viernes, 7 de agosto de 2026

Las veladas del Black Bar: Incidente en Catania

 

---Hace tiempo que no nos cuentas historias de fantasmas, Martín. Hubo una época en que estabas obsesionado con ellas. A tu edad, ya vas teniendo cada vez más amigos en el otro barrio. ¿Nunca se te aparece ninguno para contarte si por allí hay o no tertulias?

            ---Tienes razón, cada vez son más ciertos los versos de Gastón Baquero, que me gusta tanto repetir: “Parece que estoy solo, / pero llevo conmigo un mundo de fantasmas”. Ahora que todo el mundo anda por ahí con la dispersión veraniega, y que estamos como en familia en el Black Bar, me gustaría contaros algo que nunca me he atrevido a contar y que tiene que ver no con fantasmas, sino con extraterrestres.

            ---¡Anda ya!

            ---Pero tenéis que prometerme no repetírselo a nadie, que no quiero pasar por un chiflado. Además, yo creo que solo fue un sueño, una alucinación provocada por la ingesta de sustancias poco recomendables. Sin embargo, por muchas razones que me doy, no acabado de convencerme del todo de que no fue real. Ocurrió en Catania, en el invierno de 2017. Yo pasaba allí unos días, ya no recuerdo por qué razón, y era uno de los pocos huéspedes de un destartalado hotel de la Via Etna. Cada mañana, tras desayunar sin prisa, caminaba hacia la catedral y el mercado. Me entretenía un poco en el parque Bellini, casi solitario a esas horas, y me llamó la atención, ya el primer día, una extraña nube cuyas precisas formas geométricas –algo así como el segmento de un cilindro o como un queso gigante-- no parecían casuales. Pero lo más curioso es que pude verla, exactamente igual, durante varios días. Bajo ella, en una pradera, al fondo la silueta del volcán y a un lado un modernista kiosco de la música, había siempre un individuo, vestido de negro, que hacía curiosos movimientos entre la gimnasia, la plegaria y el ballet. Una tarde, visitando la casa-museo de Giovanni Verga, conocido, entre otras cosas, por ser el autor del cuento en que se basó la ópera Caballeria rusticana, me encontré con un antiguo alumno que estaba de Erasmus en la universidad de Catania. Escribía relatos, había pasado alguna vez por la tertulia, y me alegró encontrarle. Anochecía pronto aquel desapacible invierno en Catania y yo no tenía con quien quedarme a charlar en alguna cafetería, que además cerraban muy pronto, antes de retirarme al hotel. Tomamos algo tras visitar la casa del escritor, me dijo que al día siguiente unos amigos suyos daban una fiesta y me invitó a asistir. No soy yo muy dado a fiestas, pero estaba tan aburrido que acabé aceptando. No me arrepentí por el lugar, una villa de las afueras, propiedad de los padres de un adinerado compañero, que estaban de viaje, un tanto destartalada y con un descuidado jardín sombrío y algo amenazador. Parecía el escenario perfecto para una historia de fantasmas de las que a mí me gustan, de las que oscilan entre lo ominosamente racional y lo inexplicable. Como yo no fumo ni bebo ni etcétera (bueno etcétera sí, aunque raras veces), me aburrí pronto, pero no tan pronto que no tuviera ocasión de probar una tarta, que apareció de pronto como una sorpresa traída por una joven, ya no tan joven si se la miraba de cerca, y que fue recibida con mucho alborozo. La probé con gusto, y repetí la ración, y no debería haberlo hecho, porque –lo supe más tarde-- no todos los ingredientes utilizados eran los habituales en las tartas de cumpleaños. Quiero creer que a esa tarta se debe lo que me ocurrió después. Quiero creerlo. Volvía yo al hotel por oscuras calles solitarias, em Catania las calles, incluso las principales, se vacían en cuanto se hace de noche, cuando sentí unos pasos apresurados tras de mí. Me volví, y allí estaba el tipo aquel de la gimnasia matinal en el Bellini. Sin decir nada, se puso a mi lado, alargó una de sus manos, apretó la mía, y los dos nos elevamos como en los sueños o en las comedias musicales con las que yo tanto disfruto, aunque en estas quien asciende es la pareja de enamorados protagonista. Fue todo tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de asustarme. Allá arriba, sobre los tejados y las cúpulas de la ciudad, estaba la extraña nube que ya me era conocida. No era una nube, como os podéis imaginar. Sin atravesar ninguna puerta, o eso me pareció, me encontré en una gran sala llena de esos ordenadores con lucecitas de colores que se encienden y se apagan tan habituales en las películas antiguas de ciencia ficción, y una gran pantalla en la que me veía a mí mismo, tendido en una mesa como de sala de operaciones, y rodeado de hombrecillos grises, con grandes cabezas y cuerpos esmirriados, también como de películas de la serie B, que me miraban atentamente. En la pantalla se sucedían imágenes confusas, rostros que me eran familiares, yo mismo en alguna situación de la que no me sentía muy orgulloso. Pensé que estaba soñando y que pronto me despertaría. Pero no me desperté tan pronto. Habían pasado más de veinticuatro horas cuando me encontré, sudoroso, en el cuarto del hotel. Sudoroso y aterrado: había sido testigo de un crimen. Unos jóvenes que parecían borrachos sujetaban a una chica desnuda mientras que una rubia angelical, con heladora sonrisa, la acuchillaba una y otra vez. No me extrañó esa pesadilla. En Perugia, muy cerca de dónde yo vivía cuando estudiaba en la Università per Stranieri, tuvo lugar un crimen tremebundo, que desde hacía años me obsesionaba. Había ocurrido tras una fiesta muy semejante a aquella a la que yo acababa de asistir. Fueron detenidos y condenados tres jóvenes: un emigrante subsahariano, que creo que trabajaba como camarero, un estudiante italiano y una estudiante norteamericana que entonces eran pareja. La condena se mantuvo en la primera apelación, pero en la definitiva el italiano y la norteamericana fueron absueltos, al parecer por un fallo en la cadena de custodia de las pruebas. Tras cuatro años en las cárceles italianas, la norteamericana volvió a su país y participa a menudo en programas televisivos contando su experiencia como” falso culpable”. ¿Falsa culpable? No se dio ninguna versión alternativa de los hechos que pueda sustituir de manera creíble a la proporcionada por la justicia italiana. Pero sin posible apelación la joven que, en mi pesadilla, porque seguro que eso fue, asesta una y otra vez sádicas puñaladas a la infeliz estudiante inglesa, ha sido declarada “no culpable” y no puede volver a ser juzgada por esos mismos hechos por muchas pruebas que pudieran aparecer. Aprovecha la atención mediática de la que sigue gozando para monetizar su experiencia como víctima de la mala praxis judicial de un atrasado país de la vieja Europa, Italia.

            ---¿Y qué iba a ser todo eso que nos has contado, sino un viaje más o menos alucinógeno, Martín? ¿No irás a creer que de verdad te abdujeron, o como se diga, los extraterrestres?

            ---Sin duda fue un sueño, Fran. Pero qué sueño más raro. Los detalles que pude observar, y que luego anoté minuciosamente, no figuraban en los reportajes periodísticos que yo conocía. He investigado después un poco más –ya te digo que el tema me obsesiona-- y los he visto confirmados en el sumario.

            ---¿Y piensas ir a la policía para que se reabra un caso que no puede ser reabierto? ¡Menudo pitorreo cuando cuentes cómo has conseguido las nuevas pruebas!

            ---Fue un sueño, seguro que fue sueño producido por aquella maldita tarta, que a mí me supo a gloria, por cierto. ¿Qué otra cosa podría ser? Pero no dejo de pensar en aquella pobre estudiante muerta y en el joven inmigrante encarcelado que carga con todas las culpas y en la impune asesina de mi sueño, rubia y fría como una heroína de Hitchcock, rehaciendo feliz su vida gracias a que en Estados Unidos nadie es culpable si puede contratar al mejor equipo de abogados, incluso cuando los crímenes no ocurrieran en el extranjero, y a la curiosidad morbosa e insaciable de las audiencias televisivas. Pero quizá nada de lo que yo vi con mis propios ojos es verdad. Todo fue un sueño, una pesadilla. ¿Qué otra cosa podía ser? Le hice algunas fotos, desde lejos,  con el Etna al fondo, al gimnasta que supuestamente me raptó. También a la extraña nube que camuflaba la nave. Aquí las tenéis.



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