domingo, 12 de abril de 2009

Para entregar en mano: El dedo sobre el mapa

Sábado, 4 de abril
PROMENADE

“No me gusta viajar, pero me gusta haber viajado”, solía repetir Borges. Yo también prefiero volver, con un libro en las manos, a los lugares por los que anduve. Segundo matrimonio, la breve novela de Phillip Lopate, me lleva a un edificio de ladrillo marrón ubicado en una calle tranquila de Cobble Hill, muy cerca de Atlantic Avenue. Hace el amor el protagonista y no se le ocurre otra cosa que comparar el sexo de su mujer, con “Sailor’s Snug Harbor, en Staten Island, donde una vez se había ocupado del sonido en un concierto, cuando todavía era un hogar para marineros jubilados, luego lo había recorrido y había visto los jardines, la enfermería, los barracones con desconchados de pintura blanca, y había tenido la sensación de que aquel era un buen sitio para morir, tan cerca del océano”. Yo también estuve en aquel albergue de marineros que un mecenas construyó a principios del siglo XIX. Cuando yo estuve, era solo un centro cultural cargado de viejas memorias marineras, pero no mejor sitio para morir que cualquier otro.
La novela termina cuando la pareja, tras una discusión que rompe su falsa felicidad, se encamina hacia Montague Street en una bochornosa noche de verano: “Se veían pequeños grupos de personas que deambulaban por la calle principal, noctámbulos que volvían a casa de alguna fiesta, adolescentes que haraganeaban por las esquinas. La calle estaba cubierta por esa niebla vaporosa que se abate sobre la ciudad las noches húmedas y se arremolina en las farolas. Manhattan era apenas visible al otro lado del río: unos cuantos rascacielos, como sucias y gigantescas gomas de borrar o trozos de carboncillo resplandecían en la espesa oscuridad. A esas horas todo tenía una punzante y desoladora belleza: sentía profundamente el ambiente de los alrededores, los sonidos, el entarimado de madera bajo sus pies, la niebla, las luces del río. Se sentaron a descansar en un banco de madera con apoyabrazos de hierro forjado. Un remolcador que arrastraba una barcaza plana cargada de barriles de aceite se movía por el East River desde el Bronx. Vieron su estela que agitaba la espuma blanca al pasar por debajo del puente de Manhattan y el puente de Brooklyn y por fin pasar lentamente a su lado. Había dos hombres en la cubierta enrollando un cabo en torno a un cilindro negro”.


Domingo, 5 de abril
QUERER Y NO QUERER

Si quieres seguir amándome, no quiera conocerme demasiado. Fascina lo entrevisto, se borra lo muy visto. Lo mejor que yo soy es lo que no soy: lo que tú te imaginas.


Lunes, 6 de abril
CREW PASS

Dicen que un hombre feliz es el que en su madurez hace realidad sus sueños de niño. Si es así, yo a partir de hoy soy un poco más feliz. Me embarco por primera vez en un crucero, pero no como pasajero, sino formando parte de la tripulación. Paseo feliz con mi “crew pass” por las entrañas del Sovereign. Ninguna puerta con el “Restricted Area Crew Only” me detiene. Claro que mi trabajo no me convierte precisamente en un lobo marino. Mi jefa directa se llama Marta Rossi y es la directora del área de entretenimiento. Mi ocupación es contribuir a que el pasaje no se aburra en las largas horas de navegación, la misma que la de los músicos y los magos. Yo no hago música ni magia, solo hablo un poco de la historia de las ciudades que vamos a visitar.
“Como siempre tú no trabajas, juegas a que trabajas”, me dirá una vez más López-Vega. Y no le falta del todo razón. No deja de resultar curioso que el niño solitario que se pasaba los días con un libro en las manos, sin jugar con nadie, se haya convertido en un adulto que no hace otra cosa que jugar. Quizá esté compensando ahora las carencias de entonces.



Martes, 7 de abril
LAS CAPAS DEL DÍA

Los días que yo prefiero, como los helados al corte de mi infancia, están hechos con capas de diversos colores y sabores. La primera capa, el primer corte del día de hoy, se llama Villafranche-sur-Mer. Subo a cubierta y siento que me abraza la bahía, con la ciudadela a un lado y en el centro, bien visible, el hotel Welcome, que tan bien conozco por la páginas de Jean Cocteau. Paseo por las calles recién amanecidas, busco esas plazuelas que –según mi elegante guía— pueden servir de decorado para un embrollo de Goldoni, una opereta bufa de Mozart o una cruel farsa de Molière”.
La segunda capa es Niza, que resulta extrañamente parecida a su nombre y a las imágenes de frívola felicidad que se asocian a ella. Llego en tren, y me pongo a caminar sin rumbo fijo dejando que el azar me lleve hasta la Bahía de los Ángeles y el Paseo de los Ingleses. No necesito andar mucho para encontrarme a gusto. Camino por la avenida Jean Médecin, me detengo en la Plaza Masséna.. Sí, aquí podría ser feliz. No sabría explicar por qué, pero hay ciudades en las que a los pocos minutos siento que en ellas podría vivir, y otras –a veces más hermosas— en las que solo puedo estar de paso. Niza, está mañana de sol, huele a tranquila felicidad.


En Mónaco, por ejemplo, la tercera capa del día, sospecho que no me encontraría a gusto demasiado tiempo. El aparcamiento en que nos deja el autobús tiene, sin embargo, una sugerente puerta de salida: atravesando la roca con ascensores y escaleras mecánicas surgimos delante del aparatoso Museo Oceanográfico. Me recuerda a la llegada a Perugia a través de la Roca Paulina. Pero la salida de aparcamiento más fascinante, al menos para mí, está en la plaza del Parche, en Avilés. Sale uno de las entrañas de la tierra y a un lado tiene el palacio de Ferrera y la antigua iglesia de San Francisco; al otro, la calle de la Fruta, con el palacio de Camposagrado al fondo, y el Ayuntamiento. Hay, sin embargo, un lugar en este pretencioso principado, donde se amontonan los jactanciosos edificios, en el que sí me encontré a gusto: el café de París. Antes de llegar a él, me señalan una peligrosa curva muy famosa al parecer por el Gran Premio de Fórmula Uno de Montecarlo. Y al verla sonreí. Recuerdo que hace algunos años, cuando viajaba en autobús a Extremadura, al descender hacia Baños de Montemayor, una señora dijo: “Esto parece Montecarlo”. Y en efecto aquella curva se parece extraordinariamente a esta. Las dos son igual de peligrosas, pero el entorno de la de Baños, con el pueblo y su balneario en el fondo, es más hermoso. Quien lo dude que deje a un lado la autovía y entre en Extremadura por la antigua carretera.
No se terminan aquí las capas del día. Está la sorpresa de Éze Village, encaramado sobre una montaña y entrevisto en una vuelta de la carretera. No fui capaz de dejarlo escapar. Y ascendiendo a pie la montaña, me encontré con una sorpresa: el sendero que descendía por el otro lado hasta la playa llevaba el nombre de Nietzsche. Y recordé que fue por estos lugares donde escribió algunos de sus libros más fulgurantes, como Así hablaba Zaratustra.


Y luego, para terminar, antes de regresar al barco, otra vez Villefrance, ahora llena de la melancolía del atardecer. Me adentro en la Calle Oscura, llego hasta la plaza donde alza orgullosa su máscara dieciochesca (ella es mucho más vieja) la iglesia de San Miguel. No sé si este es el escenario más adecuado para Goldoni, Mozart o Molière, como quiere Cocteau. Con su árbol solo de frondosa copa, que la cubre casi por entero, más bien nos trae a la memoria versos de Machado que hablan de un caminante viejo.


Miércoles, 8 de abril
CENTRAL SIN QUERER

A las siete de la mañana, me despierta el insistente sonido de la sirena: estamos entrando en el puerto de Livorno. En seguida estoy en pie y en la cubierta más alta. Asisto a la lenta y precisa ceremonia del atraque. El cielo es de un límpido y cambiante azul. Desde aquí, a esta hora, hasta parece hermoso el laberinto industrial del puerto. La ciudad al fondo, se extiende borrosa. No me acercaré a ella. Me aguarda, a unos cuantos kilómetros, una vieja amiga: Florencia.
No me gusta viajar, me gusta pasear de vez en cuando por los lugares que amo. Abro un libro en el café de siempre en la Plaza de la República. Es de Jorge Guillén, lo acabo de comprar en un mercadillo, la traducción es de Oreste Macrí. Pero yo no necesito siquiera leerlo para recordar unos versos que quizá fueron escritos en una de estas mismas mesas: “Queda curvo el firmamento, / compacto azul, sobre el día. / Es el redondeamiento / del esplendor: mediodía”. Sí, aquí en Florencia, en esta mañana de abril, todo es cúpula y la flor de su nombre reposa, sin querer, en el centro del mundo.



Jueves, 9 de abril
TODOS LOS PUERTOS

A las siete en punto, vuelve a sonar la sirena. Estamos arribando a Civitaveccia, donde fue cónsul Stendhal. Recuerdo los versos que cito al comienzo de mi primer libro Marineros perdidos en los puertos: “Todos los puertos que viví / errante como los marineros / esta mañana tocan la sirena”.
Me gustan los libros que me llevan a un lugar, los lugares que me llevan a un libro. El camino entre la vida y los libros, entre los libros y la vida: ese es el único que nunca me canso de recorrer.

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