viernes, 17 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: Caleidoscopio

 

Sábado, 11 de abril
INCONSOLABLE

“Alguna vez me angustia una certeza” comienza un soneto de Jorge Guillén que yo recuerdo a menudo. Esa certeza es la de la muerte, pero he de reconocer que, si se trata de la propia todavía me angustia bastante menos de lo que quizá debiera. En realidad, me angustia más bien poco: aún es una certeza estadística, no una verdad vital. La que me angustia es la de la gente que quiero.

            La muerte propia solo es una pesadilla si va precedida de una larga, dolorosa, inhabilitante enfermedad. Morir, para el que muere, sobre todo si es a su debido tiempo, no tiene nada de malo. Lo malo se queda siempre con los que quedan.

            El otro día me encontré con Estrella, la madre de Xuan (que para ella será siempre Juanjo), y yo –ingenuo de mí-- comencé a hablarle de lo mucho que se le recordaba, de los continuos homenajes que se le dedican. “Sí, pero…”, dijo y se puso a llorar y yo, por mucho que me esforcé, no pude evitar acompañarla. No lloraba yo por Xuan, que ahora vive en su gloria (si la meta es el olvido, como afirmaba Borges, él tardará en llegar a la meta), lloraba por quien aquí quedó, inconsolable.

Lunes, 13 de abril
ME DAN MI MERECIDO

Recuerdo más a menudo de lo que me gustaría, la frase “no hay buena acción que no reciba su merecido”. Yo podré ser malo, muy malo, y tratar sin contemplaciones los libros que publican los demás, pero los odios que así me creo son bastante más llevaderos, y hacen menos daño, que los que me causa mi vocación de buen samaritano.

Como conozco algo a mis semejantes, procuro ayudar, en los pocos casos en los que puedo, de la manera más discreta posible, sin que se note, pero hay quien considera cada favor recibido como una humillación de la que en algún momento tiene que vengarse. Y esas venganzas, que llegan cuando menos te las esperas (cuando yo ya había olvidado, esas cosas las olvido pronto, que había hecho un favor a esa persona), son las que más temo: aciertan siempre donde más daño pueden hacer. 

Martes, 14 de abril
NINGUNA PRISA

“¿Y no te da vergüenza? ¡Menudo republicano estás tú hecho!”, me dice un amigo al que le cuento que este año también han invitado al “almuerzo ofrecido por sus majestades los reyes a una representación del mundo de las letras con motivo de la entrega del premio Cervantes 2025”.

            Pues no, no me da vergüenza. Ahora, eso sí, me sirve para reírme un poco de mí mismo. Me paso la vida quejándome de que nadie me hace caso, de que mis libros no se venden, de que me vetan en este o aquel suplemento y luego resulta que me invitan todos los años a un evento en el que pocos repiten (solo, que yo recuerde, Luis María Anson y Sergio Vila-San Juan). Y yo, que nada detesto más que las comidas oficiales, esas que empiezan tarde y parece que no van a acabar nunca, disfruto con la perfecta organización de estos encuentros. No conozco mejores anfitriones. Siempre cuento aquella historia en que el rey, mientras conversaba animadamente en medio de un grupo en el salón chino, donde se toma café después de la comida, se dio cuenta de que Antonio Gamoneda estaba solo sentado en un rincón. “Disculpad”, dijo, y se dirigió hasta él y le preguntó si se aburría y se sentó a su lado para intentar charlar un rato, a pesar de las dificultades auditivas del poeta.

            No soy yo muy de asistir a comidas protocolarias, pero a veces he tenido que asistir a las que se dan con motivo de algún premio en el que participo como jurado. Con las cenas tras cierto galardón autonómico, de cuyo nombre prefiero no acordarme, todavía tengo pesadillas. Duraban tres, cuatro o más horas y no sé cómo siempre acababa yo discutiendo con la deslenguada dueña y señora del evento. Menos mal que finalmente, gracias a una novela de no ficción, he conseguido liberarme del reiterado esperpento.

            “¿Y todavía te sigues considerando republicano?”, insiste mi amigo. “Pues claro y todavía sigo celebrando tal día como hoy y, cuando llegue el momento de elegir entre monarquía o república, elegiré república”. “Pues, por lo que se ve, no parece que tengas mucha prisa de que llegue ese momento”. “Cambiar de régimen político no es como cambiar de piso. Es algo más complicado. Tenía prisa con el espécimen que teníamos antes y que todavía anda por ahí rodeado de toreros y presumiendo de que a él no hay quien le pille, que le basta el capote de la Constitución para burlar a la afeitadita y mansa justicia española. En estos momentos, si te he de ser sincero, no tengo ninguna prisa. Pero no lo cuentes por ahí, que van a pensar que soy un estómago agradecido”                                                              

Miércoles, 15 de abril
UN ENCUENTRO INCÓMODO

Hoy me ha tocado lidiar con una situación incómoda. Resulta que en el jurado del premio Gonzalo de Berceo, que organiza el gobierno de La Rioja, coincido con Juan Bonilla, con el que tuve un encontronazo por ponerme de lado de Abelardo Linares en su polémica con Yolanda Morató a propósito de Chaves Nogales.

A Juan Bonilla le admiré mucho, allá en lejanos tiempos, y él por entonces creo que me tenía aprecio. Luego lo fue perdiendo: se había convertido en un triunfador y yo seguía con mis reseñas, más o menos atinadas, en lugares recónditos. “No me importa lo que García Martín diga de mí –afirmaba--, ni sus elogios me han hecho vender un ejemplar más ni sus diatribas vender uno menos”.

 En la polémica provocada por el paso a otra editorial de Yolanda Morató, llevándose al parecer su trabajo y el ajeno, Bonilla acabó llamándonos, a Abelardo y a mí, “dos tontos muy tontos”, entre otras lindezas. A partir de ese momento, le dejé de lado. Y no porque me sintiera particularmente ofendido (ya había explicitado lo poco que me quería en el prólogo a uno de mis libros), sino porque a mí solo me gusta polemizar y pelearme con amigos. Y ahora, por culpa de Abelardo, que propuso otra vez nuestros nombres a los organizadores (sin consultarme, por cierto), tenía que encontrarme con él.

Pero fuimos dos caballeros: dejamos el enfrentamiento en casa y nos comportamos como eficaces profesionales. Y me gustó eso, porque yo habré perdido el aprecio personal que le tenía, pero sigo admirando su versatilidad, su ingenio, su excepcional talento como articulista, narrador y poeta.

Jueves, 16 de abril
TRAMPANTOJOS

Bajar al sótano de Federico Granell, al final de la Argañosa, tiene algo de rito iniciático. Esperaríamos un lugar oscuro y nos sorprende una cristalera a un jardín frondoso. Y lo que a primera vista podría parecer un revuelto trastero se convierte en un caleidoscopio que entremezcla calaveras, caminantes solitarios, máscaras y trampantojos. Al fondo, el gran cuadro en el que está trabajando. Es un encargo. “No le hagas fotos, por favor”, no quiero que todavía lo vea nadie.

Hay un bien conocido rincón urbano, como de tarjeta postal o de Antonio López y figuras de espalda, pero no es eso lo que importa. “Has pintado el aire. Serán tus Meninas”, le digo. Y él y Martín Caicoya –que me acompaña en la visita-- sonríen ante la hipérbole.

Viernes, 17 de abril
CELDA COMÚN

Mientras escuchaba la conferencia de Carmen Alfonso sobre Dolores Medio, que inicia un ciclo que conmemora los treinta años de su fallecimiento, pensaba en cómo el azar va enredando unas vidas con otras.

Cuando yo la conocí, ya de vuelta a Asturias tras sus esforzadas andanzas madrileñas en las que no volvió a repetir el éxito del Nadal, me parecía una escritora de otro tiempo, una pintoresca reliquia con una corte de autores locales muy menores. Sonrío al pensar que los ambiciosos y escaladores escritores jóvenes de ahora –algunos de ellos pasaron por La tertulia de los viernes-- seguramente me miran a mí como yo la miraba a ella, como un apolillado superviviente.

Sin duda coincidimos en más de lo que a mí me gustaría. Releo Celda común, la novela de la que me ocuparé el próximo jueves, y a la memoria me vuelven muchos detalles olvidados de aquellos primeros días de mi encarcelamiento, el llamado “periodo”, quince días en que no salía más que una hora de la celda diminuta en la que apenas cabían cuatro literas –y las cuatro estaban ocupadas-- y el inodoro en una esquina a la vista de todos. Mis acompañantes tampoco eran presos políticos.

¿Cómo pude soportarlo y superarlo y haber olvidado casi todos los detalles? Solo recuerdo los más pintorescos: a mí leyendo en voz alta una novela del oeste, de las de Marcial Lafuente Estefanía, que alguien nos había pasado y todos mis compañeros –ladrones, asesinos o quizá solo pobre gente metida en algún embrollo-- escuchando atentamente.

¿Cómo pude soportarlo?, me pregunto retóricamente. De sobra sé la respuesta: porque venía de algo peor, ocho días con sus ocho noches, aislado en una celda de la Dirección General de Seguridad, sin contacto con familia ni abogados ni nadie propiamente humano, de la que solo salía para interminables interrogatorios no demasiado amables.

 

 

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