domingo, 1 de noviembre de 2009

Línea roja: Aventura y abismo

Sábado, 24 de octubre
CASTILLOS EN EL AIRE

El comienzo de una historia me gusta más que cualquier historia: “A decir verdad, cuando subí al tren aquella mañana de octubre, mi pulso no latía con la acostumbrada regularidad. Para ser precisos, sentía el corazón dilatado de esperanza, como un muchacho de quince años que acude a su primera cita. Pero ¿qué esperaba yo con exactitud? ¿Que la aventura me llevara del brazo en medio de la niebla? De sobra sabía que la realidad más cotidiana rebosa de extraños y aterradores abismos. A los cincuenta años, había trabado conocimiento con el peligro y desde entonces éste ejercía sobre mí una singular seducción”.


Leo, en el tren, una vieja novela de misterio que comienza en un tren. ¿Leo? Me basta con el párrafo inicial. Luego cierro el libro y me distraigo con la niebla que se devana tras la ventanilla.
Mi corazón tampoco late con la adecuada regularidad. También el peligro –cierta clase de peligro-- ejerce sobre mí particular seducción.
Pero pase lo que pase no voy a contar el resto de la historia. En la vida real, como en las viejas novelas de misterio, lo que viene a continuación nunca está a la altura del intrigante comienzo.
Me esperan en la estación. “No me has visto nunca, pero me reconocerás nada más verme”, dijo. Y no necesitó decir más para que yo me dedicara a mi ocupación favorita: construir castillos en el aire.


Domingo, 25 de octubre
EL DÍA MÁS LARGO

Los días deberían hacerse a medida, como los trajes: más largos o más cortos según conviniera. El de hoy tiene una hora más y parece que no se acaba nunca.
Me divierte la paradoja de que levantarse a la hora de siempre sea levantarse una hora antes que la hora siempre y que acostarse a la hora de costumbre suponga acostarse una hora más tarde de la hora de costumbre.
¿A qué dedicar ese tiempo sobrante? Aprovecho para salir a la terraza, en esta noche casi veraniega, y contemplar las estrellas.
Y pensar en lo absurdo de mi vida. Siempre a la espera de algo que nunca llega o que llega y, a pesar de ser exactamente lo que esperaba, nunca es lo que yo esperaba.
De las historias de amor, como de cualquier historia, me basta con el capítulo inicial. Todo lo demás es consabida prosa. Retorcida prosa, en ocasiones.
De la historia de ayer solo se salva el viaje el tren, cuando todo era posible. Lo demás es lo de menos, para hacer un fácil juego de palabras.
Contemplo las estrellas, en este tiempo de propina, y me entretengo, mientras llega el sueño, en abstrusas filosofías sobre el sentido de la vida. Finalmente sonrío, me encojo de hombros y pienso con Baroja que la cuestión es pasar el rato sin adquirir compromisos serios. Una de las anónimas estrellas, de acuerdo conmigo, me hace un guiño malicioso.


Lunes, 26 de octubre
MIS ODIOS FAVORITOS

“Ya sabemos las tres cosas que más odias en el mundo”, se burla un amigo, “el campo, la novela y el matrimonio”.
Odiar, odiar, lo que se dice odiar… Yo solo he sido capaz, algunas veces, de odiarme a mí mismo. Pero pocas veces.
En el campo he pasado muchos momentos maravillosos, pero ninguno tanto como el momento de subir al coche y volver a la ciudad.
Las novelas comenzaron a aburrirme cuando cumplí cuarenta años. Afortunadamente para entonces ya había leído todas las que había que leer, salvo el Ulises de Joyce. Y con ninguna disfruté tanto como con La isla misteriosa, de Julio Verne, leída a los diez años en dos o tres tardes de un inagotable verano.
¿El matrimonio? ¿Cómo voy a odiar el matrimonio? Lo que pasa es que me gusta bromear. ¡Con lo que relaja tener alguien con quien discutir al llegar a casa! ¿Odiar yo al matrimonio? ¡Si he pensado en casarme infinitas veces! Lo que ocurre es que luego se me pasa pronto. En cuanto encuentro con quién.



Martes, 27 de octubre
MISTERIOSOS ESPACIOS

Bécquer hablaba de los “misterios espacios que separan / la vigilia del sueño”. A mí me gusta deambular por esos lugares, encontrarle grietas a la realidad, entrever lo que ocurre al otro lado. Y luego contar banales historias de fantasmas, de esas que solo asustan a los niños, y seguir viviendo como si nada hubiera visto.
Me gusta hacer como que no creo en las únicas cosas en que verdaderamente creo.
En ti, por ejemplo, el más encantador demonio que haya conocido nunca y que algunas veces vuelves para sacarme de la cama y arrastrarme otra vez contigo al infierno.
Pero siempre despierto, sudoroso y frustrado, antes de que lo consigas.


Miércoles, 28 de octubre
PELLEGRINA LEONI

Era de noche cuando llegamos al palacio de Meres. A pesar de eso, antes de entrar en la casona decidimos dar una vuelta por el bosque ancestral. En un claro, rodeada de tejos, encontramos una gran mesa y unos bancos de piedra. La luna se asomaba entre las ramas y la temperatura era agradable, veraniega. “¡Qué lugar tan apropiado para sentarse a contar historias de aparecidos!”, dijo alguien. Y Ramón, uno de nuestros anfitriones: “Aquí venía yo a jugar de niño con mis primos; esta mesa fue mesa de Blancanieves y fue barco pirata y fue gruta del tesoro”.


Una rama se me enganchó en la ropa y por un momento me pareció una mano esquelética que me sujetaba. Recordé entonces la historia de Pellegrina Leoni, la gran diva de la ópera que perdió la voz y la belleza a causa de su desmedido gusto por los dulces y el vino y las fiestas hasta el amanecer rodeada de falsos amigos. Un día, cansada de todo, dejó su casa y se puso a recorrer los caminos del mundo. Salió sin dinero, sin más resto de su antigua fortuna que un gran anillo de diamantes. Gracias a ese anillo encontró siempre dónde comer y dónde dormir. Entraba en las casas y todos pensaban que era una gran señora que viajaba de incógnito y mataban un cordero para ella y le ofrecían el mejor lecho. Ella sonreía, se dejaba querer y luego seguía su deambular. Un día se encontró a un peregrino, o eso parecía, al que le faltaba una mano y en la otra llevaba una pequeña maleta. Le saludó, pero él no quiso contestarla y siguió andando, malencarado y hosco. Pellegrina se sintió extrañada: era la primera persona que no le había sonreído en todo el viaje. Insistió: “Caballero, parece que llevamos el mismo camino, ¿quiere usted que le acompañe un rato?”. El hombre siguió sin contestar. “¿Quiere que le ayude a llevar su carga?”. El hombre entonces la miró sorprendido. “¿Cómo sabe usted que llevo una carga superior a mis fuerzas?”. Abrió entonces la pequeña maleta y en ella apareció el esqueleto de la mano que le faltaba. “Aquí donde usted me ve yo soy un gran señor condenado por mis pecados a vagar por el mundo”. “Yo soy una cantante que perdió la voz”. “Yo tenía un gran palacio rodeado de bosques, infinitos sirvientes, una mujer que me quería”. “A mí me aplaudían en todos los teatros del mundo”. “No hay perdón en este mundo ni en el otro para mi delito”, dijo él. Y ella: “Quizá le alivie contárselo a alguien”.


Habían llegado a los alrededores de un gran caserón que parecía abandonado. Se sentaron en torno a una mesa de piedra, en un claro del bosque, rodeados de hojas secas. Pellegrina se quitó el anillo y se lo dio: “A usted le hará sin duda más falta que a mí”. Pero al quitarse el anillo Pellegrina perdió el poder que la protegía y entonces aquella mano esquelética la cogió de la hermosa mata de pelo, lo único hermoso que conservaba, y la arrastró hasta el infierno. El condenado a vagar por el mundo reía: “Estas cosas son lo único que me alivia un poco de mis pesares”.


Jueves, 29 de octubre
ENCUESTA

¿No sientes la nostalgia de un gran amor, de esos que te cambian la vida y duran toda la vida? No, no siento nostalgia, siento terror.
¿A cambio de qué le venderías tu alma al demonio? Si le interesa, se la regalo.
¿Podrías formular un deseo? Que por mucho que viva siempre me quede al menos un deseo que cumplir.
¿Cree que hay vida después de la vida? Creo que no siempre hay vida en la vida.
¿Un día perfecto para mí? Aquel en que comienzo un nuevo libro, un nuevo amor. Aquel en que llego por primera vez una ciudad. Aquel en que abro los ojos y me encuentro con el intacto azul de la primera mañana del mundo.


Viernes, 30 de octubre
REGRESO

La aventura del sábado pasado, aquella que comenzó en un tren, ya es historia antigua. Los enigmas solo interesan hasta que uno da con la solución. Siempre trivial.
Afortunadamente –qué aburrida sería la vida sin ellos-- hay enigmas que no se resuelven nunca. Al regresar a casa, en la alta noche estrellada, me vuelven una y otra vez a la memoria los versos de Bergamín que leí el miércoles pasado en la historiada penumbra del palacio de Meres: “Miente el cielo su azul y oscura sima. / Y las estrellas mienten / su viva luz. Me mienten a mí mismos / mis ojos al cegarse por la muerte”.
Voy dejando tras de mí un rastro de libros y de amores mordisqueados.
De sobra sé que todas las historias tiene el mismo final, especialmente las que no tienen final.

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