Sábado,
28 de marzo
LA LLAVE DE ORO
Llego a Bragança con la melancolía del atardecer y
lo primero que hago es buscar mi refugio en la Praça da Sé, la cafetería O
Chave d’Ouro. En el centro, entre dos calles que descienden hasta el río y
luego ascienden hasta la ciudadela, en un edificio circular con ese aire de
oriente tan característicamente portugués.
Pero está
cerrada, un cartel invita a los clientes “que fueron fieles a esta casa durante
más de cien años” a un brindis el lunes, 16 de marzo, a las cuatro de la tarde.
Llego tarde para ese adiós, que parece que no será definitivo (dices que solo
cierran “para realizar una renovación histórica”), pero sospecho que el café
que vuelva ya no será el mismo. Se convertirá en restaurante o se reducirá el
espacio y ya no cabrán los fantasmas.
Era uno
de esos lugares en los que uno entra, se sienta y al momento tiene la sensación
de ser un cliente de toda la vida. En una de sus mesas, casi siempre la misma,
leí la prensa, escribí versos, dejé que las horas pasaran, como pasan en
Portugal, sin prisa ninguna.
¡Y
qué hermoso nombre para este rincón de otro tiempo! ¡La llave de oro! Sí, la
llave de oro que abre la entrada a un reino maravilloso, como llamó Miguel
Torga a Trás-os-Montes.
La
primera edición de su libro, Portugal, que es de 1950, el mismo año en
que yo nací, la encontré polvorienta y traspapelada en una pequeña librería,
frente a la entrada de la antigua catedral, que también tenía y tiene un
hermoso nombre: La Rosa de Oro. A Miguel Torga lo había descubierto, allá por
1980, en Coímbra, también en las ediciones, tan austeras, que él mismo hacía de
sus obras; por entonces aún podían encontrarse fácilmente en cualquier librería.
Yo encontré varios tomos, lo recuerdo bien, en una que estaba junto al arco de
la Almedina y los comencé a leer de inmediato en el cercano Café Arcádia, en la
rúa Ferreira Borges por la que todavía circulaba el tranvía.
El
capítulo dedicado a Trás-os-Montes comienza así: “Voy a hablaros de un reino
maravilloso, el más bello que os podáis imaginar. Está en la cima de Portugal,
como los nidos en las cimas de los arboles para que la distancia los haga más
imposibles y deseados. Al niño que logra trepar hasta allí y alcanzar la cima
de sus sueños le parece que está viendo al mismo Dios en el cielo”.
Ya los niños no se suben a los árboles para coger nidos ni habitan esta tierra los nobles y rudos campesinos de los que hablaba Torga, pero el paisaje sigue siendo el mismo: “Una inmensidad de tierra gruesa, pedregosa, bravía, que tan pronto se levanta a pulso con un ímpetu de subir al cielo como se hunde en abismos de angustia por una especie de misteriosa condición telúrica. Montañas paralelas a montañas y entre ellas, ceñidos entre roquedales, ríos de agua cristalina, cantarines, apagando la sed de tanta aridez y, de vez en cuando, un valle en el que los ojos descansan de la agresión de los roquedales”.
Domingo,
29 de marzo
BRAGANÇA
Tras las melancolías de ayer, el esplendor del Domingo
de Ramos, que para mí en la infancia siempre tenía un aroma de felicidad antes
de las lobregueces de la semana santa.
Había
estado varias veces en esta ciudad, pero nunca hasta ahora había recorrido
entera la senda verde del río Fervença. Son las ventajas de viajar con niños.
Abajo el
río entre rocas y saltos de agua y a un lado y a otro todo el esplendor de la
primavera. El Fervença es un río laborioso, antes hacía funcionar molinos y una
central eléctrica en el centro de la ciudad. Lo sigue haciendo: un antiguo
molino es ahora la Casa de la Seda, dedicada a contarnos la historia de esa
tela suntuosa que vistió a reyes y tiene su origen en un humilde gusano, y la
central eléctrica se ha transformado en el Museo de Ciencia Viva, pero a ambos
les sigue proporcionando luz y calor el agua cristalina y cantarina del
Fervença.
El café O
Chave d’Ouro no era mi única casa en Bragança, pero sí la más literaria. De la
otra, en la que me encuentro igual de a gusto, no suelo hablar y, desde luego,
no se me ocurre visitarla si viajo acompañado. Se trata del Bragança Shopping,
la versión local de mis cotidianos Los Prados y Las Salesas. No solo he escrito
poemas en la atmósfera vintage de ese café, también en la planta alta del
centro comercial, a un lado una librería y al otro los locales de comida rápida
(que no son iguales en todas partes: solo aquí sirven sopa). Los niños y yo
preferimos este lugar al afamado Solar Bragançano, que es naturalmente el único
que recomiendo.
Como
todo en esta ciudad, el Bragança Shopping está en la ladera de una colina y por
ello el último piso también da a la calle, muy cerca de la antigua estación.
¿Antigua? Por Bragança ya no pasan trenes, pero la estación, con su
característica arquitectura, sigue siéndolo, ahora de autobuses. A su lado se
ha construido un museo del ferrocarril.
El día hermoso y largo, como son los domingos de ramos en mi memoria, termina “el jardín de los espejos empañados”, como yo llamo al que se encuentra entre la plaza de la catedral y el río. En el centro, una fuente sin agua, con la geométrica elegancia del art decó, y apoyados en los árboles varios espejos redondos que reflejan desvaídamente el paisaje. La luna se asomaba entre las ramas y yo, no sé por qué, pensé en Verlaine y en sus romanzas sin palabras y a la memoria me vinieron unos versos que quizá había leído en una traducción de Enrique Díez-Canedo: “Violines sigilosos / en el parque sin nadie / avisan que es la hora. / Qué pronto se ha hecho tarde. / A su casa se han vuelto / los niños con sus madres / y los enamorados / cansados de mirarse. /Ya sopla un viento frío, ya suenan los metales. / Remordimientos viejos / llegan para quedarse. / Romanzas sin palabras / que son aire en el aire / susurran que es la hora. / ¿De qué? Nadie lo sabe. / Yo sé que fui feliz / y que he vivido en balde”.
Lunes,
30 de marzo
MIRANDELA
De paso para Mirandela, me detengo en Macedo de
Cavaleiros (qué bello nombre el de los pueblos de esta zona, mi favorito:
Freixo da Espada ao Cinto) y lo que de allí me traigo, sin tiempo para visitar
sus maravillas naturales, son solo un puñado de exvotos del Museo de Arte
Sacro. Mi favorito es que Joze Alves Meixedo dedica a Nuestra Señora de
Balsamao, agradecido porque, cuando estaba en el monte, le sorprendió una
tormenta y tras pedírselo a la virgen esta cesó de inmediato,
De
Mirandela había oído hablar a un amigo que era de esta zona. A mí su nombre me
recordaba a un personaje de Goldoni. Abunda en caserones desvencijados en las
laderas de una colina que no preside la iglesia, que se hace a un lado, sino el
palacio de los Távora, del que desciende una escalinata que lleva al largo
puente sobre el ancho río. Los Távora disfrutaron poco de su dieciochesco
palacio; fueron ejecutados en 1758 acusados de un intento de regicidio. Del río
se alza un chorro de agua, a semejanza del Jet d’eau de Ginebra, y en su
otra orilla sorprende un santuario con jardín, el de la Virgen del Amparo.
Mirandela tiene algo de grácil dama venida a menos, muy a menos, que recupera
la florida juventud en los apacibles paseos del otro lado del Tua.
Martes,
31 de marzo
MIRANDA
Siempre que paso por Miranda do Douro, tras saludar
a las tierras de España al otro lado del río y al Menino Jesús de la
Cartolinha, que salvó a la ciudad de los españoles hace siglos, pero que ya
nada puede ni quiere hacer contra los que invaden las tiendas de saldos de la parte
baja, compro algunos libros en mirandés y luego me siento a hojearlos en la
terraza del Café Arcádia, frente a la iglesia de la Misericordia.
Hoy
la cosecha ha sido buena: Belheç, de Fracisco Niebro, que me aconsejó
Martín López-Vega, una traducción del Mensagem de Pessoa, una antología
de un poeta de la tierra, Fernado de Castro Branco, y Literatura oural
mirandesa, recopilación de textos populares.
“Miranda
do Douro es el único lugar del mundo en que el asturiano es lengua oficial”, me
decía Xuan Bello cuando hablábamos de esta ciudad. Y alguna razón tenía: el
portugués “É a hora” que concluye el libro de Pessoa se traduce en ambas
lenguas por “Ye la hora”.
Me
entristece pensar que ya no podré comentar estos libros con Xuan en la mesa
redonda de Los Porches ni oírle contar, a su manera, la historia del lobo
español que anduvo por tierra de Miranda y acabó burlado y chasqueado. ¿Pero de verdad no podré? No estoy yo tan
seguro. Todavía sigue siendo uno de mis más fieles interlocutores.
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