domingo, 31 de marzo de 2019

Revelación de secretos: Volver a casa



Sábado, 23 de marzo
ORIENT EXPRESS

Si no mencionas ningún nombre, puedes burlarte cuanto quieras de los malos poetas. Nadie se va a dar por aludido y te aplaudirán como un crítico valiente.
            Pero a mí me gusta dar nombre y apellido, que es como ir sembrando de minas unipersonales mis alrededores. Cualquier día piso una y salto por los aires.
            A veces tengo pesadillas al estilo de Asesinato en el Orient Express. Aparezco muerto en la biblioteca y todos los poetas de los que alguna vez me he ocupado –como descubre al final Poirot-- habían ayudado a apretar el gatillo o a echar veneno en la taza de té.


Domingo, 24 de marzo
OTRO AMANTE DE LA REINA

Leo la nueva biografía de Emilia Pardo Bazán, aparecida en la colección “Españoles eminentes” (¿para qué titularla “Españoles y españolas eminentes?”, para qué atentar contra la economía del lenguaje si las mujeres son en ella rara excepción?), cuando me encuentro con la sorprendente afirmación de que, entre los amantes de Isabel II, figuró también Juan Valera, “de forma breve, pero suficientemente escandalosa”. Y ni una nota ni una información más.
            Lo más curioso es que, según creo recordar, la autora, Isabel Burdiel, no alude a ello en su biografía –la mejor hasta la fecha– de aquella reina “tan española, tan caritativa, tan devota de la Virgen de la Paloma”, para decirlo con palabras de Valle-Inclán.


Lunes, 25 de marzo
ENCUENTRO EN EL CAMPILLÍN

Íbamos paseando por el bullicio del Campillín, en la mañana soleada de ayer, mi amiga Aida Masip y yo, cuando se nos acercó un tipo que en principio creí un mendigo. Traté de esquivarle, pero él se me puso delante.
            ––¿No me conoces? ¿De verdad no me conoces?
            No, no le conocía. Y ya comenzaba a sentirme incómodo con su insistencia, cuando sonrió y aquella sonrisa pareció quitarle de encima en un momento cuarenta años. Dije su nombre y sus dos apellidos, escuchados día tras día en clase cuando los profesores pasaban lista.
            ––¿Ves cómo me recuerdas?
            Habíamos hecho el bachillerato juntos y acabamos siendo los mejores amigos. Luego se marchó a Madrid, a estudiar no sé qué licenciatura que no se impartía en Oviedo, y perdimos el contacto. Tantos años después, volvíamos a encontrarnos y me daba la impresión de que la vida no le había tratado demasiado bien.
            Charlamos un rato y quedamos para volver a vernos al día siguiente. Me contó una historia que no me creí, que seguramente era inventada, pero que coincidía con alguna de mis más persistentes pesadillas.
            Mi amigo trabajaba como ejecutivo en una importante empresa, creí entender que de electrodomésticos, se había casado, era feliz, tenía dos hijos, niño y niña. Una mañana, al volver del trabajo, no encontró su casa. Recordaba perfectamente la dirección: la calle, el número, el piso. Pero en aquella calle no existía ningún edificio con tal número. Acabó yendo a la policía, le llevaron a un hospital, pensando que tenía algún problema neurológico, hicieron público su nombre por si alguien se interesaba por él. En seguida fueron a verle amigos, compañeros de trabajo. Pero ni su mujer ni sus hijos dieron señales de vida. Y ninguno de los que le conocían los había visto nunca, aunque les había hablado varias veces de ellos. Le dieron de baja, se puso en tratamiento, fue de mal en peor. Un día, paseando por el Retiro, vio a sus dos hijos jugando con otros niños mientras su mujer los miraba sentada en un banco. Se acercó a ellos alborozado. Los niños se asustaron, su mujer, que no le reconoció, acabó llamando a un guardia ante la insistencia de aquel desconocido.
            Regresó a Asturias, donde ya no le quedaban parientes cercanos. Lo había pasado mal, muy mal, me dijo, pero ahora no tenía problemas económicos gracias a una pequeña herencia.
            ––¿Tú también creerás que nunca estuve casado, que todo fue una paranoia, una alucinación?
            ––Hombre, la verdad…
            -–-Busqué los papeles, el certificado de matrimonio, la partida de nacimiento de mis hijos, los testigos de la boda.
            ––¿Y?
            ––Alguien lo había cambiado todo, allí estaban sus nombres, pero no el mío. Mi mujer se había casado con otro, mis hijos no eran míos. Incluso en las fotos familiares que yo llevaba en la cartera alguien había cambiado mi rostro por el de un desconocido.
            Quedamos en volver a vernos hoy lunes, le invité a comer en casa, quería mostrarle mi biblioteca (en el Instituto, nos pasábamos el tiempo hablando de libros), pero no apareció. Iba a enseñarme las fotos familiares que guardaba, los papeles que había conservado.
            Yo he soñado muchas veces con que me ocurría algo semejante. Todos estos días felices no son más que una alucinación. Me despierto una mañana y nadie me reconoce. Yo no soy quien creo ser, sino un paria, un mendigo, alguien a quien de pronto han robado una vida que quizá no ha tenido nunca.


Martes, 26 de marzo
MEMORIA HISTÓRICA

Qué extraña sensación, al explicar en clase los últimos capítulos de la literatura española, la de caer en la cuenta de que uno ha conocido a la mayoría de esos autores y que, si se trata de poetas, todos son o amigos o enemigos.
            Medio siglo es tiempo suficiente para poder asistir, como testigo, al laboratorio de la historia. ¿Qué tenía que ver la España de 1900 con la de 1950? A mí me parece que, en lo que a la literatura se refiere, mucho menos que la de 1968 con la actual. Mi amigo Abelardo Linares diría que porque aquel medio siglo fue bastante más rico literariamente que este, que la Edad de Plata se convirtió en Edad de Alpaca, con plomo de por medio. No estoy yo tan seguro.
            El término “memoria histórica” se ha convertido en un arma arrojadiza, en motivo de burla para la derecha más o menos torera. Pero a mí me parece que no puede ser más preciso.  Basta vivir el suficiente número de años para comprobar cómo nuestra memoria se hace historia, cómo lo que fue actualidad periodística que a nosotros nos sorprendía cada mañana es un capítulo del manual de Historia que se estudia en las escuelas.
            Siempre que paso por Barajas y leo por todas partes el nombre de Adolfo Suárez, me acuerdo de la sorpresa de su nombramiento y del título del artículo de El País que lo glosaba (“¡Qué error, qué inmenso error!”); de los ataques de unos y de otros, empezando por el rey que lo había nombrado y que no sabía cómo tirarlo después de usarlo; de su dimisión o expulsión a patadas; de su fracaso político cuando quiso actuar por su cuenta (sin “impulso soberano”) y de su mitificación después que la enfermedad lo apartó del mundo.
            Escuchando los cuentos que nos cuentan sobre la parte de la historia que hemos vivido, si no como protagonistas, sí como testigos atentos, aprendemos a interpretar sin cuentos otras etapas.


Miércoles, 27 de marzo
SIN POR QUÉ

Mañana leo poemas en Sofía, junto al poeta búlgaro Marín Bodakov, y hoy al hojear novedades en la librería Cervantes, abro al azar un libro, El paraguas balcánico, de Enrique Criado, y me encuentro con un paisaje que me resulta familiar: “Terminé por alquilar un piso amplio en un edificio desvencijado, con la fachada desconchada, mugrienta y con grandes madejas de cables colgando, pero con unas magníficas vistas despejadas hacia el parque de los Doctores, al bonito edificio de la Universidad de Sofía y a la montaña de Vitosha. Cierto que había que asomarse por un lado de la terraza y forzar un poco la mirada, pero también tenía vistas a las cúpulas doradas de Alexander Nevski”.
            Enrique Criado, diplomático, estuvo destinado tres años en la embajada de España en Bulgaria. Su libro –casi lo termino mientras tomo un café en Las Salesas– se lee como quien escucha una agradable conversación, llena de humor y detalles de buen observador (aunque incurra en alguna confusión entre el este y el oeste: desde Georgia no ven salir el sol en las costas búlgaras del mar Negro).
            Nunca he vivido en Sofía, nunca he vivido en ninguna parte salvo en Aldeanueva, Avilés y Oviedo (y por eso siempre digo que yo no leería jamás a un escritor como yo, con tan poca experiencia vital que apenas ha cambiado de domicilio y nunca de trabajo en casi setenta años), pero he pasado por muchos lugares y en todos ellos tengo mis rincones favoritos.
            Soy tan rutinario que, en cuanto voy más de dos veces a una ciudad, ya tengo creadas mis rutinas. En Sofía, forman parte de ellas el paseo solitario por el Doctors Park, sembrado de restos arqueológicos, y sus alrededores de casas bajas con patios arbolados. Muy cerca están la Biblioteca Nacional, la Universidad de San Clemente de Ohrid, donde yo hablé de Pedro Salinas y de Víctor Botas, el monumento a Vassil Levski (en el lugar en que fue ahorcado por los turcos), el jardín botánico, la catedral… Pero a mí lo que más me gusta es perderme por las calles del barrio de Oborishte, con sus pequeños cafés y restaurantes, sus escondidas embajadas, su aire bohemio. Siempre tengo la sensación que da de estar en casa, aunque tan lejos de casa.
            Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes, decía Lawrence Durrell. Yo no he tenido amores búlgaros (al menos de los que se pueden contar), pero sí la amistad de amigas excepcionales, buenas conocedoras de la literatura española, que representan las dos caras del país: Liliana Tavakova, profesora en la Universidad, que estudió en Cuba (allí se enteró de la caída del muro de Berlín), de familia ligada a la intelectualidad comunista, cosmopolita, refinada, y Rada Panchovska, poeta, editora, traductora incansable y todo un personaje representativo de la fuerza y el coraje de la Bulgaria más popular. Rada pasa temporadas en España, en la casa del traductor de Tarazona, y siempre viene en autobús (más de un día de viaje), cargada con inmensos paquetes de libros y de regalos para todos sus amigos.
            En Sofía, como en cualquier lugar por el que estoy de paso, me gusta levantarme temprano y caminar a solas antes de encontrarme con algún amigo y asistir a los actos previstos. Es una sensación extraña pasear por una ciudad en la que no conoces el idioma, en la que lees con dificultad los nombres de las calles y, sin embargo, te sientes acompañado, inmerecidamente bien acompañado y en tu sitio. No sabes por qué, pero el amor es sin por qué.






4 comentarios:

  1. ¡Peasso de spoiler con la novela de Agatha Christie! Pero puestos a descubrir el final, hazlo bien: ni veneno ni pistola sino puñal.

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  2. Gracias por el interesante diario vital. Una pregunta, que otros no me saben responder: Si fuera la mejor persona del mundo, ¿sería este un lugar mejor o peor del que es?

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  3. Sería un lugar mejor si todos fuéramos un poco mejores personas, aunque no fuéramos la mejor persona del mundo.

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  4. Miguel el Entrerriano2 de abril de 2019, 18:36

    Hay una versión un punto menos patética del hombre a quien roban la vida, aquel del Campillín.
    Valerio sale de la oficina y vuelve a casa del modo habitual, sin nada que destacar. Intenta abrir su puerta, pero la llave no sirve, piensa que tomó una equivocada. Llama al timbre, abre una rubia desconocida, en bata de flores muy reveladora, y se le echa en brazos con sonrisa de satisfacción.
    -Pronto llegás hoy, Alberto, saliste antes?
    Valerio, aturdido, responde tímidamente al abrazo, sin apretar. Intenta explicar que se está produciendo un terrible error. Ya niega con un gesto, articula el habla, cuando una parejita de nenas adorables, de unos seis y diez años, corre a besarlo.
    -Hola, papi!
    Valerio besa a las niñas, sonríe turbado, desalentado, y empieza a comprender que no va a tener la fuerza necesaria para deshacer el hechizo, el error, si es que se trata de un error. Dice a su mujer nueva que está muy cansado y le preocupan sus crecientes problemas de memoria. Pide que le acerque un álbum de fotografías familiares, y también alguna carpeta con sus documentos personales. Ve allá fotografías de la rubia cuando joven, Diana, y de Alberto Matti, un hombre alto con el que guarda cierto parecido, aunque tampoco demasiado...

    Ayer cayó Sánchez Ferlosio, uno a quien, de otro modo, también marcaron la vida.

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