sábado, 3 de agosto de 2013

Historias de hotel: Aquella noche en Jerusalem


Cuando yo era niño y vivía en Aldeanueva del Camino, el peor insulto que podía hacerse a alguien de Hervás era llarmarle judío. Ahora hay estrellas de David por todas las esquinas y la herencia judía –real o inventada– se ha convertido en su principal atractivo turístico.
            Una de las pocas cosas realmente judías de Hervás es la pastelería La Candela, regentada por Abigail Cohen, nacida en un kibutz de Israel, pero cuyos antepasados anduvieron por Siria y por Argentina y un poco por todas partes.
            Como siempre que vuelvo a mi pueblo, y lo hago todos los veranos, me paso la mayor parte del tiempo en Hervás. Aldeanueva es para mí uno de esos parientes a los que queremos mucho, pero a los que no soportamos.
En Aldeanueva, aguanto poco. A la media hora de estar allí ya se desploma sobre mí todo el tedio de la infancia sin libros, las largas horas de la siesta, una enervante, exasperante, asfixiante modorra.
Hervás es otro mundo. Pero estas cosas no las puedo decir porque la vieja rivalidad entre los dos pueblos cercanos –poco más de cinco kilómetros los separan– continúa y no quiero que me declaren persona non grata precisamente en mi pueblo natal.


            Después de visitar el museo de Pérez Comendador, donde hay también una muestra de las esculturas geométricas de Ángel Duarte, tomaba yo un café en La Candela y saboreaba los maamul, las pastas rellenas de dátiles o nueces que se solían comer después del ayuno del Yom Kipur, cuando, por una de esas nada raras coincidencias del azar, apareció en la puerta precisamente la persona en la que estaba pensando. Me la había traído a la memoria aquel exótico sabor: habíamos disfrutado juntos de unos pastelillos semejantes en una cafetería de Jerusalem. “¡Qué alegría verte, José Luis! ¿Qué haces por aquí?”
            Ella se alojaba en el Jardín del Convento y, tras pagar la cajita de pastas que había venido a comprar, me invitó a acompañarla. Aparte del gusto por charlar con una querida amiga, un coleccionista de jardines como yo no podía negarse a conocer un hotel así llamado.
            El Jardín del Convento está en la plaza del mismo nombre, junto a la iglesia, en una hilera de sobrios edificios que a mí siempre me había recordado a la casa Masides, muy cerca de la mía, en la carretera de Aldeanueva.
            ––Es una casa particular adaptada como pequeño hotel de solo siete habitaciones. Los dueños viven en el último piso. Yo vengo siempre que ando enredada con un libro nuevo y necesito concentración. Lo mejor es el jardín. Ya lo verás.
            Lo vi y tuve la sensación de que no lo veía por primera vez. Muchas veces había soñado con aquel lugar, con esos setos en forma de laberinto, con la palmera, con los macizos de flores y la serranía del fondo.  Era exactamente el jardín entrevisto en mi infancia tras las altas verjas del otro lado de la carretera, el jardín que yo he tratado siempre de reencontrar en todos los jardines del mundo.


El jardín de mi infancia solo existe ya en mis sueños, aunque ahí sigan sus muros y la gran puerta de hierro. No hay nada tras ella, solo la burla y la desolación: la barbarie municipal lo ha convertido en una polvorienta pista para eventos varios.  Únicamente ha respetado el inmenso castaño que se eleva sobre la carretera para dar testimonio de lo que una vez fue.
            ––Te voy a contar una historia que te hará este jardín aún más fascinante. Tú sabes de sobra quién fue Severiano Masides. Editaste con Ana Reviriego su único libro, La estela de un campesino, pero lo que no creo que sepas es que el modelo de su casa en Aldeanueva es esta en la que ahora estamos. Y su jardín quiso ser una réplica de este mismo jardín que ha conservado bastante de su original disposición isabelina. Severiano Masides acabó siendo un conservador, partidario de Primo de Rivera, al que Alfonso XIII concedió la medalla del trabajo. Recuerda uno de sus aforismos: “A una democracia impuesta por el fanatismo, prefiero una dictadura inspirada en la templanza y la virtud”. Pero no siempre tuvo esas ideas, que se fueron acentuando hasta la caricatura en sus descendientes. En su juventud, fue un liberal y un revolucionario. Participó muy activamente en las conspiraciones que destronaron a Isabel II y por eso le nombraron alcalde en Aldeanueva tras la Gloriosa, tras la revolución de septiembre. Esta casa la acababa de construir un comerciante que había hecho su fortuna en América. Severiano Masides, que entonces tenía poco más de veinte años, se enamoró de la casa, del jardín y de la mujer del dueño. Al parecer fue correspondido, al menos durante una noche y en este mismo jardín. Pero quedan muy pocos datos de esa relación. De un lado y de otro se ocuparon de borrar todas las huellas. Yo quería hacer un trabajo de investigación, pero creo que voy a terminar escribiendo una novela. Hay verdades a las que solo la imaginación puede llegar.


            ––De la autobiografía de Severiano Masides, dos pasajes me gustan especialmente. Solo fue a la escuela hasta los nueve años, pero nada le gustaba más que leer. Como la lectura escaseaba, convenció  a sus padres para que le pidieran a un vecino, que estaba suscrito a La Iberia, los números atrasados. A mí me pasó lo mismo. Vecino nuestro era el peluquero del pueblo, suscrito al ABC, y los ejemplares viejos del ABC fueron mi primera biblioteca. Supongo que no entendía gran cosa, pero lo devoraba todo. Todavía recuerdo unos versos citados en una reseña de un libro de Gerardo Diego. Me parecieron tan malos que me los aprendí de memoria: “Cuando yo era niño, me traía el mar / las cadencias de don / Emilio Castelar. / Hoy me deleita, raro sireno, / don José María Pemán, / el bueno”.
            ––Se ve que ya de niño ibas para crítico literario feroz.
            ––Al niño Severiano le entusiasmaban las campañas políticas de Calvo Asensio y también los versos que se publicaban en el periódico. Sin saber nada de métrica, se atrevió a escribir un soneto y se lo envió al director de la publicación. Y poco tiempo después, cuando estaba con su padre trillando en la era, llegó la madre con una carta en la mano. Ella no sabía leer y temía que fueran malas noticias. Pero la carta venía con membrete del Congreso de los Diputados y estaba dirigida a aquel niño de un pueblo remoto. Calvo Asensio le agradecía cariñosamente sus versos. Desde entonces su mayor ilusión era abandonar el pueblo y dirigirse a la Corte, hacer allí carrera política. Se sentía destinado a grandes cosas. Pero tú todo esto, si estás escribiendo una novela sobre él, ya lo sabes de sobra.
            ––Me gusta oírtelo contar. Creo que en alguna parte le comparas con un personaje de Galdós, con el Felipín de El doctor Centeno.
            ––Sí, parece un personaje de Galdós o de Balzac, uno de esos jóvenes provincianos que llegan a la capital dispuestos a conquistarla o incendiarla. Poco después de la historia de la carta, el padre de Severiano llegó del mercado de ganado, que se celebraba todos los miércoles desde la época medieval, con la que al chico ambicioso e impaciente le pareció la mejor de las noticias: le había “ajustado” (como se decía entonces) para llevar cerdos a Madrid y debía prepararse para emprender de inmediato la marcha. Era invierno y el viaje a pie por tierras de Ávila y el puerto de Guadarrama, malcomiendo y durmiendo en la cocina de los mesones con un poco de paja encendida por toda lumbre, se hacía interminable. El joven porquero estaba impaciente, le parecía que llegar a la Corte y conquistar la gloria sería todo uno. Tras veinte días de caminata, cerca de Villalba se presentó el dueño y dispuso el embarque del ganado en esa estación. Eran dos porqueros y cada uno iba apretujado con los animales a su cargo en un vagón plataforma. Al llegar a la vista de Madrid, su compañero le señaló un edificio que sobresalía entre todos y le gritó: “El Palacio”. Y lo que pensó Severiano fue: “Algún día despacharé en él de ministro o moriré en un asalto como un mártir de la libertad”.
            –-No fue ministro, pero sí un gran terrateniente y fue condecorado por un nieto de aquella reina frescachona a la que contribuyó a expulsar de España y de la que quizá, como todos los revolucionarios de entonces, estuvo un tiempo secretamente enamorado. Quién le iba a decir que toda su fortuna desaparecería, tras su muerte, en las ávidas manos de quienes de joven tanto combatía.
            –-No le importaría. De viejo se convirtió, como nos ocurre a casi todos, en todo aquello contra lo que luchaba a los veinte años.
            (Mientras hablábamos, había ido atardeciendo en el jardín. Ya casi era de noche, pero aún no se habían encendido las luces. Miré a mi amiga y recordé el susto de aquel otro anochecer cuando nos encontramos, cerca de la puerta de Solimán, en medio de un altercado entre adolescentes palestinos y soldados israelíes, y la noche luego en el hotel. Del amor imposible de Severiano Masides quedó un jardín y luego no quedó nada. Como no quedó nada, nada, de aquella noche en Jerusalem. Salvo este jardín, en Hervás, por el que tantas veces había paseado en sueños sin haberlo visto nunca y esta mañana encuentro al despertar.)



            

12 comentarios:

  1. Don Kurtz, no me sea machista u olvidadizo: el museo se llama Pérez Comendador-Leroux, que la esposa de don Enrique -doña Magdalena Loroux- no era precisamente manca en eso de la pintura. Allí se muestra parte de su obra
    Y sí, es cierto que es un pequeño museo con encanto; además, durante el verano, acoge diversos talleres y cursos relacionados con las artes.
    Vaya, parece que, en esta ocasión, la transubstanciación de un espíritu amigable no ha acontecido frente al velador de un café (digo "frente" porque nunca aclaras si invitas a tomar asiento a tus aparecidos) sino delante de un mostrador de confitería... Desde luego que no es lo mismo pero se parece bastante.
    Al empezar a describir el jardín de ese -sin duda- encantador hotel llamado Jardín del Convento, me vino el recuerdo de otro esplendido: la Hospedería del Valle del Ambroz, también en Hervás. Tiene un claustro espectacular, de pavimento acristalado, bajo el cual discurre el agua de un estanque central. Espectacular.
    Respecto al tal don Severiano Masides, decir que un niño porquerizo que va camino de Madrid mezclado con su piara y que lo primero que se le ocurre decir -al avizorar en lontananza las cúpulas, torres y chapiteles de la Villa y Corte- es que algún día habrá de ser ministro o que morirá en un asalto al Palacio como un mártir de la libertad, pues que apunta a que va a ser (de hecho ya lo es) un tipo de cuidado. Luego salen como salen, y en la madurez confortable hacen tabla rasa de todo cuanto supuso ideales, sueños e ilusiones juveniles..., en este caso desde el ya problemático parvulario.
    Lo que no me parece bien es que des por hecho que todos (o casi todos) hemos de darle la vuelta a la chaqueta en cuanto nos hacemos talludos, como si el idealismo y la generosidad que adornan la juventud (la lúcida juventud también existe, como Teruel) fuese una enfermedad, un sarpullido que se cura con los años.
    Saludos filoextremeños, buen Martín.

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  2. El jardín entrevisto: ahí empieza (y acaso se acaba) todo. He disfrutado leyendo.

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  3. El hombre de las Tres Emes16 de agosto de 2013, 20:19

    No sé si fue Baudelaire quien dijo, corríjaseme si no estoy en lo cierto, pero estoy seguro que fue un poeta de la tierra de cuyo nombre no puedo acordarme, que Hervás era el mejor barrio periférico de Aldeanueva del Camino. Tal es así, que el citado Museo Pérez Comendador, lo olvidaste, don Kurtz, (¿su nombre es evolución de Kertész?), alberga una sala, la primera según se entra a mano derecha, con sendos dibujos coloristas y esculturas del sin par aldeanovense Duarte. A los lectores que no les apetezca visitar el barrio periférico de Aldeanueva, pero que tengan la fortuna de pasar por la A-66, a la altura de la desviación de Aldeanueva, junto a la gasolinera, podrán admirar una escultura del citado Duarte. Hace años la derribó el viento, la volvieron a colocar en su posición correcta y el viento puñetero lo volvió a derribar. Les propongo un juego. Cuando pasen intenten averiguar si está o no en su posición correcta.
    El Jardín del Convento es una reliquia histórica que enlaza la decadencia de la burguesía acomodada de la Hervás textil del siglo XIX con el incierto siglo XXI ausente de unas industrias que fomenten la mano de obra y por ende, sujeten la demografía.
    Matizo a F. que el espectacular claustro de la Hospedería Valle del Ambroz tiene un pavimento acristalado, que corresponde al suelo primitivo del convento de los frailes religiosos trinitarios descalzos, pero el agua no discurre por el acristalado, sino que está enclaustrada en el estanque central, para mi gusto, algo birrioso.
    Y en cuanto a las mil estrellas judías que pululan por el pueblo son más bien inventadas. Pero no todo el mundo sabe inventar tan bien como inventa Hervás su historia judía. Para eso hay que nacer. Y tener experiencia. Mucha experiencia. Que se lo pregunten a Machado. Ya en el siglo XVIII los tejedores de Hervás vendieron en la feria de Trujillo más tejidos supuestamente manufacturas en los fabriles de Béjar, que los propios bejaranos. ¡Je, je! Y ahora, hacemos más de lo mismo. Lo llevamos en la sangre.

    El hombre de las tres Emes.

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  4. Muy atinada toda esa información, anónimo comentarista. Ni siquiera Marciano Martín Manuel, el hombre que más sabe de la historia pasada y presente de Hervás, lo habría hecho mejor.

    JLGM

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  5. Le agradezco a M.M.M. su corrección y le hago saber que mis sugestiones me suelen jugar malas pasadas: que haya "visto" correr el agua debajo de los vidrios del claustro seguramente que ha sido debido a que, en su momento, especulé con aquella solución estética, que no se acabó de tomar, por lo que cuenta.
    Fue otra sugestión mía -inducida por ese pasado judío que usted parece cuestionar- la que hizo que creyera oír la salmodia de un rabino (quizá de vacaciones en Hervás) en lo que no era más que... tonada asturiana: al acercarnos al ventano del que procedían las sinuosidades melódicas -que como acabo de decir supuse hebraicas- escuchamos con nitidez "Baxé'l puertu de Payares..." Se ve que no éramos los únicos turistas astures en la plaza. A partir de allí, ya no confundí las coronillas alopécicas con solideos ni me parecieron tan ganchudas las narices de la gente...
    Por cierto, don M: si tiene algún ascendiente sobre los que mandan, ínstelos a que señalicen mejor el camino que lleva al arco de Cáparra. La primera vez que lo busqué me costó tiempo y sudores. Ya desistíamos de dar con él cuando lo vimos emerger sobre unos matojos. En Cataluña ya se hubiesen ocupado del tema como merece por su importancia indudable.
    Un saludo, MMM.

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  6. El hombre de las Tres Emes17 de agosto de 2013, 18:07

    Estimado don F. Al habla don M.
    Lamento decirle que no tengo ascendiente sobre los que mandan, más bien descendiente. Por bocazas. Claro que esto de los descendientes depende como se mire. O como se oiga. Unos oyen la salmodia del rabino y otros los tragus astures. El caso es oír. Y viajar.
    Si te perdiste por los caminos de Cáparra, se te está bien empleado, por no llamarme. Toma nota, por si vuelves. Vienes por la A-66. Desvío en la salida de Villar de Plasencia, hora de llega prevista a Cáparra, 10 en punto de la mañana, para evitar colas, visita obligada del video (10 minutos), visita del yacimiento (media hora) y luego viaje al despoblado Granadilla. Ojo que te cierran a las 13,30h porque el despoblado, una verdadera reliquia medieval, lo circunda una muralla con una única puerta de acceso. En Granadilla, una hora de asueto dividida en tres etapas: 1º subida al castillo; 2º paseo por la muralla; 3º paseo interior por el pueblo.
    Y ya que hablas de Astures. El 31 de marzo estuve enseñando el pueblo a una asociación asturiana llamada Trasgo Andayu (o algo parecido, corrígeme si me equivoco). Nos llovió a mares. Al acabar la visita, era un bus de 50, les gestioné un local y me invitaron a comer de sus viandas. ¡Y cómo comían y trasegaban los condenados! Yo, por hacer patria acabé cantando “Extremadura, patria querida” (o algo parecido).
    Por último, amigo F. Te explico el secreto de las Tres Emes. Siendo Hervás un barrio periférico de Aldeanueva, y siendo Aldeanueva el pueblo de las Tres Mentiras, ¿cómo no habría de tildarme, como hijo de la periferia, el hombre de las Tres Emes?
    Saludos.

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  7. Bueno, don M., ahora me toca a mí puntualizar:
    -En asturiano, se dice "trasgos", no "tragus".
    -El tragus es una parte del cartílago de la oreja.
    -Corríjote, pues te equivocas: la agrupación de marras se denomina El Trasgu Andayón.
    -Este trasgu (con u en el singular), ya ha estado varias veces en Granadilla, de la que guarda un recuerdo lacerante. Había extramuros una chumbera y no se me ocurrió más que echar mano a uno de los higos (?). Consecuencia: estuve sacando las finísimas agujas que se me clavaron en las manos varias semanas. Impericia de normando que se desenvuelve mal en climas tropicales.
    Un saludo, M.; espero que no hayas pasado un mal trago.

    PD.- Tu amigo JLGM me tiene manía porque dice que he tomado su blog por asalto, para así parasitarlo colgando en él mis morcillas. No querría porfiar más con los blogueros, pero me puede un repente insensato cuando me restregan la franela por los morros.

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  8. No, no, F., creo que M. se refiere, específicamente, a los tragus astures, o sea la sidrina y otros culines... El resto de la entrada no deja lugar a dudas ni siquiera a dudes...

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  9. Referiríase muy guapamente.

    PD.- Sepa mi señor Anónimo que un astur fetén nunca diría "sidrina": eso es cosa del foriatado y de los que, destinatarios de toda la puxarra que aprovechan a venderles nuestros astutos lagareros, creen aprehender (y aprender) los usos y costumbres indígenas con sólo ver, desde la barrera de su aridez castellana, los trasiegos "tragicos" de los bebedores de sidra (que así se dice, sin ridículos diminutivos) de los aborígenes.
    Lo más desatinado: cuando algún energúmeno dice "sidriña". Pa matalu.

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  10. Un bello jardín, con sus cerezos y tejos. Muy cuidado, es una delicia respirar sus aromas.

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  11. El hombre de las Tres Emes28 de agosto de 2013, 17:56

    Anónimo del 28 de agosto. Que yo sepa en El jardín del Convento no se respira el aroma del tejo, pero es muy posible, y hasta deseable, que te tiren los tejos.

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