sábado, 21 de agosto de 2010

Las veladas del jardín: Fin de fiesta

El día amaneció lluvioso, y el mal tiempo fue aumentando a medida que pasaban las horas. Yo apenas había logrado dormir, y amanecí con un humor no demasiado bueno. Pasé por la biblioteca del pazo: ningún libro parecía interesarme. Puse un poco de música: incluso Mozart me daba dolor de cabeza. Subí hasta la terraza más alta, en la torre medieval, y allí estaba, mirando sin ver, dejándome empapar por la lluvia, cuando apareció el conde. Amablemente me rogó que entrara, que iba a coger una pulmonía; yo tenía ganas de pelearme con alguien y la tomé con él: “No me creo nada de lo que nos ha contado. Usted ni es conde ni es mago. Usted es un farsante”. Hizo como si no me oyera y con un gesto me invitó a seguirle. Yo le seguí, con mi irritación en aumento, dispuesto a repetirle lo que pensaba de él.
Al descender la escalera, tras un corto pasillo, había un salón con un gran espejo. Me sorprendió verme: mi ropa estaba seca y sobre la cara llevaba una máscara veneciana. Me la arranqué de un manotazo. “Conmigo no valen los trucos”, dije irritado, pero no pudiendo disimular el asombro.
“El otro día aludió usted a la gran fiesta de Carlos de Beistegui en el palacio Labia, la última gran fiesta europea, según Paul Morand. Yo estuve en ella. Creí que le podrían interesar mis impresiones. Asistió gente verdaderamente curiosa. Pero no le voy a contar nada, no se preocupe. Me iré con mi magia y mis historias a otra parte”.
Me di cuenta entonces de lo absurdo de mi comportamiento. “Le ruego me disculpe; no sé qué me ha pasado. Estoy en su casa, soy yo el que debe irse”. “Puede irse cuando quiera, ya sabe que la primera condición del paraíso es tener las puertas abiertas, pero me daría un disgusto”. “Antes de irme me gustaría escuchar esa historia, la de la fiesta en el palacio Labia. Una de las veces que estuve en Venecia me alojé en el Hotel Amadeus. Desde la terraza de la habitación contemplaba el Campo de San Geremia y la fachada del palacio. De noche, sobre todo, con la plaza desierta y la fachada iluminada soñé muchas veces con esa mítica fiesta”.


----Cuando Beistegui, el millonario español de origen mexicano, compró el palacio en 1948 estaba en completa ruina, tras haber sido cuartel en época napoleónica y luego casa de vecinos. Durante tres años se dedicó a restaurar mármoles y estucos, a instalar agua corriente, electricidad, cuartos de baño, inexistentes hasta entonces. Creó salones que no habían existido nunca –un salón del reloj, una sala de los almirantes—, pero que parecían haber estado allí desde siempre. Devolvió su esplendor a los frescos de Tiépolo, el principal tesoro del palacio. ¿Le gusta a usted Tiépolo? Ya sabe que Berenson decía que era un gran decorador, no un gran pintor, del mismo modo que Metastasio no es un gran poeta, pero al igual que él representa como nadie el espíritu de una época. La fiesta de inauguración fue el 10 de septiembre de 1951. Hubo un baile de disfraces inspirado en “El convite de Cleopatra”, el fresco de Tiépolo que adorna el gran salón. Fue como si aquellas figuras volvieran a la vida. Del mismo modo que no se distinguían los motivos arquitectónicos reales de los pintados, también a veces era difícil distinguir entre los invitados de aquella Cleopatra dieciochesca y los del fantasioso millonario del siglo XX. El millar de invitados llegó en cuatrocientas góndolas que a una misma hora comenzaron a remontar el Gran Canal. Todo el que era alguien en aquel momento estaba allí, desde Lady Churchill hasta el Agha Khan, pasando por las más hermosas princesas romanas o napolitanas, las celebridades del cine, el arte, la literatura, y el inevitable Dalí, que se había ocupado de la escenografía.


La entrada principal del palacio da al canal del Cannaregio, al borde mismo del Gran Canal, y por allí fueron entrando los invitados. El anfitrión los recibía en lo alto de la escalera monumental, vestido con toga roja como procurador de la República de Venecia, encaramado sobre sus coturnos. En la parte de atrás del palacio, Beistegui dio otra fiesta para el pueblo de Venecia. Hacia las tres de la madrugada comenzaron los fuegos artificiales y al amanecer se formaron grupos que cantaron, rieron, hicieron el amor, se dispersaron por los salones y luego continuaron la juerga por los canales y los campi, hasta terminar muchos de ellos en la Piazza de San Marco, convertido en otro gran salón festivo. Solo hubo un temor a lo largo de aquella noche memorable: que el suelo se hundiera con el peso de los mil invitados. Claro que ese hubiera sido el más adecuado fin de fiesta: que, en el momento mejor, el gran palacio con todos ellos dentro fuera devorado por las aguas. No faltó quien se sintiera irritado por aquella ostentación. A Beistegui le atacaron desde los dos extremos: la iglesia católica y el partido comunista. Pero fueron más los que observaron admirados aquella fiesta en que por una noche la Venecia mítica resucitaba con toda su majestad. Por una noche: al día siguiente Beistegui perdió todo interés por el palacio y su contenido, que le había costado tanto esfuerzo reunir. Poco después la colección prodigiosa de cuadros y tapices, de muebles de época, sería subastada y el edificio vendido a la televisión italiana. Yo iba disfrazado de Cagliostro, aquel mixtificador que se vio envuelto en la estafa del collar que le costó el cuello a María Antonieta, y corrió el rumor de que no se trataba de un disfraz, sino que yo era el propio alquimista y adivino, inmortal como el judío errante. Con un jarrón de cristal, casi esférico, lleno de agua improvisé una bola mágica y se formaron largas colas pidiéndome que adivinara el porvenir. Dije las vaguedades de costumbre. Fue Cocteau quien me libró de pasarme la noche convertido en una atracción de feria. Alto, delgadísimo, era sin duda el más elegante. Iba disfrazado de Lord Strathcona, un joven que fue enviado en los primeros años de la ocupación inglesa de Canadá a Montreal. Era tan hermoso que nada más llegar se enamoró de él la esposa del gobernador de la Hudson Bay Company, jefe de la colonia. Inmediatamente fue desterrado al lugar más remoto, único inglés entre los esquimales. Allí permaneció durante casi una década. Su único contacto con la civilización era un velero que llegaba una vez al año. Pero Lord Strathcona mantuvo la disciplina de cambiarse de traje todas las noches para cenar solo, y cada mañana se hacía planchar y tender el ejemplar del Times correspondiente a ese día del año anterior. “El verdadero artista vive siempre entre esquimales y ha de saber conservar la disciplina”, me dijo Cocteau.


Luego salimos por la entrada de tierra del palacio y, subiendo por Lista de Spagna, llegamos hasta la parada de góndolas de Santa Luzia. “Ya verás qué maravilla”. Y efectivamente allí nos esperaba el más esbelto y gallardo gondolero que se pueda imaginar: barbilampiño, delicadamente musculado, parecía una figura del Parmigianino. Ya estábamos bamboleándonos en medio del Gran Canal, disfrutando del espectáculo, cuando alguien comenzó a dar gritos desde la orilla. Nuestro gondolero, asustado, sorprendentemente dio la vuelta. Nos hizo bajar, descendió luego él también y en dialecto veneciano se puso a discutir con aquel hombre furibundo. Pensamos que iban a llegar a las manos. Pero de pronto el joven dios, para desilusión nuestra, comenzó a llorar y con la cabeza baja se marchó de allí. “Les ruego me disculpen, caballeros; yo les llevará a dónde ustedes quieran ir y no les cobraré nada. No es la primera vez que mi hija hace algo así, disfrazarse de hombre para conducir la góndola mientras yo duermo la mañana. Desde pequeñita ese es su sueño. Pero no hay gondoleras, es oficio de hombres. Ya me imagino su sorpresa cuando ustedes descubrieran que quien les acompañaba no era un hombre sino una mujer”. Cocteau, muy serio, dijo: “Efectivamente, ha hecho usted muy bien en advertirnos. Habría sido una gran desilusión. Amigo Aleister, hoy en día no se uno puede fiar de nadie”.

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