sábado, 26 de agosto de 2017

Serpientes de verano: El caso de los suicidios justicieros



Los extraños sucesos que pretendo relatar ocurrieron hace pocos días, pero tienen su remoto origen en una noticia publicada por el Journal de Genève el 6 de mayo de 1891. Se hablaba en ella de la desaparición de dos viajeros ingleses en las cataratas que del río Aar en Reichenbach. No se daban sus nombres, únicamente las iniciales: S. H. y J. M.


LA FUNDACIÓN MARTIN BODMER

Siempre que viajo a Ginebra, acostumbro visitar la Fundación Martin Bodmer, una especie de cueva del tesoro para quien ama los libros. Se encuentra más allá de Eaux-Vives, en una colina de seductoras vistas sobre el lago. Ocupa dos villas unidas por un jardín. El tesoro ocupa un sótano bajo ellas, un espacio apenas iluminado y con temperatura constante, diseñado por el arquitecto Mario Botta especialmente para exponer tantas vulnerables maravillas.
            Contemplé de nuevo tablillas sumerias, papiros egipcios, las copias más antiguas del Nuevo Testamento, la Biblia de Gutemberg, manuscritos de Goethe y de Byron, primeras ediciones de Shakespeare o del Robinson Crusoe y también la Brevísima historia de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas, y el Barco ebrio de Rimbaud y Alicia en el país de las maravillas… No siempre exponen las mismas piezas y esta vez busqué en vano la letra menuda de Borges en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”; me sorprendió, en cambio, encontrar la caligrafía clara de Conan Doyle: en una vitrina se exponía “The Adventure of Abbey Grange”, una de las historias de The Retorn of Sherlock Holmes que yo prefiero.
            El comienzo es espléndido. Una fría y oscura mañana del invierto de 1897 el doctor Watson se despierta al sentir que alguien le zarandea y repite su nombre. Abre los ojos. A la luz de una vela, ve el rostro de Holmes inclinado sobre él. “Vamos, Watson, vamos. El juego ha comenzado. Vístase y venga conmigo”.
            Y Watson se viste sin preguntar nada y poco después cruzan las calles desiertas de Londres, toman un té caliente en la cantina de la estación y se suben al primer tren que parte para Kent. Solo cuando están cómodamente sentados, Holmes se decide a hablar. Ha recibido una carta que le conmina a ir, lo más pronto posible, a Abbey Grange, donde ha ocurrido un asesinato en extrañas circunstancias.
            Como siempre en estas historias, que desdeñan los eruditos y desdeñaba su autor, la resolución del caso vale menos que el planteamiento. Lo que importa es la amistad y la promesa de la aventura, ese saltar de la cama sin preguntar nada, abandonar rutinas y comodidades para ir tras el caballero andante siempre que nos lo pida.
            En el tren, Sherlock critica la manera que Watson tiene de contar sus casos. Le reprocha que pase por encima de los aspectos más sutiles y refinados para centrarse en los detalles sensacionalistas.  El bueno de Watson se enfada un poco.
            “¿Por qué no los escribe usted mismo?”
            “De momento estoy muy ocupado, pero tengo intención de hacerlo”.


EL MANUSCRITO DE SHERLOCK HOLMES

Cuando salí de la exposición, mientras trataba de acostumbrar mis ojos a la dura luz veraniega, me sorprendió un grupo de profesores o funcionarios que parecían discutir en el jardín. Uno de ellos parecía muy enfadado. Los otros trataban de calmarle. De pronto, el que gritaba indignado se dio la vuelta y se alejó rápidamente dejándolos con la palabra en la boca. Los otros se encogieron de hombros.
            Unos pasos más allá, mientras esperaba el autobús junto a la iglesia, me lo volví a encontrar. Todavía irritado, parecía hablar solo. Al verme, se dirigió a mí, primero en francés, luego, al escuchar mi respuesta, en español con acento argentino.
            “Esos cretinos calvinistas han dejado escapar la oportunidad de su vida. Me pagarán lo que pida en cualquier Universidad. ¡Yo tengo lo que nadie tiene! Un manuscrito de Sherlock Holmes contando sus aventuras en primera persona”.
            En aquel momento llegó el autobús. Traté de alejarme y fui hasta un asiento del fondo, pero el locuaz argentino me siguió y se sentó a mi lado. No contento con eso, al bajar en Rive, me invitó a tomar algo para enseñarme el manuscrito. “No traigo el original, pero sí una buena copia”, dijo dando golpecitos al maletín que llevaba consigo.
            La letra era distinta de la que acababa de ver en “The Avventure of Abbery Grange”. Se lo hice notar.
            “Claro, ya le dije que estas páginas están escritas por el propio Sherlock, no por Watson”.
            Sonreí, aunque él parecía hablar muy en serio.
            “Pero el amanuense es siempre Conan Doyle, ¿no?”
            “Eso dijeron ellos, los presuntos expertos, y me acusaron de querer venderles una falsificación”.
            Falsificación o no, la historia que se contaba era apasionante. Solo pude leer aquellas páginas una vez. Holmes, tras fingir su muerte en las cataratas de Reichenbach, se quedó un tiempo a vivir en Ginebra. El viaje al Tibet, donde se entretuvo visitando Lhasa y entrevistando al Gran Lama, fue posterior. También sus aventuras en el Polo Norte, de las que informaron ampliamente los periódicos, como un presunto noruego apellidado Sigerson. O los viajes por Persia, la visita a la Meca disfrazado de árabe, la entrevista con el califa de Jartum, en la que obtuvo útiles informaciones que comunicó oportunamente al Foreign Office.
            Antes quiso llevar una vida discreta y para ello alquiló una casita cerca de la Place du Marché, en Carouge. Allí llevó la vida de un apacible caballero británico, recientemente viudo, que se había alejado de Londres para mejor sobrellevar sus penas. Paseaba, bebía discretamente, asistía a los oficios religiosos, trabajaba en casa en una monografía sobre la vida de las abejas y en traducir las Geórgicas de Virgilio. Hasta que una mujer se suicidó en el Arve, cuyas lodosas aguas contrastaban con las azules y transparentes del Ródano, y luego un hombre apareció ahorcado bajo la torre de Molard, en el centro mismo de Ginebra. No habían pasado dos semanas cuando un conocido banquero decidió poner fin a su vida arrojándose a las vías, en la estación de Cornavin, en el momento mismo en que partía el expreso para Lyon.
            La sorprendente frecuencia de suicidios dio mucho que hablar. Sherlock Holmes, casi desde el primer momento, sospechó que no eran tales. Tras el tercero –hubo seis en menos de un mes–, ya no tuvo ninguna duda: se trataba de un asesino en serie.
            Fue uno de los casos más difíciles de su carrera, según repite más de una y otra vez. Echa de menos la compañía de Watson. “Me ayudaba a pensar, era como un romo frontón en el que rebotaba mi intelecto para ir cada vez más lejos hasta descubrir lo que se escondía tras las apariencias”.
            Un caso difícil, particularmente difícil, porque las víctimas no tenían nada en común y el asesino –si es que había un único asesino, como era la hipótesis de Holmes– cambiaba en cada ocasión la manera del suicidio.
            A la hora de contar aquella sorprendente historia, me daba la impresión de que Holmes imitaba a Watson. No se centraba en los aspectos técnicos de su metodología, sino en los detalles más sensacionalista: alguien había arrancado un dedo a la mujer antes de arrojarla al agua (solo los muy lerdos, y el comisario Lerstrand de Ginebra lo era bastante, podían pensar en una automutilación); el exrector del seminario católico que se colgó de la Tour du Molard estaba bárbaramente castrado bajo la sotana.
            Para entonces ya nadie pensaba en suicidios. Sherlock Holmes, que oficialmente estaba muerto, no podía intervenir directamente. Le bastaron dos o tres cartas al director del diario ginebrino para encaminar adecuadamente las pesquisas policiales.
            Si quería saber yo quién era el asesino, y si finalmente fue detenido, tendría que recurrir a las páginas del periódico: al manuscrito le faltaban las últimas páginas.
            “Nunca lo encontraron”, me dijo Losada, que así se llamaba el argentino, guardando las fotocopias en la cartera. Pero el título ya proporcionaba una pista: “El caso de los suicidios justicieros”.
            Braulio Losada, de origen español, era gran admirador de Borges. Conocía a Alifano, que había sido secretario del escritor, y a Vaccaro, propietario de buena parte de su archivo; con los dos había estado yo recientemente en Oviedo con motivo de la presentación de un libro de Alejandro Guillermo Roemmers. A Roemmers pensaba Losada ofrecerle el manuscrito.


DE AYER A HOY

Lo que ocurrió a continuación en Ginebra tuvo para mí mucho de pesadilla, aunque pasara inadvertido en el estruendo de las noticias del mundo. Una mujer apareció ahogada en el Arve. Lo primero que me vino a la memoria fue el poema de Valente: “Salud, hermana. / En la noticia anónima / no te acompañan deudos / ni cercanos amigos. / Solo un rastro / de soledad arrastran sin tu cuerpo / los dolorosos ríos”.
            Luego hubo otras muertes, hasta tres. Todas parecían suicidios. Todas repetían, punto por punto, el mismo método que yo había leído en las páginas inéditas de Sherlock Holmes.
            Pensé que debía encontrar a Braulio Losada y hablarle de ello, pero no tenía su teléfono ni conocía su dirección. Quizá guardaran datos de él en la Fundación Bodmer, donde había querido vender su manuscrito.
            Poco después del atentado de Barcelona, ocurrió un cuarto suicidio, pero este no repetía ninguno de los de la historia de Holmes: se trataba del imán de una mezquita, que había estado recientemente en Cataluña, y que era conocido por sus ideas radicales.
            Intuí entonces cuál era el final perdido de “El caso de los suicidios justicieros”, la historia desconocida de Sherlock Holmes.
            “The Adventure of Abbey Grange” cuenta un caso de maltrato doméstico. El muerto es el marido violento; el homicida, un defensor de la mujer. Holmes lo deja escapar.
            Todos los presuntos suicidas merecían morir. El piadoso Holmes de Carouge se tomaba la justicia por su mano, eliminando a mala gente y jugando a despistar a la policía. Afortunadamente, pronto se puso en contacto con National Geographic y se dedicó a otro tipo de aventuras. En caso contrario, habría dejado el mundo muy despoblado.
            Me asusté al encontrar a Braulio Losada –a quien, sin embargo, había estado buscando– en el andén de la estación, cuando yo me dirigía a Lausanne. Me vio, se acercó a mí. Yo me alejé instintivamente del borde del andén. “Por su cara, veo que ya ha resuelto el misterio, pero las buenas personas, porque usted lo es, ¿o no?, nada deben temer”.
            Al día siguiente, se suicidó un banquero. La noticia ocupó apenas unas líneas en el periódico. Yo la leí ya en el aeropuerto, de regreso a Asturias. Ni allí ni aquí informé de mis sospechas a la policía. Dejé que el asesino en serie siguiera haciendo de las suyas, eliminando astutamente y por las bravas la basura del mundo.
            Lo cuento, por si todavía sirve de algo, para aliviar mi conciencia. Pero todos pensarán que es solo un cuento.


25 comentarios:

  1. Está claro: mi mitómano tocayo emuló al piadoso Holmes de Carouge y, atraído por el imán, se lo cargó. Antes a la viuda y después al banquero. En la labor está.

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  2. Miguel el Entrerriano28 de agosto de 2017, 17:03

    Bien está, para apurar el verano, esta preciosa aventura póstuma de pseudo-Holmes, el suicidador. Un buen elenco de suicidadores certeros dejaría el "Mundo Occidental" (y parte del Oriental) brillante y esplendoroso como una sacra patena.
    (Aunque la verdad es que no. Cualquier elenco, por nutrido que fuera, se quedaría corto).
    Enhorabuena por el cuento "fascinante", adjetivo tan sobado por las malas traducciones del inglés.

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  3. Muchas gracias, Miguel. Las aventuras del verano terminan aquí.

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  4. Que no diga Martín que la peña no ha sido hoy disciplinada: se menciona un relato con imán ajusticiadamente suicidado y nadie del club ha osado traer por los pelos la cuestión de los atentados de Barcelona, el vídeo de imán sollozante de Rubí, la emotiva alocución de la hermana de dos terroristas de Ripoll, el mayormente ejemplar comportamiento del pueblo español, que no se ha dejado envenenar por la ponzoña tipográfica de los de siempre.
    En fin..., como decían en "Bienvenido Mr. Marshall": "...y lo de Sherlock Holmes que no está mal".

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    1. Es de agradecer. Histeria ya ha habido bastante en otros sitios.

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  5. En Cataluña la Generalitat lleva años fomentando la inmigración magrebí y musulmana frente a la latinoamericana, por la que creen mayor facilidad de atraer a estos extranjeros a la causa independentista, al no tener la lengua y la cultura hispana en su origen. Incluso la Generalitat creó una oficina de inmigración en Marruecos dirigida por el independentista Angel Colom. El resultado es que en Cataluña hay una enorme colonia de inmigrantes musulmanes, muy superior a la del resto de España, y su población está mucho más expuesta por tanto a la amenaza integrista del terrorismo islámico. Lo que acaba de ocurrir en las Ramblas lo muestra y demuestra. ¿Quiénes son los culpables?

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    1. Anónimo, me temo que la perspicacia no es su virtud más destacada. En Cataluña hay una "enorme colonia de inmigrantes" de todos los orígenes y religiones, gente que huye de persecuciones, guerras o malas condiciones de vida. No tengo datos, pero la colonia china, por ejemplo, es inmensa. Van a Cataluña porque esa tierra siempre ha ofrecido seguridad, oportunidades, buenos empleos, remuneraciones comparativamente altas y preocupación social por el desfavorecido. Como van a Niza o a Nápoles o a París o a Finlandia.
      "Lo que acaba de ocurrir en las Ramblas" es atroz, nadie lo duda, pero ¿sabe usted lo que "acaba de ocurrir", y sigue ocurriendo, en Libia, en Siria, en Irak? Por cada víctima ocasionada por lo que usted llama abusivamente "terrrismo islámico", los bombardeos e invasiones de las coaliciones occidentales causan decenas, si no cientos, de ellas, y seguramente la Prensa de esos países no califica esos atropellos de "terrorismo cristiano" ni "terrorismo cristianista", ni se demora una semana dando datos de cómo fue la infancia del piloto que lanza las bombas, de la iglesia a cuyos oficios asistía ni del clérigo que le largaba los sermones. En el tratamiento de este asunto reina la "ley del embudo" y se han alcanzado unos extremos de injusticia y de falta de ecuanimidad que escandalizan a cualquiera que conserve un poco de sentido crítico.
      En cuanto a los catalanes, dejémosles en paz organizarse como deseen. Todo colectivo humano tiene derecho al progreso y ninguna obligación de imitar a mayorías que actúan como rémoras.

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  6. Ya empiezan los anónimos. Uno y no más, santo Tomás. ¡Santos tenían que ser los catalanes para no querer formar un Estado aparte de de estos españolitos! Afortunadamente no todos somos así.

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    1. Con un par, Martín: abajo lo políticamente correcto, especie que nos cuelan por no decir hipócrita disimulo.
      España, debiera ser un fraternal referente para los pueblos que profesan el Islam..., lo mismo que lo debiera ser respecto a los de Hispanoamérica, en este caso con mayor motivo.
      Un viaje a la Andalucía profunda (la de los pueblos blancos, la de la los huertos moriscos y la parsimonia de los viejos sentados al frescor de una higuera; la del tabanco de finde, con el jipío almuhecín de los flamencos, la alta celosía de un convento de conversas, la cara cetrina de bereber demorado...), obra milagros en las mentes receptivas.
      Sí, yo también entiendo el reflejo evasivo-repulsivo de mis queridos catalanes, ante la siniestra manera de pensar de tantos que respiran el cereal y el incienso mesetarios.
      Que inventen otro país y yo me apunto. También.

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  7. Qué alegría, don José Luis. Motivada por su magnífica emulación de Conan Doyle, he entrado en la WEB de La Casa del Libro y he escrito su nombre completo en el buscador. El resultado es deslumbrante, no tenía ni idea de que fuese tan prolífico (incluso descontando las antologías). La lista de obras es impresionante y de algunas de ellas no tenía noticia, como El Arte de Quedarse Solo o Lugares Propicios para la Felicidad. Entre paréntesis, qué gran titulador es usted.

    Tengo lectura para meses, entre otras cosas ¡porque no me va a quedar dinero para salir!

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  8. Vaya, espero no defraudar demasiado. Muchas gracias, Silvia.

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  9. Pal anónimo islamófobo ese de arriba:

    GRAFITTI EN LA MEZQUITA



    Eran dos y llevaban una talega con aerosoles de colores.
    Ahora, mientras leo, llevo puesto fez con borla, camperas y chilaba de lino blanco tejida por las manos aladas de esclavas que guardo en un serrallito recoleto, en el piso alto con celosías que dan al patio. Veo brillar entre la filigrana de estuco destellos de ojos fugaces... Y me apetece relegar este tocho de los cuentos completos de Borges y abrir el Alcorán que guardo en una arqueta de cedro, en la oquedad de un naranjo añoso del jardín, y leer la Sura 95, el Aya 5: “Pero luego reduciremos a los incrédulos al más bajo de los rangos, castigados con el infierno”. Ningún autor, sino Borges, halla acomodo en el anaquel de mi estudio con vistas al Albaicín. No tengo tele ni celular: los recados los recogen en la tienda del judío Eliazar (le debo el pan de un mes). Solo la salmodia del almuhédano remueve la calma de mi jardín umbrío. El rumor del agua en la pileta de mármol, el olor del jazmín... Unos ladridos que vienen del Paseo de los Tristes me desmienten. Y una risa femenina en el Carmen de los Mártires.
    Luego, haré llamar a mi fiel mercenario somalí, de la tribu de los mursi, en la región de Mudug, y le ordenaré que traiga, aherrojados, a los infieles que han profanado la mezquita con sus grafías del Infierno... La mano derecha tendida sobre el tajo, aguarda a que el verdugo acabe de afilar el alfanje justiciero.
    Allahu Akbar.

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  10. Este relato sherlockholmiano de Martín me remite -no sé bien por qué- a la insufrible novelita de Bioy Casares "La invención de Morel". Esta, a su vez, me retrotrae a mis ávidas lecturas de Julio Verne de la adolescencia. Ni que decir tiene que Martín es bastante mejor que cualquiera de los otros dos, en especial que Bioy.
    PS.- ¿Cómo Borges pudo ser ten magnánimo al prologar aquella obrita? Claro que todavía no era Borges...

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    1. ¿Todavía no era Borges? "La invención de Morel" se publicó en 1940; "El jardín de senderos que se bifurcan", en 1941. Pero "Pierre Menard" ya había aparecido en revista en 1939; también una primera versión, luego modificada, de "La Biblioteca de Babel". Y en 1940, "Tlön" o "Las ruinas circulares" ("Almotásim" es anterior a todos ellos). Borges ya era Borges en 1940, aunque a usted no le guste "Morel". Atribuya la opinión de Borges a la amistad, si lo desea, aunque en mi opinión exagera muchísimo; "Morel" es perfectamente "sufrible", incluso si a usted le ha parecido otra cosa.

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  11. Se agradece el elogio, pero tampoco hay que pasarse, F.

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  12. Sin duda que Borges ya había dado cuenta de su talento en 1940...; pudiéramos traer aquí su "Historia universal de la infamia", escrita en la década de los treinta (creo que en el treinta y cuatro o el treinta y cinco); por no remontarse a cuando empezó a asomar por la la Esquina rosada, en el remoto 27. Pero el Borges mediático -que se dice ahora- empezó a crecer una década después de que Bioy publicara su Morel. Ese Borges, afamado, probablemente fuese más comedido en su elogiosa crítica del pifostio alucinado de Bioy.
    Lo malo para la evaluación honesta de este autor es que podamos leer -en paralelo- un relato suyo y un cuento de Borges: ni color. Claro que muy pocos iban a salir vivos de la prueba.
    Confieso -modesta pero impávidamente- que tengo alguna cosilla del nivel estratosférico del ciego (en casa me lo dicen): qué le vioy a hacer, colega, si soy de caballería. Andante.

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    1. Que el Borges posterior fuese o no más comedido, es sólo una suposición suya; en todo caso, permitió la reedición de ese prólogo en sus recopilaciones de ídem, sin modificar una coma o añadir posdata alguna, repetidamente.

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    2. Es que la amistad hace milagros, aun en el corazón más duro. Y la suposición es libre: ¿acaso no pretendemos vivir en democracia?
      PS.- Estaría cojonudo que en las reediciones de la obra Borges modificara a la baja lo escrito años atrás, tratándose de su gomía de quilombo y conventillo. Eso no lo haría un caballero. Y él admiraba a lo "caballeros", aunque llevaran puesto el uniforme.

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    3. Bien, dejémoslo así; si Borges elogió repetidamente, hasta el final de su vida, la escritura de Bioy, y colaboró con él más repetidamente todavía, eso nada tiene que ver con que estimara sus escritos, sólo a la persona. ¿Y eso por qué? Porque lo dice usted, y no hay más que hablar. Pues eso.

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    4. Aquí hay un mal entendido... He citado al Morel porque no me gustó esa novela de 1940; no he dicho que Bioy no sea un escritor de mérito; de hecho hay relatos suyos, muy posteriores, que marcan la diferencia.

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    5. ..."malentendido", claro.

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    6. En efecto, hay un malentendido. Sus comentarios me habían hecho pensar que lo tenía en general, y no sólo por el "Morel", por un escritor desdeñable.

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  13. Disculpen los muy entendidos, pero me atrevo a dar mi opinión, aunque no tiene que ver con la fama, las ediciones, las reediciones, los prólogos, el valor literario de Bioy Casares, Borges y todos sus porqués...Creo que es muy simple, creo...la complejidad del ser humano, sus valores y códigos, lo que juega el papel en una amistad o supuesta amistad, o intereses en común o - lo habrán sabido ellos dos - es algo que escapa a cualquier opinión. ¿Quién está capacitado para asegurar los motivos de lo que hicieron o dejaron de hacer Borges y Bioy? Ni amistad ni corazón duro.Los de corazón duro no tienen amistades, tienen intereses personales o conveniencias; habría que ver a qué se le llama, entonces, "corazón duro" para poder entender. Los corazones, los que saben del significado profundo de la palabra amistad, los que son nobles, yo no los llamaría "duros". Disculpas,¿eh?, es una opinión más.
    Aquí un link que tenía por ahí guardado y casi no recordaba. Qué sé yo, a lo mejor explica algo. O no.
    http://www.lanacion.com.ar/842807-borges-de-adolfo-bioy-casares-dos-amigos-implacables
    Saludos
    Don José Luis, un placer leerlo.Gracias.

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