domingo, 5 de diciembre de 2010

Al otro lado: La casa junto a la carretera

Sábado, 27 de noviembre
UNA ADMIRADORA

Soy la persona más vanidosa del mundo. Bueno, tampoco hay que presumir. Digamos que simplemente que soy vanidoso, como todo el mundo. Ganarse mis simpatías es muy fácil: basta con elogiar lo que escribo. “Una admiradora” –firmaba así— leía mis colaboraciones de los domingos y los jueves y a primera hora, sin fallar un día, me enviaba su comentario, que siempre me parecía atinado e inteligente. Pero las cartas comenzaron a cambiar de tono: “Ayer te vi, tú no me viste, parecías muy triste”, “La hora que pasaste en el Colonial estuve yo a tu lado: leías un libro de Alice Munro, luego una señora te pasó el periódico; antes de irte sacaste un cuaderno negro y escribiste unas notas”, “Me siento feliz cuando estoy a tu lado, invisible, como un fantasma”.


Le dije que, si aquello era una broma, no tenía ninguna gracia. Durante unas semanas se dedicó de nuevo a elogiar lo que yo escribía. Me tranquilicé: a una admiradora se le perdona todo. Volví a contestar, a darle las gracias por sus palabras. Ahora sé que debería haber interrumpido aquel contacto. Pero me pierde la vanidad, ya lo dije. Esta mañana, al sentarme en la cafetería del Atrio como todos los sábados desde hace no sé cuánto tiempo, la camarera me trajo un libro que habían dejado para mí. Era una novela de Edith Wharton. Traía dos párrafos subrayados. El primero decía así: “Los amaneceres se habían acabado para ella. Estaban ligados a demasiados placeres perdidos: el regreso a casa de fiestas en las que había bailado hasta caer rendida; aquellas subidas por la pendiente a través de la penumbra gris cada vez más clara del jardín, cuando los asaltaba la fragancia de los arbustos y se enredaban en las insidiosas espinas, hasta llegar a lo alto, a la villa encaramada en la roca, y después en la puerta, a la sombra del árbol con olor a miel, aquel beso inesperado (de verdad que sí, inesperado, porque hacía tiempo que lo acordado era ser solo amigos) y el intento de zafarse del brazo insistente, y la nueva presión sobre sus labios de otros lo bastante jóvenes para conservar la frescura tras una noche de beber y de jugar y de seguir viviendo”.
En el papel que señalaba la página había escrito: “Para tu colección de amaneceres”. El segundo párrafo decía: “Recordaba su semana –aquella semana de hace solo seis años— cuando fueron juntos a un lugar perdido de Normandía donde no existía ferrocarril en quince kilómetros a la redonda, y había que llegar en el carro del granjero hasta la granja oculta por los manzanos en flor; y él y ella salieron todas las mañanas a pasar el día entero fuera, tiempo que él dedicaba a dibujar en las riberas, bajo los sauces y al costado de las iglesias rurales recubiertas de musgo; y cada día durante siete días ella contempló el despertar de la vida en la granja al pie de sus ventanas, mientras se echaba agua fría a la cara y se peinaba y retocaba el rostro antes que él despertase, porque a partir de los treinta la luz del amanecer es inmisericorde. Se acordaba de todo, y de lo segura que se había sentido en aquel momento de que estaba destinada a vivir en una granja y criar gallinas; la misma seguridad que tenía él de que estaba destinado a ser un gran pintor. Sí, aún podía imaginarse ese tipo de vida: conservaba su resplandor en cada fibra del cuerpo”. En la anotación manuscrita se leía: “Nosotros aún no hemos vivido nuestra semana de gloria. Pero ya está cerca”.


Tengo la mala costumbre de darle una última mirada al correo electrónico antes de irme a dormir. Había un correo de la anónima admiradora: “Ya tengo reservado el hotel. No está en Normandía, sino aquí en Asturias, en un lugar perdido entre bosques y montañas. No te digo las fechas. Quiero que sea una sorpresa. Una noche cerrarás los ojos y los abrirás allí, en el paraíso. La maleta ya te la he preparado. Te llevaré con los ojos vendados, como aquella joven que viste cruzar el gran hall de Grand Central, sin temor ninguno, sin miedo a tropezar con nadie, guiada solo por una mano amiga. Hasta pronto, amor mío”.
¿La maleta ya te la he preparado? De un salto fui hasta el armario donde guardo las maletas y una de ellas estaba, efectivamente, dispuesta para el viaje, con la ropa cuidadosamente doblada, mucho mejor que cuando lo hago yo. ¡Aquella loca había estado en mi casa!


Domingo, 28 de noviembre
UN CONSEJO

Mientras paseamos entre los puestos de libros viejos del Fontán le cuento la historia de ayer a mi amiga Catarina. “Si lo que me cuentas no es un cuento, porque Martín es que nunca sé si creerte, yo te aconsejaría que fueras a la policía”.
Aunque la admiradora psicópata de Misery, la novela de Stephen King es una de mis peores pesadillas, no creo que vaya a la policía. Me limitaré a cambiar de cerradura.


Lunes, 29 de noviembre
UNA EDICIÓN

Hojea un amigo la edición crítica que de Si te dicen que caí, la novela de Juan Marsé, acaba de publicar Cátedra. En el primer tomo aparece la novela completa; el segundo –trescientas páginas— se dedica íntegramente al “aparato crítico”, esto es, a la minuciosa anotación de las diferencias entre la edición de 1976, la de 1989 y esta del 2010, que ha sido revisada y corregida por el propio autor; a informarnos, por ejemplo, que si en 1976 escribió “le”, luego puso “lo” y más adelante volvió a poner “le”.
“Pensarás que soy un ignorante –me dice mi amigo—, pero a mí eso me parece como si al final de cada libro se publicara una lista de las erratas que han ido encontrándose en cada revisión y de las posibles correcciones introducidas por el autor”.
“No se lo digas a nadie, pero yo pienso lo mismo. Una edición crítica no tiene en cuenta todas las variantes para ofrecérselas a los lectores, sino para escoger entre ellas la que responde a la última voluntad del autor. Cuando esta se ignora, como en las obras medievales que se conservan en manuscritos contradictorios, es necesario cotejar esas variantes y razonar por qué se escoge una de ellas para la edición del texto. Cuando el autor vive, el texto definitivo es el de la última edición que él ha dado por buena. Hacer lo que aquí se hace –aparte de despilfarrar tiempo y papel y, muy probablemente, dineros públicos— es tomarnos el pelo y confundir el rigor de la ciencia con una aburrida manera de perder el tiempo”.


Martes, 30 de noviembre
UN SUEÑO

“La historia de los sueños nunca ha sido escrita”. Así comienza El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela, a la vez una bien documentada obra de investigación y una fascinante antología de relatos, de sueños que se convierten en vida y de vida que se deshace en sueños.
El 11 de abril de 1865, el presidente Lincoln y su esposa habían invitado a un grupo de amigos a tomar té con pasteles a las diez de la noche en el salón rojo de la Casa Blanca. Lincoln comenzó el relato de un sueño reciente dando rodeos: “Es extraño cuantas menciones hay en la Biblia sobre los sueños…”. Recordó los dieciséis capítulos que en el Antiguo Testamento mencionan el tema. “¿Acaso crees en los sueños?”, le preguntó su mujer. “La otra noche tuve uno que me tiene obsesionado. Después de soñarlo, la primera vez que abrí la Biblia lo hice por el capítulo 28 del Génesis que relata el sueño maravilloso de Jacob. Volvía a abrirla por otros pasajes y siempre encontraba un sueño o una visión”. “Me asustas”, dijo su mujer. “Me temo que he hecho mal en mencionar este tema”, dijo el presidente, pero ya no tuvo más remedio que contar su sueño.
Una noche en que estuvo escuchando el Fausto de Gounod y esperaba importantes noticias, Lincoln se acostó tarde. De pronto, el silencio fue interrumpido por unos sollozos. Se levantó, se puso la bata y bajó las escaleras. Mientras andaba por el entarimado escuchaba el chasquido de sus pasos contra los viejos tablones de madera y al fondo los lamentos, que parecían cada vez más cercanos. Todas las habitaciones estaban iluminadas. Tras recorrer varias estancias vacías llegó a la Sala Este y vio un ataúd colocado en el suelo. Dos soldados lo custodiaban. El cadáver tenía el rostro cubierto con un pañuelo blanco. Preguntó quién había muerto. Uno de los soldados dijo: “El presidente, lo han asesinado”.
Menos de un mes después de aquel sueño, a los tres días de aludir a él en el salón rojo de la Casa Blanca, el 14 de abril de 1865 el presidente asiste al estreno de Our American Cousin en el teatro Ford’s de Washington. Poco antes de caer el telón, uno de los espectadores, un actor llamado John Wilkes Booth, se levanta de su asiento y disimuladamente se dirige al palco presidencial. Cuando llegó, nadie custodiaba la entrada. Al parecer el guardia se había ausentado un momento. Se escondió en la estrecha antesala oscura de acceso al palco. Llevaba un cuchillo de monte y una pequeña pistola de bolsillo. Conocía la obra, así que aguardó unos minutos hasta una escena que despertaría grandes risas. Al presidente le acompañaba su esposa Mary y un joven oficial con su novia. Ninguno se percató de la figura que apareció tras ellos, acercó la pistola hasta unos treinta centímetros de la cabeza del presidente y, en el momento en que comenzaron las risotadas, disparó. El ruido de la detonación apenas pudo escucharse. Una pequeña nube de humo azulado salió del palco y la cabeza del presidente se desplomó hacia adelante. El oficial se abalanzó sobre el asesino. Booth le hirió con el cuchillo, luego agarró la cortina, se puso en pie sobre la barandilla y saltó sobre el escenario. Una de sus espuelas se enganchó con la bandera, lo que le hizo tropezar, caerse al suelo y fracturarse la pierna izquierda. Sin embargo se incorporó con rapidez y le gritó al público, que lo miraba todo fascinado, sin entender lo que había ocurrido, como si fuera una representación dentro de la representación: Sic semper tyrannis! ¡Así le ocurre siempre a los tiranos! Las palabras pronunciadas ante el cadáver de Julio César. Antes de que nadie fuera capaz de reaccionar, salió por la puerta trasera, donde le esperaba un caballo, y se perdió en la oscuridad de la noche.



Jueves, 2 de diciembre
UNA CASA

Acompaño a unos amigos, que no lo conocen, en su visita al Museo de Bellas Artes. Como siempre, me detengo fascinado ante un cuadro de Miguel Galano: una solitaria casa abandonada, donde fui demoradamente feliz en alguna otra vida y a la que sigo regresando en sueños.
Nieva cuando vuelvo oscuro a mi casa sola. A la cabeza me viene un verso de Cernuda: “La verdad de sus sueños era para el la verdad de la vida”. Y luego una pregunta de Álvaro de Campos: “¿Cuándo despertaré de estar despierto?”.
Si despierto, espero hacerlo en aquella casa de la infancia cuando aún no tenía los postigos cerrados y no estaba habitada solo por fantasmas.

6 comentarios:

  1. para Ud., que teje la realidad con la ficción, y le queda bonita.
    http://www.youtube.com/watch?v=PEyEw-8Kuv8

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  2. si despertara de sus sueños dejaría de sentir, y Ud. lo sabe. Los sueños son anhelos, ¿qué pasaría si se convirtiesen en realidad? Nadar en otras aguas, distintas quizás. Entonces, ¿porqué temer a la felicidad?
    Lo raro es vivir.

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  3. Légamo,

    así es Ud., en ambos lados de la orilla, que son más de dos.

    "un poema memorable es el mejor regalo que los lectores pueden hacerle al autor" (a veces sueño en escribirle algo tan bonito que brillará en la oscuridad)
    "el poema verdadero dice lo que dice y lo que no dice"
    "en el poema nunca hace frío"
    "los buenos poemas brillan en la oscuridad"
    "el poeta no sabe lo que quiere hacer, y lo hace"
    "la poesía sueña con escapar de la jaula de las palabras" (la Música se escapa a las palabras, y está en ocasiones más cerca del sentir, como la Poesía mentirosa-verdadera)
    "vivir es más importante que escribir, pero leer más importante que vivir"
    "en la noche del mundo, la poesía señala el camino más directo hacia el abismo" (es preciso tener un caos dentro de sí, para poder dar a luz una estrella fugaz)
    "si sólo eres una persona, no eres nadie" (el que vive más de una vida, más de una muerte debe morir. Oscar Wilde)
    "nadie se convierte en poeta hasta que no aprende a callar" (gran Verdad sin mentira)
    "la rima suele poner un repique de campanas, o peor aún de castañuelas, donde menos falta hace"
    "a los poemas les sienta bien un poco de oscuridad, como a ciertos paisajes un poco de niebla" (sin sufrimiento, no hay placer)
    "tenía tan alta opinión de sí mismo, que nunca escribió nada para no sentirse defraudado" (ha leído "el Príncipe Negro"?)

    Me gusta lo que comienzo a leer de Ud., Sr. García Martín. Gracias por escribir y por leer.
    a.r.

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  4. La casa de Galano..., Dios la casa de Galano.
    Toda la grisura húmeda del occidente está en ese cuadro. La brutalidad agreste de los hombres galaicos; ese olor de humus que impregna las sábanas amarillentas; los halos del carburo tiznando las paredes; calabazas, maíz, coles hervidas...

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  5. La biblia y el té son una mezcla explosiva. Ya se lo digo yo a "The Palin", deja el Té aparti y haz como yo, fuma porros, pero no tragues el humo que te pones muy faltosa. (George Bush)

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  6. Tiene Sarah Palin las tetas hermosas (se las acabo de ver en Internet, en una foto en la que no oculta la intención de provocar sexualmente); la dentadura blanca y regular, pero los ojos..., los ojos son los de una yegua encelada -con el poder, supongo-, en los que no se atiba chispa alguna de inteligencia.
    Lleva puesta una obstinación insensata en la cara, reforzada por uno de esos mentones anglosajones, cuadrados ellos, que tantos disgustos nos han deparado en los últimos tiempos.
    Ojos por ojos, me quedo con los de la Palin si los comparamos con los de Bush. Pero no por bellos, sino porque los simiescos del tejano son aún más desasosegantes.
    En honor a la verdad, he de reconocerle a Sarah Palin que no se deja llevar por un estereotipo de las norteamericanas, que piensan que sonreír es abrir desaforadamente las fauces, aplicar la lengua bien tersa -pero curvada- al suelo de la boca y -a poder ser- que se hagan visibles los pilares del velo del paladar, las amígdalas y la úvula. Creen obligado enseñar la arcada superior dental, pero no la inferior (hablo por experiencia empírica).
    Sin embargo, los latinos casi siempre encontramos discordante la expresión oral de la ocular: a la exuberancia de las rosadas mucosas y encías bucales suelen corresponder unos ojos escrutadores y algo fríos (no sé por qué pero me sobreviene el recuerdo de Rajoy, que ríe sólo con la boca).
    Acabo de ver en un magacin a doña Hillary Clinton y esa sí que responde al canon: debajo de unos ojos azules abiertos como platos, unas fauces casi dislocadas de puro abiertas muestran una lengua bien desarrollada y expuesta en -por lo menos- tres cuartos de su longitud.
    No se si esta clase de expresión facial tendrá que ver con la mayor o menor capacidad para ejercer la política. Pero yo soy algo crédulo con lo que sostienen algunos que dicen que a ciertos rasgos de la cara, muecas, tics o expresiones corporales diversas corresponden inclinaciones del carácter o capacidad intelectual determinadas.
    Vengo observando que -por ejemplo- el prognatismo no nos ha dado buenos resultados -en términos históricos y con perspectiva temporal suficiente- en "boca" de nuestros altos dignatarios.
    Y me preocupa que estas cosas puedan ser algo más que especulaciones sin fundamento.
    Veremos.

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