domingo, 14 de junio de 2009

Para entregar en mano: A todo hay quien gane

Jueves, 4 de junio
PALABRAS SUBRAYADAS

Como todas las personas ociosas, discretas y de cierta edad, he acabado convirtiéndome en confidente, confesor y a ratos oficioso psiquiatra de amigos e incluso simples conocidos. Siempre doy el mejor de los consejos, esto es, me abstengo de dar consejos. Escucho, no intervengo. Salvo para deshacer algún falso problema. Los otros, los verdaderos, o los resuelve uno mismo o no los resuelve nadie.
----¿Has visto qué canalla? Mira lo que me acaba de enviar por correo mi exnovio –me dice una amiga mientras deja un libro sobre la mesa de la cafetería.
----Lo he leído. Está muy bien. Eso es que quiere volver contigo.
Se trata de Un viñedo en la Toscana, de Ferenc Máté, que cuenta una historia que a todos nos habría gustado vivir. Una pareja de neoyorquinos buscan en la Toscana una casa que restaurar y el terreno adecuado para plantar viñedos. Encuentran un antiguo monasterio. Incluso a mí, que no me interesa especialmente la bebida, me han fascinado estas páginas que hablan de los secretos de un buen vino y de una buena vida.
----Eso es que quiere volver contigo –le repito--. A lo mejor un viaje a Italia lo arregla todo.
----El libro venía con un marcador que señalaba una página y en esa página había subrayadas unas líneas. Lee, lee.
Leo: “Hay ciertas cosas en la vida que las mujeres no pueden entender. Lo único que parecen entender, y demasiado bien, es cómo pueden usar palabras como cuchillos. Y por eso las mujeres nunca han tenido que ir a la guerra. No lo necesitan. Con pocas palabras pueden destruir a cualquier adversario, como si las palabras fueran una máquina de cortar embutido. Y lo hacen sin esfuerzo alguno. De hecho, creo que disfrutan mientras te apuñalan”.


Viernes, 5 de junio
EN LOS CAMPOS DE HENO

Colecciono casas. Añado hoy la de Maurice Baring en Rottingdean, cerca de Brighton, al borde de un acantilado. André Maurois la describe así: “Nada era lujoso; todo era perfecto. Había pocos libros, pero tales que uno deseaba leerlos; el mismo Maurice había escogido los de vuestra habitación. Las comidas eran breves, pero excelentes; el servicio invisible, pero incomparable. El anfitrión te dejaba solo, cuando querías estar solo, y aparecía misteriosamente a tu lado cuando te apetecía un rato de charla”.
En las memorias de Baring encuentro otra pieza para mi colección: “En verano, acostumbrábamos ir a Coombe Cottage, cerca de Malden, una casa de ladrillo rojo, cubierta de hiedra, con una torre en un extremo. Había también un huerto, unos prados, un establo, un jardinero, un corral y una piscina en la que recuerdo haberme caído. En Coombe siempre era verano y la fragancia y los sonidos del verano solían convertir en un lugar encantado nuestros dormitorios infantiles. Algunas veces, por la mañana, solían pasar soldados de uniforme rojo que tocaban La muchacha que dejo atrás con una banda de pífanos y tambores. De Coombe recuerdo sobre todo las rosas, las frutas y los maravillosos juegos en los campos de heno”.



Sábado, 6 de junio
LAS NOCHES DE VERANO

Colecciono noches de verano, esas noches en que el tiempo parece detenerse, todo son temblorosas sombras y lejanos ruidos y con la luz de las estrellas llega un atisbo de eternidad. Siempre pienso entonces en los versos de Goethe: “Detente, instante. ¡Eres tan bello!”.
También Baring coleccionaba perfectas noches de verano y en sus memorias enumera algunas.
Una oscura noche de la Rusia central, antes de que termine la cosecha, con el ruido del vigilante intensificando el profundo silencio y el lejano zapateo de los que bailan y el quejido de un acordeón.
Una noche de junio en Florencia con la hierba visible a causa de las luciérnagas y en que el croar de las ranas parecía acompasarse con la música de las esferas.
Una noche en Venecia, cuando en el cristal de la laguna aún se veían las bandas rojizas de poniente.
Una noche de mayo cerca del Neckar, en Heidelberg, resonante con la exaltación de los ruiseñores y embriagadora con las lilas.
Un crepúsculo en Arundel Park, en que los grandes árboles, los oscuros prados y las confusas sombras parecían formar parte de un mundo que no era de este mundo.
Una noche en South Devon cuando la luna de mediados de septiembre hacía que el jardín y el bosque fueran tan irreales como la isla de Próspero.
Pero nunca en mi vida -añade- he encontrado un encanto mayor que el de los anocheceres de verano en Coombe Cottage. O en Aldeanueva del Camino, añado yo. Jamás he podido volver a sorprender el intenso hechizo de aquel momento, excepto cuando leí por primera vez la “Oda a un ruiseñor”, de Keats. Entonces la puerta que estaba cerrada sobre el pasado se abrió de par en par y reapareció la sensación de irrealidad y sortilegio.


Domingo, 7 de junio
MIENTRAS ESPERO

Las religiones, cualquier religión: un mundo mágico encerrado en una sacristía maloliente.
He aprendido a hablar con corrección, ahora debo aprender a callar con inteligencia.
Si nadie te detesta, no eres nadie.


Lunes, 8 de junio
FRUTA MADURA Y ROMERO FRESCO

A la salida del cine, me encontré ayer con mi amiga María de la mano de su exnovio (que parece ha dejado de ser exnovio), se ruborizó al saludarme y luego siguió su camino sin detenerse. Hoy me llama: “Perdona que no te dijera nada. Hemos vuelto. Tenías razón. El libro de Ferenc Máté es maravilloso. Había otras palabras subrayadas que hablaban del patio de una iglesia y de una pequeña cala con las barcas varadas bajo los árboles. Y de los gatos que merodeaban en busca de las cabezas del pescado sobrantes, esparcidas por la playa, y que saltaban tratando de alcanzar los cubos de cebo que colgaban de las jarcias”. Espera un momento, dije. Y busqué esas líneas. Están en el capítulo que habla de un viaje a Francia: “Ciertamente, detenerse a pernoctar en el pequeño puerto de Portofino es una de las mejores razones para hacer un viaje desde Montalcino a Burdeos, pues es probablemente el puerto más hermoso de Europa”. Leo las palabras que me indica María: “Cuando mi paseo tocaba a su fin apareció un rayo de luna e iluminó los cipreses de la colina. Como si de delincuentes se tratara, todos los gatos se escondieron cobardemente. El pueblo parecía un escenario de película y la brisa nocturna que venía de las colinas me envolvió con sus aromas de romero y de salvia”.
---Me ha invitado a ir allí a finales de mes. ¿Qué te parece? Los dos hemos prometido dejar toda la cuchillería en casa.
De sobra sé yo lo que valen esas promesas. Pero yo no tengo por costumbre dar consejos. Aplaudo su decisión. Y me alegro que haya servido de celestina un libro tan embriagador como Un viñedo en la Toscana. Se le podría definir como a cualquiera de sus vinos: “Aromas de fruta madura y romero fresco. Con espléndido cuerpo, taninos aterciopelados y un largo, largo final. Delicioso”.


Martes, 9 de junio
MIS FRUSTRACIONES

Arrastro conmigo un sin fin de frustraciones. Pero no me quejo. Gracias a ellas no me aburro nunca. Habría dado cualquier cosa por ser arquitecto. Y ahora nada me entretiene más que observar un solar urbano e imaginarme el mejor modo de aprovecharlo. Mis favoritos son esos solares estrechos y alargados de la calle Rivero con un patio al fondo y detrás el parque de Ferrera. Hay uno de poco más de dos metros de ancho que me gusta especialmente. A veces me paso una mañana entera haciendo planes, dibujando planos. Esta frustración mía resulta especialmente útil en las noches de insomnio. Qué placer cerrar los ojos y acristalar una buhardilla, diseñar una escalera, multiplicar el diminuto espacio, ir seleccionando las plantas más adecuadas para un jardín interior…
Parece que no soy nada y soy todas las cosas que no he podido ser.



Miércoles, 10 de junio
UNA SEÑORA

Algo sé de vanidades. A fin de cuentas llevo toda una vida lidiando con poetas y con mi propia vanidad, que no es de las menores (aunque se note poco porque he aprendido a disimularla bastante bien). Pero siempre queda lugar para la sorpresa. Tras la presentación de Historias con historia, la nueva edición de la poesía de Víctor Botas que ha preparado Luis Bagué Quílez, se me acerca una señora (no diré su nombre: soy un caballero). Yo esperaba los corteses elogios habituales. Había sido para mí un acto especialmente conmovedor. Hacía treinta años que había presentado en Avilés su primer libro, Las cosas que me acechan. Todo parecía igual y todo era distinto. Ahora Botas estaba en otra dimensión, esperándome, esperándonos a todos. Luis Bagué dijo palabras inteligentes y exactas, yo leí dos hermosos poemas. Y casi antes de que terminen los aplausos, con los ojos humedecidos yo por la emoción del recuerdo y los versos, una señora (no diré su nombre: soy un caballero) se me acerca furibunda: “¡Hay que ver qué cara más dura tienes! ¿No te da vergüenza? ¿Cómo no me has citado? ¿Es que no te parecen importantes mis notas sobre la poesía de Víctor Botas? Citas a Leopoldo y a mí que me parta un rayo. ¡Vaya cara que tienes!”
Me dieron ganas de frotarme los ojos, como en los tebeos, para comprobar que no estaba soñando. Tardé en comprender la razón de tanta sinrazón. Resulta que de pasada había aludido a algunos comentaristas de Botas para subrayar que Luis Bagué era el primer crítico que se había ocupado extensamente de él sin haberle conocido. Y cometí el error de no citar a la exasperada señora (no voy a decir su nombre: soy un caballero).
Creía ser la persona más vanidosa del mundo, pero a todo hay quien gane.

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