar de matemáticas sin saber mucho del tema y ahora tú quieres reescribir la historia de España porque acabas de leer un libro que muchos han leído antes que tú. Pero te queremos tal cómo eres, qué le vamos a hacer. Una de estas Anotaciones a lápiz habla de los epitafios favoritos del autor. El que yo prefiero es el de Christina Rossetti que he leído en alguno de tus diarios. Dice así: “Más quiero que me olvides y sonrías / que no que me recuerdes y estés triste”. Que sonrían cuando nos recuerden, como sonreímos nosotros cuando recordamos las ocurrencias de Víctor Botas, es el mejor homenaje.










viernes, 25 de julio de 2025

Café con libros: Prisioneros políticos

 

---Leí por primera vez este libro de Irene Claremont hace un año. Entonces tenía el poco atractivo título de Respaldada por el viento. Me lo prestó un amigo que lo había encontrado en el centro Reto de Plasencia. Basta el primer capítulo para quedar fascinado. De inmediato, escribí a Abelardo Linares para que lo reeditara en Renacimiento, pero con el título original, mucho más atractivo y adecuado que el que le puso la traductora. Me hizo el mismo caso que cualquier editor hace a los bien intencionados consejos amicales: ninguno. Ahora, a mi vuelta de Aldeanueva, me lo encuentro nada más entrar en Cervantes y con el título recuperado: Me casé con un extraño. Mi vida con José Castillejo, un español enigmático.

            ---Ni con un título ni con otro parece especialmente atractivo.

            ---José Castillejo, secretario de la Junta para Ampliación de Estudios, no solo fue uno de los hombres fundamentales en la modernización de la cultura española en las primeras décadas del siglo XX, fue también un personaje singular. Su casa, en el Pinar de Chamartín, la había construido con sus propias manos, y estaba abierta a todo el mundo: “Un día –cuenta Irene Claremont, su viuda--, varios años después de casados, al regresar de Madrid, me encontré a un cura gordo y jovial tocando el piano y cantando unas canciones populares preciosas. Lo acompañaban sus dos hermanas, vestidas con faldas y mantos negros, sin duda campesinas. Cuando yo llegué, estaban las dos sentadas en el sofá, serias, muy compuestas, escuchando las canciones. Los niños, de pie, hacían corro alrededor del piano. Le di la mano al cura y supliqué que, por favor, continuara tocando. Así lo hizo, y de pronto, ante mi asombro, las dos serias hermanas, levantándose, se pusieron a bailar. Me habían parecido pesadotas y torpes, pero bailando se transformaron: los pies ligeros y rápidos, la voluminosidad perdida entre el torbellino de las faldas. Se abre la puerta y, asomando la cabeza, dice Justa, la joven criada del pueblo: ‘Esto no se puede resistir. ¡Vamos, Jacinta!’. Yo me fui en busca de la cocinera, el jardinero y su mujer. Acudieron corriendo. Cuando regresó José, la casa parecía una feria de pueblo”. Es como si estuviéramos oyendo a Gerald Durrell contar las aventuras de su familia en Corfú. “Me enteré luego de que aquel cura era el tenor principal de la catedral de Madrid, que había estado recogiendo viejas canciones y bailes en su Aragón natal y que la Junta de José iba a publicar su libro. Fue asesinado durante la guerra civil por el único delito de ser cura”.

            ---Leí ese libro en la primera edición española. No trata muy bien a los republicanos. Dice que el gobierno de Largo Caballero era un gobierno comunista y que Negrín robó el oro del banco de España.

            ---A su marido estuvieron a punto de darle el paseo. Y los que fueron a buscarle no eran precisamente jornaleros analfabetos. “Los cuatro eran profesores, todos conocidos por José, uno hasta del Instituto-Escuela”. Seguramente Castillejo les había hecho algunos favores y eso para muchos resulta imperdonable.

            ---Curioso este viejo número de Reloj de Arena --interrumpe Xuan, que lo ha estado hojeando--. Bruno Mesa habla de la tertulia de hace más de veinte años. Leerle es como viajar en el tiempo.

            ---Lo encontré casualmente en Aldeanueva. Ahí aparece Silvia Ugidos: “Hay personas a quienes la vida les ha otorgado los dones del talento y de la belleza, y Silvia parece haber recibido esos dones sin inmutarse”.

            ---También tú: “Martín pone cara de niño malo, sonriendo entre ironía e ironía. Viene siempre cargado de libros, de folletos, de cartas, de revistas”. Eres el único que no ha cambiado.

            ---Tampoco han cambiado otros: “Almuzara practica un calambur, ejerce su ironía desenfadada, se ilusiona con el próximo concierto que va a escuchar y desaparece, sonriente y aforístico como su prosa”. Reloj de Arena ha ganado con el paso del tiempo. Está llena de sorpresas. Este número, el 32, comienza con una “Balada de las calles de París desde la noria de las Tullerías”, sin nombre de autor, que me recuerda a González Ruano: “Quiero abarcarte entero, ahora que el tiempo claro del verano pone gozo en el corazón, mar de mansardas, retener para siempre en la memoria el laberinto de tus calles y tus plazas, de tus parques y tus gentes, pero te pierdes en la lejanía, mar sin orilla, allá donde la tierra se junta con el cielo”.

            ---Esa noria figura en la portada y la contraportada. De la balada me gusta que mencione tantas calles y rincones, como quien ha paseado mucho por allí. Creo que es de Baroja, está en alguna de sus novelas, quizá en El gran torbellino del mundo.

            ---Últimamente leo pocas novelas, pero esta, Tiempo de lobos, la recogí ayer en la librería Matadero Uno, donde me la había dejado el hijo del autor, de paso por España, y la leí de un tirón mientras tomaba luego un café. Es cortésmente breve. Acaba de reeditarse en Buenos Aires. Se publicó por primera vez en España en 1979. Tomás Saraví, era peronista de izquierda, un exiliado de la dictadura. Quiso escribir una novela policíaca que fuera a la vez una denuncia de los crímenes de la Junta. Fugazmente aparece el poeta Juan Gelman, que practica un poco la demagogia: “Nunca hubo índice de mortalidad infantil tan alto como en estos dos años de junta militar. Hasta en los barrios del Gran Buenos Aires, donde hay una infraestructura, donde hay agua, donde hay luz, el índice de mortalidad infantil ya llega el treinta por mil. Además los hospitales no funcionan, los hospitales se cierran; para tener atención médica hay que pagar”. Pero en esos primeros años la sociedad argentina vivía un noviazgo con los militares. Las protestas de los exiliados tenían poco eco en el país. En el último libro de Alfonso López Alfonso, Huéspedes del olvido, una de esas ediciones no venales que edita todos los años para regalar a sus alumnos que terminan el bachillerato (no me imagino regalo mejor), se recoge el testimonio de una emigrante asturiana que vivió esos años: “Cuando vienes del caos, se agradece ese orden, aunque sea un orden terrible. Entonces salías de noche y no tenías miedo y pensabas: Ah, esto sí que está bien, este es un país que sí que está bien”. No solo Borges, también el español Julián Marías, tan liberal y demócrata, visitaba a Videla en la Casa Rosada para felicitarle por haber impedido que el país se convirtiera en una nueva Cuba. El mundial del 78 fue una fiesta. Muchos entonces preferían cerrar los ojos y decir cuando alguien desaparecía: “Algo habrá hecho”. Me gusta más lo que la novela tiene de retrato de un momento histórico que la novelera persecución y venganza.

            ---Ya casi no hablamos de política. ¡Con la que está cayendo!

            ---Yo prefiero no decir nada al guirigay. Solo una cosa obvia, pero que nadie ha dicho: en España vuelve a haber prisioneros políticos. Ahí está Santos Cerdán.

            ---¡Anda ya!

            ---Se le ha metido en la cárcel no por los indicios de que haya cometido algún delito, hasta el momento más bien escasos, sino porque era secretario de organización del partido en el gobierno. ¿Alguien tiene alguna duda? El pretexto de que podría destruir pruebas no se lo cree ni el juez que le encerró. Fue un cañonazo a la línea de flotación del gobierno, pero parece que han fallado el tiro.

            ---Te leo, Martín, una frase de Me casé con un extraño. Creo que no solo puede aplicarse al protagonista: “La tendencia de José a tener siempre razón, a ser siempre el más eficaz, era nefasta para la convivencia”.

            ---¡No lo dirás por mí! La autora presenta a su marido como un ser extraordinario, pero no deja de mostrar cierto resentimiento. Ella, inglesa, había recibido una educación poco frecuente, no ya en las mujeres españolas, sino incluso en las de su propio país. Pero aprendió a callar y a no disentir nunca de su genial José, que todo lo hacía mejor que nadie. Su vida intelectual solo pudo desarrollarse cuando quedó viuda. Marchó a Zúrich a estudiar Psicología Analítica con Jung. Luego ejerció como psicoterapeuta. El matrimonio solo la permitió ser la esposa de un gran hombre. Y estaba en el núcleo intelectual más progresista de España, el de los discípulos de Giner de los Ríos. Me recuerda un poco el caso de Carmen Baroja, hermana de los Baroja, casada con el editor Caro Raggio, y una de las fundadoras del Lyceum Club Femenino. “Organicé docenas de conferencias, pero no pude asistir a ninguna –cuenta en sus memorias--, porque comenzaban a las ocho y a esa hora cenaba mi marido, al que no le gustaba cenar solo”.   

                                       

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       ,

           

 

jueves, 17 de julio de 2025

Café con libros: Urbi et orbi

---La Semana Negra gijonesa ya no es lo que era. Le ha comido el terreno la ovetense Semana Rosa que organiza la Fundación Princesa de Asturias. Una mengua cada año y la otra crece de manera espectacular.

            ---Un símbolo de lo que está pasando con la derecha y la izquierda, ¿no crees, Martín?

            ---Puede ser. Yo estuve en la primera Semana Negra, allá por 1988, según creo recordar, y en el periódico que entonces se publicaba, A quemarropa, y que se voceaba a la antigua usanza, publiqué un artículo sobre los relatos policiales de Fernando Pessoa, algo enrevesados e inacabados, que testimonian sobre todo su admiración por Sherlock Holmes. Este año me entristeció y me alegró volver. Me entristeció por la segregación, tan clara (solo faltaba el muro de la vergüenza), entre la parte festiva y popular y la sección culta, con su feria del libro y sus simultáneas presentaciones y mesas redondas. Paseando distraído entre mis dos intervenciones, oí hablar de Las Hurdes y de los pueblos del norte de Cáceres. Me acerqué y me quedé a escuchar. Luis Roso promocionaba su última novela, Leyenda de sangre.

            ---¿Ese Luis Roso es el de El crimen de Malladas y Cuarto Milenio?

            ---Es. Compré, por supuesto, la novela. Transcurre en la comarca de Las Hurdes en 1922, unos días antes de la visita de Alfonso XIII. Como conozco la zona y buena parte de lo que se ha escrito sobre ella, la leí con interés. Miguel de Unamuno, que cuenta su visita en uno de los capítulos de Andanzas y visiones españolas, partió a caballo desde mi pueblo, Aldeanueva del Camino. La novela es entretenida, pero muy serie B. Vale, para quien no conozca la zona, como invitación a visitarla y comparar la realidad actual con las negruras de la leyenda. El pretexto policial que ha inventado su autor no se sostiene. Poco antes del viaje del rey, una niña es asesinada salvajemente. Para tratar de no causar un escándalo que pueda hacer que se suspenda la visita, se dice que ha sido víctima de un ataque de lobos. Como algunos lugareños no se lo creen, se manda a un exmilitar para que encuentre al culpable y evite disturbios. Cuesta ya tragar este comienzo. Pero resulta que el juez que decidió ocultar la verdad lo hizo porque había sido sobornado. Tras un segundo asesinato, afirma el investigador enviado desde Madrid: “Yo propuse al juez que consultara primero con los políticos con los que había hablado en su momento, tras el asesinato de Augusta, para ver cuál era su opinión al respecto. Pero entonces él me confesó que en realidad nunca había hablado con ningún político”. ¿Y cómo se le ocurrió entonces al gobernador civil de Madrid enviar al llamado Cristo? Sospecho que esta novela, con sus descosidos argumentales, está pensada para espectadores de Cuarto Milenio.

            ---¿Y siguen estando en la Semana Negra los saldos de Júcar? Ahí compré yo Las voces y los ecos, tu Fernando Pessoa y El amor en poesía, donde leí por primera vez a Felipe Benítez Reyes.

            ---Ahí siguen, tantos años después. Parecen inagotables. No pude dejar de llevarme una colección de artículos de Corpus Barga, que leí en su momento, y que debe de andar perdida por mi biblioteca. Contiene dos series que me parecen obras maestras del periodismo, la que cuenta un viaje en el Graf Zeppelin en 1930 y la que nos habla de un viaje por Europa en 1936. Qué maravilla retro futurista ir de un continente a otro en un dirigible. No nos acabamos de creer que ese inmenso armatoste, tan difícil de manejar, con una tripulación que era más del doble de los pasajeros que podía llevar se considerara un modo de transporte adecuado fuera de las novelas de Julio Verne. La otra serie comienza en el París en que acaba de triunfar el Frente Popular y termina en la Unión Soviética, pasando por Viena, Budapest y Bucarest. Un viaje en el tiempo aún más sorprendente que el llevado a cabo por el Graf Zeppelin.

            ---Bueno, pues dejemos a la Europa de 1936 y volvamos al mundo de hoy. Supongo que tú, que no te pierdes ningún estreno comercial, ya habrás visto el nuevo Supermán, de James Gunn.

            ---Por supuesto. ¡Y cómo lo he disfrutado! Ahí están Netanyahu, Donald Trump, Elon Musk, los palestinos, los fabricantes de bulos, el nuevo negocio de las prisiones de alquiler para migrantes, los agujeros negros de la ley y otras maravillas del mundo contemporáneo.

            ---¿Es una película política entonces?

            ---Puede leerse así. La protagoniza un Superman vulnerable y maltratado. Pocas veces un héroe ha recibido tantos golpes. Parecía…

            ---No me lo digas. ¿Pedro Sánchez?

            ---Solo por escuchar el discurso final de Supermán (“Me he equivocado muchas veces: soy humano”) y ver la cara que se le pone a Feijoo vale la pena ver la película.

            ---Dejemos la política –dice Fran--. Veo que también has traído un libro de mi admirado Guillermo Brown. Yo tengo la colección completa. Es mi lectura favorita. Siempre vuelvo a él.

            ---Yo también. Era el niño que hubiera querido ser y que, de alguna manera, aunque un poco tarde, he conseguido ser. Guillermo el organizador se publicó en Inglaterra hace ahora cien años y en Argentina en 1948. Aquí la censura no permitió que se distribuyera. No era apto para niños ni, por supuesto, para adultos a los que se trataba como a niños. Muchos de los capítulos aparecieron en otros libros, pero cuatro son inéditos y el conjunto se lee como si lo fuera.

            ---¿Lo tendrán en Cervantes? Mañana mismo voy a comprarlo.

            ---Una maravilla para quienes Guillermo nos alegró la infancia y una sorpresa para quien lo descubra ahora.

            ---Perdona, Martín, pero lo que no me interesa nada es esa reliquia que tienes ahí. Indalecio Prieto en Oviedo tenía una calle y se la quitaron con buen criterio.

            ---Como político podrá ser discutible, aunque yo soy uno de sus admiradores, pero como escritor no desmerece junto a los más notables de su tiempo. Y esto se ha dicho pocas veces. Necesita una reedición y una valoración estrictamente literaria. No es Azaña, pero su inteligencia está a la par y los volúmenes De mi vida, en que se recopilan sus artículos autobiográficos, han envejecido bastante menos que El jardín de los frailes, que ya nació viejo. El subtítulo no puede ser más sugerente: “Recuerdos, estampas, siluetas, sombras…”. Y la primera sombra que aparece es la de su madre, una mujer –otra más-- maltratada por la levítica Vetusta. La infancia de Indalecio comenzó siendo una infancia pequeño burguesa. Su padre era contador del Ayuntamiento; el hermano de su padre, inspector de policía. Cuando tenía seis años, falleció el padre. El entierro fue de primera. Él lo contempló desde el balcón de su casa: “Vi aglomerarse en la calle mucha gente enchisterada. Todos los sombreros de copa habidos en Oviedo, recién alisadas las chafaduras de su fieltro, debieron de concentrarse allí. Parecían setas negras y brillantes surgidas del pavimento. De pronto, las sobrepellices de los curas del cercano templo de San Isidoro salpicaron de blanco la densa masa oscura. El clero parroquial en pleno, con cruz alzada y presidido por dignidades que vestían lujosas capas pluviales, asistió al entierro”. No sabe quién encargó aquellas ostentosas exequias, lo que si sabe es que cuando llegó el sacristán con la factura su madre se quedó sin un céntimo. Y que todos en la ciudad les volvieron la espalda. Nadie visitaba a una viuda y tres huérfanos, que hasta entonces había sido agasajados por todos. Pasaron hambre. Indalecio tuvo que acogerse a la caridad de su tía Honorina, maestra de escuela. Uno de sus hijos le exigió que le limpiara los zapatos. No pudo contenerse y le lanzó uno de ellos a la cara. Volvió a casa, a compartir unos pocos mendrugos con el resto de la familia. Ni siquiera le pagaban a la madre la pensión que le correspondía como viuda, se retrasaba o la retrasaban por trámites burocráticos. Cuando por fin la cobró, pagó deudas, vendió lo poco que le quedaba y se fueron a Bilbao, donde aquel niño listo, que comenzó vendiendo periódicos, hizo carrera y entró a formar parte de la mejor historia de España. “Sin saber por qué, aquella soledad me hería –escribe recordando su infancia en Vetusta--. Cuando supe su causa, me ofendió más. La deduje, al cabo de años, examinando amarillentos papeles, entre los cuales hallé dos partidas de matrimonio de mi padre: el primero con una dama leonesa, de quien no tuvo descendencia, y el segundo con Constancia Tuero, que había sido su criada y a la que convirtió en esposa apenas pudo legalmente hacerlo”. El hermano mayor de Indalecio era “ilegítimo”, había nacido antes del matrimonio. Las buenas gentes de Vetusta no perdieron ocasión de vengarse de aquella ofensa a la moralidad en cuanto vieron que la pobre mujer se había quedado sola y con tres hijos a su cargo.

            ---Qué vergüenza. Alguien tendría que reivindicar a la madre de Indalecio Prieto como se ha hecho con la primera mujer de Alarcos, otra victima de la hipocresía de esta ciudad. Por cierto, no sé si sabes, Martín, que tu presentación del libro Desde un jardín en Lausana, en la que acusas al gobierno del Principado, a la Universidad y a un diario local de cómplices en la perpetuación de ciertas reliquias caciquiles que nos avergüenzan a todos anda rodando por YouTube.

            ---No lo sabía, pero no me importa. Yo siempre hablo, aunque nadie me escuche, urbi et orbi, a la ciudad y al mundo.




 

sábado, 12 de julio de 2025

Café con libros: Una hermosa criatura

 

---¿Qué interés puede tener un libro como La emperatriz Eugenia íntima, que el pasado sábado encontré en un mercadillo de León? En principio, puede parecer el mismo que una colección apolillada de Hola o almibaradas películas del tipo ¿Dónde vas Alfonso XII o Sissi, emperatriz? Pero a mí me fascina todo lo que tenga que ver con la historia privada de las naciones y, en particular, con el Segundo Imperio.

            --A ti te fascinan todos los fastos imperiales, Martín. No me extraña que admiraras a Mao y sigas admirando a Chaves y Napoleón.

            ---¿A Mao? Ni siquiera como poeta. La primera novela de Baroja que leí no fue ninguna de las famosas, sino Las tragedias grotescas, que transcurre durante el Segundo Imperio. Todavía recuerdo las conversaciones entre don Fausto, el protagonista y su amigo Yarza. “Estas grandes ciudades no enseñan más que una cosa, que hay que tener dinero”, decía Yarza. Un día fueron de excursión al parque de Saint-Cloud y desde la terraza contemplaban París inundada por el sol. “¡Qué admirable ciudad!”, dijo don Fausto. “Sí, qué admirable sería saquearla”, respondió Yarza.

            ---¿Y qué intimidades se nos cuentan de esa famosa Eugenia de Montijo de la que tanto hablan las coplas?

            ---Tuvo su importancia política, por tres veces ocupó la regencia. Ella fue quien llevó al imperio a su mayor gloria, con la inauguración del estrecho de Suez, y al desastre de Sedán. Cuando el desfile triunfal por el estrecho, escoltada por barcos de todas las naciones, casi como si fuera la emperatriz del mundo, unos marineros españoles tuvieron la idea de acercarse en barca a su navío y darle una serenata. Al oír las primeras coplas, Eugenia se asomó a la portilla de su camarote y para sorpresa de todos unió su voz a la del improvisado cantaor: “La pena y lo que no es pena / todo es pena para mí…”. Todo fue pena para ella en el medio siglo que siguió viviendo después de que acabara su papel en la historia.

            ---Veo que hay una página marcada por un menú con el escudo real.

            ---Me ha divertido comparar lo que se servía en las comidas palaciegas de entonces con lo que se come en las de ahora, si he de juzgar por las poquísimas a las que yo he asistido. Os leo: “Había cuatro servicios dobles, es decir, dos sopas, cuatro principios, dos segundos platos, dos asados…”.  Parece que no se preocupaban de guardar la línea. En el Palacio Real de Madrid, la comida del pasado 22 de abril, consistió en sopa de tomate, suprema de merluza y un poco de queso ahumado con nueces y membrillo. Pero en ambos casos, “el servicio se hacía con tanta prontitud y orden que las comidas más espléndidas no duraban más que tres cuartos de hora”.

            ---Pues en Madrid no me extraña, pero en París no me parece que tuvieran tiempo de masticar adecuadamente.

            ---También está la historia de Home, el espiritista que hacía girar mesas, volar candelabros y oír músicas celestiales que nadie parecía interpretar. Un marqués le prometió una fortuna si le ponía en contacto con su amada, que había muerto hacía poco. “Venid esta noche a mi casa y hablaréis con ella”. Le mandó pasar a una habitación y le dijo que se acostara. A la mañana siguiente, en el dormitorio se encontraron dos cadáveres: el del marqués y el de una joven de sonrisa angelical vestido aún con la mortaja de su entierro.

            ---Con esos libros que te gusta leer, no me extraña que te aburran las novelas, Martín. ¿Cómo seleccionas tus lecturas?

            ---El libro que voy a leer por la tarde me suele estar esperando, sin que yo sepa siquiera que existe, por la mañana en la librería. Hoy, antes de Los Porches, he pasado por Cervantes y nada más hojear Con la vida por detrás, de Antoine Compagnon, sé que está escrito para mí. Nació en 1950, se jubiló el mismo año que yo y este libro, que reúne su último curso en el Colegio de Francia, habla de la vejez en la literatura y en el arte. de las obras finales de Tiziano o de Rembrandt, de Chateaubriand o de Gide, a veces obras maestras con un brillo distinto, lo “sublime senil”, y otras senilidad y decadencia a secas.

            ---Y lo que tú escribes ahora, ¿dónde lo incluyes?

            ---Ni en lo sublime ni en lo senil, me parece. Yo sigo en mi tono habitual, quizá con algo más de diplomacia, pero no estoy muy seguro.

            ---Tú has sido muy cruel con los escritores viejos. Recuerdo lo que dijiste del Dámaso Alonso de Duda y afirmación sobre el Ser Supremo o del Jorge Guillén de Final, incluso afirmaste que incluía algunos de los peores poemas de la literatura española. ¿No te arrepientes?

            ---No.

            ---¿Ni siquiera de burlarte de los últimos libros de Luis Alberto de Cuenca?

            ---No me he burlado, solo he deplorado que entre sus innumerables amigos y estudiosos no haya alguno capaz de asesorarle adecuadamente.

            ---A tu edad, ya pocos poetas publican algo que valga la pena. ¿No estás pensando en retirarte?

            ---A mi edad Borges publicaba sus mejores libros de poemas.

            ---Pero tú no eres Borges. Ni Pessoa.

            ---Y bien que lo siento.

            ---Cambiemos de tema, Martín. Yo he comenzado a leer este otro libro que tienes aquí, El último vuelo, de Fernando Castillo. ¿Qué te parece?

            ---El tema no puede ser más sugerente, Enrique. Habla de los últimos dirigentes republicanos que abandonaros la Península y de los fugitivos de la Alemania nazi y la Francia colaboracionista. Fernando Castillo, historiador, no escribe novelas, pero es nuestro Patrick Modiano.

            ---Demasiado minucioso para mi gusto. Se pierde uno entre tantos personajes y personajillos. Yo prefiero sus libros sobre Biarritz o Tánger. A veces me recuerda a Juan Manuel Bonet, otro escritor que gusta de acumular fichas y más fichas. Lo edita Abelardo Linares, que anda ahora metido en una hilarante polémica a propósito de unas crónicas de Chaves Nogales recientemente rescatadas y restauradas. ¿Qué opinas de Abelardo como editor?

            ---Que es un excelente poeta y también un poeta, o un Quijote, de la edición. Debería escribir sus memorias. A mí me gustan mucho las memorias de editores. Las últimas que he leído son las de Jacobo Muchnik, Editing, que encontré en un saldo de libros a un euro (sorprende la cantidad de obras maestras o simplemente curiosas que pueden encontrarse por ese precio). Muy seguro de sí mismo, escribe con precisión e inteligencia. Esto le dijo Manuel Aguilar: “El negocio editorial no se basa en la cantidad de gentes que leen libros que no les cuestan nada, porque nunca los compran, sino en esos otros que compran libros con la sana intención de leerlos, aunque no los lean nunca”. Y Robert Laffont: “La relación con los autores se parece a cualquier relación de pareja. Muy agradable y llena de ilusiones al principio. Después, los gruñidos, los reproches, el descontento. Los esfuerzos que el editor hace en favor del autor no valen nada, son bien pronto reducidos a obligaciones incumplidas. Es como si, tarde o temprano, la verdadera cosecha del editor tuviese que ser la ingratitud”. Pero en Editing no hay solo editores y autores, hay también una mágica presencia que ni siquiera se anuncia en el índice. Qué sorpresa entrar en casa de Arthur Miller y encontrarse con Marilyn Monroe como anfitriona.

            ---Creo que tú escribiste algunos poemas suyos. Llevan años circulando por la red, a su nombre, y son muy leídos.

            --No los escribí yo, solo le ayudé a escribirlos. Alguno todavía lo recuerdo: “Soñamos con que nos quieran, / soñamos con amar a alguien, / pero es solo un mal sueño / del que conviene despertar. / La quimera del amor / ha hecho más daño al mundo / que lobos y que ratas y asesinos feroces”. Amigo, traductor y editor de Arthur Miller, Jacobo Muchnik le visitaba siempre que pasaba por Nueva York: “El criado me abría la puerta, pero inmediatamente aparecía Marilyn, resplandeciente como si de veras le acompañara una enceguecedora y misteriosa aureola; siempre solícita, cariñosa. Me tomaba del brazo, me introducía en el estudio de Arthur sin dejar de preguntarme por mi esposa, por mi hija y por mi olvidada úlcera de estómago. Me dejaba con Arthur, anunciaba que iba a salir de compras, se iba y al cabo de un buen rato reaparecía para ir a la calle, con gafas oscuras ‘para no ser reconocida’ y con un gran vaso de leche”. Había oído que era bueno para la úlcera de estómago y nunca se olvidaba de traérselo. Jacobo Muchnik nos ofrece dos o tres estampas de aquella felicidad doméstica que no duró demasiado. Una vez Marilyn leyó en el diario de Arthur Miller, dejado a la vista como por descuido, que en ocasiones se avergonzaba de ella, de su ignorancia. No fue capaz de superar aquel golpe de quien tanto admiraba. Era una estrella, pero seguía siendo una niña desvalida. “Si alguien te preguntara cómo era verdaderamente Marilyn Monroe, ¿qué le contestarías?”, le preguntó a Truman Capote. “Seguro que dirías que una estúpida, una sentimental”. “Por supuesto –le respondió--, pero también diría que eras una hermosa criatura, más hermosa aún por dentro que por fuera”.




           

 

jueves, 3 de julio de 2025

Café con libros: Técnica del golpe de Estado

 

        

---¿Pero es cierto que te han amenazado, Martín, por participar en la Semana Negra? ¿Qué oscuros secretos vas a revelar? Yo que tú me lo pensaría dos veces. Mira lo que le pasó a Julian Assange.

             ---Solo voy a presentar un libro. Lo que parece cierto, según me avisó Xuan Bello, es que por las redes sociales circularon amenazadores insultos. Pero yo no los he leído ni pienso hacerlo.

            (Desde hace algún tiempo, desde 1980 exactamente, todos los viernes, a las siete en punto, voy a tomar café con libros y amigos en una cafetería que ha ido cambiando, pero pocas veces y por razones de fuerza mayor, a lo largo del tiempo. Los libros son el pretexto para una charla en la que no solo se habla de libros.

Algunas de esas tertulias andan por ahí impresas; a la mayoría de ellas, como debe ser, se las lleva el viento. Este verano, mis jefes en el periódico, me han pedido que las transcriba, aunque sea resumidamente, para solaz del lector curioso. Y yo acepto con gusto el encargo.)

            ---Solo voy a presentar un libro que ya se ha presentado varias veces. Es una obra que podrían haber escrito Leonardo Sciacia o Emilia Pardo Bazán, especialistas los dos en crímenes reales. De Pardo Bazán comenté muchas veces en clase un cuento sin ficción, “Como en las cavernas”, en el que anticipa la actual novela policíaca, tan lejana de los acertijos intelectuales y de los sospechosos encerrados en la biblioteca de una casa de campo a la espera de que llegue Poirot y lo aclare todo. El misterio de un crimen, decía Pardo Bazán, no consiste en que se ignoren los autores. “El misterio de un crimen es su psicología, los abismos del corazón que descubre, la luz que arroja sobre el alma humana, sobre el estado social de la nación”. ¡Y qué abismos del corazón descubre el libro que voy a presentar y cuánta luz arroja sobre una ciudad y sobre una universidad que en los años setenta todavía no había dejado atrás el clasismo y el caciquismo decimonónico! Pero mejor hablemos de otra cosa, Ángel. De esta nueva antología de Campoamor, que acabo de preparar, por ejemplo. Me parece que esta vez es la definitiva. Quien lea sin prejuicios De todo lo visible y lo invisible no tendrá más remedio que reconocer que es uno de los pocos poetas del siglo XIX español ha resistido el paso del tiempo y que aún se pueden leer con gusto. El resto queda para los estudiantes de literatura.

            ---Exageras, Martín. No creo que se pueda poner al lado de Bécquer y Rosalía.

            ---Pues yo creo que sí. Y no es menos memorable: “Perdí media vida mía / por cierto placer fatal, / y la otra media daría / por otro placer igual”.

            ---Los poemas breves pase, pero no los “pequeños poemas”. Que no son, por cierto, precisamente pequeños.

            ---Están llenos de malicias y sorpresas. Incluso en uno de ellos se califica a un personaje de “bisexual”, yo creo que por primera vez en la historia de la literatura española.

            ---¡Parece mentira que propongas leer a Campoamor en estos tiempos! ¡Con la que está cayendo! Cerdán en la cárcel y Sánchez como si tal cosa.

            ---Como si tal cosa, tú lo has dicho, Daniel. Gobernando de manera ejemplar y dando ejemplo en unos tiempos en que los líderes de la Unión Europea, los presuntos modelos de democracia, miran para otro lado ante los crímenes de Netanyahu a la vez que corren “a besar el culo”, a Trump”, como él mismo afirma, guiados por el servil secretario de la OTAN.

            ---Eres maestro en el arte de desviar la atención. Ahora nos hablarás de las comisiones ilegales del anterior jefe del Estado y de sus amoríos financiados con dinero público. ¿No se te cae la cara de vergüenza al ver entrar en la cárcel a Cerdán, la mano derecha de tu admirado Sánchez y gestor de los pactos que le llevaron al poder?

            ---No es vergüenza lo que siento, sino indignación. Los jueces están para hacer justicia aplicando la ley, no para hacer política al margen de la ley.

            ---Cuidadito con lo que dices, que te estás metiendo en terreno pantanoso.

            ---Seré muy cuidadoso. Santos Cerdán no ha sido condenado todavía y es posible que no lo sea nunca. De momento se le está investigando, como a Ábalos y a Koldo. De estos dos últimos hay evidencias claras de conducta irregular. En Koldo, cuantiosos incrementos de su fortuna y la de sus allegados; en Ábalos, ciertos alquileres que le fueron abonados por integrantes de la trama corrupta que encabeza no sé qué empresario paseado y jaleado como un héroe por las televisiones. Sobre Cerdán hay muchos rumores, pero ninguno ha llevado a descubrir en él, hasta la fecha, nada presuntamente ilegal. Los dos primeros están en libertad. Al segundo, se le manda a prisión “por el riesgo de destrucción de pruebas”. ¿Qué pruebas va a destruir que no haya tenido tiempo de destruir entre la fecha en que apareció el informe de la UCO y la de su declaración? ¿No mandó registrar el juez la sede del PSOE para encontrarlas? ¿Por qué no hizo lo mismo con su domicilio si pensaba que en él se podía encontrar pruebas incriminatorias? Pues porque la sede del PSOE tiene un efecto político del que carece un domicilio particular. Se le manda a la cárcel, no porque hubiera ninguna razón para ello (Cerdán sigue siendo inocente hasta que se demuestre lo contrario), sino por el bombazo político que supone, como un disparo a la línea de flotación del gobierno.

            ---No sé por qué defiendes tanto a estos corruptos, si tú nunca has tenido ni aspiras a tener ninguna sinecura política.

            ---Defiendo la verdad y la justicia. En la Edad Media, las confesiones se obtenían mediante torturas. Ahora no. Aunque, si bien se mira, hay muchos modos de ablandar a un detenido, sobre todo si es un buen padre de familia que nunca ha pensado que pisaría la cárcel. Imagínate tú que a Cerdán le proponen un pacto. “Si colaboras, sales de inmediato en libertad”. Y que para colaborar no tiene que confesar ningún delito, solo decir que una vez, no sé dónde, oyó decir no sé qué, a un constructor que era amigo de otro constructor que conocía a Pedro Sánchez. Bastaría eso para que salga en libertad, se pasee por todas las televisiones. Sabe de sobra que no van a por él. Que la pieza que se quieren cobrar es otro, el que sostiene un gobierno de libertad y progreso que puede ser el último por muchos años.

            ---Las urnas son las que deciden, Martín.

            ---Pues ya veremos lo que deciden cuando toque y no cuando quieran los que buscan una especie de golpe de Estado. Antes eran los militares los enemigos de la democracia, ahora la han aceptado plenamente y son otros los que la amenazan.

            ---Hablemos de libros, Martín, que es lo tuyo. Esta novela, Misterio en el barrio gótico tiene muy buena pinta. ¿Por qué no la presentas en la Semana Negra en lugar de esa otra que saca a la luz viejas historias de familia?

            ---Porque no me lo han pedido. Es de Sergio Vila-San Juan, conocido mío, excelente periodista. Aún no la he leído. Parece la mejor lectura para una tarde de verano.

            ---¿Y ese otro libro tan curioso que tienes ahí? Euskaleriaren yakintza. ¡A ver si te van a acusar otra vez de colaborar con ETA!  

            ---Uno de esos regalos del azar. Procede del convento de las Pelayas, que están aligerando su biblioteca. El autor, Resurrección María de Azkue, obtuvo la primera cátedra de euskera en 1888 y entre sus contendientes estaban Sabino Arana y Miguel de Unamuno. Se publicó en 1935 y trata de las supersticiones y costumbres de los vascos, Está ilustrada por los mejores pintores del país, entre los que destaca Pablo Tillac. Esta dedicado a su madre, principal informante: “Mientras estando juntos en muchos años, frente a frente en una mesa, al comer y cenar, este vuestro hijo, aficionado a viejos datos, pareciéndole más dulces que la miel los que brotaban de vuestro cerebro, a cada momento sacaba del bolsillo algún papelucho y se ponía gozoso a escribir. Cuántas veces decía la madre a sus hijas, mis hermanas: ¿Para qué querrá nuestro cura estas cositas?”

            ---Qué curioso el capítulo “Seres terribles”, que incluye a los agotes y a los judíos junto al hombre-lobo y a las brujas.

            ---¿Tú crees en las brujas, Martín?, pregunta Aida.

            ---Yo, de todo lo visible y lo invisible, creo solo en el amor, que es increíble.