Sábado,
11 de abril
INCONSOLABLE
“Alguna vez me angustia una certeza” comienza un
soneto de Jorge Guillén que yo recuerdo a menudo. Esa certeza es la de la
muerte, pero he de reconocer que, si se trata de la propia todavía me angustia
bastante menos de lo que quizá debiera. En realidad, me angustia más bien poco:
aún es una certeza estadística, no una verdad vital. La que me angustia es la
de la gente que quiero.
La
muerte propia solo es una pesadilla si va precedida de una larga, dolorosa,
inhabilitante enfermedad. Morir, para el que muere, sobre todo si es a su
debido tiempo, no tiene nada de malo. Lo malo se queda siempre con los que
quedan.
El
otro día me encontré con Estrella, la madre de Xuan (que para ella será siempre
Juanjo), y yo –ingenuo de mí-- comencé a hablarle de lo mucho que se le
recordaba, de los continuos homenajes que se le dedican. “Sí, pero…”, dijo y se
puso a llorar y yo, por mucho que me esforcé, no pude evitar acompañarla. No
lloraba yo por Xuan, que ahora vive en su gloria (si la meta es el olvido, como
afirmaba Borges, él tardará en llegar a la meta), lloraba por quien aquí quedó,
inconsolable.
Lunes,
13 de abril
ME DAN MI MERECIDO
Recuerdo más a menudo de lo que me gustaría, la
frase “no hay buena acción que no reciba su merecido”. Yo podré ser malo, muy
malo, y tratar sin contemplaciones los libros que publican los demás, pero los
odios que así me creo son bastante más llevaderos, y hacen menos daño, que los
que me causa mi vocación de buen samaritano.
Como
conozco algo a mis semejantes, procuro ayudar, en los pocos casos en los que
puedo, de la manera más discreta posible, sin que se note, pero hay quien
considera cada favor recibido como una humillación de la que en algún momento
tiene que vengarse. Y esas venganzas, que llegan cuando menos te las esperas
(cuando yo ya había olvidado, esas cosas las olvido pronto, que había hecho un
favor a esa persona), son las que más temo: aciertan siempre donde más daño
pueden hacer.
Martes,
14 de abril
NINGUNA PRISA
“¿Y no te da vergüenza? ¡Menudo republicano estás tú
hecho!”, me dice un amigo al que le cuento que este año también han invitado al
“almuerzo ofrecido por sus majestades los reyes a una representación del mundo
de las letras con motivo de la entrega del premio Cervantes 2025”.
Pues
no, no me da vergüenza. Ahora, eso sí, me sirve para reírme un poco de mí
mismo. Me paso la vida quejándome de que nadie me hace caso, de que mis libros
no se venden, de que me vetan en este o aquel suplemento y luego resulta que me
invitan todos los años a un evento en el que pocos repiten (solo, que yo
recuerde, Luis María Anson y Sergio Vila-San Juan). Y yo, que nada detesto más
que las comidas oficiales, esas que empiezan tarde y parece que no van a acabar
nunca, disfruto con la perfecta organización de estos encuentros. No conozco
mejores anfitriones. Siempre cuento aquella historia en que el rey, mientras
conversaba animadamente en medio de un grupo en el salón chino, donde se toma
café después de la comida, se dio cuenta de que Antonio Gamoneda estaba solo
sentado en un rincón. “Disculpad”, dijo, y se dirigió hasta él y le preguntó si
se aburría y se sentó a su lado para intentar charlar un rato, a pesar de las
dificultades auditivas del poeta.
No
soy yo muy de asistir a comidas protocolarias, pero a veces he tenido que
asistir a las que se dan con motivo de algún premio en el que participo como
jurado. Con las cenas tras cierto galardón autonómico, de cuyo nombre prefiero
no acordarme, todavía tengo pesadillas. Duraban tres, cuatro o más horas y no
sé cómo siempre acababa yo discutiendo con la deslenguada dueña y señora del
evento. Menos mal que finalmente, gracias a una novela de no ficción, he
conseguido liberarme del reiterado esperpento.
“¿Y
todavía te sigues considerando republicano?”, insiste mi amigo. “Pues claro y
todavía sigo celebrando tal día como hoy y, cuando llegue el momento de elegir
entre monarquía o república, elegiré república”. “Pues, por lo que se ve, no
parece que tengas mucha prisa de que llegue ese momento”. “Cambiar de régimen
político no es como cambiar de piso. Es algo más complicado. Tenía prisa con el
espécimen que teníamos antes y que todavía anda por ahí rodeado de toreros y
presumiendo de que a él no hay quien le pille, que le basta el capote de la
Constitución para burlar a la afeitadita y mansa justicia española. En estos
momentos, si te he de ser sincero, no tengo ninguna prisa. Pero no lo cuentes
por ahí, que van a pensar que soy un estómago agradecido”
Miércoles,
15 de abril
UN ENCUENTRO INCÓMODO
Hoy me ha tocado lidiar con una situación incómoda.
Resulta que en el jurado del premio Gonzalo de Berceo, que organiza el gobierno
de La Rioja, coincido con Juan Bonilla, con el que tuve un encontronazo por
ponerme de lado de Abelardo Linares en su polémica con Yolanda Morató a
propósito de Chaves Nogales.
A Juan
Bonilla le admiré mucho, allá en lejanos tiempos, y él por entonces creo que me
tenía aprecio. Luego lo fue perdiendo: se había convertido en un triunfador y
yo seguía con mis reseñas, más o menos atinadas, en lugares recónditos. “No me
importa lo que García Martín diga de mí –afirmaba--, ni sus elogios me han
hecho vender un ejemplar más ni sus diatribas vender uno menos”.
En la polémica provocada por el paso a otra
editorial de Yolanda Morató, llevándose al parecer su trabajo y el ajeno,
Bonilla acabó llamándonos, a Abelardo y a mí, “dos tontos muy tontos”, entre
otras lindezas. A partir de ese momento, le dejé de lado. Y no porque me
sintiera particularmente ofendido (ya había explicitado lo poco que me quería
en el prólogo a uno de mis libros), sino porque a mí solo me gusta polemizar y
pelearme con amigos. Y ahora, por culpa de Abelardo, que propuso otra vez nuestros
nombres a los organizadores (sin consultarme, por cierto), tenía que
encontrarme con él.
Pero fuimos dos caballeros: dejamos el enfrentamiento en casa y nos comportamos como eficaces profesionales. Y me gustó eso, porque yo habré perdido el aprecio personal que le tenía, pero sigo admirando su versatilidad, su ingenio, su excepcional talento como articulista, narrador y poeta.
Jueves,
16 de abril
TRAMPANTOJOS
Bajar
al sótano de Federico Granell, al final de la Argañosa, tiene algo de rito
iniciático. Esperaríamos un lugar oscuro y nos sorprende una cristalera a un
jardín frondoso. Y lo que a primera vista podría parecer un revuelto trastero
se convierte en un caleidoscopio que entremezcla calaveras, caminantes
solitarios, máscaras y trampantojos. Al fondo, el gran cuadro en el que está
trabajando. Es un encargo. “No le hagas fotos, por favor”, no quiero que
todavía lo vea nadie.
Hay
un bien conocido rincón urbano, como de tarjeta postal o de Antonio López y
figuras de espalda, pero no es eso lo que importa. “Has pintado el aire. Serán
tus Meninas”, le digo. Y él y Martín Caicoya –que me acompaña en la visita--
sonríen ante la hipérbole.
Viernes,
17 de abril
CELDA COMÚN
Mientras escuchaba la conferencia de Carmen Alfonso
sobre Dolores Medio, que inicia un ciclo que conmemora los treinta años de su
fallecimiento, pensaba en cómo el azar va enredando unas vidas con otras.
Cuando yo
la conocí, ya de vuelta a Asturias tras sus esforzadas andanzas madrileñas en
las que no volvió a repetir el éxito del Nadal, me parecía una escritora de
otro tiempo, una pintoresca reliquia con una corte de autores locales muy
menores. Sonrío al pensar que los ambiciosos y escaladores escritores jóvenes
de ahora –algunos de ellos pasaron por La tertulia de los viernes-- seguramente
me miran a mí como yo la miraba a ella, como un apolillado superviviente.
Sin duda coincidimos
en más de lo que a mí me gustaría. Releo Celda común, la novela de la
que me ocuparé el próximo jueves, y a la memoria me vuelven muchos detalles
olvidados de aquellos primeros días de mi encarcelamiento, el llamado
“periodo”, quince días en que no salía más que una hora de la celda diminuta en
la que apenas cabían cuatro literas –y las cuatro estaban ocupadas-- y el
inodoro en una esquina a la vista de todos. Mis acompañantes tampoco eran
presos políticos.
¿Cómo
pude soportarlo y superarlo y haber olvidado casi todos los detalles? Solo
recuerdo los más pintorescos: a mí leyendo en voz alta una novela del oeste, de
las de Marcial Lafuente Estefanía, que alguien nos había pasado y todos mis
compañeros –ladrones, asesinos o quizá solo pobre gente metida en algún
embrollo-- escuchando atentamente.
¿Cómo
pude soportarlo?, me pregunto retóricamente. De sobra sé la respuesta: porque
venía de algo peor, ocho días con sus ocho noches, aislado en una celda de la
Dirección General de Seguridad, sin contacto con familia ni abogados ni nadie
propiamente humano, de la que solo salía para interminables interrogatorios no
demasiado amables.
.jpeg)

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario