domingo, 18 de marzo de 2012

Razón de más: La realidad y yo


Sábado, 10 de marzo
UNA CASA EN LA LLUVIA

No sé cómo había llegado hasta allí. Caminaba distraído, pensando en mis cosas, cuando comenzó de pronto a llover y, al buscar un sitio en el que refugiarme, me di cuenta de que me había perdido. Estaba en un descampado, sin árboles, sin un edificio cercano. Me di la vuelta y comencé a retroceder, cada vez más deprisa, por dónde había venido. ¿Cuánto tiempo había estado caminando? Parecía que horas y horas, a juzgar por lo lejos que me encontraba de cualquier lugar habitado. La lluvia seguía arreciando, pronto sería de noche y yo estaba ya completamente empapado. Me entró una cierta angustia, impropia de una persona de mi edad, como de niño que se encuentra perdido en el bosque. Y súbitamente, como surgido de la nada, apareció un hombre con un paraguas. Un paraguas inmenso, de esos propios de los porteros de ciertos hoteles. “Gracias”, dije. No respondió.
            (Estábamos en el Caffè di Roma, en Los Prados, mis amigos iban a ver Luces rojas, la película de Rodrigo Cortés, que yo había visto la semana pasada, y mientras hacían tiempo para que llegara la hora de la proyección hablamos de algunas cosas que nos han pasado, que no nos han contado, y para las que no tenemos explicación.)
Muy cerca, casi allí mismo, se alzaba un caserón oscuro, sin ninguna luz, que parecía confundirse con la lluviosa tiniebla. Por eso no le había visto antes. En el porche con columnas vagamente clásicas, cerró el paraguas y con un gesto me invitó a entrar. Empujé la puerta, que se abrió suavemente. Encontré una estancia en penumbra, con pesados muebles de otro tiempo; al fondo una aparatosa escalera, que parecía de mármol, y que no encajaba demasiado en aquel lugar. Me di la vuelta. La puerta se había cerrado y yo estaba solo. La abrí buscando al hombre del paraguas, pero en el porche no había nadie y la lluvia seguía cayendo cada vez con más fuerza. Intenté llamar por teléfono. No había cobertura. Pensé que debía buscar un lugar donde dormir, o al menos descansar, y al día siguiente, cuando amaneciera, lo vería todo de otro modo. Encontré un pequeño dormitorio, allí mismo, en la planta baja, con cuarto de baño adjunto. Sobre la cama había toallas limpias y un pijama cuidadosamente doblado. “Parece que me esperaban”, pensé. Lo curioso es que no tenía ningún miedo, solo un poco de extrañeza. Me di una buena ducha, me puse el pijama y me quedé profundamente dormido. Al despertarme sonreí al recordar lo que me parecía un extraño sueño. Pero no era un sueño. Allí estaba, con un pijama prestado en una habitación que no era la mía. Abrí la ventana. Daba a un jardín umbroso, con pérgolas de rosas y altos cipreses; bajo el azul del cielo se divisaba, entre los árboles, el azul más intenso del mar. Me duché, me vestí, recorrí la casa sin encontrar a nadie, pero en la cocina había café y tostadas y zumo de naranja, todo recién hecho. Tenía hambre, no había cenado, así que decidí sentarme tranquilamente, disfrutar de todo aquello, y dejar para más adelante la resolución del enigma. Pero el desayuno lo interrumpieron unas risas, que parecían venir del jardín. Me asomé a la ventana. Dos jóvenes y una mujer de cierta edad, todos elegantemente vestidos a la moda de los años veinte, desayunaban fuera. Me saludaron con un gesto, como si me conocieran, sin extrañarse de verme allí. Yo busqué mi ropa, que estaba sobre una silla, lavada y planchada. Me vestí y salí fuera. No había jardín ninguno. El caserón, que parecía a punto de derrumbarse, tenía trazas de llevar mucho tiempo abandonado. La puerta se cerró de un golpe tras de mí. Intenté abrirla de nuevo, pero ya no me fue posible. Me puse a caminar. A los diez minutos reconocí dónde estaba. Cientos de veces había paseado por aquel lugar. ¿Cómo podía haberme perdido? Vivo solo, nadie se había preocupado por aquella noche que había pasado fuera. Unos días después me encontré con Mediavilla, el psiquiatra, y allí mismo, en Uría, en la esquina de El Corté Inglés, le conté lo que me había pasado. Hizo como si me creyera y me habló de Jung y del subconsciente colectivo, pero yo sé que pensaba que todo era un cuento. “Tú lo que tienes que hacer”, me dijo como me dice siempre, “es escribir una novela”. No se lo volví a contar a nadie.

Domingo, 11 de marzo
MI DEPORTE FAVORITO

“¿Cuál es su deporte favorito?”, me preguntan en no sé qué programa de radio. Respondo de inmediato: “Tirar piedras contra mi propio tejado”.

Lunes, 12 de marzo
CONFUSIONES

En una entrevista de no sé qué periódico, el novelista Luis García Martín, que hasta entonces firmaba Luis G. Martín, dijo que iba a cambiar de nombre porque estaba harto de que le confundieran con un crítico asturiano que casi se llamaba igual, José Luis García Martín. A partir de entonces firma Luisgé Martín. “Era un engorro para mí”, añadía, “pero sobre todo para él porque de vez en cuando me llegaban cheques de poetas que pretendían sobornarlo”.
            Lo de los cheques supongo que era una broma, claro, como lo de cambiar el nombre para que no lo confundieran conmigo. Es narrador, publica en Alfaguara, tiene El País a su disposición; soy yo quien corre el riesgo de que me confundan con él, no al revés.
            Pero como la realidad imita al arte hoy la broma de los cheques se ha hecho realidad. Resulta que la reciente editorial de Luisgé Martín, Anagrama, me envía a mí la certificación del adelanto correspondiente a La mujer de sombra, su nueva novela recién aparecida. Y compruebo sorprendido que muy rácanos tenían que ser los poetastros con sus sobornos para que no ganara más cuando le confundían conmigo.


Martes, 13 de marzo
IGUAL ME DA

Uno de esos días en que se pierde el tiempo enredado en mil cosas sin importancia y todas las que pueden salir mal salen mal. Para colmo, después de tanto callar cuando debía haber hablado, hablo cuando debía haber callado. ¿Por qué será tan fácil querer a algunas personas y tan difícil soportarlas?
            Vuelvo pronto a casa. Preparo algo ligero; ceno en la cocina, sin música ni televisión, solo con mis pensamientos; friego; poco a poco me voy tranquilizando, recuperando el placer de estar conmigo, que casi nunca me falla. Me siento luego junto al montón de los libros recién llegados. Abro uno al azar, y el azar le pone colofón al día: “Nada es mío, de nadie soy; no sé nada, lo se todo; igual me da vivir que no vivir”.
            Igual me da vivir que no vivir.


Miércoles, 14 de marzo
MI PRIMER RECUERDO

Siempre he hecho mucho caso de los sueños. En las perplejidades de la vida, cuando dudaba ante qué decisión tomar, han solido venir en mi ayuda con la precisa ambigüedad de los oráculos antiguos. Esta noche soñé que estaba a la orilla de un ancho río de aguas calmas y grises; por la otra orilla desfilaba una larga procesión de jinetes. Yo quise unirme a ellos; busqué mi caballo, que pastaba en la yerba, y me adentré en el agua. Desperté en ese momento y, mientras el sueño se desvanecía, nítido, con hiperrealistas colores, con zumbido de abejas y todos los olores del verano, me vino a la memoria mi primer recuerdo. Mi madre lavaba con otras mujeres en el río, cerca del puente romano. Las voces de las mujeres, todas ellas jóvenes, sus risas, sus bromas, y yo, que no tenía dos años, persiguiendo fascinado la lagartija que se escondía entre las piedras o tratando de atrapar una libélula, resbalo y caigo al agua. Me sacan chorreante, como a un nuevo Moisés. Todas las mujeres me rodean, mi madre grita, pero enseguida, al ver mi susto, trata de calmarme y me abraza y me besa. Y cuando regresamos al pueblo y a todos le cuenta la peripecia, yo sonrío feliz sintiéndome el protagonista de una rara aventura, mi primera aventura, mi primer recuerdo. No sé por qué me vuelve hoy a la memoria. O sí.  Hace un año que no tengo quien, si me caigo al río, me saque del agua.


Jueves, 15 de marzo
CUANDO ESTOY SOLO

No sé quién dijo que un rinoceronte es un unicornio diseñado por un comité. La nueva edición de las obras de Juan Ramón Jiménez publicadas con motivo del cincuentenario de su muerte, en la que participan no sé cuantos especialistas, encabezados por Javier Blasco, e innumerables instituciones, nos ofrece una sorpresa en cada entrega. El tomo segundo de los Libros de Madrid lleva un prólogo de José María Conget que se ocupa, y muy bien, no de Madrid, como cabría esperar, sino del Nueva York de Juan Ramón.  Conget, autor de una de las mejores y más breves obras sobre esa ciudad, sigue el itinerario del poeta por la ciudad en aquellos meses de 1916 en que llegó a ella para casarse. ¿No habría resultado más adecuado este prólogo para la edición del Diario de un poeta recién casado? En otra época yo habría escrito una reseña furibunda arremetiendo contra los editores y los presuntos especialistas que no leen lo que editan; ahora me limito a encogerme de hombros, a pasear de la mano de Conget por lugares en los que siempre me encuentro bien –Washington Square, con su pianista y sus ardillas, el Riverside Park, el cementerio de Trinity Church en medio del ajetreo de Wall Street, la librería y el mercadillo de Union Square–, y luego vuelvo a las soledades madrileñas del poeta.
            Extrañas soledades las suyas. “Odio la soledad solitaria”, escribe. “Me gusta sentirme solo pero en medio del corazón del mundo”.
            Yo también, cuando estoy solo, rara vez estoy solo.


Viernes, 16 de marzo
UNA PAREJA MAL AVENIDA

Durante bastante tiempo, hemos sido una pareja mal avenida. A mí me gusta la vida rutinaria, hacer todos los días lo mismo, evitar las sorpresas, tenerlo todo previsto en la agenda y que todo salga según lo previsto. A ella le gusta improvisar, desbaratar mis planes, darme sustos. A veces, exagerando un poco, he dicho que en el paraíso que yo me imagino todos los días están repetidos. “¡Tu paraíso es un infierno!”, me grita.
Pero dos que duermen en el mismo colchón acaban siendo de la misma opinión. Nosotros no hemos llegado a tanto, pero hemos acabado pareciéndonos bastante. Ahora sé que ella disfruta también con las repeticiones, con el sol que sale y se pone cada día a la hora prevista, con el sucederse de las estaciones, con los ritos y los mitos, y yo he aprendido a contar con lo imprevisto, y a disfrutar con ello.
            Durante mucho tiempo hemos sido una pareja mal avenida la realidad y yo; ahora, como un viejo matrimonio, hemos aprendido a soportarnos. Claro que he sido yo el que más ha tenido que ceder porque sé de sobra que, si bien yo no podría vivir sin ella, ella podría vivir perfectamente sin mí.


5 comentarios:

  1. Cuando aparece por segunda vez, y sin comillas, la frase "Igual me da vivir que no vivir", parecería que debemos aceptarla como una opinión de JLGM. Parecería; porque eso resulta abiertamente contradictorio por la poca simpatía que ha manifestado, repetida y comprensiblemente, en verso y en prosa, por la Pelona y sus advertencias. Yo creo que todo lo que pasa es que es incapaz de resistir la tentación de hacer una frase. (Y que le importa muchísimo la diferencia entre vivir o no vivir, claro).

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  2. La afirmación vale para el momento en que la escribí. Un poco después ya no me daba lo mismo, claro.
    La frase es de Juan Ramón Jiménez, del libro que se cita más adelante.

    JLGM

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  3. Martín, observa si empiezan a ser frecuentes tus sueños hiperrealistas y fuertemente coloreados. Una o varias veces, sobre todo si son discontinuas, no tiene mayor valor diagnóstico; pero si pasan a ser habituales y hacemos caso a ciertas escuelas de psicología -quizá la Gestalt- pudieran informar de ciertas disfunciones..., que no voy a tener el mal gusto de mencionar; que no cunda el pánico, que solo es una posibilidad. Pero, ya digo, debes tomar nota.
    Me desconcierta leer ese comentario que haces de que si cayeses al agua no ibas a contar con una mano amiga que te rescatara. Porque es ambiguo y no alcanzo a valorar qué riesgos iba a haber en que cayeras al río, ni si lo dices con sombría desazón o con sarcástica indiferencia, porque tal futurible abre un abanico de eventuales variables:
    -Que la poza tuviese o no suficiente profundidad como para que se ahogara -o no- un ciudadano no precisamente espigado.
    -Que supieras o no nadar. De ello iba a depender que todo quedara en un ensopado indumentario o en un fatal desenlace.
    -Que -de un año a esta parte y vaya usted a saber por qué revés, desengaño o simple búsqueda de la paz del espíritu- frecuentaras parajes solitarios, y que de ahí provenga el riesgo de verte en apuros, sin una mano que te agarre de la manga o que te acerque el extremo de un palo (la gente no suele pasear llevando consigo un salvavidas).
    -Pero -y sería lo más lamentable- que tu expresado temor pudiera venir de la falta de confianza en que hubiese mortal dispuesto a lanzarse a la corriente porque tú salieses sano y salvo. Y ahí entro yo a procurar que destierres tan pesimistas prejuicios, que harían de ti casi un misántropo y un desconfiado patológico (paranoide, vaya): porque flageles con saña al personal y te hagas -a veces- un tipo antipatiquillo, no te da derecho a maliciar semejantes maldades del prójimo. Yo, sin ir más lejos, me arrojaría a la corriente sin vacilar un segundo si te viera en peligro de ahogarte. Claro que yo soy un tipo bueno y desprendido y lo haría por cualquiera. Hasta por Aznar.

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  4. He Wishes for the Cloths of Heaven

    had I the heaven's embroidered cloths,
    enwrought with golden and silver light,
    the blue and the dim and the dark cloths
    of night and light and the half-light,

    I would spread the cloths under your feet:
    but I, being poor, have only my dreams;
    I have spread my dreams under your feet;
    tread softly because you tread on my dreams.

    William Butler Yeats

    http://www.youtube.com/watch?v=wejEEciHlDQ

    a.r.

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  5. No le va a faltar compañía a la realidad en un tiempo. Otra cosa es tenerla contenta.

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