domingo, 25 de octubre de 2015

El arte de quedarse solo: En toda la espaciosa y triste España


Sábado, 17 de octubre
VENECIA EN PRAVIA

La anécdota es bien conocida. Viajaban Baroja y Ortega, con otros amigos, por la Sierra de Gata. El filósofo iba movido solo por el entusiasmo visual, “ese deleite incalculable de revolcar la retina sobre paisajes no vistos aún”; el novelista corregía un nuevo tomo de las andanzas de Aviraneta y quería visitar los lugares en los que transcurría la acción. Descansaban en una posada de Coria (Ortega describe Coria con una greguería: “ciudad inverosímil, sombría, torva e inmóvil como un susto en medio de un camino”), cuando Baroja alzó la vista de los papeles que tenía entre manos e interrumpió de pronto la conversación general sobre Goethe y su ideal pagano.
            –– ¿Lo ven ustedes? No hay cosa peor que ponerse a pensar en cómo se deben decir las cosas, porque acaba uno por perder la cabeza. Yo había escrito aquí: Aviraneta bajó de zapatillas. Pero me he preguntado si estaba bien o mal dicho, y ya no sé si se debe decir: Aviraneta bajó de zapatillas o bajó con zapatillas o bajó a zapatillas…
            Paseaba yo por Pravia, también inverosímil e inmóvil, o así me pareció, pero nada torva ni sombría, con su estatua del rey Silo, sus plazas apacibles, sus caserones desvencijados y el cerco de verdor, cuando me hicieron una barojiana consulta: “Verás, estoy escribiendo un texto y he llegado a un callejón sin salida. Mi duda es si la siguiente expresión es correcta: …que por aquellos años bullía en triste actividad taimada. De repente no soy capaz de distinguir si es bullir con, bullir en, o qué carajo. Perdona la nimiedad, pero llevo un rato con ello.”
            Contesté lo que yo diría, que es lo que siempre hago en estos asuntos, sin importarme lo que diga la gramática, si es que dice algo. Ortega no apunta lo que le respondieron a Baroja. Yo le habría dicho: “Aviraneta bajó en zapatillas”.
            Nada nuevo. Solo que la consulta de mi amigo Ángel Pernia Garrido me llegó por Messenger y desde Venecia, donde él vive.
            Un hecho trivial, ya lo sé. Un ligero aviso del teléfono, casi imperceptible; me detengo un momento en la acera; respondo a mi amigo y él sigue escribiendo allá en Venecia y yo paseando acá en Pravia.
            Un hecho trivial, a nadie se le ocurriría contarlo. Pero a mí me parece un milagro más admirable que los que hacía el sabio Merlín en el reino de Camelot.


Domingo, 18 de octubre
LAS TENTACIONES DE SAN ANTONIO

La anécdota de ayer me ha hecho volver a Ortega, a quien tenía un tanto olvidado. Hojeo de nuevo el manoseado tomo de El espectador, publicado por Biblioteca Nueva en 1943, al que debo tantos buenos ratos..
            “Cada cosa, para ser bien vista, nos impone una distancia determinada”. Cada cosa y cada persona. Todo el arte de llevarse bien con la gente está en calcular las distancias y en no traspasarlas nunca. ¿Nunca? De vez en cuando tiene su gracia romper el protocolo. O que alguien se meta en tu vida sin llamar siquiera a la puerta.
            “Vivir es siempre vivir por algo o para algo: es un verbo transitivo”. Si no vives para alguien, no vives, te sobrevives. ¿Y para quién vivo yo? Prefiero no contestar a esa pregunta.
            “Aprendamos a preferir la trémula mudanza de la existencia a la esquemática y lívida eternidad. Seamos de nuestro día: mozos al tiempo debido, y luego espectros o sombras en fuga”. A Cernuda le irritaba la retórica de Ortega; yo la disfruto como un pastel algo dulzón del que no conviene abusar. Me temo que he sido mozo más tiempo del debido, ahora va siento hora de que aprenda a irme convirtiendo en espectro o sombra en fuga. Maldita aldita la gracia que me hace.
            ¿Cómo no sentirse seducido por Ortega, estemos o no de acuerdo con lo que dice? ¿Quién se atrevería hoy a retratar así a España?
            “Hay la voluptuosidad de Levante, festiva, decorativa; hay la voluptuosidad cantábrica de la comilona y el hogar confortable; hay la voluptuosidad andaluza de la postura, el perfume y el aire blando; hay la voluptuosidad gallega y lusitana, que es un gozar del dolor, una embriaguez con las lágrimas, una complacencia querulante en la propia tristeza al son del fado, un deleitoso morirse disuelto en la melancolía atlántica. En medio de esta varia delicia, Castilla, recluida en su desierto, toma el aire de un enjuto San Antonio asediado por una periferia de tentaciones”.
           

Lunes, 19 de octubre
NO PENSAR

“¡Siempre tan ocupado!”, me dice un amigo. “Tómate las cosas con más calma”. Y yo le recuerdo una cita de Madame de Sevigné: “Sin hacer nada, los días pasan y nuestra pobre vida está compuesta de esos días, y se envejece y se muere”.
            Haciendo algo también pasan los días, y quizá más deprisa, pero al menos está uno entretenido y no piensa en lo que le espera.


Martes, 20 de octubre
DISCUSIÓN EN VETUSTA

Discrepo un rato con Inés Illán, Elena Apaolaza y Aida Masip en el café Vetusta, tratando de demostrar (según costumbre) que soy el más listo;  luego, ya más relajado, me lamento de mis compromisos de la semana.
            ––En cualquier acto público, solo hay dos puestos que me agradan. Uno es el de participante anónimo que mira sin ser visto, que juzga sin ser juzgado, que si se aburre recurre a su teléfono y se pone a mirar el correo o las últimas noticias. El otro es el de máxima estrella de la fiesta. En todos los demás casos, cuando soy organizador, presentador, un comparsa más en el escenario, lo paso mal. El jueves Leonardo Padura dialoga con estudiantes y profesores en el Milán y yo soy solo el que pasa la palabra a unos y a otros. Ni siquiera puedo preguntar por mi cuenta.
            ––O sea que tú en el Campoamor, durante la entrega de los premios Princesa de Asturias, solo disfrutarías si eres uno de los premiados.
            ––No, no, ya te dije que yo, de no ser la estrella, lo paso bien observando a unos y a otros, cotilleando en la comida del Reconquista o en el teatro antes de que comience el acto. La otra manera de pasarlo bien no consistiría en ser uno de los premiados, sentados muy formalitos, como escolares aplicados, a un lado del escenario, sino estar en el centro: ser el rey.
            ––Que es lo que te gustaría ser siempre estés donde estés.
            ––Sí, en eso soy como todo el mundo.


Miércoles, 21 de octubre
EL SÍNDROME DEL VIEJO PROFESOR

En el café de la Ópera, frente al Campoamor, la productora televisiva de Xuan Bello, presenta su programa “Manos a la ópera”, que se estrena este domingo en la televisión autonómica. El guionista es Javier Almuzara, que también interviene en cada episodio contando una anécdota operística.
            Mientras espero a que comience el acto, hojeo el libreto que le han encargado para una nueva ópera y me entretengo imaginando la música del coro de solteros (“Yo amo la libertad / y mi amante es celosa. / ¿Casarse y esposarse / no son la misma cosa?”) y solteras (“Por eso a nadie envidio / la suerte en el amor; / cuando no sale mal, / sale mucho peor”). Como libretista, está a la altura de Lorenzo da Ponte, pero Mozart no hubo más que uno. El proyecto es todavía alto secreto y yo, de probada discreción, soy uno de los pocos afortunados que ha tenido acceso a estos versos para cantar que parecen de Lope, pero son de Almuzara.
            Después de ver el primer programa de “Manos a la ópera”, me sorprende la profesionalidad del resultado. Recuerdo cuando productor y guionista aparecieron por la tertulia, allá por los años ochenta y yo corregía sus primeros poemas. Siento el síndrome del viejo profesor, orgulloso de ver a dónde han llegado sus alumnos, pero también un poco fastidiado. Está bien que los alumnos te superen, pero que no se den demasiada prisa, que esperen un poco. A que uno cumpla los ochenta años, por ejemplo.
            Salgo del café de la Ópera, camino de otro café, donde me espera una amiga, pensando en que esto no puede quedar así, que he de correr más y mejor hasta alcanzarlos y superarlos de nuevo.

           
Jueves, 22 de octubre
MIENTRAS ME QUEDE VOZ

De pronto, en un programa de humor que es el único programa informativo que procuro no perderme, El intermedio, aparece Hilda Farfante contando su historia. No puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas. Previamente, un gesticulante senador del PP se burla de los que pretenden reactivar la ley de la Memoria Histórica: “¡Pero si ya no hay fosas por descubrir! ¡Cómo no quieran dinero para seguir buscando a García Lorca por los cuatro puntos cardinales!”
            Hilda Farfante nació en Cangas del Narcea en 1931. Sorprende la serenidad y la lucidez con que habla. A su madre, maestra, la detuvieron cuando iba a abrir el colegio del que era directora. A su padre, también maestro en el mismo centro, unos días después. Los asesinaron a los dos y los enterraron en alguna fosa común. Eran tres hermanas. No volvieron a vivir juntas. A ella la crió su tía Guillermina. Poco después de las muertes una vecina les aconsejó que no se quedaran llorando en casa. Y tuvieron que salir y alzar el brazo y cantar el “Cara al sol” y escuchar cómo el cura del pueblo decía que todos los rojos eran unos asesinos. “Todavía no sé –dice– si a mis padres los mataron por maestros o por republicanos. El único arma que tenía mi madre era la llave de la escuela”. Pide permiso para recitar unos versos de Marisa Peña: “Mientras me quede voz, / hablaré de los muertos, / tan quietos, tan callados, / tan molestos. / Mientras me quede voz, / hablaré de sus sueños, / de todas las traiciones, / de todos los silencios, / de los huesos sin nombre / esperando el regreso, / de su entrega absoluta, / de su dolor de invierno. / Mientras me quede voz, / no han de callar mis muertos”.
            “¿He dicho ya que son de Marisa Peña?”, pregunta Hilda Farfante. “Ella también tiene su historia, pobre”.
            Al burlón senador del PP yo le condenaría a escuchar esa historia, una y otra vez, si no durante toda la eternidad, al menos hasta que no quede ninguna fosa por abrir, ninguna víctima por honrar, “en toda la espaciosa y triste España”.




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