domingo, 3 de agosto de 2014

En la antigua estación


De un instante a otro el paraíso puede transformarse en infierno. Los tramoyistas del Gran Teatro del Mundo trabajan rápido.
            Paseaba yo, absorto en mis melancolías, por los alrededores del pueblo, a la vez familiares y desconocidos, cuando de pronto, sin transición, el cielo se puso negro y comenzó el diluvio.
            Los idílicos caminos no tardaron en convertirse en un barrizal, un rayo cayó muy cerca, retumbaban los truenos. Pensé en refugiarme en el tronco de un árbol inmenso, que tenía una abertura que parecía la entrada de una cueva y que me recordó a los olmos de mi infancia que crecían frente a la escuela, pero algo había leído de lo peligroso que resultaba un sitio así en caso de tormenta.
            Estaba empapado, embarrado, con miedo de caer en una zanja, cuando de pronto, a mi lado, apareció un caballo. No le había oído llegar, no sabía de dónde podía haber venido. El resplandor de un rayo me permitió contemplarlo bien. Era blanco, esbelto y estaba ensillado. Quieto junto a mí, bajaba la cabeza y parecía invitarme a que me subiera a él. Mis conocimientos de equitación son más bien escasos. Cierto que de niño más de una vez he montado en burros y en mulos para ir a trabajar al campo. Pero nunca en un pura sangre como aquella bella bestia, que parecía sacada de una leyenda medieval. No tenía, sin embargo, muchas opciones. Le acaricié la sedosa crin, le dí unas ligeras palmadas en las ancas, le susurré “gracias, bonito” y subí a él de un salto, con una agilidad que a mí mismo me dejó asombrado.
            En el mismo instante en que tomé las riendas, el caballo partió al galope. No me imaginaba cómo podía hacerlo en aquel suelo tan embarrado sin resbalar; en aquella total oscuridad sin salir del camino ni chocar contra algún árbol. Pensé en don Quijote a lomos del mágico Clavileño.
            Cesó la tormenta, parpadearon súbitamente todas las estrellas, se dibujó con nitidez la Vía Láctea, como en un grabado antiguo, y yo esperaba ver aparecer de un momento a otro la silueta punteada de las constelaciones: el Carro y el Arquero y el Cinturón de Orión…
            El caballo siguió cabalgando, pero a mí me daba la impresión de que sus pies no tocaban ya el suelo. Se detuvo de pronto ante un edificio abandonado. Yo creía que habíamos recorrido leguas y leguas, pero en realidad solo habíamos avanzado unos pocos pasos. Reconocí el edificio: era la antigua estación de Aldeanueva del Camino, por la que habían dejado de pasar los trenes hacía años. Cuando comenzó la tormenta yo paseaba por el camino de la estación que iba paralelo a la nueva autopista y no debía de encontrarme a más de medio kilómetro de allí.
            Todavía no había bajado del caballo, que se había quedado inmóvil, como una estatua ecuestre, cuando se abrió la puerta de la estación. Pisé el andén, las vías estaban cubiertas de hierba, recordé el primer tren que allí tomé para ir hasta Asturias, la extrañeza volvió a trocarse en melancolía, y entré en lo que había sido el vestíbulo con las taquillas y la sala de espera. Estaba llena de gente. Alzaron la cabeza, sonrieron, sonó un colectivo y educado “buenas noches”. Los reconocí a todos de inmediato, aunque a algunos hacía años que no los había visto. Dije: “Me ha ocurrido una cosa extraña. ¿Sabe alguien de quién es este caballo?”. Y señalé hacia la puerta abierta. Pero allí no había ningún animal, solo los hierbajos sobre las vías bajo el cielo estrellado. Salí fuera, miré hacia un lado y otro. Ni rastro del animal. Volví dentro. “Se ha ido”, dije. Los que esperaban se juntaron un poco en el gran banco corrido para hacerme sitio. “Aún es pronto”, dije yo. Hice un gesto de adiós con la mano y comencé el camino de regreso hasta mi casa, junto a la carretera. Ni el caballo ni la tormenta habían dejado rastro. Los caminos no estaban embarrados, no brillaba ningún charco. Mentalmente me fui repitiendo los nombres de los que aguardaban en la sala de espera un tren que no iba a llegar nunca. O que ya había llegado. Eran jóvenes y viejos, a algunos los había querido bien, con otros había tenido viejos pleitos. Solo tenía una cosa en común. O dos. Todos habían formado parte de mi vida. Todos estaban muertos.


8 comentarios:

  1. « (…) PINTANDO “IDEAS POÉTICAS” Ó SHI I

    Durante el periodo Song del Norte, la combinación de la poesía y la pintura era tan apreciada, que se introdujo un examen de poesía en la Academia de Pintores. Los pintores traían un poema, o algunos versos, y trabajaban la idea poética en sus obras. Muchos de estos exámenes, así como sus resultados, han llegado hasta nuestros días. He aquí un ejemplo:

    “Regreso a casa entre flores,
    las pezuñas de los caballos perfuman.
    ¿Cómo pintarías eso?”.

    La pintura que logró la mejor calificación en este examen, describe un grupo de mariposas revoloteando alrededor de las pezuñas de unos caballos a galope. »

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    1. EL GRAN ARTE DE LOS POEMAS SILENCIOSOS EN CHINA

      Leni Rubinstein

      http://www.schillerinstitute.org/newspanish/institutoschiller/literatura/PoemArteChina.html

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  2. Un seguidor que le estima.4 de agosto de 2014, 15:09

    Don José, creo que sé de que está usted hablando. A principios de esta primavera, con bastante nieve en el Calvitero y aun en toda la sierra de Candelario, bajaba yo de las Casas del Monte montado en el jaco bayo de mi suegro (el pelo bayo es amarillento, no blanco, como debió de parecerle a usted con la borrasca oscureciéndolo todo) y, habiendo cruzado la autopista, me quedé por la parte de Aldeanueva, a un tiro de piedra de la estación vieja, en donde me bajé de la albarda (a usted le pareció silla, según dice) y permití que el caballejo ramoneara un poco por aquellos desmontes tan feos.
    Y en esto que se cierne sobre nosotros un nubarrón inmenso que comenzó a soltar agua por un tubo. Vi cerca un chopo que había hendido el rayo y dentro de él me refugié de la tormenta. Y sí, pocas veces vi oscurecerse tanto el cielo a hora tan temprana.
    Me había despreocupado del jamelgo y, amainada la galerna, que me pongo a buscarlo y que nones, que parecía que una centella de aquellas lo había pulverizado o que la tierra se lo hubiese tragado.
    Y tratando de dar con él topé con la destartalada estación... Allí, unos vecinos de Guijo y alguno más de la parte de Zarza de Granadilla que venían de un bautizo (conocía de vista a la mayor parte), se habían refugiado con las primeras gotas, porque barruntaban aquel diluvio. Les pregunté si habían visto mi caballo y se quitaban la palabra los unos a los otros para contarme atropelladamente que efectivamente, que lo habían visto llegar por la parte del andén montado por un señor de cabeza grande y expresión estupefacta. Haría de ello media hora o así; y que al señor aquel parece ser que se le había escapado, seguramente porque el caballo notó que no era jinete diestro o gente de fiar. Y que el señor en cuestión (venía el pobre hecho una sopa) se había secado los cristales de los lentes, se abrochaba hasta la nuez la chamarra y que salía en dirección al pueblo pisando charcos.
    Después de la solícita información, salí a mi vez de aquel antro y, merodeando entre los matojos por espacio de un cuarto de hora, di con él. Me saludó con un relincho a belfo cerrado y se vino a mí con trote lento, aventando las crines negras (los bayos tienen siempre la crin negra, don José).
    Y nada más, señor mío; esto se lo cuento para que no le de usted más vueltas al asunto; que a veces las cosas rarejas tienen explicación y no merece la pena que un hombre sesudo como usted (y menos a sus años) empiece a tener dudas sobre si hay o no hay brujas, que las últimas de que se tiene noticias en la comarca del Ambroz las quemó la Inquisición, cuando salían del tunel por la parte de Abadía. Y eso hace mucho que ocurrió.
    Quede usted con Dios, don José.
    Salute.

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    1. Qué peso me quitas de encima, anónimo seguidor. ¡Todo tenía una explicación racional! Ya puedo dormir tranquilo.

      JLGM

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    2. Muy contento, buen vate, de haberte aligerado la mochila. Si con tan poco es tan grande el alivio que te procuro, ¿cómo no iba a hacerlo...?
      Sirvan estas asistencias de contrapeso a otras cruces con que te he cargado las espaldas, buen Martín. Pero pese a que eres quisquilloso no voy a negarte paciencia y cierta ecuanimidad (solo cierta: incierta pues). Pero el quid está en que haces muy bien tu trabajo y por ello te aguanto. Y me tienes que aguantar tú, "por la parte" de la correspondencia.
      Saludo cordial, esperando que te solaces urdiendo viajes fabulosos..., aunque solo sean mentales, tomándote un cortado en Los Porches (cuidado con el desparrame de la sacarosa).
      El Dindurra está en obras; sábelo, buen vate.
      Salute.

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    3. "Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa" (Antonio Machado). Si esta última nota, y la explicación del "seguidor" son de la misma mano, buena invención la suya; como decía, creo, Giordano Bruno, "se non è vero, è ben trovato".

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  3. Es lo que tienen las estaciones, que son lugares propicios a la felicidad y a la melancolía más desalmada; por eso conviene ir pertrechados de pararrayos, paraguas, gafas, pañuelos, mantas, linternas y cazafantasmas...el etc. anádalo cadacual!

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  4. dioses y ateneas me solucionen la duda catódica de una galerna tierra adentro en áridos y secos cajigales o cebadenses predios.donde las estampidas suenan en secano como restañones.
    Me llevo la bibliografia.Y ya volveré otro dia,que me voy de fiesta a Vitoria,a un tiro piedra de la Granda,en donde conozco a un maestro que me saque de dudas.Egunón.

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