Domingo,
14 de junio
UN MAL FINAL
Nos reímos mucho de los que creen que la tierra es
plana (yo jamás he conocido a nadie que pensara tal cosa), pero convivimos
tranquilamente con quienes todos los domingos (y a veces también algún día
entresemana) ingieren el cuerpo de un hombre, que además era Dios, y que murió
hace siglos. Unos –al parecer-- siguen afirmando que la tierra es plana contra
toda evidencia y otros que lo que comen es carne mortal, y a la vez inmortal,
por mucho que les demuestren que es trigo y buen trigo.
La
creencia en el disparate, y cuanto más gordo mejor, es consustancial a la
condición humana. Por eso existen fieles para tantas religiones y tantos
programas televisivos sobre ovnis. Pero de los que creen que hay naves llegadas
de otras galaxias que andan circulando por ahí y que de vez en cuando se posan
para abducir a algún pasmarote, podemos burlarnos todo lo que queramos mientras
que con las creencias religiosas hay que andar con mucho cuidado, que no hay
barbarie que no pueda cometer un grupo de fieles creyentes y encima convencidos
que así se ganan el paraíso.
Me
río de los que creen en ovnis (y de los que creen en otras cosas que me callo),
pero me divierten las películas y los programas televisivos sobre
extraterrestres. Mi favorito, el que me ayuda a desconectar de las noticias del
día, y a conciliar el sueño es Ancient Aliens y mi profeta o predicador
favorito Giorgio A. Tsoukalos.
Con
estos antecedentes, es fácil adivinar lo poco que tardé en ir a ver El día
de la revelación, lo último de uno de los grandes maestros del cine con el
que yo más disfruto (no soy nada cinéfilo, afortunadamente), Steven Spielberg.
Y seguí con los ojos muy abiertos la historia, en la que lo que menos importa
es el hitchcocktiano macguffin (a ratos me recordaba Con la muerte en los
talones), hasta el frustrante final.
El
cine puede ser muchas cosas, pero también una manera de que volvamos a ser
niños junto al fuego una noche de invierno, niños que abren los ojos asombrados
cuando alguien les cuenta una historia. Niños o adultos que siguen siendo niños
y que para vivir necesitan –desde la prehistoria hasta hoy-- que les cuenten
cuentos. Y qué maravilloso relato, entre la ciencia ficción y el cuento de
hadas, es El día de la revelación. Hay prodigios científicos, más o
menos cuánticos, que nos permiten estar en dos sitios a la vez, pero también la
casa de Hansel y Gretel y una avecilla maravillosa que entra por la ventana y
cambia la vida de una locutora de televisión. Y, por supuesto, un tren que es
amenaza y salvación y que parece que nunca acaba de pasar.
Y
luego llega el final, la revelación del secreto, esos supuestos vídeos que nos
oculta el gobierno y esos hombrecillos cabezones y otras resobadas bobaditas.
¡Steven,
Steven, cómo es posible que hayas olvidado la primera lección de un buen
narrador! Lo que nos has dado es otra versión de “el parto de los montes”.
Rugen y tiemplan las montañas, como si fueran a dar a luz un monstruo, y lo que
aparece es un ratón.
La
película debería terminar cuando los vídeos secretos se proyectan en todas las
televisiones y el mundo queda paralizado. Vemos a gente de los más diversos países
contemplando atónitos la revelación en sus casas o detenidos en cualquier
lugar, un caleidoscopio de caras atónitas ante sus teléfonos móviles… Pero los
espectadores no vemos lo que ellos ven. Cuando salimos del cine, continuamos
esperando el día de la revelación, al igual que los primeros cristianos
esperaban la inminente llegada del reino de Dios. Y siguen esperando, como los
creyentes en los ovnis, sin defraudarse nunca.
Martes,
16 de junio
LOS INTOCABLES
Como cada día, los periódicos vienen llenos de
noticias aterradoras. A mí la que más miedo me da hoy es una que no parece
darle miedo a nadie más.
Aparece
en la primera página de El País, un periódico nada sospechoso de
conspirar contra la democracia. “La investigación de la UCO contra su directora eleva la
tensión en la Guardia Civil” se titula. Y la noticia, que se amplia en la
página 15, dice así: “La Unidad Central Operativa de la Guardia Civil ha
multiplicado sus sospechas en la investigación de la exmilitante del PSOE Leire
Diez sobre Mercedes González, directora general del instituto armado, y sobre
el teniente general Manuel Llamas, director adjunto operativo. Los agentes
ahondan en que ambos activaron investigaciones internas para conocer el origen
de posibles filtraciones de información”.
Si
lo que se dice es cierto, un defraudador de Hacienda puede acusar al fiscal
general de filtrar información sobre sus tejemanejes y la acusación sigue
adelante y acaba en el tribunal supremo y en la condena del fiscal no por
haberse probado que sea culpable, sino porque no ha sido capaz este de
demostrar que es inocente. Y, sin embargo, si hay fundadas sospechas de que
filtraciones que dañan, o pretenden dañar, al gobierno proceden de ciertos
agentes de la Unidad Central Operativa, y alguien intente que se les investigue,
a quien se investiga es a quien se ha atrevido a hacerlo, aunque sea nada menos
que su jefa, la directora general de la Guardia Civil.
Si
lo que se dice es cierto, y nadie parece interesado en desmentirlo, en España
parece estar intentándose un golpe de Estado (esto es, un cambio de gobierno al
margen de los procedimientos establecidos por la constitución) con el aplauso
de medio país y sin que el otro medio se atreva a levantar mucho la voz no sea
que le pase como a David Sánchez, aunque el pobre no tuvo ni siquiera que alzar
la voz para que le pasara por encima la trituradora judicial.
Confío
en no haber leído bien y que no sea cierto que en la Guardia Civil hay
elementos que no acatan las órdenes de su directora general y conspiran contra
ella. No me puedo creer semejante barbaridad.
Miércoles,
17 de junio
UN CABALLERO
No como un regalo más en este día de mi cumpleaños,
sino como uno de mis preferidos, considero el que Zapatero entrara y saliera de
la Audiencia Nacional con una sonrisa, sin un mal gesto para quienes han
vertido sobre él toda la basura posible en estos días, y se comportara en todo
momento como un caballero. Y otro regalo el que le tocara un juez que antepone
su ética profesional al fácil halago mediático. Le habría sido fácil quitarle
el pasaporte o incluso enviarle a la cárcel alegando riesgo de fuga o de
destrucción de pruebas, como tenemos ejemplos cercanos (como el de Santos
Cerdán: todavía no sabemos qué pruebas habría podido destruir mientras estuvo
preso), pero prefirió seguir investigando hasta encontrar pruebas de algún
delito.
¿Las
encontrará? No soy profeta. Confío en que no.
De
momento, qué contraste entre el comportamiento de ese caballero, al que voté,
al que no me arrepiento de haber votado, al contrario de lo que me ocurre con
Felipe González (aunque cuando le voté era otro Felipe, aunque quizá no del
todo: ahí está la estúpida barbarie de los GAL), y el del líder –es un decir-- de la oposición,
que insulta, un miércoles sí y otro también, al presidente del Gobierno en sede
parlamentaria. “¡Cobarde!” le gritó hoy, como un matón de colegio que sabe que
no pueden responderle en el mimo tono ni invitarle a que se lo repita en la
calle.
Qué suerte tengo de no ser de derechas porque, si lo fuera, en las próximas elecciones tendría que votarle, o votar a otro igual, si no peor, aunque parezca imposible.
Jueves,
18 de junio
NO TENGO ENMIENDA
Presento el libro de un admirado amigo, Avelino
Fierro, el más raro fiscal que en el mundo ha sido, y no puedo evitar, por más
que lo intento, centrarme en los muchos pasajes antológicos, sino que una y
otra vez vuelvo a los fallos de la edición.
Un
libro es siempre una obra colectiva, aunque en la portada figure solo el nombre
del autor. Los otros colaboradores son invisibles, pero cuando faltan cómo
brillan por su ausencia.
El
título es Vidas de jurista, pero debería ser Las vidas de un jurista,
porque es un diario de las plurales dedicaciones del autor, no solo de su
actividad en la Audiencia de León.
En
casos como este, ya me ocurrió antes con el Primer cuaderno Borges, de
Roberto Alifano, cómo lamento no ser rico para retirar toda la edición y
preparar una nueva que haga honor al texto.
Pero
tal como está vale la pena. Y si se mira buenos ojos, como yo debería haber
hecho en la presentación, también se puede considerar que la imperfección, tan
humana, tan demasiado humana, le añade encanto.

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