sábado, 21 de septiembre de 2024

Al servicio de quien me quiera: Yo mi me conmigo

 

Sábado, 14 de septiembre
ESFINGE SIN SECRETO

Me he pasado la vida hablando de mí mismo, pero hay muchas cosas de las que nunca he hablado, algunas ni siquiera a mí mismo. Soy como un viejo caserón en el que se hace la vida y se recibe a las visitas en unas pocas habitaciones (mi preferida es la biblioteca con altos techos pintados al fresco y grandes ventanales que dan al jardín), mientras que en las otras nadie entra desde hace años (quizá desde que era niño). Algunos días me entra la tentación, si no de hacer limpieza (¿para qué?), al menos de armarme de valor y adentrarme en el desván y en los cuartos oscuros como quien se adentra en la jungla, pero siempre acabo venciéndola.

            ---¿Para qué hablas tanto de ti?, me preguntan a veces.

            ---Para ocultarme mejor, suelo responder.

            Pero sospecho que lo único que tengo que ocultar es que nada tengo que ocultar. Hay quien es capaz de hacerse hasta sospechoso de un crimen con tal de disimular la absoluta insignificancia de su vida.

Domingo, 15 de septiembre
VISITA AL DOCTOR

El placer de entrar por primera vez en la casa de alguien que admiramos desde hace muchos años. Es amplia, confortable, llena de luz. Apenas se entra en ella, nos encontramos con un espacioso recibidor: gran chimenea, dos bargueños de época y un retrato del propietario pintado por Zuloaga.

 A la derecha, la salita de espera, con una escultura de Julio Antonio, un soberbio reloj de mesa y un magnífico Sorolla. Hay también un gran espejo antiguo y tres óleos de Gutiérrez Solana.

La consulta tiene tres grandes ventanales que dan a la Castellana. En dos estantes, se apretujan unos cuatrocientos volúmenes con todos los libros, monografías, discursos, colaboraciones que ha publicado el dueño de la casa. Tres magníficos Grecos presiden el despacho, entre ellos, “un Crucificado sobre una tormenta admirable, pintado en su cuarto de hora de mayor inspiración, cuando el rayo y el trueno más fuertes le abrieron más el cielo y vio mejor su fondo”, según escribió Ramón Gómez de la Serna.

 El despacho se comunica, por medio de unas puertas corredizas, con otras dos piezas. La  central la preside un cuadro de Goya y en la siguiente se encuentra instalada la biblioteca de viajes, una de las cuatro que posee mi admirado amigo, en Madrid y en Toledo. La biblioteca de viajes la comenzó cuando todavía era casi un niño y Galdós le regaló la colección de Viajes publicada por Fabié en 1886. Ahora tiene más de tres mil volúmenes y es quizá la mejor del mundo en su género.

            Compro en el Fontán el libro de Francisco Javier Almodóvar y Enrique Warleta Marañón o una vida fecunda, publicado en 1952, que lleva prólogo, naturalmente, del propio doctor Marañón. Lo abro y es como si me abriera sonriente las puertas de su casa. Conozco no solo a su familia, sino también al servicio: Ramón Arana, “amable, con una leve sonrisa, sabiendo ver, oír y callar, las grandes virtudes de los hombres de confianza”; María Luisa, la doncella, una asturiana que regala salud; Carmen, la cocinera, y Rita, una gallega criada en Portugal, “atenta a esas mil minucias que reclaman en la casa la atención constante”.

            ¡Cuánta gente detrás de un gran hombre! Su mujer, sus hijos, sus colaboradores, la servidumbre, todos viven pendientes “del pensamiento y la actitud del que allí es padre, jefe, amigo y hermano, disputándose el privilegio de estar en primera línea en esa difícil y callada estrategia de cooperación sin darse cuenta apenas de que son también parte esencial de la obra realizada”.

            Detrás de mí, ayudándome, no hay nadie. ¿Justifica eso que no haya hecho nada importante? Quizá sí o quizá no, importa poco. Marañón –el único prócer durante la monarquía que lo siguió siendo durante la república y el franquismo-- está muerto y yo estoy vivo. Salgo de su casa en la Castellana y paseo feliz por el Campillín al sol de esta espléndida mañana de otoño.

Lunes, 16 de septiembre
 FALTA Y SOBRA

Como “trapero del tiempo” se definía Marañón, que no desperdiciaba ni un minuto de su día a día. “Trapero del talento”, podría definirme yo, que no desperdicio ni una brizna del poco o mucho que me ha sido concedido.

            A veces me vergüenza pensar que soy la única persona del mundo a la que, para hacer algo que valga la pena, le sobra tiempo y le falta talento. Pero enseguida se me pasa: solo soy el único que lo dice, no el único al que le ocurre.

Martes, 17 de septiembre
POR QUÉ SOY TAN MAL AMIGO

Soy un amigo incómodo, lleno de espinas, lo sé, y por eso valoro más a los viejos amigos, los que lo son desde años y lo siguen siendo. José Cereijo lo es desde hace exactamente treinta años. Poco después de que yo comentara su primer libro, de 1994, vino por primera vez a Oviedo y participó en nuestra tertulia. En ella conoció a Víctor Botas, que le dedicó la primera edición de sus poesías completas. Ya de regreso a Madrid, a los pocos días le escribió una carta comentándoselas, pero Víctor Botas no llegó a recibir esa carta.

Ayer le escuché a Cereijo leer sus versos en Avilés llevado de la mano entusiasta de Isabel Marina; hoy dialogo con él en la presentación de su último libro, Lecturas de riesgo. Y como soy persona que puede hacer dos cosas al mismo tiempo (que siempre hace dos cosas al mismo tiempo, y así me va), mientras charlamos se me ocurre pensar que todo tiene dos caras y que yo soy a la vez un mal amigo y un buen amigo.

            Un mal amigo nada confortable, sobre todo para los amigos escritores: no dejo a nadie dormirse sobre sus laureles, siempre encuentro el punto flaco del libro que acaban de publicar y no me lo callo, ni se lo comento en privado, sino que lo aireo en mi reseña semanal. Los escritores jóvenes, si son inteligentes, aceptan los reparos, aunque no estén de acuerdo, y siguen siendo amigos. Hasta que triunfan, o eso creen ellos, y entran en el mercado o mercadillo de la literatura. Ya los libros son productos que hay que promocionar y las reseñas deben ser una especie gratuita de publicidad. Quien antes nos ayudó a crecer, ahora no es más que un incordio.

            Pero, si bien se mira, no soy un amigo tan malo: impertinente, sí, pero que no traiciona, ni pone zancadillas, ni lucha por escalar cucañas. Y fiel. En medio siglo de vida literaria, más de un amigo habrá dejado de serlo –y seguramente con razón--, pero yo no he dejado de serlo de nadie. En el amor me pasa, me pasaba, lo mismo: me abandonan, no abandono. Y no lo digo en son de queja: se cansan antes de que yo me canse y me dejan algo de tristeza, que se cura pronto (un clavo saca otro clavo), pero no remordimiento ni mala conciencia, que es lo que peor llevo.

            En estas cosas pienso mientras dialogo sobre la poesía y sus alrededores con José Cereijo y la presencia de Paulina entre el público me trae a la memoria a Víctor Botas, quien fue mi amigo durante quince años en vida y ya lo lleva siendo el doble de años desde esa otra vida a la que se mudó un día tan inesperadamente.

            Yo seré un mal amigo, al menos tal como se entiende la amistad entre los escritores, pero nunca dejaré de serlo de nadie porque ponga todos los razonados reparos que quiera a un libro mío. Incluso los no razonados me hacen gracia. Me gusta repetir aquello que leí en no sé qué revistilla: “Las opiniones sobre la poesía de José Luis García Martín están divididas. Unos piensan que es un pésimo poeta. Otros que no es un poeta”.

            Un mal amigo, pero que tiene la suerte de contar con los mejores amigos: gracias, Cereijo; gracias, Paulina; y gracias, querido Botas por seguir asistiendo, un viernes sí y otro también, a nuestra tertulia. 

Jueves, 19 de septiembre
MARÍA LUISA EN EL JARDÍN

Javier Barón presenta en el Bellas Artes, la última adquisición del museo: “María Luisa en el jardín”, de Mariano Fortuny. Yo pienso en Yara, que tiene la edad que entonces tenía María Luisa; en Martín, que hoy cumple ocho años, y en que soy un hombre afortunado: vivo rodeado de gente que quiero y también, como mi admirado Marañón, de obras de arte, pero yo no las guardo en casa –no cabrían--, sino en tres espléndidos edificios por los que me paseo como Pedro por su casa.

Es lo que hago esta tarde, en cuanto me canso de escuchar a Barón, que es un poco Bonet, y qué placer saludar de nuevo, en las salas vacías –la gente ha preferido aburrirse con el conferenciante--, a los hijos de Sánchez, a la dama de las camelias en el palco del Real, al inocente Emaús, a tantos amigos como tengo por aquí, siempre a mi espera.




 

sábado, 14 de septiembre de 2024

Al servicio de quien me quiera: Comienza el curso

 

Sábado, 7 de septiembre
DUELO A PRIMERA SANGRE

“A ti lo que te gusta no es conversar, a ti lo que te gusta es que te escuchen”, me han reprochado más de una vez. Y no diré yo que no, pero me parece que no soy el único.

“No dejas hablar a nadie, siempre sabes lo que uno va a decir y le replicas antes de que termine de decirlo”, se queja Abelardo Linares, con quien llevo debatiendo sobre cuestiones varias, especialmente la decadencia de la literatura contemporánea, desde los años setenta. En alguna ocasión, hemos conversado en vivo y en directo, en Oviedo o en Madrid, en Sevilla o en Nueva York, pero la mayor parte de las veces ha sido por teléfono. Casi siempre me llama él y las conversaciones nunca duran menos de una hora. Le interrumpo, claro, pero pocas veces antes de los primeros tres cuartos de hora. Hay conferencias que duran menos tiempo. Y a los conferenciantes tampoco les gusta que les interrumpan. El coloquio, si lo hay, debe quedar para el final.

“Deberías escribir eso que me cuentas”, le digo a menudo. “Yo no soy escritor, fui poeta y soy editor, eso es todo”. “Pues entonces deberías crear un podcast para que todos puedan escucharte sin interrumpirte”.

            No ha grabado sus charlas, pero yo he logrado que escriba un libro. Bueno, que lo escribamos a medias. Durante este verano, casi cada día, él me mandaba una carta sobre los asuntos que le obsesionan y yo le replicaba a vuelta de correo.

 Al resultado, que se publicará pronto, le he puesto el título de El juego del gato y el ratón, que no sé si conservará. A él, por supuesto, le he reservado el papel de gato y de protagonista; yo soy el ratón de los dibujos animados que se burla siempre del gato que trata de darle caza. De Abelardo no me burlaba, por supuesto (en su editorial aparecerá el libro), o lo hacía sin que se notara demasiado. Me limitaba a ponerle el anzuelo (casi siempre picaba) y a dejarle la última palabra. De sobra sé que el que dice la última palabra sobre un asunto no es el que habla el último, como creen los políticos y los publicistas, sino el más certero. En cualquier caso, aquí la última palabra la tendrán los lectores. Ellos pronto podrán decidir quién ha ganado este duelo a primera sangre por ver quién es el más listo.

            Abelardo piensa que ha quedado claro que es él; yo tengo otra opinión y espero que pronto los lectores la compartan.

Domingo, 8 de septiembre
FAMILIA NUMEROSA

A partir de cierta edad, no hacemos más que repetir las mismas bromas y contar las mismas anécdotas. ¿Cuántas veces habré dicho yo aquello de que “no comprendo cómo hay gente que pueda vivir sola, yo llevo viviendo solo más de cincuenta años y aún no me he acostumbrado”?

            Vivo solo, pero tengo mucha familia y quizá eso haga que no lo note. Y no me refiero únicamente a la familia legal, sino a la otra sin papeles que yo me he ido tejiendo poco a poco. Tengo bastantes más hermanos de los que tengo (yo siempre el hermano mayor) y también hijos y nietos.

Mi familia la forman aquellos cuya felicidad me importa tanto como la mía, aunque la mía no le importe a ellos (pero eso pasa en las mejores familias).

Martes, 10 de septiembre
LO PRIMERO ES LO PRIMERO

A Arthur Miller no le dieron el premio Príncipe de Asturias el primer año en que era el principal candidato porque no podía asistir a la entrega, y la asistencia es condición indispensable, ya que en esa fecha tenía una audiencia con el emperador del Japón.

            Si yo hoy tuviera una audiencia, no ya con el emperador del Japón (respetable señor que a mí me interesa poco), sino con el rey de Inglaterra, con el que simpatizo bastante más (con él, como le escuché decir una vez a Jacobo Siruela, se puede hablar de cualquier cosa, del cambio climático o de la proporción áurea, de la poesía de Eliot o de la homeopatía), la rechazaría sin duda alguna. Hoy tengo algo más importante que hacer.

            Primer día de clase. Yara, que aún no ha cumplido tres años, espera impaciente en el parque infantil al lado del colegio. Con su mochila y su mandilón, desdeña columpios y toboganes. Le entusiasma la idea de ir al colegio de los mayores, al Novo Mier (se ha aprendido el nombre), lo mismo que su hermano Martín.

 Este primer día, para que los que empiezan la escolaridad se vayan acostumbrando, entran en pequeños grupos y solo están menos de una hora. A Yara le toca a las doce y cuarto. Nada más abrirse la puerta, suelta la mano de su madre y entra decidida, la primera. Junto a la maestra, que trata de consolarlos, contempla extrañada al resto de sus compañeros –apenas media docena-- que lloran y patalean no queriendo abandonar los confortables brazos de padres o abuelos. Mientras camina hacia la clase, se acerca a uno de ellos para tratar de consolarlo.

            “Martín también lloró; Yara es distinta”, me dice el padre. Luego, a la salida, Yara sigue sonriendo feliz.

            “Lo siento mucho, majestad –le diría yo a Carlos III--. Nada me gustaría más que charlar un rato, en Buckingham Palace o en Balmoral, de la sucesión de Fibonacci o de arquitectura contemporánea, pero compréndame, por favor, hoy tenía cosas más importantes que hacer”.

Miércoles, 11 de septiembre
PROBLEMAS DE FAMILIA

Hay personas que sienten la tentación del abismo. Siempre caminan al borde del precipicio. Más de una vez me ha tocado ejercer de buen samaritano. Y como no hay buena acción que no reciba su merecido, yo a menudo he recibido el mío.

            A veces, no hay más remedio que soltar la mano y dejar que el amigo que tratamos de salvar siga su destino. De tarde en tarde alguien me contaba que le había visto vagando oscuro por la noche sola. Yo, por fin, aprendí a no sentirme responsable y ojos que no ven corazón indiferente.

            Ayer, tras pedir permiso, volvió a pasar por la cafetería habitual de los martes el atormentador de sí mismo y de todos los que tratan de ayudarle. Quien vino era el doctor Jekyll, no míster Hyde, una víctima más de su siniestro compañero de viaje.

Sé que la única manera de que no me vuelva a dar algún zarpazo sería seguir evitándolo. Pero el corazón tiene razones que la razón no comprende. Estaré alerta, sin embargo, para esquivarlo a tiempo.

Jueves, 12 de septiembre
UN RUMOR

Se reeditan en Cátedra los dos libros de poesía de Julio Llamazares. A propósito de su inclusión en mi antología Las voces y los ecos, allá por 1980, el prologuista escribe: “Puesto que Llamazares era un autor bastante desconocido, con un solo libro publicado en provincias, durante un tiempo circuló el rumor de que ese tal Julio Alonso Llamazares era un trasunto de José Luis García Martín”.

            ¡Vaya mala fama que tenía yo en aquellos años de Jugar con fuego! Parece que convertía en heterónimo todo lo que tocaba.

Viernes, 13 de septiembre
YO NO DIGO NADA

Hoy es una fecha señalada en mi historia particular y en la más negra historia de España. Otro viernes y trece de hace exactamente medio siglo, en la cafetería Rolando, estalló una bomba que se llevó por delante muchas vidas y dejó casi un centenar de heridos.

En su momento, como no podía ser de otra manera, ocupó muchas primeras páginas en los periódicos y acaparó el debate público. Pero pronto se olvidó a las víctimas, se dejó a los asesinos libres y nadie quiso ocuparse más de un asunto en el que ni la justicia militar, que primero llevó el caso, ni la policía política, que usó de sus malas artes habituales, estuvo a la altura de las circunstancias.

Yo fui una víctima más, pero no de la metralla, sino de una oscura estrategia que aún no se ha aclarado, que a nadie le interesa aclarar. Salvo ese asunto que me toca tan de cerca, el libro de Xuan Cándano Operación Caperucita deja pocos puntos oscuros. Es el único, de los varios que se han publicado sobre el atentado, que habla de mí.

Yo fui el oculto peón de una jugada maestra que se le ocurrió a alguna mente retorcida para hacer rápida justicia y escarmiento, sin importarle que las víctimas escogidas para el sacrificio fueran inocentes.

Por el libro de Xuan Cándano, me entero de que “a García Martín ni le pegaron ni torturaron”. Si él lo afirma tan rotundamente, habrá que creerle. Yo no digo nada.




 

sábado, 7 de septiembre de 2024

Al servicio de quien me quiera: Magia y confesiones

 

Sábado, 31 de agosto
ATARDECER EN FERROÑES

Evito, siempre que puedo, las lecturas poéticas. No me gusta leer mis versos en público; no me gusta demasiado que me lean los de los demás. La poesía es una criatura delicada, se esconde detrás de las palabras del poema y solo aparece en la ocasión propicia. El silencio y la soledad suele ser la compañía que prefiere. Al menos, la poesía que a mí más me interesa.

            Pero cómo me alegro de haber hecho esta tarde una excepción. La cita era en la casa-taller del escultor Benjamín Menéndez. Ya había estado allí una vez, con Marisa Fanjul, y no podía desaprovechar la ocasión de volver a uno de esos lugares en los que apetece quedarse para siempre.

            Atardecía cuando nos detuvimos junto a la iglesia de Ferroñes, situada en un alto, con el tejo de las leyendas a un lado y el cementerio al otro. Estaba llena de gente, rodeada de coches. Nos imaginamos un funeral, que es uno de los pocos motivos que suele reunir en la iglesia a la gente de los pueblos. Luego supimos que era un bautizo. ¿Un bautizo a esa hora? Formaba parte de la magia del momento, como el toro minoico que nos miró majestuoso tras su cerca de alambre, el altivo gallo rodeado de su corte, las esquilas de las vacas. Me acompañaban Javier Almuzara y Mercedes Polledo (siguen siendo una pareja feliz a pesar de haberse casado), con su rara conjunción de ingenio y cordialidad, de entusiasmo y sabiduría. Por su parte, Dios parecía haberse esmerado especialmente en dibujar, difuminar, colorear el escenario. Daban ganas de aplaudir. Qué maravilla de nubes, brumas, verdes y sugerentes manchones oscuros, qué dominio de la perspectiva.

            Benjamín Menéndez, que ha dado un toque maestro al perfil de la ría de Avilés, y por eso le estaré siempre agradecido, nos habló de su obra con la sensatez del artista que es también artesano, que hace lo que dice y dice lo que hace; las poetas leyeron sus versos y alguno ajeno; sonó la gaita y la voz de Socorro Gutiérrez Caño, con su pandereta y su pandero. No estaba la cantante en su mejor momento, o al menos eso dijo ella, pero qué importaba. Las flores son las joyas de los pobres, afirmó no sé quién. Y la música popular, esa voz que de pronto se alza en el crepúsculo y parece cantar solo para sí misma, es la que a mí más me llega al corazón, la que expresa mejor el alma de la tierra y la herida del tiempo que pasa y no vuelve, pero que en algún momento parece no pasar. “Como quieres que vaya, / que vaya a verte, / si la tu despedida / me da la muerte”.

            El sigilo del gato que aparecía y desaparecía entre los asistentes, el tintineo de alguna esquila y el murmullo mozárabe de una rústica acequia completaban la magia del momento; hasta el sol tardó en ponerse para no perderse ni una nota.                                                                                                           

Domingo, 1 de septiembre
POR QUÉ SOY TAN HIPÓCRITA

Me gusta presumir de defectos que no tengo para mejor ocultar aquellos que sí tengo y que me avergüenzan un poco. Aunque la saque a relucir a cada paso, y la exhiba como un pavo real, mi vanidad es la justa, quizá un poco por debajo de la media de los que se dedican a mi oficio.

El vanidoso necesita de la admiración ajena, yo a veces tengo la sensación de que me basta con la mía, no siempre fácil de conseguir. Hace falta ser muy humilde para ser vanidoso. Y yo, humilde no lo soy demasiado. Orgulloso, sí. Seguro de lo que valgo (que es bien poco si me comparo con quien suelo compararme: Virgilio, Goethe, Borges), también. No crecería mi autoestima si me dieran el Nobel (que en literatura no es más que un premio Planeta mejor considerado) ni descendería si vendo aún menos de lo que espera mi siempre poco optimista editor.

            Menos mal que estas cosas las callo con bien educada hipocresía. Si las confesara públicamente, perdería las escasas simpatías que aún tengo.

Martes, 3 de septiembre
LA ZORRA Y LAS UVAS

“Lo mires por donde lo mires, a tu edad, y como escritor, eres un fracasado. No has ganado dinero, no tienes premios, tampoco fama (si acaso, mala fama)”.

Me lo repito una y otra vez y también las palabras de Beckett: “Fracasaste. Da igual. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Me lo repito, pero no me lo acabo de creer. Si he fracasado, no creo que se pueda fracasar mejor. O al menos, más a mi gusto.

Miércoles, 4 de septiembre
OTRO PUIGDEMONT

Leo: “El chavismo ordena la captura de Edmundo González”. Bueno, ya tiene Venezuela su Puigdemont. A ver cómo le trata la prensa española. ¿Le calificarán de huido de la justicia, se burlarán de él tratándole de cobarde por no dejarse detener por la policía?

            ---No confundas, Martín, un país democrático, como es España, con una dictadura como Venezuela.

            ---¿O sea que en un país democrático, si uno desobedece al Tribunal Supremo, tiene que atenerse a las consecuencias, pero en una dictadura puede hacerlo todas las veces que quiera y sin que le pase nada, porque, si intentan aplicar la ley, todo “el mundo libre” se alza en su defensa?

            ---No me seas demagogo.

            ---Comparo y saco conclusiones. En España, como es un país democrático, los jueces pueden criticar públicamente las leyes antes de que se promulguen y después utilizar todos los argucias posibles para no aplicarlas si no son acordes con sus intereses políticos; en Venezuela, como es una dictatura, la oposición puede infringir cualquier ley sin atenerse a las consecuencias, que ahí están papá Estados Unidos y Su Seguro Servidor (la Unión Europea, por otro nombre) para proteger al infractor y castigar al gobierno, y de paso a los ciudadanos, por querer aplicar la ley.

            ---Ese infractor ganó las elecciones.

            ---Sí, como Trump según Trump, aunque los tribunales dijeran otra cosa. Pero yo de política no hablo, que de política no sé nada, que solo sé pensar por cuenta propia.

Jueves, 5 de septiembre
¿DE PROFESIÓN, POETA?

¿Puede la poesía convertirse en un oficio? Yolanda Castaño piensa que sí. Hoy, en la tertulia virtual de los miércoles, comentamos unas declaraciones suyas a favor de la profesionalización de los poetas. “Creo que hay muchos lastres, de herencia probablemente romántica, que asocian la poesía a una suerte de espiritualidad o misticismo, y que la separan de las condiciones materiales en que debe desarrollarse cualquier esfuerzo creativo”, dice. Y se pone ella, que lleva veinte años viviendo de la poesía, como ejemplo.

Viviendo de la poesía, pero no de los derechos de autor de sus libros de poesía ni de lo que cobra por sus lecturas poéticas, sino de sus actividades como gestora cultural: organiza un ciclo de poesía con poetas internacionales y de lengua gallega desde hace más de quince años, dirige un taller internacional de traducción en la isla de San Simón (por allí han pasado poetas asturianos como Antón García), ha creado una residencia internacional de escritores; todo ello financiado, por supuesto, con dinero público. No desaprovecha oportunidad de conseguirlo. Por eso, durante su estancia en Panamá en la Feria Internacional del Libro, en la que España es país invitado, intenta que Panamá se asocie a su proyecto y financie la estancia de algún escritor panameño. Ella vive de la poesía, pero de becas y ayudas y estancias no puede vivir nadie y menos mantener a una familia. “Las personas que nos dedicamos a la poesía también debemos ser remunerados por nuestro trabajo”, afirma. Cierto. ¿Pero cómo se hace esa remuneración? ¿Con una partida en los presupuestos generales del Estado? ¿Y quién tendría derecho a cobrarla? ¿Todos los que escriben poemas? ¿Todos los que han publicado algún libro? ¿Todos los que han ganado algún premio?

            ---Tú es que pareces creer que todos los ingresos de un escritor que no provengan de los derechos de autor son subvención, prebenda e incluso limosna.

            ---No diría yo tanto, pero casi. Incluso las lecturas poéticas, en las que no se cobra la entrada, pero sí cobra el autor, por muy escaso que sea el público, son una subvención y no un rendimiento propiamente profesional. Si quieres vivir de la literatura, tienes que aceptar las reglas del mercado literario. Las ayudas con dinero público son una ayuda, un complemento, no un modo de vida. Yo financiaría con dinero público escuelas y bibliotecas y pagaría a los escritores, como a los abogados, cuando se les hace algún encargo específico. Y como hay mucha más oferta que demanda, la mayoría –y no solo de los poetas, también de los novelistas o de los dramaturgos-- deberían tener, como tienen, otro oficio. También lo tiene Yolanda Novo, que no se gana la vida escribiendo versos. 

Viernes, 6 de septiembre
QUIZÁ

---¿No tienes la sensación, ahora que te acercas a la última vuelta del camino, de haberte equivocado?

            ---Quizá, pero tampoco importa mucho. Todos llevan al mismo sitio.


sábado, 31 de agosto de 2024

Al servicio de quien me quiera: A uña de caballo

 

Sábado, 24 de agosto
CAMPO DE MINAS

---¿Cuándo acabas las vacaciones? Estoy deseando volver a leer tu diario. Seguro que tienes muchas cosas que decir sobre la guerra interminable de Ucrania, la masacre de Gaza, el clavo ardiendo al que se han agarrado los demócratas cuando por fin lograron librarse de Biden, el nuevo guirigay de los barones socialistas a propósito del concierto o desconcierto catalán…

            ---Ni estoy de vacaciones ni tengo nada que decir sobre esos temas. La guerra de la OTAN contra el genio del mal, o sea, Rusia, en Ucrania, durará mientras sea un lucrativo negocio; la masacre de Gaza continuará, si depende solo del gobierno de Israel (que cuenta con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos del país: quede constancia para la historia universal de la infamia), hasta que no quede en la zona un palestino vivo; el clavo ardiendo da igual que se llame Kamala Harris o Kim Kardashian, tiene garantizado al cien por cien el voto de los que detestan a Trump, la duda está en si son más o menos que sus partidarios en media docena de estados clave. Y en cuanto a si el acuerdo para investir a Illa es galgo o podenco, concierto o no (parece que el concierto es un invento diabólico que vascos y navarros lograron colar en la sacrosanta constitución), pues estoy a la espera de que se concrete. ¡Pero cómo habría aplaudido Maquiavelo la jugada maestra con que se logró que las juventudes de Izquierda Republicana, que estaban en contra, votaran a favor! Fue tanto el griterío, a derecha y a izquierda, de que se hundía España, de que sin el dinero de Cataluña no se podrían pagar las pensiones en Asturias o pasarían hambre en Extremadura, que no tuvieron más remedio que cambiar el no al españolista Illa por el sí. “¿O sea que de nuestro dinero vive el resto de los españoles? ¡Pues que se vayan a buscar la sopa boba a otra parte!”. Esto es lo que me imagino que dirían los independentistas al escuchar al manchego Page y a otros Jeremías. El gobierno, en ese tiempo, no dijo ni mu. Y así logró que quienes estaban en contra del pacto le ayudaran a sacarlo adelante. Una jugada maestra. Pero ni yo estoy de vacaciones ni suelo hablar de política. Nunca voy de vacaciones y ese es uno de mis lujos. Si tienes niños, ¿cómo evitar pasar quince días cerca de la playa? Las vacaciones para los que trabajan. Como dijo una vez mi amigo Martín López-Vega, yo no trabajo, juego a que trabajo. Y nunca hablo de política, no me gusta hablar por hablar, sin posibilidad de cambiar las cosas.

            ---Claro, a ti lo que te gustaría es tener un peso decisivo en la política nacional e internacional, ser asesor de Putin o de Maduro.

            ---No, eso es lo que piensa mi amigo Abelardo Linares. Yo preferiría ser el Kissinger de Trump o Harris (del que gane) o el Miguel Ángel Rodríguez de Pedro Sánchez.

Domingo, 25 de agosto
HACKER

Paso por Lerma e, inesperadamente, me la encuentro llena de homenajes a José Zorrilla. Parece que pasó aquí algún tiempo y han dado su nombre a la calle en que vivió, puesto una placa en la casa, escrito versos suyos en varias paredes.

             Frente a una iglesia, toma el sol en el bronce de la inmortalidad, sentado y con la pluma en la mano. Continúo paseando y en el mirador sobre el Arlanza, bajo el corredor que unía el palacio ducal y la iglesia, varias placas recuerdan versos suyos. Qué envidia. ¿Se acordarán así de mi en Aldeanueva del Camino cuando yo muera? Sospecho que no. Me hago una foto junto a Zorrilla para luego subirla a Facebook y ver si así le sugiero la idea a alguien de por aquellas tierras. Quiero acompañarla de alguno de los versos que aparecen en el mirador y en las paredes, pero no hay nada que merezca la pena, nada. Y como no tengo ganas de ponerme a buscar algo menos ripiosamente inane, escribo yo mismo un poema suyo:

“Allá en Lerma, la del Duque, / tuve yo un gran amor. / Se llamaba… callo el nombre / que con otro se casó. / Si era noche y sonreía, / salía de pronto el sol. / A la vera del Arlanza, / una tarde me besó, / una sola, que con otra / me convertiría en Dios. / Aunque un poco de amargura / en el alma me dejó, / es luz que nunca se acaba / y en mi vida lo mejor”.

            La verdad es que soy un falsificador nato, un hacker de la poesía. Ayudo a detectar los eruditos a la violeta que citan de Internet sin cerciorarse de la autenticidad de la cita. Algún poema de José Hierro que circula por ahí es mío, también alguna frasecita de Einstein o alguna ironía de Oscar Wilde. Y no digo más.

Lunes, 26 de agosto
SI NO FUERA ESPAÑOL
 

Nací en un pueblo que pertenecía a dos reinos, el de Castilla y el de León. Una calle, la antigua vía de la Plata, hacía de frontera. Pero cuando yo nací eso ya era historia, aunque aún cada parroquia pertenecía a un obispado distinto, el de Plasencia y el de Coria. Una vez coincidió el día de la Confirmación en las dos parroquias y el pueblo fue visitado a la vez por ambos obispos.

Qué sorpresa al viajar hacia Braganza y encontrarme de pronto con que hay un pueblo que es a la vez español y portugués: Rionor. Franco quiso diferenciar claramente el povo de cima, el español, del portugués y lo llamó Rihonor de Castilla (debería ser de León, pero esa es otra historia). El río se quita la hache al pasar a Portugal y esa es toda la molestia que se toma: sigue siendo igual de hermoso en uno y otro país.

La parte española parece más abandonada. Yo me asomo al pequeño cementerio, junto a la iglesia de Santa Marina. Debió de haber una cierta endogamia en este remoto lugar al pie de la sierra de la Culebra: en varios de los panteones aparece el apellido Prieto. En el más destacado descansa don Manuel Prieto Ignacio que falleció el 7 de julio de 1943. La vida parece haberse detenido desde entonces en este puñado de casas.

El Rionor portugués está más vivo. Sigue siendo una aldea de régimen comunitario: sus habitantes comparten un horno, ciertas tierras y un rebaño. Supongo que aunque legalmente sean ciudadanos de otro país también dejarán participar de esos bienes a los pocos habitantes que quedan en la zona española.

Hay algo de juego infantil en este estar tan pronto en un país como en otro y con la sensación de estar lejos de todo, aunque a un lado tengo a Puebla de Sanabria y al otro a Braganza.

Si yo no fuera español, me gustaría ser portugués. Y de alguna manera lo soy.

Martes, 27 de agosto
EL ALEPH DE PIPILOTTI

Casi me quedo dormido en el Musac. La instalación de Pipilotti Rist cuenta con una especie de colchonetas, diseñadas por la propia artista, en las que uno puede tumbarse para contemplar imágenes entremezcladas del cuerpo humano y del mundo vegetal. Suena una música agradablemente hipnótica.

Cierro los ojos y estoy en Venecia, en la iglesia de San Stae, donde se estrenó. Cierro los ojos y lo que se entremezclan son estampas del reciente viaje: la apacible lámina de agua de la playa del Confín, en O Grove, y el mar furioso que se traga la playa y golpea contra los acantilados en As Catedrais; Pontedeume, con su puente y su torre de Andrade y su biblioteca dedicada a un amigo olvidado, Ramiro Fonte; aquel negro cuervo que planeaba sobre los bañistas en Vilanova de Arousa; el parque do Pasatempo, la fantasía filantrópica y enciclopédica de los hermanos García Naveira, cerrado e invadido por la maleza, como tantos de mis sueños, en Betanzos; el Burgos de 1971, al que fui a recoger mi primer premio literario, superpuesto al de hoy; el azul entre los pinos de La Toja y la gota de agua que se oye caer incansable en el húmedo silencio de las cuevas de Valporquero… Un Aleph de bolsillo, la instalación de Pipilotti Rist en el Musac. Casi me quedé dormido, relajado y feliz, entremezclando imágenes de mi viaje a uña de caballo, que es como a mí me gusta viajar.  

Miércoles, 28 de agosto
NO SOY UN LIBRO
 

A menudo recuerdo los versos de no sé qué poeta alemán: “No soy un libro hecho con reflexión, / sino un hombre con su contradicción”.

Me gusta viajar, pero no soporto estar mucho fuera de casa. Tres días si el viaje es por Europa, una semana si por otro continente. Viajo siempre agotando a la cabalgadura sin que yo me canse nunca. Como no sé conducir, dependo de la buena voluntad de los amigos. Recuerdo aquel viaje a Braga en que dejé a los samaritanos que me habían llevado hasta allí descansando en el hotel y yo, tras dar una vuelta por la ciudad, me subí al coche de otro amigo para acercarme hasta Aveiro. “La vida que no es una gran curiosidad inteligente no vale la pena”, subrayé en un libro de Fernández Flórez. Podría ser mi lema.




 

sábado, 24 de agosto de 2024

Los papeles perdidos: Extraños en un tren

 

1
PARÍS-MADRID

No soy yo muy dado a entablar conversación con desconocidos, aunque se trate de un largo viaje en tren en el que toda incomodidad tiene su asiento. Pero a mi compañero le gustaba hablar y parecía un tipo curioso. El pretexto de la charla fue un libro de Luz Pozo Garza, que yo encontré olvidado en un banco de la plaza de Arriba, en O Grove. “Con ese nombre y esos apellidos, imposible no ser poeta”, me dijo. “Yo la conocí”.

            Si hemos de hacer caso de sus palabras, había conocido personalmente a todos los poetas que a continuación salieron a colación: José Hierro, Vicente Aleixandre, Claudio Rodríguez. Yo no sabía si creerle o no. Me parecía un poco mitómano. De repente, la conversación cambió y hubo momentos en que temí encontrarme con un psicópata.

            ---Por supuesto, usted ha leído Extraños en un tren, la novela de Patricia Highsmith, o por lo menos visto la película de Hitchkock. Un encuentro como el nuestro: yo tengo alguien de quien quiero librarme y usted lo mismo. Yo elimino a quien usted me diga y viceversa. La falta de móvil hace que sea imposible que nos encuentren.

            ---En la novela sale mal. Esos trucos ingeniosos de los relatos policiales de antes siempre salen mal.

            ---No siempre. A Juan Ramón Jiménez estuvo a punto de salirle bien.

            ---¿A Juan Ramón Jiménez? ¡Qué cosa tan absurda!

            ---No conoce la historia. ¿Me permite que se la cuente?

2
EL ASALTO DE LA CALLE PADILLA

Me encogí de hombros. Definitivamente, me había tocado por compañero de viaje un chiflado. Pero era divertido, así que preferí escucharle a cambiar de asiento o enfrascarme en un libro. Me dijo que se llamaba Manuel Catoira y tenía más o menos mi edad.

            ---Ya sabe usted que en abril de 1939, a poco de terminada la guerra, un grupo de falangistas entró en la casa del poeta, en la calle Padilla, y arrambló con todo lo que pudo. El piso no estaba abandonado. Juan Ramón había marchado a América, pero lo dejó a cargo de Luisa Andrés, la cocinera del matrimonio, a quien por cierto yo llegué a tratar. Llegaron los falangistas con una camioneta oficial. Hicieron varios viajes. Se llevaron libros y manuscritos, docenas y docenas de carpetas con textos inéditos. Pero no solo: también una máquina de escribir, un gramófono, una muy completa colección de discos de música clásica. Al frente de la banda estaba Félix Ros, un tipo curioso, un escritor ni malo ni bueno. Yo le conocí. Cuando se protestó ante los organismos oficiales por aquel atropello, la respuesta fue que habían actuado por su cuenta. No se les castigó, sin embargo. Parece que cualquiera podía hacer lo que quisiera con los bienes de un rojo. Luis Felipe Vivanco, que estaba a las órdenes no sé si de Laín Entralgo o de Ridruejo, logró que devolvieran parte del botín. No todo, mucho sigue todavía desaparecido. Félix Ros entregó unos cuantos libros con las hojas de la dedicatoria arrancadas, señal de que pensaba quedarse con ellos o venderlos borrando las huellas del delito. Juan Ramón Jiménez, en cuanto se enteró, no dudó ni un instante en señalar al jefe: José Bergamín. ¿Cómo era posible? El compañero de viaje de los comunistas (“Con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más"), el principal intelectual antifascista, dando órdenes en el Madrid ocupado. Todo el mundo pensó que esa era una chifladura del poeta, otra más. Félix Ros había sido secretario de Cruz y Raya. Su papel durante la guerra no está claro. Cuando la policía política le detuvo en Barcelona, varios escritores republicanos, con Bergamín al frente, se movilizaron para su liberación. Incluso pidieron la firma de Antonio Machado, que se negó a darla. Juan Ramón escribió muchas lindezas de Bergamín. Le gustaba repetir una supuesta respuesta de Unamuno en Londres cuando le preguntaron si era su discípulo: padece una deficiencia congénita, solo posee medio cerebro. Un tipo de cuidado Bergamín, primero al servicio de los jesuitas y luego del mejor postor. Ahora, eso de que no sabía escribir, de que era incapaz de juntar dos ideas, con eso no estoy de acuerdo. Juan Ramón le publicó el primer libro, creo que se titulaba El cohete y las estrellas. Una de las explicaciones del robo fue que pretendían hacer desaparecer el manuscrito de ese libro y del primero de Salinas, Presagios, que estaban completamente enmendados por Juan Ramón para que no se viera que lo mejor que tenían era obra suya. Bergamín tenía muchos enemigos. Los principales estaban en la izquierda no comunista. Julián Gorkin le acusó, si no de estar directamente involucrado en el asesinato de Andreu Nin, sí de haber justificado ese asesinato y el de tantos militantes del POUM firmando el prólogo y avalando un panfleto, Espionaje en España, obra de un inexistente Max Rieger, que acusaba a ese partido de estar al servicio del fascismo. Quien estaba al servicio de Stalin era Bergamín y nunca dejó de estar al servicio de Moscú, aunque a veces lo disimulara, como cuando administraba los fondos de Indalecio Prieto; nunca ni siquiera cuando colaboraba con el independentismo vasco. Como prosista era bastante retorcido y a menudo se le iba el santo al cielo, pero como poeta, al menos cuando se olvida del barroco y se pone a la sombra de Bécquer y la poesía popular, a mí me gusta mucho.

            ---Y a mí, que siempre que puedo cito una cuarteta suya: “Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía. / Todo se me va acabando, / menos la melancolía”. Pero esas cosas que me cuenta son bien sabidas. Al menos por quienes hemos leído el mamotreto, el cajón de sastre, de Guerra en España. Lo que no sabía yo, ni creo que sepa nadie, es lo de Juan Ramón convertido en asesino.

            ---Bueno, quizá exageré un poco. Antes le recordaba Extraños en un tren. Lo de Juan Ramón se parece más a la historia del mandarín chino, la de Eça de Queirós y Casona. Ya sabe: si tocas una campanilla, en China morirá un mandarín, al que no conoces, del que nunca volverás a oír hablar y del que heredarías una considerable fortuna. ¿Quién se negaría a tocar esa campanilla?

            ---Juan Ramón, sin duda.

3
UNA CONFESIÓN

---Juan Ramón era inmune a la codicia, pero no al rencor ni al afán de venganza. Bergamín fue tiroteado en una calle de México. Se salvó por poco. Todo quedó en un incidente sin mayor importancia. Los tiros parecía que no iban dirigidos contra él. Una reyerta de borrachos. Los biógrafos de Bergamín ni siquiera hablan de ello. México es un país violento y esas cosas están a la orden del día. A mí mismo… Pero bueno, vamos a lo que vamos, que ya veo su gesto de fastidio. Para contarle lo que le cuento, me baso en la mejor fuente: el propio Bergamín. Fui a verle varias veces, a una buhardilla que tenía alquilada en la plaza de Oriente. Por cierto, que alguna vez coincidí con quien entonces era un aprendiz de escritor, como yo, aunque abandoné pronto esas veleidades, y que luego se ha hecho muy famoso, Andrés Trapiello. Bergamín me enseñó los anónimos que recibió poco antes del intento de asesinato. Algunos muy vulgares. Le llamaba “maricón”, que era una de las obsesiones del poeta (tenía miedo de que le consideraran como tal, dada su delicadeza y que no frecuentaba prostíbulos), entre otras lindezas. “Quizá debería romperlos”, me dijo Bergamín de los anónimos. “Ese señorito de casino de Huelva que siempre fue Juan Ramón era muy mal hablado”. Lo de “señorito de casino de Huelva” lo escribió luego Gil de Biedma para escándalo de muchos, pero yo se lo oí antes a Bergamín. Y vamos a lo del asesinato. Bergamín me enseñó una confesión. El pistolero, arrepentido, le pidió perdón años después. Había sido trotskista, había perdido muchos amigos durante la purga de 1937, era uno de los admiradores que frecuentaban a Juan Ramón en Puerto Rico, y este le convenció de que el culpable era Bergamín. Le alentó, le ayudó, le facilitó dinero para el viaje a México. Si eso no es tocar la campanilla como en el cuento del mandarín, ya me dirá usted. Aquel fanático falló, se arrepintió, se convirtió al catolicismo, se lo confesó todo a Bergamín para poder ser perdonado. La carta que yo leí no dejaba lugar a dudas. Juan Ramón tiraba la piedra y escondía la mano. Aunque quizá aquel pobre hombre había interpretado mal el odio del poeta. Vaya usted a saber.

viernes, 16 de agosto de 2024

Los papeles perdidos: El heroico delator

 

 

1
TESTIGOS DE LA HISTORIA

Cumplir años tiene algunos inconvenientes que no necesito mencionar, pero también ciertas ventajas. Una de ellas, haber sido testigo de acontecimientos que hoy ya son historia o de haber escuchado de viva voz la versión de quienes fueron testigos de ellos. Yo nací a mediados del siglo XX, exactamente en 1950, pero mi abuelo paterno nació en el siglo XIX y participó en la guerra de Marruecos.

Por la tertulia a la que asisto todos los viernes, pasó un curioso personaje que presumía de haber sido el primero que había entrado en el búnker de Hitler, tras la toma de Berlín por los rusos, y que se había quedado con el teléfono del Fhürer, que tuvo que vender en un caso de apuro. Decía que estaba allí como periodista y que mandaba sus crónicas a los diarios de la cadena del Movimiento. Yo nunca encontré entonces ninguno de sus artículos y ahora no puedo buscarlos porque he olvidado su nombre.

De otro periodista jubilado que pasó fugazmente por la tertulia a comienzos de los ochenta, sí recuerdo el nombre, Paco, pero no los apellidos, si alguna vez los supe. Paco había asistido al entierro de Baroja y había entrevistado a Hemingway, entre otros personajes importantes. Me he acordado hoy de él al leer una entrevista que aparece en un viejo número de El Español, la revista de Juan Aparicio. Se publicó en mayo de 1954, cuando faltaban pocos meses para que le dieran el Premio Nobel, pero ya era un autor famoso. Amigo de Luis Miguel Dominguín y de Antonio Ordóñez había venido a España para seguir la temporada taurina.

¿Es el F. Costa Torro que firma esta entrevista aquel fugaz contertulio? Pudiera ser. Las cosas que leo ahora en esta entrevista son, en su mayor parte, las mismas que le oímos contar. El novelista se sentó en el suelo de una lujosa habitación del Palace y habló en un lenguaje directo que no desdeñaba las palabras malsonantes, aunque en la entrevista publicada, por supuesto, no se reproducen. 

2
HABLA HEMINGWAY

---Me gustan las corridas de toros porque dan una oportunidad de defensa al animal. Por esa misma razón, si en la selva africana yo me enfado con un portador negro, jamás le pegaría sin haberle entregado primero unos guantes de boxeo tan buenos como los que yo me pueda poner. Preparo ahora un libro sobre el Mau-Mau, pero no simpatizo con el salvajismo de esos negros fanáticos. Los Mau-Mau pretenden regresar a los lugares de los que fueron desplazados y volver a las costumbres de su tribu. Forman un ejército de fanáticos juramentados que destripan a los prisioneros, queman chiquillos vivos y son capaces de las mayores muestras de crueldad. El primer juramento del Mau-Mau le compromete a matar a un blanco en el momento en que reciba la orden, aunque se trate del amo y este se haya portado con él como un padre. Y luego están las mujeres que sirven de enlace a los comandos del taparrabos. Son astutas y se valen de su instinto femenino para infiltrarse en las tribus que aún no se han sublevado. Yo no le tengo miedo ni a los negros ni a las negras, que a veces son peores. No me importaría mucho tener la suerte del toro, que muere defendiéndose. Hay quien dice que me paso la vida buscando la muerte, pero lo cierto es que amo la vida, aunque no puedo negar que me gusta mucho “arrimarme al toro”, al toro o a los rinocerontes de Kenia. Me preocupa que el mundo llegue a civilizarse tan completamente que desaparezcan los lugares de emociones fuertes. Aunque, al paso que vamos, puede que pronto no haya ni siquiera mundo. ¿No bebe usted? Beba, beba, si quiere llegar a ser alguien. ¿Conoce a algún escritor o periodista que no beba? Ya sé que andan diciendo por ahí que mis últimos accidentes aéreos en la selva africana fueron un montaje de propaganda. ¿Quiere ver las heridas? Me irrita mucho que haya quien sea capaz de pensar que me puse a punto de morir solo para que hablaran de ello los periódicos y fuera más fácil que me dieran el Premio Nobel. Otros lo merecen más que yo, como el poeta Carl Sandburg o la prodigiosa Isak Dinesen.

Lo que nos contaba Paco en la tertulia es más o menos lo que cuenta Hemingway en la entrevista con Costa Torro. Pero él nos refirió algo más, de enorme interés, aunque yo entonces no le diera mayor importancia. En la entrevista se alude a la novela en que Hemingway quiso interpretar el alma de España y “oyó campanas sin saber exactamente dónde”. Se habló luego de su intervención en la guerra de España, un tema al que el novelista le costaba referirse. También de la ruptura de su amistad con Dos Passos. Y en relación con ese asunto Paco nos contó algo que yo no he visto referido en ninguna parte. Primero traté de confirmar sus palabras, luego me olvidé del asunto. Esto, más o menos, fue lo que nos contó Paco un día de 1983 o 1984 en el antiguo Óliver de la Avenida de Galicia. En ese momento, estábamos solamente en la tertulia Víctor Botas, que ya no puede corroborar lo que digo, un jovencísimo Xuan Bello y yo.

3
LA DESAPARICIÓN DE JOSÉ ROBLES

---Yo llevé la conversación al tema de la guerra y de la ruptura de su amistad con John Dos Passos. Iban a filmar juntos una película propagandista La tierra española que luego se quedó en nada. A Dos Passos le afectó mucho la desaparición de su amigo José Robles, a quien había conocido durante un viaje a Toledo, cuando ambos aún no habían cumplido veinte años, y que había traducido varias de sus obras. Era profesor en Estados Unidos, pero al comenzar la guerra estaba de vacaciones en España. Decidió quedarse aquí para ayudar a la causa republicana. Como sabía ruso, servía de traductor e intérprete de los asesores soviéticos en el Ministerio de la Guerra. Un día, ya el gobierno en Valencia, desapareció. Y de él nunca más se supo. Corrió el rumor de que era un espía fascista. Dos Passos hizo todo lo posible por encontrarlo. Hemingway no le dio ninguna importancia a tal hecho. “La guerra es la guerra, no se puede andar con escrúpulos legalistas. Era un espía, de eso no hay ninguna duda”, dijo encogiéndose de hombros ante las peticiones de ayuda de su amigo.

Noté que ese tema le incomodaba. Y más cuando le hablé de que un cuñado mío, que había estado con los rojos y había escapado a América, había dejado unos papeles que yo encontré casualmente y que tenían que ver con la detención de José Robles. De pronto, perdió el control y me echó de la habitación a empujones y poco faltó para que nos enredáramos a puñetazos. Los dos habíamos bebido mucho, esa es la verdad. ¿Pero os imagináis el escándalo si un joven periodista acaba a puñetazos con el novelista más famoso del mundo? No me habrían vuelto a dar trabajo en ningún periódico.

Lo que yo había encontrado fue la denuncia que llevó a la detención y a la desaparición de José Robles. No la firmaba Hemingway, pero en ella figuraba su nombre como la persona que había facilitado la información. Al parecer, había sido testigo de cómo se entrevistaba con Carlos Morla Lynch, encargado de la embajada de Chile, en la que estaban refugiados docenas de quintacolumnistas. Por entonces, un ataque republicano fue desbaratado por los sublevados, que parecía que estaban esperándolo. Ese ataque se había decidido entre el general soviético Vladimir Gorev y Enrique Líster, jefe del Quinto Regimiento. El intérprete había sido José Robles. Hemingway, al hacer la denuncia del contacto de Robles con posibles quintacolumnistas, firmó la sentencia de muerte del traductor de Dos Passos.

Seguramente ya había olvidado tal hecho y nunca supo que había quedado constancia escrita de ello. No volvimos a vernos, pero a los pocos días Luis Miguel Dominguín, el famoso torero, el padre del cantante Miguel Bosé, me concedió una entrevista y me invitó a su próxima corrida. Al final de la entrevista, cuando ya se había ido el fotógrafo, mientras tomábamos unas copas, me dijo: “Creo que has encontrado unos papeles que tienen que ver con la guerra y con mi amigo don Ernesto, que entonces anduvo por aquí mezclado con los rojos. No es un asunto del que está orgulloso, quiere olvidar todo lo que pasó entonces. Mejor que los destruyas y que no volvamos a sacar a relucir los feos asuntos de entonces. Ahora es el momento de la reconciliación. Mírame a mí, que lo mismo toreo para el Caudillo que para Picasso”.

Le prometí hacerlo, por supuesto. Pero yo rompí todos los papeles que dejó mi cuñado en la casa de Madrid, y que podían comprometerme, menos el folio de la denuncia. A fin de cuentas, le acababan de dar el Nobel al nombre que figuraba allí como delator. Algún día escribiría yo un reportaje sobre el asunto, que me haría famoso y hasta reproduciría The New York Times. Nunca lo hice, sin embargo. Ya nadie recordaba ni a nadie interesaba el caso de José Robles. Y no sé por dónde andará ese papel.