lunes, 18 de noviembre de 2013

A buen entendedor: Siempre recién nacido


Domingo, 10 de noviembre
EL REY Y YO

“Al paso que vamos, el rey y tú vais a ser los únicos españoles que llegan a viejos conservando su primer trabajo”, me dice un amigo que acaba de ser despedido.
            “Alguno más habrá, pero no olvides que yo empecé un poco antes, en el 72, y al contrario que él nunca he estado de baja. Otra diferencia es que desempeño un trabajo bastante más necesario que el suyo, aunque cobre bastante menos. Una similitud, en cambio, es que para poder obtener nuestro puesto de funcionarios estatales los dos tuvimos que jurar fidelidad a los franquistas Principios Fundamentales del Movimiento. Y que ambos les hicimos el mismo caso a ese juramento”.


Lunes, 11 de noviembre
LA GENTE Y YO

Como a todos los solitarios, me gusta la gente. Sentirla alrededor, verla ir y venir, escuchar el murmullo de sus conversaciones. No necesito la soledad ni el silencio para concentrarme en la lectura o en la escritura. Conecto y desconecto con facilidad. Por eso, para leer, prefiero a las bibliotecas las cafeterías y tengo una para la mañana y otra para la tarde, distintas los fines de semana. Y prefiero las que están en lugares de paso, como los centros comerciales (las Salesas, los Prados, el Atrio). Y no me molesta, todo lo contrario, que alguien que pasa por allí me vea y se acerque a saludarme o a charlar un rato conmigo. No importa lo que esté haciendo. Los libros, los poemas pueden esperar.
            Me gusta la gente, pero también me gusta estar solo. Solo en medio de los demás o a solas conmigo.
            Pero a veces hay de negros nubarrones, de lluvia malintencionada y entonces se cruzan los cables y uno no aguanta a nadie. Especialmente a sí mismo.


Martes, 12 de noviembre
UN LEGAL PUNTAPIÉ

Hay una distancia que no se mide en metros. Mis compañeras de pasillo durante veinte años en el Campus del Milán, Josefina y Cristina, con quien tantas discrepancias me unen, han sido imperiosamente desalojadas de su despacho y trasladadas a otro en un edificio cercano.
Solo unos pocos pasos separan la antigua sede de la cátedra Emilio Alarcos de la nueva. Unos pocos pasos y un alto muro intangible. De estar rodeadas de compañeros y alumnos, de sentir el ritmo de la actividad diaria, pasan a un tercer piso lleno de cubículos vacíos donde el silencio, como en los folletines, es sepulcral. Más que trasladarlas, parece que las han escondido.
“La caída del imperio romano”, digo yo en broma cuando las veo rodeadas de cajas en las que se amontonan cartas, papeles, facturas, todo depositado de cualquier manera en ellas –rápido, rápido– por orden de la autoridad competente. “¿Qué te parece lo que nos han hecho?”, me dice Josefina, demasiado mal acostumbrada a imponer su voluntad contra viento y marea. Y yo no sé qué responder. No juzgo. Tomo nota.
Los viejos, por muy útiles que quieran seguir siendo, siempre molestan. En la Universidad y en cualquier parte. Conviene aprender a ir haciéndose poco a poco a un lado, antes de que te quiten de delante con un burocrático y brutal y estrictamente legal puntapié.


Miércoles, 13 de noviembre
TODAS LAS NOCHES DE MI VIDA

Llevaba varios días lloviendo sin parar, lo recuerdo muy bien, y yo apenas si había salido de casa. Eran días tan oscuros que siempre parecía de noche. Yo leía, escuchaba música, intentaba a veces dar una vuelta por el jardín. Un amigo, que tenía intención de venir a visitarme, llamó por teléfono anunciando que retrasaba el viaje para cuando mejorara el tiempo.
            Esto ocurrió en el invierno del 72, o quizá del 73. Yo vivía solo en aquel inmenso caserón, más inmenso desde que me dejó mi mujer. Hasta entonces habíamos tenido jardinero y cocinera, un matrimonio silencioso y eficiente, pero yo ya no podía seguir pagándoles, tras el acuerdo de separación, y ellos pusieron un sidrería en Llanes, muy cerca del puerto.
            Aquella casa, donde todo recordaba tiempos mejores, se me caía encima. Quería venderla y comprar un pequeño apartamento, yo no necesito mucho espacio, en Madrid o en cualquier parte, pero no acababa de encontrar comprador. Era un caserón abuhardillado, con altas palmeras ante la puerta, que había levantado mi abuelo para demostrar fehacientemente a sus paisanos que había triunfado en América.
            Llevaba varios días lloviendo sin parar, ya le dije, cuando ocurrió aquello. Yo estaba de un humor de perros, como usted se puede figurar. Había subido hasta la biblioteca, que estaba bajo cubierta y tenía una especie de mirador acristalado, y trataba de concentrarme en una novela de Alejandro Dumas, Ángel Pitou, que mi padre me leía en voz alta cuando niño y que siempre me ha fascinado. Pero esta vez resultaba tan tediosa como el resto del mundo.
            Entonces me pareció oír que llamaban a la puerta. Primero muy quedamente. “Será el viento”, pensé. Luego con mayor intensidad. Bajé a abrir intrigado y esperanzado. Agradecía cualquier cosa que viniera a sacarme de aquel marasmo. “Hasta un ladrón sería bienvenido”, pensé. “O un asesino. Sería una solución después de todo”.
            Era una mujer, muy joven, vestida con una ropa ligera, como de fiesta, y completamente empapada. Me quedé mirándola, con la boca abierta, sin saber qué hacer. “¿Puedo pasar?”, dijo ella. Yo me hice a un lado y ella entró dejando un rastro de agua por donde pasaba.
            “Un trago me vendría bien”, dijo, “y ropa seca”. No era bebida lo que faltaba en mi casa, así que le señalé el mueble bar para que me indicara lo que le apetecía y luego le traje unas toallas y uno de mis pijamas. “Ropa de mujer no hay; se la llevó toda mi mujer”, dije yo tratando de hacer una broma. “No importa, me vale esta”. Y allí mismo comenzó a desnudarse. Yo me di la vuelta cortésmente, pero no pude dejar de verla, completamente desnuda, en el reflejo de uno de los cuadros que había al fondo de la sala. Se secó minuciosamente con la toalla de baño y luego se puso mi pijama. “Debo de estar horrible”, dijo. Pero estaba encantadora. Era muy joven. No debía de tener mucho más de veinte años. Yo temía que se tratara de un fantasma y que fuera a desaparecer en cualquier momento.
            “¿Puedo pasar aquí la noche? No molestaré nada. Mañana llamaré a un taxi”. Podía pasar allí la noche y también el resto de su vida, pensé yo.
            Estábamos en la cafetería La Corte, frente al ir y venir de la plaza de la Escandalera. Yo picoteaba unos libros que acababa de recibir, pero ninguno me interesaba lo suficiente para seguir leyendo y me alegró su interrupción. Quería contarme algo, dijo. Y antes de que acabara la historia apareció ella, su mujer, mucho más joven, de unos cincuenta años, alta, esbelta, con una sonrisa aparatosa, a lo Julia Roberts, que iluminó de pronto todo el recinto. Venía en su busca. “Se le olvidan las cosas”, dijo. “Hemos quedado con unos amigos, bajó un momento antes para comprar tabaco, porque todavía sigue fumando, le vio a usted y se olvidó de todo”.
            Pero hay cosas de las que no me olvido –me dijo en un susurro mientras ella le ayudaba a levantarse–. Me pidió permiso para quedarse conmigo aquella noche y se quedó conmigo todas las noches de mi vida.


Jueves, 14 de noviembre
ORFEO Y YO

“Con las economías reunidas por el coronel durante su larga vida construyó una casa de estilo alemán báltico. Esa casa estaba llena de sorpresas: armarios escondidos en las paredes, trampas que se levantaban para mostrar escaleras de caracol oscuras y polvorientas, corredores secretos. Casa fantástica, sorprendente como una caja de prestidigitador. Los cuartos bajos y angostos estaban amueblados al estilo del Imperio, los empapelados eran sorprendentes: paisajes extraños, osos polares, chinos, kioscos, cosacos. Había una galería de cristales de colores y, en la parte posterior, un pequeño jardín. Más abajo del jardín pasaba el riachuelo Pereritza. Esa casa de Staraia-Roussa ya no existe: construida a base de vigas de madera, no pudo resistir las anuales inundaciones del Pereritza y un día se hundió a pesar de todos los esfuerzos que se hicieron por salvarla”.
            Añado a mi colección la casa en la que Dostoievsky pasó los últimos veranos de su vida acompañado de Ana Grigorievna. Alza su fantasmagórica silueta en esos “misteriosos espacios que separan / la vigilia del sueño”.
Yo desciendo a ellos cada noche y los recorro, como Orfeo, tratando de encontrar y rescatar de su encierro a una Eurídice que no ha existido nunca.


Viernes, 15 de noviembre
NI MÁS NI MENOS

¿Por qué nos defraudan tanto los demás, por qué defraudamos tanto? Como siempre ando maquinando teorías, he creído averiguar la razón. No nos relacionamos con seres reales, sino con fantasmagorías basadas en datos reales. Conocemos dos o tres cosas de los otros e inventamos el resto. Yo soy el resultado de la novelería ajena. Eso lo veo muy claro leyendo hoy lo que escribe de mí un amigo en su blog. Quien mejor nos conoce, nos desconoce. Con cuatro datos mal observados se inventa un personaje. Esto, tan evidente en quienes me rodean, me cuesta reconocerlo en mí mismo. Pero probablemente yo me comporto igual.
            Recuerdo aquel pasatiempo de mi infancia: había que unir una serie de puntos y aparecía un dibujo. Eso es lo que hacemos con los otros, incluso con nuestros amigos más íntimos: nos fijamos en dos o tres aspectos y, uniéndolos, creemos tener completo el dibujo de su personalidad. Pero un dato nuevo que descubrimos de pronto hace que el dibujo cambie por completo.
            Y yo, que era un dios para ti, ahora soy solo un pobre hombre. No volverás a verme como un dios, pero a mí me bastaría con que me vieras al menos como un hombre. Como todo un hombre. Ni más ni menos.


Sábado, 16 de noviembre
EL NUEVO DÍA

Ayer llovió, dentro y fuera, durante todo el día. Hoy luce el sol. De todos los regalos que he recibido a lo largo de mi vida, ninguno tan valioso como el del nuevo día que llega cada día, siempre recién creado, siempre recién nacido.

lunes, 11 de noviembre de 2013

A buen entendedor: Como todos los viejos


Domingo, 3 de noviembre
CAMBIO MI JUEGO

“Últimamente estás cambiando mucho”, me dice un amigo. “¿Para mejor o para peor?”, le pregunto. “Yo creo que para mejor”, responde.
            Y yo sonrío. Parece que mi plan comienza a funcionar. He tardado un poco, pero ya estoy aprendiendo a dominar el funcionamiento de las redes sociales virtuales y no virtuales. Para triunfar en esta vida, además de suerte y algún talento, hacen falta tres virtudes de las que yo siempre he andado escaso.
            La primera, la hipocresía. Yo siempre he sido un maleducado. O decía lo que pensaba, por desagradable que fuera, o lo callaba por timidez, pero lo daba claramente a entender. Ahora le he cogido el gusto a ser hipócrita. Es hasta divertido. Como representar una obra de teatro.
            La segunda, la falsa modestia. Solo los que carecen por completo de ambición puedes permitirse el lujo de no ser modestos. Sin modestia no se consigue nada. Sin modestia fingida, por supuesto. La verdadera le vuelve a uno invisible.
            La tercera virtud, la más eficaz, es la adulación. Con la adulación se llega a todas partes, la adulación abre todas las puertas. Elogia, elogia sin tasa –me digo–, que no hay elogio tan hiperbólico que no parezca verosímil para el adulado.
            Si hubiera sabido esto a los veinte años, ahora sería un triunfador. Bueno, lo que habitualmente se entiende por ser un triunfador. Porque serlo, serlo, de alguna manera lo soy. ¿Qué mayor triunfo que haber hecho siempre lo que a uno le ha dado la gana?
            Siempre me ha gustado jugar a ser malo, lo que se suele entender por malo. Ahora me parece más divertido jugar a ser bueno, lo que se suele entender por bueno. Una buena pieza.


Lunes, 4 de noviembre
SIEMPRE LOS OTROS

En Vivir es fácil con los ojos cerrados, la película de David Trueba, el protagonista, un profesor de Albacete muy machadiano, llega a un poblacho perdido en la Almería de los años sesenta. No entiende muy bien el habla de la zona y le dice al empleado del hostal: “Aquí tienen un acento muy cerrado”. “No, señor –le responde este, y yo traduzco su respuesta al castellano normativo–, los que hablan con mucho acento son los de Cádiz y Córdoba, aquí hablamos muy normal, a esos no se los entiende”.
            Sí, la normalidad es aquello a lo que estamos acostumbrados. Los que hablan mal y tienen gustos raros son siempre los otros.


 Martes, 5 de noviembre
UN ÚLTIMO REGALO

Lo mismo que escoge uno el tipo de funeral que prefiere, también debería poder escoger el tipo de muerte. La de Luis Cernuda no fue mala del todo. Se levantó un día como cualquier otro día, fue a encender su pipa y el corazón se le detuvo.
Vivía como huésped incómodo en una casa ajena. Siempre había vivido así. Tenía poco más de sesenta años, pero esperaba ya el final: era la edad a la que se morían los miembros de su familia. Y había terminado su obra y había recibido un atisbo de la recompensa: el número especial de la revista La caña gris en que los mejores poetas de la nueva generación –Biedma, Brines, Valente– le reconocían como maestro. ¿Qué futuro le habría esperado si hubiera vivido, como Alberti o Guillén, un cuarto de siglo más? Pues el paripé del Cervantes, en el mejor de los casos, y en el peor una viuda más o menos negra y un centón de prosas y versos prescindibles que amenazarían con hundir el perfecto equilibrio de La realidad y el deseo.
            Sí, tuvo suerte el paradójico Luis Cernuda, sin poder ni fortuna, sin casa propia, malviviendo en empleos mal pagados, y sin embargo siempre muy consciente de su superioridad, exigente con los demás, desdeñoso con sus serviciales admiradores (“Lo ruin en tu sino / no excluye lo cretino” le escribió al bueno de José Luis Cano).
La vejez, como a todos, le habría obligado a doblar la cerviz. Pero la vida, que no siempre le había tratado bien, le quiso hacer un último regalo aquel 5 de noviembre de 1963 cuando se presentó de improviso una mañana en el caserón colonial de Tres Cruces, en Coyoacán.


Miércoles, 6 de noviembre
HISTORIAS CON FINAL FELIZ

Me alegra mucho el reencuentro en Sevilla, tantos años después, con Abelardo Linares y Fernando Ortiz. Fueron quizá mis primeros amigos literarios, al menos los primeros fuera de Asturias, y es curioso cómo el azar puso en contacto a tres jóvenes poetas, uno en Avilés, otro en Sevilla, que intentaba una poesía distinta de la que habían puesto de moda los novísimos, primero denostados, y enseguida encumbrados como los únicos autores verdaderamente modernos.
            El nexo de unión fue Juan Gil-Albert, un hombre de Hora de España y de la Valencia republicana, que había vuelto del exilio sigilosamente, que calladamente había escrito su obra, inédita o publicada en ediciones de autor, y que de repente, a comienzos de los setenta, en los años finales del franquismo, se convierte en un escritor de moda. Yo le había enviado Jugar con fuego y a él le había interesado mucho uno de los heterónimos que allí publicaba, Alfonso Sanz Echevarría, y por eso, cuando la revista Calle del Aire comenzó a preparar un número de homenaje a él dedicado, le sugirió a Fernando Ortiz que pidiera colaboración a ese inexistente poeta avilesino.
Nos intercambiamos cartas y, al pasar por Sevilla, allá por 1977, lo primero que hice fue encontrarme con él. Y él lo primero que hizo, nada más saludarme, fue decirme: “Te voy a llevar a que conozcas al mejor poeta joven que hay hoy en España”. Ese poeta era Abelardo Linares, que dirigía con él Calle del Aire y que aún no había publicado nada. Abelardo Linares vivía entonces en una casa muy cerca de la catedral y en la terraza de esa casa, con la Giralda asomándose muy atenta por encima de nuestras cabezas, me leyó los poemas de su primer libro, Mitos, y los fue acompañando de muy minuciosas precisiones técnicas.
            Muchas veces me volvería a encontrar luego con Fernando Ortiz, también con Abelardo Linares, pero nunca con los dos juntos. Pronto se distanciaron. También yo acabaría alejándome de Fernando Ortiz. Él, molesto por no sé qué comentarios en el diario de Andrés Trapiello, escribió un artículo titulado “Dos tontos a la moda” en el que arremetía contra el autor de Salón de los pasos perdidos  y, de paso, contra mí. Yo le contesté con otro artículo, publicado en La Razón (todos tenemos un pasado), en el que le replicaba con displicente crueldad (muy en mi estilo).
Durante un tiempo fui amigo solo de Abelardo. Luego Abelardo se enfadó conmigo por una frase suya que yo recogí en mi diario. La reconciliación tardó años. Pero ahora vuelve a ser uno de mis mejores amigos, al menos el amigo con el que más me divierte discutir. Podríamos pasar un día entero llevándonos muy razonadamente la contraria el uno al otro. Él es un excelente jugador en el ajedrez dialéctico, pero yo, si mi acreditada modestia no me lo impidiera, diría que soy mejor.
            Juan Gil-Albert nos reunió a los tres en la Sevilla de los años setenta. Casi cuarenta años más tarde es su amigo Luis Cernuda quien nos vuelve a reunir.
Veo entrar a Fernando Ortiz, con su sombrero y su elegancia de otro tiempo (parece que viene de tomar un café con don Manuel Machado), en el hermoso patio de la casa de los Pinelo, donde tiene su sede la academia sevillana de Buenas Letras, y en seguida me acerco a saludarle como si no hubiera pasado nada. Y no ha pasado nada, aunque hayan pasado cuarenta años. A Fernando Ortiz le repito el verso final de un poema suyo dedicado a Blanco White y que yo he convertido en mi lema desde que lo leí por primera vez: “Amo la libertad. Y mi amada no es fácil”.
            Nada es fácil en la vida. Ni la amistad ni los sueños. Por eso vale la pena.

Jueves, 7 de noviembre
PARA SIEMPRE

Los enamorados de Perugia formamos una secta secreta dispersa por el mundo. Qué placer cuando dos miembros de esa secta se reconocen. Resulta que Cristina Linares, la hija de Abelardo, estudió también allí y vivía en un piso inmenso cerca de la plaza IV Novembre. En seguida nos olvidamos de la noche sevillana y volvemos a recorrer el Corso Vannucci, a sentarnos en las escaleras del Duomo, a asomarnos a la terraza de los Giardini Carducci, abiertos sobre la inmensa noche estrellada, los tejados de la ciudad baja y las dulces llanuras umbras.
            ¡Perugia! La via dei Priori y el mármol coloreado del oratorio de San Bernardino, el corso Garibaldi y el tempietto circular de S. Ángelo con su muestrario de viejas columnas romanas, el teatro Pavone, el dieciochesco palazzo Gallenga, sede de la Università per Stranieri… Y el amor, encontrado y perdido, perdido y encontrado, en aquel laberinto de viejas piedras y jóvenes estudiantes, en aquella ciudad en la que quien una vez fue joven sigue siendo joven para siempre.


Viernes, 8 de noviembre
PERENNIDAD DEL MITO

En Sevilla, me encontré también con Jaime Siles. Recuerdo los primeros encuentros, en Madrid y en Badajoz, acompañado por Víctor Botas. Entonces Siles, pulido y repeinado, tenía el aspecto de lo que siempre había sido, el primero de la clase. Ahora, grandón y algo destartalado, tiene más bien aspecto de viejo sabio que vive en un tiempo que ya no es el suyo. Junto con Juan Antonio González Iglesias y Abelardo Linares se pone a entonar las conocidas jeremiadas sobre la decadencia de la civilización occidental. “Ahora ya no se enseña literatura. ¡La literatura ha muerto!”, clama González Iglesias. “Antes hasta los periódicos deportivos estaban llenos de literatura; ahora no hay literatura ni en las revistas literarias”, se lamenta Abelardo. “Mis alumnos no leen nada, nada; los lectores somos una especia a extinguir”, lloriquea Siles. Y yo les cuento aquella anécdota que cuento siempre. Cuando terminé la licenciatura, uno de mis compañeros se vanagloriaba de haber aprobado sin leer ninguna de las lecturas obligatorias, sino un cómodo resumen que por allí circulaba. Dejamos de vernos. Unos cuantos años después me lo volví a encontrar frente al Campoamor. Era profesor de un instituto del Occidente asturiano y, tras los consabidos saludos, comenzó a lamentarse del desinterés de sus alumnos: “No son como nosotros, no tienen ningún interés, no leen nada”. Y yo sonreí, al recordar sus palabras al final del curso.
            El mito sigue funcionando. El hoy es desastroso: se abandona el latín, las librerías cierran o se llenan de premios Planeta, memorias de políticos o incluso de cosas peores. Ayer, en cambio, en el tiempo de su idealizada juventud, la gente de la calle leía a Virgilio (en latín, por supuesto) y hacía colas para comprar la más reciente novedad de Azorín o Valle-Inclán. Y mientras esperaban el autobús no hojeaban el As o el Marca, sino la Revista de Occidente o La Gaceta Literaria.
            A mí la edad me ha hecho perder pelo, pero no capacidad de observación ni sentido común. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, por supuesto, pero sí en un mundo mejor que el que yo encontré a los veinte años.


Sábado, 9 de noviembre
ABURRIENDO A TODOS

Los lectores suelen preferir la maldad inteligente a la bondadosa bobería. Y a mí cada día me cuesta más ser malo y menos incurrir en la tentación de la boba bondad. Acabaré aburriendo a todos, como todos los viejos.


lunes, 4 de noviembre de 2013

A buen entendedor: Menos que nunca


Sábado, 26 de octubre
YO ESCRIBO VERSOS

Hablábamos de historias de miedo y yo recordé uno de mis últimos viajes en taxi. Comparado con él, incluso aquel viaje en Nápoles al aeropuerto, cuando una manifestación cortaba el tráfico, resultó un juego de niños. Cierto que fuimos a veces en dirección contraria, que adelantamos coches invadiendo la acera o cruzando a toda velocidad entre dos vehículos en marcha y que el taxista, después de cada disparatada maniobra, se volvía para preguntarme sonriente: “¿Hai paura?”.
Pero todo eso resultó un juego de niños comparado con lo que me ocurrió el otro día en Lisboa. Claro que, bien mirado, no ocurrió nada. El taxista que me recogió a la puerta del hotel para llevarme al aeropuerto conducía con prudencia, teníamos tiempo de sobra. Y sin embargo...
            Atravesamos Restauradores y, antes de entrar en la Avenida da Liberdade, se volvió hacia mí y comenzó a hablar con educada voz y en un español más que aceptable:
            –-¿Sabe usted cuál es la enfermedad mental más frecuente, junto con el narcisismo? Es la psicopatía. Hace poco he visto un video en youtube al respecto. Se trata de individuos muy amables, muy encantadores en apariencia, pero que carecen de empatía, que no sienten el sufrimiento de los demás y que disfrutan haciendo daño. ¿Sabía usted que el setenta por ciento de la población de las cárceles está formado por psicópatas? Delinquen una y otra vez, son incapaces de arrepentimiento, no tienen curación posible. Tampoco piden nunca ayuda. Ellos no se creen enfermos, sino solo más listos que los demás.
            (El taxista comenzó a darme ejemplos, yo comencé a asustarme cuando llegaron casos de asesinos en serie cuyas actividades se describían con minuciosidad; varias veces traté de cambiar de conversación, pero él entonces me decía: “Deje, deje que termine”).
            –-Los psicópatas son la plaga de la humanidad y no tienen cura. ¿Y sabe usted por qué la ciencia no puede hacer nada por ellos? Porque tienen la marca del demonio, sus características son rasgos demoníacos. En el video de youtube que le dije, tomado de un programa de la televisión brasileira, aparecía una doctora diciendo que quizá, con la intervención en los genes, algún día podamos curar la psicopatía. Ya sabe usted cómo son los científicos. Tienen la verdad delante y son incapaces de verla. Se ríe el demonio en sus narices y son incapaces de darse cuenta. Han llevado a la humanidad al desastre y son incapaces de reconocerlo. ¡Los científicos son peores que los psicópatas! Unos nos alejan de Dios, otros nos acercan a él, aunque sea a través del terror al demonio. No es con ciencia como se arregla el mundo, sino con rezos. ¿Usted reza mucho?
            (Si yo tuviera esa costumbre, seguro que en aquel momento estaría rezando todo lo que supiera. El taxista hablaba y hablaba y de vez en cuando se volvía sonriente hacía mí, pero su sonrisa iba poco a poco adquiriendo un matiz que a mí me parecía amenazador.)
            –-Si alguien acabara con todos los científicos que niegan a Dios y alejan al hombre de su verdadero destino, haría algo bueno para la humanidad, ¿no cree usted? Y como Dios escribe derecho con renglones torcidos yo espero que alguna vez uno de esos psicópatas que cada vez abundan más, en lugar de asesinar niños, criaturas inocentes, se dedique a exterminar científicos y ateos. ¿No cree usted que le haría un gran bien a la humanidad?
            (Yo le daba la razón en todo mientras comprobaba ansioso si seguía las señales de la carretera que marcaban el camino del aeropuerto. Y las seguía hasta que, de pronto, en lugar de continuar de frente, como indicaba la flecha, tomó una desviación… Lo único que acerté a decir en aquel momento, con un hilillo de voz, fue: “Yo no soy un científico; yo escribo versos”.)


Domingo, 27 de octubre
INCONTINENCIAS

Los admiradores tienen rápida fecha de caducidad. Al menos, los míos. Pero eso, que me fastidia un poco, no me extraña nada. Yo soy igual. Del entusiasmo por la poesía de Aleixandre pasé al desdén absoluto. Y ahí sigo.
No siempre tienen explicación esos cambios. Pero algunas veces sí. Desde que lo leí por primera vez, en la Coimbra de 1980, he admirado y me ha acompañado Eugénio de Andrade. No ocurrió lo mismo con otro descubrimiento de entonces, Antonio Ramos Rosa. Pronto dejaron de interesarme sus borrosas y abstractas vaguedades. Llegué a conocerlo personalmente; José Bento me llevó a su casa.
Ahora en el diario de Jorge Listopad que publica semanalmente el Jornal de Letras encuentro una explicación de ese desinterés: “Una vez Antonio Ramos Rosa me contó cómo pasaba sus días: Por la mañana, al levantarme, me siento a la mesa y escribo un poema. Luego bajo las escaleras, voy a tomar un café y leo el periódico. Después vuelvo a casa y leo literatura”.
Escribía un poema todos los días y publicaba todos los poemas que escribía: tres o cuatro libros al año. Poemas aguados, desleídos, vacuas palabras sobre la página. La maquinita que funciona sola.
            Todos los poetas deberían venir provistos de interruptor y aprender pronto a hacer buen uso de él.

Lunes, 28 de octubre
EN LITERATURA

En literatura, y quizá en todo lo demás, solo hay una cosa que valga todavía menos que el éxito: el fracaso.


Martes, 29 de octubre
DE BUEN CONFORMAR

Los amigos, malévolos, siempre que se publica una antología, un número monográfico de una revista, un artículo en el que yo podría estar citado y no lo estoy, se apresuran a señalármelo. Y yo finjo que me indigna esa desatención.
            Pero me indigna poco. En primer lugar, porque sé de sobra cómo se consiguen las cosas. Los poetas, al contrario que otros escritores más comerciales, no tienen jefe de prensa y han de preocuparse ellos mismos por lograr alguna visibilidad. Sé lo que hay que hacer para que te reseñen  en tal o cuál sitio o para ganar tal o cual premio, pero hay cosas que solo me apetecen si son regaladas (los premios, ni regalados). El éxito es una de ellas; el amor, otra (bueno con el amor puedo hacer alguna excepción).
            El éxito, por otra parte, es como el agua salada. No calma la sed, da más sed.
            (Y además, para qué nos vamos a engañar, no sé si tengo todo el éxito que merezco –creo que tengo más–, pero desde luego tengo todo el que necesito. Y lo mismo me pasa con el amor o el dinero. Soy un hombre de buen conformar.)

Miércoles, 30 de octubre
MENTIRAS VERDADERAS

He aprendido a fingir tan bien que soy feliz que hasta yo mismo he acabado creyéndomelo.


Jueves, 31 de octubre
EL ORO DE NÁPOLES

Siguen siendo las librerías el lugar de los mejores encuentros, donde empiezan los viajes más fascinantes. Paso por Ojanguren y lo primero que me llama la atención es el campanile de San Gregorio Armeno, inconfundible, ocupando por completo la estrecha calle llena de puestos con figuritas del Belén. Luego me fijo en el título del libro, El oro de Nápoles, y en el autor, Giuseppe Marotta. Ya conocía la película, con Sofía Loren y Vittorio de Sica, Totó y Eduardo de Filippo, pero el libro no había tenido ocasión de hojearlo nunca. Lo traduce y lo edita ahora Pío Caro-Baroja en una colección de nombre muy barojiano: “Vitrina pintoresca”.
            Con qué placer me adentro en estas páginas, llenas de esplendor y miseria, como el mismo Nápoles. Están escritas en los años cuarenta, los años más duros, por un napolitano exiliado en el otro extremo del mundo, en Milán. Y comienzan con una visita al cementerio de esa ciudad, donde está enterrada su madre, a quien dedica el libro: “Llevamos a mi madre a Musocco, desde la otra punta de Milán; lloré en Porta Venecia y lloré en Corso Sempione; pero cuando finalmente la depositaron en la fosa ya no me quedaron más lágrimas; me llegué a odiar en aquel rostro serio de invitado que tal vez escrutara ella por última vez. Nunca hago nada en el momento oportuno, soy un hombre torpe y lo sé”.
            Cada uno tiene sus ciudades del alma y Nápoles es para mí una de las principales, no sé bien por qué razón. Cierto que basta con que amemos a uno de sus habitantes para que una ciudad se convierta en el centro del mundo. Por eso yo ya amaba a Nápoles antes de haber puesto el pie en ella. Nunca me ha atraído demasiado el pintoresquismo de la miseria, pero en Nápoles me siento en casa lo mismo en el patio suntuoso de algún palacio barroco o en una capilla deslumbrante en sus oros que en la gusanera del centro histórico, esa madeja de callejuelas cortada por la larga cuchillada de Spaccanapoli.
            Con Giuseppe Marotta vuelvo a recorrer la Via Toledo observando con fascinación y temor las estrechas calles que ascienden por la colina hasta la Certosa de San Martino y el Castel Sant’Elmo: “Hormiguean los gatos y la gente; y son incontables los banquetes de boda que a todas horas se celebran, como las enfermedades hereditarias, los ladrones, los prestamistas, los abogados, las monjas, los artesanos honestos, las casas de citas, las cuchilladas y las administraciones de lotería. Dios creó los quartieri para que allí lo alabasen y lo ofendiesen el mayor número de veces en el menor espacio posible”.
            He visto a Nápoles en todas las estaciones, con buen y con mal tiempo. Sin desdeñar sus espléndidos otoños de vieja cortesana que se las sabe todas, mis preferencia coinciden con las de Giuseppe Marotta: “En junio Nápoles explota como una rosa dentro de un jarrón; no tiene paredes o si las tiene es solamente para otro momento. Las casas pertenecen exclusivamente a las arañas y a las mandolinas somnolientas; que nadie busque a su San Giuseppe bajo el fanal o en la cómoda, hasta San Giuseppe ha salido”.
            Una vez en Nápoles me alojé en un caserón ennegrecido que algún tiempo había sido palacio y ahora era ruidosa casa de vecinos. Pero el cuarto en que me alojaba conservaba los dioses y las ninfas pintados al fresco en sus altos techos y las ventanas daban a un descuidado jardín con una especie de templete en el centro y una estatua mutilada. Nunca fui capaz de encontrar la puerta que me llevara a ese jardín, donde nunca vi a nadie, salvo a un gran gato arlequinado que a menudo se quedaba quieto mirándome fijamente mientras yo le miraba.


Viernes, 1 de noviembre
LLEGAR A CASA

Después de andar todo el día hablando con unos y con otros, qué agradable llegar a casa y encontrarse solo.

            Pero esta noche, en la penumbra silenciosa de la casa, me encuentro menos solo que nunca.


lunes, 28 de octubre de 2013

A buen entendedor: Lisboa, Cataluña, Oviedo


Sábado, 19 de octubre
Y CUANTO TE MIRO MÁS

Camino por la Rua Augusta, contemplando al fondo, sobre el azul del cielo, la negra silueta del rey José I, y al llegar al pie del Arco, como si me estuvieran esperando, se abre una puerta.


            Resulta que, desde hace muy pocos días, se puede subir a lo más alto del Arco de Augusta, como a un mirador más de esta ciudad llena de miradores. No sabía nada. Lo considero como un regalo y en seguida me encuentro arriba, al pie de las grandes estatuas, mientras la campana del reloj da las nueve y el cielo parece desperezarse y despojarse de las pocas nubes que, sábanas matutinas, aún le cubren en parte.
            Solo, sí, solo, pero qué bien acompañado. Delante, la gran plaza que abre uno de sus lados al río, vista como nunca antes la había visto, vista desde el lugar en que se centran todas las miradas; detrás, la recta Rua Augusta, la geometría de la Baixa, el elevador de Santa Justa; a un lado, cerrando el panorama, el puente del 25 de abril y, al otro, el omnipresente castillo de San Jorge. Voy reconociendo lugares, como hago siempre. Y me siento el rey del mundo, aquí en lo alto, con toda la ciudad, a la vez familiar y extraña, en torno mío.
            A la memoria me vienen unos versos de Álvaro de Campos: “Outra vez te revejo –Lisboa e Tejo e tudo–, / transeúnte inútil de ti e de mim…”
            “Extranjero aquí como en todas partes, / fantasma errante por los salones del recuerdo, / con ruido de ratas y maderas que crujen / en el castillo maldito de tener que vivir…”
            La desesperanza, el tedio, el desasosiego de Fernando Pessoa, que no se imaginaba que iba a acabar convirtiéndose en un brinquedo, en un manoseado atractivo turístico de su ciudad.
            Pero contra la verdad hiriente de sus versos nada pueden los coleccionistas de tópicos. Ni contra la descabalada e inagotable seducción de esta ciudad. Me quedaría la mañana entera aquí en lo alto, a solas con ella, repitiéndole los versos de Segismundo: “Con cada vez que te veo / nueva admiración me das / y cuanto te miro más / muy más mirarte deseo”.


Domingo, 20 de octubre
DE LA VIDA QUE PASA

“El azar es el mejor guía” me gusta repetir con Paul Morand. Salgo del hotel sin rumbo fijo y al llegar a la plaza de Martin Moniz me encuentro en su parada al tranvía 28, como esperándome. Es la línea que, trepando y retorciéndose por colinas y callejuelas, lleva hasta Prazeres, el cementerio de paradójico nombre.
No recordaba que fuera tan incómodo el traqueteo. Quizá es que yo me he hecho demasiado viejo. Me bajo en la primera ocasión. No sé donde estoy. Rincones arbolados, calles vacías del domingo. Una calle empinada. Una fachada humilde con una placa: “En esta casa falleció / Angelina Vidal / poetisa, periodista y profesora”.
De pronto, en lo alto, un grupo de árboles y una ermita que he visto muchas veces desde lejos, el mirador de Nuestra Señora del Monte.
El río brillando azul a un lado y a otro convierte la colina del castillo de San Jorge en una especie de isla encantada. Estoy solo. Tengo la ciudad entera a mis pies. Pienso que no podía recibir mejor regalo dominical.


Y en ese preciso momento un escueto mensaje telefónico: “Ha muerto Rafael Ávila”. Fue mi más admirado amigo de la adolescencia, de los años del bachillerato en el Carreño Miranda. Luego le perdí de vista y solo de tarde en tarde me llegaban noticias de su vida aventurera. Le volví a encontrar hace poco, afincado en Salinas, dedicado activamente a la defensa de los animales. Un sábado vino a tomar un café conmigo al Atrio. Y me recitó un poema mío que yo había olvidado por completo y que él se sabía de memoria. “Lluvia en los caminos, / lluvia y soledad”, comenzaba.
Una lluvia que no se ve me empapa de pronto hasta los huesos en la soledad de Nuestra Señora del Monte. Cuando un amigo muere, el mundo se tambalea para nuestros pies. ¿Quién será el siguiente de la lista? Ángel González afirmaba no temer lo que hay después de la muerte, sino a lo que hay antes. A lo que hay después yo tampoco le temo. A mí la nada me parece más apetecible que ninguna eternidad. Dentro de cien años no existiré yo ni nadie que me haya conocido; me tranquiliza pensar en ese futuro. Pero hasta entonces…
El día sigue siendo hermoso y yo desciendo hasta Graça por la rua de Damasceno Monteiro que de inmediato me trae a la memoria una novela de Antonio Tabucchi, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. En el mirador de Nuestra Señora de Graça me acompaña en la contemplación de la ciudad la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen. Cuando yo la conocí, era ya una mujer mayor pero tan hermosa como en este busto de bronce. No recuerdo qué año fue, quizá 1988, el del centenario de Pessoa y el incendio del Chiado. La jornada final de aquel congreso fue en el monasterio de los Jerónimos. Ella leyó allí sus poemas; luego hubo una cena de gala. Yo aproveché para pasear a solas por el claustro iluminado solo por la luna.


Ahora camino con la muerte al hombro. Como siempre, aunque a veces lo olvide. Y el mundo, cuanto más precario, más hermoso se vuelve. “No te apresures –me digo– estás de paso, disfruta del camino”.
            Y yo sigo mi camino hasta llegar a otro mirador, el de Santa Luzia, con su pérgola florida y su fuente azulejada y su prócer bigotudo. Lo mejor de mi adolescencia se ha muerto con mi amigo Rafael Ávila. O quizá no. Lo mejor de mi adolescencia lo estoy viviendo ahora. Cada día que pasa es un regalo inmerecido. ¿Por cuánto tiempo? Prefiero no pensar en ello. La muerte del amigo me hace aferrarme con más avidez a la vida que pasa.  


Martes, 22 de octubre
PABELLÓN CHINÉS

Con Víctor Alperi, autor de una novela de hermoso título, Dorado palacio de Lisboa. hablé muchas veces de Lisboa, una ciudad que él conocía como nadie, y coincidíamos en la preferencia por un hotel, el Avenida Palace y su reposada elegancia de otro tiempo. Allí llegó a conocer, según me contó, a Julio Camba, “un tipo antipático que hacía trampas en el póquer”. También había conocido a César González Ruano y a toda la bohemia de los años cincuenta. En Madrid había iniciado una prometedora carrera literaria. Pero luego había vuelto a Asturias por razones familiares y aquí se había ido hundiendo en el provincianismo. Lo que contaba me parecía mucho más interesante que lo que escribía.
            Me da hoy Xuan Bello la noticia de su muerte. Y yo siento un poco de mala conciencia. Hacía tiempo que habíamos perdido el contacto. Escribió generosamente sobre algunos de mis libros. Yo no escribí sobre ninguno de los suyos. Y sospecho que adivinaba la razón, pero no por eso mermó su simpatía.
            Recuerdo ahora su cordialidad, su caballerosidad, su divertida conversación y me gustaría acompañarle hasta el Pabellón Chinés, deteniéndonos antes un rato en el Mirador de San Pedro de Alcántara, y allí repetirle una vez más: “¿Por qué no escribes tus memorias literarias? Sería tu mejor libro”.
“Ya es un poco tarde ¿no crees? Te conozco, amigo Martín, y sé que ni en una necrológica serías capaz de mentir y decir que te interesan mis libros. Pero no te preocupes. Hay catedráticos, como Carmen Bobes, que los valoran mucho y un hispanista llegó a escribir que todas las novelas de posguerra, menos las mías, estaban escritas con los pies. ¿Por qué su opinión va a valer menos que la tuya?”
            Querido Victor Alperi, alzo una copa contigo en el Pabellón Chinés por todas las hermosas cosas de la vida –la amistad en primer lugar– que nada tienen que ver con los justos o injustos escalafones literarios.


Jueves, 24 de octubre
BUEN CID, PASAD

Por una vez, hablando de Cataluña, logro que Rosa Navarro Durán, concuerde conmigo. “Lo están haciendo muy mal, muy mal –me dice–. Aquello cada día está peor”.
“El gobierno español debería tomar como ejemplo las palabras que una niña, en el poema de Manuel Machado, le dirige al Cid. Ya conoces el poema. Marcha el Cid al destierro, con doce de los suyos. Muertos de sed y de cansancio, por fin encuentran un mesón. Pero está cerrado “a piedra y lodo”. Exasperados, están a punto de echar la puerta abajo; entonces se abre y aparece en el umbral una niña ‘muy débil y muy blanca’. ¿Y qué es lo que dice? ‘Buen Cid, pasad’, consciente de que no pueden impedirlo. Y a continuación enumera lo que ocurriría si lo hace: ‘El rey nos dará muerte, / arruinará la casa / y sembrará de sal el pobre campo / que mi padre trabaja’. Confía en el buen corazón del caballero. Es lo que debería hacer el gobierno de España y lo que deberían hacer los nacionalistas españoles, de derechas e izquierdas, que creen que ser español es una obligación o un castigo y no un maravilloso regalo: abrir la puerta, con las reformas legales precisas para ello, a fin de que los catalanes, si así lo deciden por mayoría suficiente, puedan abandonar el Estado español. Y a continuación explicar los pros y los contras de la unión y la secesión. No temer a ningún referéndum. No está nada claro que los independentistas ganen en Escocia. No está nada claro que ganaran en Cataluña, aunque cada día, por las torpezas de nuestros patriotas, no por el buen hacer de los suyos, aumenten las posibilidades. Pero hay que aceptar el hecho de que puedan ganar. Y no pasaría nada, si hay buena voluntad por ambas partes para solucionar cualquier litigio. Yo estoy convencido de que la mayoría de los independentistas, si pudieran votar, votarían de momento que no, preferirían la independencia para un poco más tarde, para cuando se resolvieran ciertos problemas. Es lo mismo que haría yo, republicano de siempre, si hubiera que traer ahora la república. De momento, supondría más problemas que soluciones. Fracasado estrepitosamente el juancarlismo, aún nos queda Felipe de Borbón antes del cambio de Régimen, siempre traumático. También, creo yo, a los catalanes les quedan por probar otras maneras mejores de unión con España antes de recurrir a la independencia. Pero hay que abrirles la puerta y dejarles decidir en libertad. España no puede ser una cárcel. No sé yo si ser español es un honor, pero desde luego lo que no puede ser es un castigo impuesto a golpe de ejército y guardia civil”.


Viernes, 25 de octubre
DESINFORMADA DEMAGOGIA

“¿Y cómo se siente un republicano como tú, una persona de izquierdas como tú, al tener que entrar en el Campoamor entre multitudinarios abucheos?”
            “¿Multitudinarios, amigo Piquero? Había más gente en cualquiera de los encuentros con los premiados que protestando en la plaza de la Escandalera (soy el primero en defender su derecho a protestar, que conste). Me resultó muy emocionante ver a profesores y alumnos desbordando la biblioteca del Milán, sentados incluso en el suelo, para escuchar a un escritor tan ponderado y sensato, tan poco condescendiente con la demagogia, como Antonio Muñoz Molina. Y eso mismo ocurrió en todas partes: con la fotógrafa Annie Leibovitz, con los físicos que descubrieron el bosón de Higgs, con los científicos de la Max Planck… Los periódicos de hoy daban cuenta de toda esa prodigiosa actividad, un privilegio para los asturianos. Seamos serios, amigo Piquero. Cuando fui a buscar a una compañera a su hotel –y era un hotel de cinco estrellas– me encontré con que en uno de los salones anunciaban un banquete de “Izquierda Xunida”. No hago ningún apresurado comentario al respecto; espero a tener más información. ¿Despilfarro, fastos innecesarios los premios Príncipe de Asturias? Los ciento cuarenta miembros de los jurados hacen gratis su trabajo; es el único jurado en que ocurre eso. Yo no me siento avergonzado ante el abucheo; simplemente me divierte tanta desinformada demagogia. Ni me avergüenza reconocer que el discurso del príncipe tenía un rigor intelectual poco frecuente entre los políticos de cualquier país y de cualquier tiempo. 




domingo, 20 de octubre de 2013

A buen entendedor: La verdad de la vida


Sábado, 12 de octubre
VANIDAD Y MISTICISMO

Me gustan los escritos confesionales, aunque de las confesiones ajenas me fío tan poco como de las mías. Leo el Diario de otoño, de Salvador Pániker, escrito cerca de los setenta años, y sonrío cuando, entre alarde eróticos propios de la edad y divagaciones más o menos trascendentales (“lo que más nos traiciona es el lenguaje aristotélico convencional hecho de sujeto, verbo y predicado; un lenguaje que camufla que las cosas separadas solo son reales en un sistema de abstracciones”), me encuentro con esta anotación: “Gran difusión en los medios del testamento vital que de la asociación Derecho a Morir Dignamente. El País le dedicaba ayer una página entera con grandes titulares, incluyendo declaraciones mías y una sugestiva foto. Todo sea por la causa”.
            Da la impresión de que “la causa” –tan benemérita– solo es un pretexto para ocupar páginas en los medios con una sugestiva foto.
Más adelante alguien le dice que una de sus obras, Primer testamento, fue “durante años su libro de cabecera”. Y Pániker responde: “Gracias, yo también pienso que es un buen libro”.
Ese narcisismo y esa vanidad me hacen simpático al místico indio-catalán; algo tenemos en común.


Domingo, 13 de octubre
UNA DE MIS FRUSTRACIONES

Soy una persona llena de frustraciones. Me dedico a escribir y, en el fondo, pienso que eso está al alcance de cualquiera, que es escritor el que no puede ser otra cosa.
Yo habría querido dedicarme a las matemáticas. Me gusta el razonamiento abstracto. Me gusta una disciplina que no tiene nada que ver con la vida, aunque luego acabe modificando la vida. Por eso leo con admiración y envidia las publicaciones de mi amigo Javier Fresán, que aún no ha cumplido los treinta años. Desde el Max Plank Institute, de Bonn, me envía su último libro, Los números trascendentes, escrito en colaboración con Juanjo Rué. Es una obra de divulgación, pero a mí me cuesta seguirle y eso que me armo de calculadora, lápiz y papel. Asisto, una vez más, al fascinante espectáculo de cómo van apareciendo los distintos tipos de números: naturales, enteros, racionales, reales, algebraicos, trascendentes. Al principio todo resulta muy intuitivo, pero luego a uno se le va un poco la cabeza.
            No sé si yo habría sido un buen matemático o si se trata solo de una de tantas consoladoras fantasías. Es un libro de divulgación y me cuesta ir avanzando. Me entretiene más la novela de las matemáticas. Cómo Andrew Wiles encontró, o creyó encontrar, en 1993, la demostración del último teorema de Fermat, por ejemplo. Lo había descubierto, niño aún, en una biblioteca pública de Cambridge. Y le sorprendió la sencillez del enunciado. Al margen de la Aritmética, de Diofanto de Alejandría, escribió Pierre de Fermat, jurista y matemático aficionado: “Es imposible descomponer un cubo en dos cubos, un bicuadrado en dos bicuadrados y, en general, una potencia cualquiera, aparte del cuadrado, en dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración realmente admirable, pero el margen del libro es muy pequeño para contenerla”.
            En matemáticas la resolución de un problema inaugura otros problemas. Para Andrew Willis investigar en matemáticas es como dar un paseo por una casa a oscuras: “Uno entra en la primera habitación y no ve nada. La oscuridad es completa. Tropiezas y te golpeas con los muebles, pero poco a poco vas aprendiendo donde está cada uno de ellos. Al fin, tras muchos tanteos, encuentras el interruptor y de repente todo está iluminado. Pero hay otra puerta y otra habitación y otra nueva aventura en la oscuridad. Y el número de habitaciones de la gran mansión parece no tener fin”.
            Deduzco entonces que investigar en matemáticas no es muy distinto del mero hecho de vivir. Se acomoda uno a una edad, a una habitación, y de un día para otro se encuentra expulsado a una habitación distinta, donde todo es oscuridad.
            Así estoy yo ahora, tropezando con los muebles, procurando fijar en la memoria cada uno de ellos, tanteando para encontrar el interruptor de la luz.


Lunes, 14 de octubre
EL FIN DEL PODER

“¿Lees todos los libros que recibes?”, me pregunta un ingenuo amigo. Hay libros sobre los que podría dar conferencias sin necesidad de haberlos leído, por ejemplo el Ulises de Joyce; incluso en algunos casos es preferible ver la película, se acaba antes y se ahorra uno la pretenciosa prosa. Para desechar un libro basta con hojearlo. Por ejemplo, El fin del poder, de Moisés Naim. El autor, de mi edad, tiene un currículum verdaderamente aparatoso: doctor por el MIT, ex ministro de Fomento en Venezuela, director del Banco Central y director ejecutivo del Banco Mundial, ex director de la revista Foreing Policy y “uno de los más respetados analistas de la economía y la política internacionales”. Uf. Pero comienza uno a leer su libro y se da cuenta de que no es más que un Javier Marías, en el peor sentido de la palabra (el que se manifiesta en sus artículos semanales sobre esto y aquello). La tesis que Moisés Naim desarrolla en más de cuatrocientas páginas se resume así en la cubierta del libro: “Empresas que se hunden, militares derrotados, papas que renuncian y gobiernos impotentes: cómo el poder ya no es lo que era”.
            ¿Y desde cuándo el poder ya no es lo que era? Una anécdota autobiográfica le permite datar con precisión el comienzo del fin: “En febrero de 1989 me acababan de nombrar, a los treinta y seis años, ministro de Fomento de mi país, Venezuela. Poco después de obtener una victoria electoral abrumadora, estalló en Caracas una fuerte oleada de saqueos y disturbios callejeros –desencadenados por la inquietud que despertaban los planes de recortar subsidios y subir los precios del combustible–  que paralizaron la ciudad en medio de la violencia, el miedo y el caos. De pronto, a pesar de nuestra victoria y el claro mandato de cambio que los votantes parecían habernos otorgado, el programa de reformas económicas que habíamos defendido adquirió un significado muy diferente”.
            Pero la precariedad del poder el ex ministro de Carlos Andrés Pérez la podía haber fechado un poco antes: en 1789, por ejemplo, cuando a un rey absoluto por la gracia de Dios, le cortaron la cabeza; o en 1814, cuando las tropas de Napoleón fueron derrotadas en España; o en la época del papa Luna, al que obligaron a dimitir; o en 1929, cuando quebraron tantas empresas; o cuando cayó el imperio romano … El poder siempre ha sido precario, amigo Moisés Naim, siempre ha costado conquistarlo y mucho más mantenerlo. Eso lo sabían los emperadores romanos, los ministros de Franco y los ejecutivos de cualquier empresa.
            Cierto que ahora, con Internet y las mitificadas redes sociales, hay más medios para protestar y controlar a los poderosos, pero también tienen ellos más capacidad para vigilarnos y controlarnos, así que váyase lo uno por lo otro.
            Moisés Naim, como no podía ser de otra manera, trae y lleva el ejemplo de la primavera árabe. Es tan ingenuo que todavía no se ha dado cuenta de que a Mubarak no le derribaron los tuiteros de la plaza Tahrir, sino el ejército; el mismo ejército que dio un golpe de Estado poco después contra el gobierno democráticamente elegido.
            No se ha vuelto más precario el poder, el mundo sigue siendo plural y contradictorio y para analizarlo hacen falta analistas un poco más rigurosos que un Moisés Naim o un Javier Marías, capaz este último de anunciar el fin de la civilización occidental, y no sé si el Apocalipsis, porque, en una de sus giras promocionales, en la habitación de no sé qué hotel se encontró con que no había bañera ni bidet y tuvo que conformarse con darse una ducha.


Martes, 15 de octubre
EN LOS OJOS DEL GATO

Jardiel Poncela escribió un libro titulado Para leer mientras se sube en ascensor. Eran otros tiempos. Algunas veces he pensado en escribir uno que se titulara Para leer mientras se espera ante el semáforo. Pero quizá sería mejor publicar una antología con mis lecturas en el semáforo de la calle General Elorza, que he de cruzar varias veces al día para ir al centro. Tengo calculado que, si uno llega exactamente en el momento en que cambia a rojo para los peatones, caben, muy holgadamente, un artículo de Millás o media docena de haikus. Hoy me conformo con abrir el delgado volumen que acabo de recoger del buzón y leer un poema de Susana Benet: “En los ojos del gato / se refleja el destello / de la luz encendida, / las páginas del libro / que tan celosamente / recorre mi mirada. / Con felina paciencia / aguarda a que se apague / como siempre la luz / y entonces, sigiloso, / se aproxima a leer / las líneas que traza / sobre mi rostro el sueño”.


Miércoles, 16 de octubre
TODOS MIENTEN

Parece que la generalización abusiva se ha puesto de moda, aunque quizá siempre lo ha estado. Miguel-Anxo Murado publica La invención del pasado, un libro con un título muy sugeridor: “Verdad y ficción en la historia de España”. Pero comienzo a leer y pronto me doy cuenta de que estoy ante otro Marías, en el peor sentido de la palabra. Para él no hay distinción entre las leyendas populares y la historia académica; todo es pura entelequia, reconstrucción a partir de unos documentos siempre escasos y a menudo falsificados. Mienten las fuentes escritas de la historia, miente la tradición oral, mienten las obras literarias, todos mienten. Se equivoca Menéndez Pidal al hablar de la transmisión oral en la poesía medieval: “Lo que nos parece antiguo y popular, como los poemas del Romancero, son en realidad obras escritas por autores muy posteriores que recrean intencionadamente un estilo antiguo, cuando no auténticos fraudes”.
            Todo es un fraude para Miguel-Anxo Murado. Cuando Menéndez Pidal recorrió las montañas de Asturias y escuchó cantar a viejos aldeanos romances que no se habían vuelto a imprimir desde las recopilaciones renacentistas, estaba siendo engañado. En realidad, esos aldeanos guardaban en un rincón de sus casas un ejemplar de aquellas ediciones del XVI y las habían leído poco antes para engañar al sabio investigador. Esa parece ser la tesis de Miguel-Anxo Murado. No se da cuenta de que la exageración invalida su trabajo; si todo es fraude, nada lo es. La misma realidad histórica tendrían los viajes de Simbad el Marino que los de Colón.


Jueves, 17 de octubre
UN PASEO

No leo novelas si no es por aquella razón por la que se inventaron las novelas: para pasar el rato. De las novelas de Maurizio de Giovanni, como de las de Donna Leon, lo que menos me interesa es la trama policial; leo a uno y otra, antes de dormirme, cansado del trajín del día, como quien se da un grato paseo por ciudades que ama, Nápoles o Venecia. Abro El otoño del comisario Ricciardi y en seguida comienzo una larga passeggiata por Via Toledo, con sus edificios nobles y las amenazadoras callejuelas de los Quartieri Spagnoli, hasta el distante Tondo de Capodimonte. Luego, a la vuelta, me siento un rato en el Gambrinus, frente al teatro de San Carlo y el palacio real… Nada me relaja tanto como esos paseos imaginarios. Luego sigo caminando en sueños por ciudades que están fuera del mapa y del calendario.


Viernes, 18 de octubre
NO SIEMPRE

“La verdad de sus sueños era para él la verdad de la vida”, decía Cernuda de Luis de Baviera. ¿La verdad de los libros es para mí la verdad de la vida? No, los libros son solo una parte de la vida, algunas veces la mejor, pero a menudo una parte bastante risible, pretenciosa y deleznable.