viernes, 3 de abril de 2026

La rueda de la fortuna: De nuevo en casa

  

Sábado, 28 de marzo
LA LLAVE DE ORO

Llego a Bragança con la melancolía del atardecer y lo primero que hago es buscar mi refugio en la Praça da Sé, la cafetería O Chave d’Ouro. En el centro, entre dos calles que descienden hasta el río y luego ascienden hasta la ciudadela, en un edificio circular con ese aire de oriente tan característicamente portugués.

Pero está cerrada, un cartel invita a los clientes “que fueron fieles a esta casa durante más de cien años” a un brindis el lunes, 16 de marzo, a las cuatro de la tarde. Llego tarde para ese adiós, que parece que no será definitivo (dices que solo cierran “para realizar una renovación histórica”), pero sospecho que el café que vuelva ya no será el mismo. Se convertirá en restaurante o se reducirá el espacio y ya no cabrán los fantasmas.

Era uno de esos lugares en los que uno entra, se sienta y al momento tiene la sensación de ser un cliente de toda la vida. En una de sus mesas, casi siempre la misma, leí la prensa, escribí versos, dejé que las horas pasaran, como pasan en Portugal, sin prisa ninguna.

            ¡Y qué hermoso nombre para este rincón de otro tiempo! ¡La llave de oro! Sí, la llave de oro que abre la entrada a un reino maravilloso, como llamó Miguel Torga a Trás-os-Montes.

La primera edición de su libro, Portugal, que es de 1950, el mismo año en que yo nací, la encontré polvorienta y traspapelada en una pequeña librería, frente a la entrada de la antigua catedral, que también tenía y tiene un hermoso nombre: La Rosa de Oro. A Miguel Torga lo había descubierto, allá por 1980, en Coímbra, también en las ediciones, tan austeras, que él mismo hacía de sus obras; por entonces aún podían encontrarse fácilmente en cualquier librería. Yo encontré varios tomos, lo recuerdo bien, en una que estaba junto al arco de la Almedina y los comencé a leer de inmediato en el cercano Café Arcádia, en la rúa Ferreira Borges por la que todavía circulaba el tranvía.

El capítulo dedicado a Trás-os-Montes comienza así: “Voy a hablaros de un reino maravilloso, el más bello que os podáis imaginar. Está en la cima de Portugal, como los nidos en las cimas de los arboles para que la distancia los haga más imposibles y deseados. Al niño que logra trepar hasta allí y alcanzar la cima de sus sueños le parece que está viendo al mismo Dios en el cielo”.

            Ya los niños no se suben a los árboles para coger nidos ni habitan esta tierra los nobles y rudos campesinos de los que hablaba Torga, pero el paisaje sigue siendo el mismo: “Una inmensidad de tierra gruesa, pedregosa, bravía, que tan pronto se levanta a pulso con un ímpetu de subir al cielo como se hunde en abismos de angustia por una especie de misteriosa condición telúrica. Montañas paralelas a montañas y entre ellas, ceñidos entre roquedales, ríos de agua cristalina, cantarines, apagando la sed de tanta aridez y, de vez en cuando, un valle en el que los ojos descansan de la agresión de los roquedales”.

Domingo, 29 de marzo
BRAGANÇA

Tras las melancolías de ayer, el esplendor del Domingo de Ramos, que para mí en la infancia siempre tenía un aroma de felicidad antes de las lobregueces de la semana santa.

Había estado varias veces en esta ciudad, pero nunca hasta ahora había recorrido entera la senda verde del río Fervença. Son las ventajas de viajar con niños.

Abajo el río entre rocas y saltos de agua y a un lado y a otro todo el esplendor de la primavera. El Fervença es un río laborioso, antes hacía funcionar molinos y una central eléctrica en el centro de la ciudad. Lo sigue haciendo: un antiguo molino es ahora la Casa de la Seda, dedicada a contarnos la historia de esa tela suntuosa que vistió a reyes y tiene su origen en un humilde gusano, y la central eléctrica se ha transformado en el Museo de Ciencia Viva, pero a ambos les sigue proporcionando luz y calor el agua cristalina y cantarina del Fervença.

El café O Chave d’Ouro no era mi única casa en Bragança, pero sí la más literaria. De la otra, en la que me encuentro igual de a gusto, no suelo hablar y, desde luego, no se me ocurre visitarla si viajo acompañado. Se trata del Bragança Shopping, la versión local de mis cotidianos Los Prados y Las Salesas. No solo he escrito poemas en la atmósfera vintage de ese café, también en la planta alta del centro comercial, a un lado una librería y al otro los locales de comida rápida (que no son iguales en todas partes: solo aquí sirven sopa). Los niños y yo preferimos este lugar al afamado Solar Bragançano, que es naturalmente el único que recomiendo.

            Como todo en esta ciudad, el Bragança Shopping está en la ladera de una colina y por ello el último piso también da a la calle, muy cerca de la antigua estación. ¿Antigua? Por Bragança ya no pasan trenes, pero la estación, con su característica arquitectura, sigue siéndolo, ahora de autobuses. A su lado se ha construido un museo del ferrocarril.

            El día hermoso y largo, como son los domingos de ramos en mi memoria, termina “el jardín de los espejos empañados”, como yo llamo al que se encuentra entre la plaza de la catedral y el río. En el centro, una fuente sin agua, con la geométrica elegancia del art decó, y apoyados en los árboles varios espejos redondos que reflejan desvaídamente el paisaje. La luna se asomaba entre las ramas y yo, no sé por qué, pensé en Verlaine y en sus romanzas sin palabras y a la memoria me vinieron unos versos que quizá había leído en una traducción de Enrique Díez-Canedo: “Violines sigilosos / en el parque sin nadie / avisan que es la hora. / Qué pronto se ha hecho tarde. / A su casa se han vuelto / los niños con sus madres / y los enamorados / cansados de mirarse. /Ya sopla un viento frío, ya suenan los metales. / Remordimientos viejos / llegan para quedarse. / Romanzas sin palabras / que son aire en el aire / susurran que es la hora. / ¿De qué? Nadie lo sabe. / Yo sé que fui feliz / y que he vivido en balde”.

Lunes, 30 de marzo
MIRANDELA

De paso para Mirandela, me detengo en Macedo de Cavaleiros (qué bello nombre el de los pueblos de esta zona, mi favorito: Freixo da Espada ao Cinto) y lo que de allí me traigo, sin tiempo para visitar sus maravillas naturales, son solo un puñado de exvotos del Museo de Arte Sacro. Mi favorito es que Joze Alves Meixedo dedica a Nuestra Señora de Balsamao, agradecido porque, cuando estaba en el monte, le sorprendió una tormenta y tras pedírselo a la virgen esta cesó de inmediato,

            De Mirandela había oído hablar a un amigo que era de esta zona. A mí su nombre me recordaba a un personaje de Goldoni. Abunda en caserones desvencijados en las laderas de una colina que no preside la iglesia, que se hace a un lado, sino el palacio de los Távora, del que desciende una escalinata que lleva al largo puente sobre el ancho río. Los Távora disfrutaron poco de su dieciochesco palacio; fueron ejecutados en 1758 acusados de un intento de regicidio. Del río se alza un chorro de agua, a semejanza del Jet d’eau de Ginebra, y en su otra orilla sorprende un santuario con jardín, el de la Virgen del Amparo. Mirandela tiene algo de grácil dama venida a menos, muy a menos, que recupera la florida juventud en los apacibles paseos del otro lado del Tua.

Martes, 31 de marzo
MIRANDA

Siempre que paso por Miranda do Douro, tras saludar a las tierras de España al otro lado del río y al Menino Jesús de la Cartolinha, que salvó a la ciudad de los españoles hace siglos, pero que ya nada puede ni quiere hacer contra los que invaden las tiendas de saldos de la parte baja, compro algunos libros en mirandés y luego me siento a hojearlos en la terraza del Café Arcádia, frente a la iglesia de la Misericordia.

            Hoy la cosecha ha sido buena: Belheç, de Fracisco Niebro, que me aconsejó Martín López-Vega, una traducción del Mensagem de Pessoa, una antología de un poeta de la tierra, Fernado de Castro Branco, y Literatura oural mirandesa, recopilación de textos populares.

            “Miranda do Douro es el único lugar del mundo en que el asturiano es lengua oficial”, me decía Xuan Bello cuando hablábamos de esta ciudad. Y alguna razón tenía: el portugués “É a hora” que concluye el libro de Pessoa se traduce en ambas lenguas por “Ye la hora”.

Me entristece pensar que ya no podré comentar estos libros con Xuan en la mesa redonda de Los Porches ni oírle contar, a su manera, la historia del lobo español que anduvo por tierra de Miranda y acabó burlado y chasqueado.  ¿Pero de verdad no podré? No estoy yo tan seguro. Todavía sigue siendo uno de mis más fieles interlocutores.



 

 

 

 

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