domingo, 22 de julio de 2018

La verdadera historia: Golpe a golpe





Soy una persona bastante insoportable, para qué nos vamos a engañar. No es ya me empeñe en tener siempre razón, algo que con un poco de paciencia se podría soportar, sino que casi siempre la tengo, que es lo verdaderamente insoportable. De vivir conmigo,quienes lo han intentado se han cansado pronto.
            El trabajo, la lectura, las largas caminatas a pie (me he recorrido casi toda España y media Europa sin más compañía que una mochila y una cámara de fotos) me han permitido no añorar demasiado la vida en pareja, una familia, un hombro sobre ei que llorar. Pero ahora voy a cumplir setenta años y la perspectiva de enfrentarme a solas con los achaques de la vejez no me agrada demasiado, la verdad.
            Solía dormir bien sin necesidad de pastillas y al médico habré ido dos o tres veces en mi vida. Últimamente, sin embargo, parece que comienzo a vislumbrar lo que se avecina. Han comenzado las noches de insomnio, que aprovecho para leer, escuchar música, ordenar mi archivo. Guardo unos centenares de documentos, recopilados a lo largo de casi medio siglo en mercadillos y librerías de viejo, algunos simplemente curiosos, pero otros pueden ayudar a dar la vuelta a la historia de España que nos han contado.
            Ayer recibí el libro que Pedro López Ortega dedica al coronel Segismundo Casado. El subtítulo resulta significativo de la intención: “Defensor de la Justicia, la Libertad y la República”. Basta hojearlo para darse cuenta de que tiene mucho de acrítica apología.
            Hay un pasaje que me ha interesado especialmente. Se trata de la referencia a la edición de la Gaceta de Madrid que sirvió de pretexto al golpe contra el gobierno de la República, teóricamente un contragolpe contra el que preparaba Negrín para entregarles todo el poder a los comunistas.
            Julián Marías afirma en sus memorias haber tenido en las manos las galeradas de ese número, que muchos consideran apócrifo: “Negrín preparó un golpe que pudo ser muy grave. Se trataba de la destitución de todos los mandos importantes, militares y políticos, que estaban en manos de los republicanos o socialistas moderados y su sustitución por comunistas y algunos socialistas de significación análoga. Esto no me lo ha contado nadie: vi las galeradas en la Gaceta de Madrid –preparadas el día 5 y que debían haber sido publicadas el día 6– con las largas series de nombres, compuestas para su publicación al día siguiente. Pero esto fue interrumpido por un suceso que nos conmovió a todos el 5 de marzo”.
            Ese suceso fue la toma del poder por parte de un Consejo Nacional de Defensa que encabezaba Casado y que tenía entre sus principales valedores a un socialista de cátedra al que las circunstancias habían dejado al margen, Julián Besteiro.
            Todo el mundo sabe cómo se desarrollaron esos hechos. Lo que pocos saben es que fueron recibidos con alivio por Negrín y que quizá el propio Negrín les dio el impulso final ante los retrasos y las dudas de los golpistas.
            Al comunismo se deben muchos de los mayores crímenes de la historia, pero al anticomunismo no se le deben menos. El joven Julián Marías –orteguiano, católico y visceralmente anticomunista– fue uno de los ideólogos del golpe que desmanteló lo que quedaba de la República y se lo entregó en bandeja de plata a los franquistas. Cuarenta años después también estaría, al parecer, entre los ideólogos de otro golpe contra el comunismo y el terrorismo, el protagonizado por los militares argentinos contra el tambaleante gobierno de Isabelita Perón.
            Como el golpe de Casado, fue recibido con un suspiro de alivio por buena parte de la sociedad argentina. “Por fin tenemos un gobierno de caballeros”, dijo Jorge Luis Borges más de una vez y todavía podemos escucharlo en una entrevista con Joaquín Soler Serrano que anda por Youtube.
            No solo la plutocracia argentina alentó a los militares. Contaron también con una coartada intelectual que se gestó en las reuniones que tenían lugar en el domicilio de Jaime Perriaux, que había sido ministro de Justicia y era un gran admirador de Ortega. Uno de los asistentes habituales a aquellas tertulias era Julián Marías, que viajó con frecuencia a Argentina –donde era un conferenciante admirado– en los años previos al golpe y con el proceso ya en marcha y torturando y haciendo desaparecer a subversivos para bien de la patria. Lo contó José Alfredo Martínez de Hoz, el superministro de Economía de la dictadura, en la comisión que, en 1984, investigaba uno de los negocios de entonces: la compra de la compañía Ítalo-Argentina de Electricidad por mil veces su valor, un sobrecoste que, en buena medida, iría a parar a los bolsillos de los generales que pretendían salvar la nación.
            Pero les estaba hablando de Segismundo Casado y de las pruebas que tengo de que su golpe fue recibido con alivio, si no propiciado, por Negrín. Nos han dicho que uno pretendía continuar la guerra de manera numantina y el otro quería la paz. Pero la paz llevaba ya muchos meses buscándola Negrín, a través de contactos, más o menos secretos, con el gobierno francés y, sobre todo, con el gobierno inglés. Claro que no una paz a cualquier precio, arrodillándose y bajando la cabeza para que se la cortaran, que es lo que finalmente hizo Casado.
            La derrota de la República tuvo lugar en dos fases. La caída de Cataluña constituyó la primera. Negrín se encargó de que fuera de forma ordenada. El 9 de febrero las tropas franquistas llegaron a la frontera con Francia y ocuparon todos los puestos fronterizos. Ese mismo día, desde primeras horas de la mañana, Negrín estuvo supervisando, en el enclave de La Junquera-Le Perthús, el paso a Francia de las últimas unidades del ejército republicano. Le acompañaba el general Rojo. Ya habían pasado todas las autoridades y todos los civiles que temían alguna represalia cuando él se decidió a cruzar la frontera. Unos minutos de retraso y habría caído bajo las garras de Franco. Ya en Francia, suspiró aliviado y le dijo a Zugazagoitia, que le acompañaba en ese momento: “¡Veremos cómo liquidamos la segunda parte! Esa será más difícil”.
            Sin descansar apenas, Negrín se trasladó a Toulouse, donde tomó un avión para la zona centro. No solo se había ocupado de salvar la vida de los republicanos, también de asegurarles en lo posible la subsistencia durante un exilio que se adivinaba largo. Incluso el famoso tesoro del Vita –que luego administraría Prieto– fue él quien lo trasladó a Francia. Y de todo el empleo de los bienes de la República, también del famoso oro de Moscú, dejó minuciosa constancia documental.
            Qué diferencia con Segismundo Casado, un militar, solo un militar, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Él quería acabar la guerra, liquidando a los comunistas, y a su aliado Negrín, y luego dándose un abrazo –como el famoso de Vergara– con el general Franco, a fin de cuentas, un compañero, un patriota que solo quería una cosa, y en eso coincidían, el bien de España. Franco era tan generoso que no tendría ningún inconveniente en incorporar a su ejército, conservado sus grados, a los militares que había estado al lado de la República sin participar en sus desmanes,
            Franco le dejó hacer, relamiéndose de gusto: aquel militar traidor era el perfecto tonto útil. Negrín proclamaba que todavía era posible seguir la lucha para poder negociar desde una posición de fuerza la paz que permitiera salir de España a todo el que lo deseara.
            Casado negociaba con el enemigo ya antes del golpe, incluso consultó los detalles con algún notorio quintacolumnista.
            Negrín estaba cenando, tras una reunión del Consejo de Ministros, en la posición Yuste. Casado llamó al general Matallana, uno de los comensales, para comunicarle su decisión. Matallana se lo contó a Negrín y luego le pasó el auricular: “Dígame usted, general Casado, qué es lo que pasa”. Una pausa, y luego, con voz firme: “Bien. Queda usted destituido”. Pero, al sentarse, dio un suspiro de alivio. Había hecho lo que había podido. Él no tomaría parte en una guerra civil entre republicanos. La gestión de la derrota quedaba ahora en otras manos. En las peores manos, en las más torpes, aunque sin duda bien intencionadas.
            Negrín, jefe del gobierno legítimo de la República, fue el último en cruzar la frontera tras la caída de Cataluña; Casado, jefe del gobierno republicano tras un golpe militar (apoyado por militantes de distintos partidos que solo tenían en común su odio a los comunistas), se subió a un buque inglés en Gandía –después de hablar por la radio acompañado de un jerarca falangista y tras escuchar la Marcha Real–, dejando a cientos de miles de republicanos en tierras de Alicante esperando unos barcos que nunca llegarían.
            Aquel no nato ejemplar de la Gaceta de Madrid en que se destituía a los mandos socialistas y republicanos para sustituirlos por comunistas, la justificación de un golpe que se iba a dar con o sin justificación, yo lo tuve también en mis manos. Y el librero de Toulouse que me lo quería vender me dijo que procedía de alguien, su abuelo materno, que había sido ayudante de Negrín en los días aciagos de la posición Yuste, cuando abandonado de todos, comenzando por el presidente de la República, llevaba días sin dormir, abrumado por no poder salvar a los combatientes que habían confiado en él. “Pensó incluso en quitarse la vida”, me dijo.
            Pero lo que se quitó fue un peso de encima cuando Casado dio por fin un paso al frente y pasó de negociar a escondidas a rendirse incondicionalmente, no sin antes liquidar –hubo unos dos mil muertos aquellos días de marzo– a la oposición comunista.
            Le hizo un gran favor a Franco, que le pagó de mala manera (se limitó a dejarle escapar), y otro a Negrín. El primero es bien sabido; del segundo se ha hablado menos.



51 comentarios:

  1. Según mis lecturas, esos cientos de miles de desgraciados aludidos por Martín, que se apiñaban en Alicante a la espera de poder escapar en barco, en realidad se redujeron a menos de veinte mil, pronto cercados por Gambara para ser trasladados a los horrores de Albatera, Santa Bárbara e infiernos de parecidas llamas. Pero aludo a mis lecturas, sin pontificar, a pesar de que las fuentes que referencio están prestigiadas por su reconocida objetividad.

    En cuanto a Negrín, los historiadores también se dividen entre quienes lo ensalzan y quienes consideran su actitud más turbia que limpia. Como siempre, lo políticamente correcto pretende imponer sus tesis y en esta última época el personaje goza de cierta estima. Tal vez dentro de unos años descienda algunos peldaños para ser superado por otros nombres hoy censurados. En el tiovivo manipulado del relato los héroes cambian de posición con los villanos.

    Y respecto a Marías, no conviene olvidar que en Madrid sufrió durante años persecución implacable por parte franquista, hasta conseguir de hecho un linchamiento intelectual del que le costó sobrevivir. De esto no informa solamente su hijo Javier, si bien es verdad que en la mayoría de sus novelas aprovecha para recordarlo mediante una cuña no siempre oportuna. Habrá que comprender su postura y disculparla.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El estudio más riguroso con que contamos hoy en día sobre Negrín es el firmado por Enrique Moradiellos. A él me remito.
      Y en cuanto a Julián Marías (cuya obra he leído y admirado mucho) en el relato solo se afirman dos hechos incontrovertibles: que estuvo ligado al golpe de Casado (lo defendió desde las páginas del ABC republicano) y que también se le relacionó (busque las referencias periodísticas en Internet) con los ideólogos del golpe argentino.

      Eliminar
    2. Será el más riguroso en su opinión, no pontifiquemos. En la mía, y no creo que sea yo el único, a Moradiellos hay que leerlo asumiendo desde el primer renglón su descarada tendencia a explicar la historia desde babor, como les ocurre a Santos Julia y Fusi.
      Esto no resta un ápice a mi agradecimient a Moradiellos por haberme descubierto la repugnante actitud de Inglaterra hacia la República en la primera fase de la contienda. Pocos conocen este acontecimiento y siguen considerando aliados a quienes los abandonaron hipócritamente por miedo a disgustar a Hitler. De haber intervenido Baldwin, tal como su supuesta ideologia democrática debería obligarle, tal vez nuestra tragedia hubiera durado escasos días.
      Curiosamente, al terminar nuestra guerra y comenzar la mundial, los demócratas españoles confundieron el hecho de que Alemania fuera su enemigo con el de que los aliados fueran sus amigos. Ignorancia masiva, mala memoria o gran capacidad para el perdón.

      Eliminar
    3. No es mi opinión. La biografía de Negrín por Moradiellos es la más rigurosa y documentada publicada hasta la fecha. Esto es lo que opina el común de los historiadores, coincidan o no con la orientación ideológica de Moradiellos.

      Eliminar
    4. Yo creo que Inglaterra y Francia fueron neutrales para con la guerra de España igual que esta lo había sido años atrás para con la guerra de Europa. ¿De dónde sale la idea de que un país tenía que inmiscuirse en los asuntos de otro y tomar partido por su cara bonita?

      Eliminar
  2. Supongo que es una conjetura.

    Negrín quería alargar la guerra porque vaticinaba el inminente estallido de una guerra de ámbito europeo (de hecho así sucedió pocos meses después) y esa internacionalización del conflicto era la única esperanza de salvación de la República.

    Temía además (con todo fundamento: los hechos lo demostraron) la crueldad represalial del bando contrario.

    No debió ser una opción fácil para él: alargar la guerra (con todas las muertes adicionales que ello acarrearía) o permitir que los defensores de la República quedasen a merced del otro bando y de su sanguinaria represión.

    Parece que en esa terrible disyuntiva Negrín prefería lo primero.

    ResponderEliminar
  3. Lo de confiar en la guerra europea, que vendría pronto, seguramente es verdad. Pero el pacto Stalin-Hitler eliminó cualquier esperanza y dejó desconcertados a los comunistas. Más verosímil parece que, si Negrín pretendía continuar la lucha en la zona centro, era para poder llegar a un final de la contienda que no fuera una rendición sin condiciones.

    ResponderEliminar
  4. "Todo el mundo sabe cómo se desarrollaron esos hechos. Lo que pocos saben es que fueron recibidos con alivio por Negrín y que QUIZÁ (!) el propio Negrín les dio el impulso final ante los retrasos y las dudas de los golpistas".
    "Pero les estaba hablando de Segismundo Casado y de LAS PRUEBAS QUE TENGO DE QUE SU GOLPE FUE RECIBIDO CON ALIVIO (!), si no propiciado, por Negrín".
    Demasiado arriesgadas esas conclusiones a que ha llegado Martín; que yo sepa, por ahora (y menos por entonces) no se ha inventado un "alviómetro" que mida el estado anímico de las personas en determinadas situaciones. Y ese QUIZÁ frisa lo temerario.
    Soy de la opinión más extendida: Negrín especulaba con el estallido de la guerra en Europa y con las consecuencias que pudieran derivarse de ella, que podrían favorecer la causa republicana. Este -a diferencia del incauto Besteiro- sabía qué se podía esperar de eventuales negociaciones con Franco: sus tres años de comandancia brutal se lo habrían dejado claro.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Entérate bien de los principales testimonios de esos días de marzo y luego opina, F. Negrín estaba negociando la paz, una paz que permitiera salir de España a quien lo deseara. Lo de la guerra mundial tiene mucho de justificación a posteriori. Tras el pacto de Stalin con Hitler poca esperanza les quedaba a los que luchaban en España, con el apoyo de la URSS, contra los que eran apoyados por los alemanes.

      Eliminar

  5. Querido José Luis:
    Continúo con estas líneas la conversación telefónica que mantuvimos hará una semana. Te doy unos cuantos datos que he reunido a manera de descargo de las acusaciones al coronel Segismundo Casado. Al final, en una breve coda, dejo clara mi disposición a reivindicar a Julián Marías, cuya coherencia merecía mejor trato del que le dan —en mi opinión, muy injustamente— Rafael Sánchez Ferlosio o Gregorio Morán. Porque acaso interesen a los más curiosos y porque me ayudan a justificar mi opinión respecto de tu última aportación a Café Arcadia (20 de julio de 2018), te hablará brevemente de mi familia y su sino en la Guerra Civil y tras la contienda.
    Como he dicho en otros lugares, y no siento empacho por repetirlo, mi familia formaba parte del pequeño campesinado, aunque concretamente la familia de mi padre no era de agricultores sino de pastores. Por mi lado materno, la Guerra Civil no enfrentó a nadie; en cambio, por el paterno, se dio un caso de lo más llamativo: el de mi tío-abuelo Julián García Gómez. Como los demás guardias civiles, se le convocó al Alcázar de Toledo en julio de 1936, por lo que sufrió el duro asedio de los republicanos y se hizo merecedor de la Cruz Laureada de San Fernando colectiva. Lo que resulta sorprendente es que sus hijos Baldomero y Julián fuesen tenientes en campaña (figura equivalente al alférez provisional del Bando Nacional) y que, durante la Guerra, tuviesen a su padre como adversario.
    La relación entre todos los miembros de mi familia paterna era magnífica: sin sombras ni fisuras; de hecho, en mi infancia, muchos domingos íbamos a la casa del tío Julián y la tía Eduvigis, en la avenida de los Hermanos García Noblejas (hoy, por la ley de Memoria Histórica, Institución Libre de Enseñanza). Recuerdo aquellas visitas porque para Félix, mi hermano, y para mí resultaban soporíferas, ya que mi padre y su tío apenas articulaban palabra y se limitaban a intercambiar cigarrillos: mientras mi padre sacaba sus Celtas cortos, el tío Julián tiraba de la petaca con picadura de Ideales. Por cierto, el tío Julián siempre lleva la cabeza con una boina de tamaño notable.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Este es el comienzo de un largo comentario de Ángel Gómez Moreno, que he subido yo con su autorización al blog.

      Eliminar
  6. Mi tío Pedro era el mayor de los cincos hermanos y, como cabo primero de Artillería que había sido en el servicio militar, se incorporó con el empleo inmediatamente superior: el de sargento; no obstante, poco tiempo después fue nombrado comisario político de compañía. Acabada la Guerra fue condenado a muerte, que pronto (por no tener delitos de sangre) le fue conmutada por cadena perpetua. Transcurridos unos años, salió del penal de Ocaña, donde coincidió y tuvo trato, entre otros, con Antonio Buero Vallejo, que en 1948 se hizo famoso gracias al Premio Lope de Vega de Teatro. En democracia, mi tío se incorporó al ala más moderada del socialismo: el PSOE (Histórico) de José Prat. Luego, cuando este partido se fusionó con el PSOE, fue nombrado secretario de la Agrupación Socialista de Arganzuela y luego como presidente honorífico.
    Su caso nada tenía que ver con el de su hermano Ángel, mi padre, que marchó a combatir con sólo 16 años (he de añadir que lo hizo sin contar con el consentimiento de mis abuelos) y se formó como suboficial en la Academia militar de El Pardo. Este centro de instrucción, del que casi nada se sabe, lo había creado el general José Miaja y estaba al mando del teniente coronel Antonio Ortega, que acabó oscilando del socialismo al comunismo y perdió la vida a resultas de los combates entre las dos facciones en que se dividió el Ejército Popular de la República en febrero de 1939. De aquel centro de instrucción, salió mi padre para el Frente de Madrid con empleo de sargento de Infantería y especialidad en ametralladoras. Nada más incorporarse a su destino, se le consideró idóneo para el mando de un pelotón de escucha, sin duda alguna el destino más peligroso en la ya de por sí peligrosa primera línea de fuego.

    ResponderEliminar
  7. Las escaramuzas estaban a la orden del día: unos encontronazos en los que, como arma ofensiva y defensiva, se recurría, sobre todo, a la granada o bomba de mano (mi padre las llamaba de la segunda manera). Para ese cometido, se precisaba un suboficial joven (ya sabemos que, en la juventud, el valiente es temerario), con nervios de acero y una lealtad a toda prueba, virtud esta especialmente necesaria cuando la derrota republicana estaba cantada. Hemos de tener en cuenta que, en cualquier frente de batalla, los soldados en misión de escucha ocupan la posición más avanzada, por lo que tienen muy fácil pasarse al enemigo. Añadiré que mi padre cumplió la función que le asignaron hasta el último día de la Guerra Civil, cuando el coronel Adolfo Prada rindió la ciudad de Madrid al coronel Eduardo Losas.
    Con estos antecedentes familiares, el lector entenderá mi desacuerdo con quienes defienden que habría convenido diferir el final de la Guerra Civil hasta convertirla en un preludio de la Segunda Guerra Mundial. Para Edmundo Martínez Aragonés, comisario inspector del Ejército del Centro y socialista negrinista (Los vencedores de Negrín, México DF: Ediciones Roca, 1976), y para Ángel Viñas (“Playing with History and hiding treason: Colonel Casado’s untrustworthy memoirs and the end of the Spanish Civil War”, Bulletin of Spanish Studies, 91 [2014], 295-323)—, el destino de España habría sido el mismo de las naciones que derrotaron a los nazis, una eventualidad irreal que ni me planteo. Para tomar la decisión adecuada, habría sido necesario un adivino, ya que la URSS, que acabaría derrotando a Alemania, firmó el Pacto Ribbentrop-Mólotov unos días antes de que Polonia fuese invadida por las tropas alemanas; además, hay que tener presente que en 1939 muchos consideraban imposible la derrota de Alemania.
    A la prolongación de la Guerra Civil sólo se le ve algún sentido cuando los hechos se analizan desde la atalaya privilegiada de la Historia. Estamos ante un razonamiento post eventu o “a toro pasado”. Yo, particularmente, pienso que la decisión de los socialistas moderados (encabezados por Julián Besteiro, catedrático de Filosofía de la Universidad Central) y por los anarquistas fue, como poco, razonable, ya que la derrota de la República era inevitable y urgía cortar una sangría en la que la verdadera perjudicada era la juventud española, diezmada en los distintos frentes en que se luchaba. Discrepo, sobre todo, cuando Ángel Viñas se refiere a la traición del coronel Segismundo Casado, con una interpretación torticera de su regreso a España en 1961 (téngase en cuenta que el general Vicente Rojo Lluch, jefe del Estado Mayor del Ejército Popular de la República, había regresado en 1957) y, sobre todo, su solicitud de readmisión en el Ejército español con el empleo de coronel que tenía al final de la Guerra. Me duele, querido José Luis, que tú también lo califiques de traidor.

    ResponderEliminar
  8. El segundo objetivo de Viñas es Cipriano Mera, líder anarquista nacido en la barriada madrileña de Tetuán de las Victorias. De su proverbial destreza en el mando de grandes unidades queda esta nueva prueba: fue él quien se encargó de neutralizar las unidades comunistas que mandaba el coronel Luis Barceló, que cayó prisionero y, tras juicio sumarísimo, fue ejecutado. Los principales combates se produjeron en Canillejas y en la Cibeles; de hecho, los impactos que aún podemos ver en la fachada del Palacio de Linares o Casa de América son el resultado de esta pequeña Guerra Civil dentro de la Guerra Civil. Así, todo acabó gracias a la “traición” de Casado y Mera, que salvó muchas vidas e hizo posible que algunos viniésemos a este mundo. No creas que me excedo al expresarme en estos términos: dado su peligroso destino, la vida de mi padre pendía de un hilo (raro era el día que regresaba a su base con su pelotón completo), por lo que, en su caso más tal vez que en otros, retrasar el final de la Guerra habría supuesto un incremento casi exponencial de sus probabilidades de morir en combate.
    Dejo aquí mi comentario, no sin antes añadir que los ataques a Julián Marías son dolorosamente injustos. También quiero dejar claro que ninguno de mis familiares cercanos murió en el frente: sólo mi padre estuvo a punto de perder la vida en Teruel, donde fue gravemente herido por una bala explosiva. Peor suerte les cupo a dos familiares lejanos (primos terceros, según mi padre) que, nada más traspasar la frontera francesa, fueron detenidos por la Gendarmerie, que se los entregó a la Gestapo. Lo que pasó después no cuesta nada imaginarlo, ya que sus nombres figuran en la relación de españoles muertos en el campo de concentración de Mauthausen.

    ResponderEliminar
  9. Los anteriores comentarios, un artículo extenso dividivo en partes, se publican a petición del autor, el caterdrático Ángel Gómez Moreno. Me parecen sumamente ilustrativos y documentados. Que cada lector forme su propia opinión.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Estoy de acuerdo, esa impresión he sacado yo después de muchas horas dedicadas a conocer el triste drama de nuestra historia. Salvar vidas debe prevalecer algunas veces sobre ideologías y convencimientos, sibre todo cuando oponerse al invasor solo consigue escribir paginas epicas. Por eso la ucronía de lo que hubiera ocurrido si el 6 de noviembre Franco hubiera entrado en Madrid es un estribillo que a menudo me repiquetea. Digamos que "no pasaron" y luego fue mucho peor. No hablo de rendición republicana, sino de que su resistencia no llegara a ser inútilmente numantina. El dolor y el odio se hubieran reducido a la centésima parte.

      Eliminar
  10. Empezaré aclarando que yo ni soy historiador, ni lo pretendo, ni gozo de acceso alguno a fuentes privilegiadas, esto es, que no sean de público conocimiento.
    Dicho esto, me pregunto cómo es posible que, transcurridos casi ochenta años desde el final de una guerra que ganaron los golpistas, todas las suposiciones que de siempre ha manejado su propaganda para tratar de justificar lo injustificable no hayan pasado nunca de eso: de suposiciones sin ninguna prueba mínimamente sólida. ¿Tan ineptos eran, y son todavía, que con todo a su disposición (vuelvo a recordar que la guerra la ganaron ellos), con libre acceso a toda la documentación que hubiera podido interesarles y control de todos los organismos y medios en España, han sido incapaces de encontrar ninguna?
    En todo caso, y sea como sea, habrá que limitarse a los hechos comprobados, a saber: que Franco y sus muchachos dieron un golpe de Estado de extrema violencia contra un gobierno legítimamente constituido, que degeneró en una guerra civil en la que los golpistas no tuvieron el más mínimo escrúpulo y emplearon, de un modo deliberado y sistemático, el terror como arma (recordemos alguna de las barbaridades de Mola, por ejemplo la de "sembrar el terror... eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros", o el célebre "he dicho a cualquier precio" de Franco en la entrevista con Jay Allen), con el resultado de la implantación de una dictadura sangrienta de casi cuarenta años (para no referirse a la represión durante y después de la guerra).
    Las especulaciones sólo se justifican a falta de hechos probados. Lo otro es como lo de los voceros de la extrema derecha, que aún hoy siguen con su cantinela de que el 11-M ocurrieron cosas muy distintas de lo que se ha dicho, pero que hasta ahora (ni en el futuro) se han dirigido, por ejemplo, a los tribunales europeos para denunciar y probar ese, según ellos, fraude judicial.
    No confundamos la propaganda con la Historia. No es una buena idea.

    ResponderEliminar
  11. No se sabe muy bien a qué viene este comentario, Jose. Aquí no se trata del golpe del general Franco, sino del que protagonizó el coronel Casado con pretextos semejantes (anticiparse a un golpe que preparaban los comunistas manipuladores de Negrín).

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Decir que Casado obró con pretextos semejantes a los de Franco me parece una ligereza.
      Y tampoco Negrín fue un idealista integro, por mucho que Moradiellos se esfuerce en mitificar su biografía. Desde su exilio dorado en Londres no se comportó con los compañeros masacrados en los campos de concentracion franceses con la sensibilidad solidaria que le obligaba.

      Eliminar
    2. Ambos pretendieron anticiparse a un golpe preparado por los comunistas. En eso coincidían. Yo no he hablado de otros aspectos. Tampoco de si Negrín era o no perfecto; por supuesto que no.

      Eliminar
    3. Trataré pues de explicarme mejor.
      Habla JLGM en su respuesta de "un golpe preparado por los comunistas", como habla en el texto de la entrada de supuestos hechos "que pocos saben". Dado que una y otra cosa, de conocerse y probarse más allá de cualquier duda, hubiesen constituido una excelente justificación para la intervención de Franco y sus muchachos (vale decir: aquí tenéis las pruebas de que la República, lejos de ser ese régimen integrador y respetuoso de todas las ideas que siempre ha predicado, era en realidad cosa en manos de grupos dominados por un sectarismo fanático y feroz, que no aceptaban otra cosa de hecho que la imposición de sus propios planteamientos, y que ni siquiera estaban de acuerdo entre sí o se respetaban mutuamente), ¿cómo es posible que a estas alturas, con el Estado y todos sus recursos en manos durante casi cuarenta años de los vencedores, esas pruebas indudables (que tanto les hubiera interesado mostrar) no hayan aparecido nunca? ¿No será porque no existen?
      Y, si es así, ¿no será que no existen porque los hechos que supuestamente probarían nunca sucedieron, al menos de ese modo?
      ¿Y no valdrá más, en lugar de seguir dando vueltas eternamente a rumores sin pruebas, atenerse a los hechos, a los tristes hechos, que están más allá de cualquier duda?
      (Supongo que ahora sí se me habrá entendido).

      Eliminar
    4. Sigo sin entender. Casado coincide con Franco en que una de las justificaciones de su golpe era anticiparse a un golpe inminente de los comunistas. Se sabe que no era cierto ni en un caso ni en el otro. Ningún historiador serio da vueltas a esos rumores sin pruebas, pero nadie puede impedir que tertulianos de extrema derecha (o no) sigan refiriéndose a ellos.

      Eliminar
    5. Bueno, al menos hemos aclarado eso aquí (o ya lo estaba, y yo no me había enterado): que "Se sabe que no era cierto", y que "ningún historiador serio da vueltas a esos rumores sin pruebas". Es un modo de evitar confusiones (que las hay).

      Eliminar
  12. Miguel el Entrerriano23 de julio de 2018, 0:32

    Del coronel Casado sólo se puede decir que no fue un traidor en un sentido trivial y semántico: porque "los suyos", los finalmente suyos, eran los sublevados, los franquistas. Y fue fiel a ellos desde su encarnizado anticomunismo. (No un anticomunismo ético, antiviolencia, sino ideológico y de clase: QUERÍAN una sociedad de privilegiados y de siervos, como bien prueba Gerald Brenan en El Laberinto Español; las purgas de Stalin fueron en 1937-38, y de ellas apenas se sabía entonces). Casado mostró una ingenuidad y una irresponsabilidad temerarias, que terminó pagando. Su iniciativa golpista, al parecer, se apoyaba en vaguedades sobre el honor militar y en convicciones sin fundamento del tipo "sólo los generales podemos detener la guerra" y "estoy seguro de que puedo conseguir de Franco mejores condiciones que Negrín". Zonceras. Estas ensoñaciones sin garantías terminaron poniendo en manos de la crueldad de los sublevados a varias decenas de miles de republicanos. Para Hugh Thomas, Casado nunca entendió la clase de guerra en la que estaba implicado. Nunca captó que la meta de Franco era erradicar y aniquilar hasta la última brizna de pensamiento izquierdista "a cualquier precio". Para el africanista Franco, eliminar civiles era peccata minuta; rechazó cualquier final negociado de la guerra y sólo aceptó la rendición incondicional. Casado, como Miaja, terminaron en una versión nueva del "Roma no paga a traidores", un poco como parias en la España de posguerra, y nunca integrados en ella.

    Según Hugh Thomas, historiador derechista y sin embargo honesto (desaparecido en 2017) Negrín negoció largamente, con emisarios franceses e ingleses, una paz acordada, pero no tuvo más opción que continuar la resistencia por la exigida rendición sin condiciones.

    Se especuló un tiempo sobre el papel de Julián Marías en el golpismo argentino. Aparte de las indudables simpatías ideológicas en una persona católica y de orden, y de las conocidas compañías, nunca llegué a saber que se le probase nada. Por pusilanimidad, por indecisión, por escrúpulos (después de lo visto en España) yo no veo al personaje tomando parte activa en una conspiración. Ni tampoco a los milicos fiándose del filósofo beato y eclesial. Honor, digamos de paso, al escritor católico François Mauriac, que se implicó en iniciativas para aliviar el sufrimiento de los españoles en guerra y criticó la postura partidista de la Iglesia oficial a favor de "el caballo de Atila".

    ResponderEliminar
  13. No entiendo por qué el catolicismo de algunos de los protagonistas de este periodo de nuestra historia despierta tantas suspicacias. A este respecto, es de lo más revelador que de Manuel García Morente, catedrático de Filosofía desde 1912 y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central desde 1932, haya infinitos elogios antes de su vuelta a la fe y de su decisión de ordenarse sacerdote en 1940. De ahí en adelante, lo mejor que cabe esperar es el silencio con que, casi por norma, se rodea su figura.

    Ni Marías ni su esposa, Dolores Franco, se limitaron a buscar remedio a sus fatigas personales, sino que pusieron todo su empeño en propiciar la reconciliación entre españoles y apostaron por una reacción regeneracionista, imprescindible entonces como hoy mismo. Recomiendo leer la presentación que Marías, viudo desde 1977, hace de la reedición del bello libro de su esposa en 1980:

    http://www.javiermarias.es/PAGINASDEVARIOS/prologodejulianmarias.html.

    Claro está que me refiero a La preocupación de España en la literatura (Antología), Madrid: Adán, 1944.

    Ese mismo deseo se capta en obras tan imprescindibles como la de Manuel Tagüeña Lacorte, Testimonio de dos guerras, México: Oasis, 1973; o en las memorias de quien fuera su esposa, Carmen Parga, Antes que sea tarde, Madrid: Compañía Literaria, 1996. Tras interiorizar estos y otros títulos (la relación que se me ocurre es extensa), es probable que dejásemos de traer la Guerra Civil al presente, algo que sólo puede tener unos efectos perniciosos.

    Ángel Gómez Moreno

    ResponderEliminar
  14. Gracias por compartir tan interesante información.

    ResponderEliminar
  15. Demetrio Cárdenas24 de julio de 2018, 12:42

    Hay entre los comentarios un par de preguntas sorprendentes. Una es de María Taibo: "¿De dónde sale la idea de que un país tenía que inmiscuirse en los asuntos de otro y tomar partido por su cara bonita?"
    Pues la idea puede salir de sus Constituciones o leyes fundamentales que mencionan la dignidad y el valor de las personas, con independencia de las fronteras que las incluyan, una vez demostrado que se las está asesinando por sus ideas, persiguiendo y juzgando sin garantías.
    La otra pregunta, indirecta, la hace el profesor Gómez Moreno cuando dice no entender por qué el catolicismo de algunos despierta suspicacias. ¿Cómo no iba a despertarlas, cuando la jerarquía eclesiástica se puso de lado de los golpistas de modo incondicional, a pesar de sus conocidos crímenes, desafueros e injusticias?

    ResponderEliminar
  16. Al flemático don Pedro Álvarez, esta prosa deliciosa (Cortázar en la lontananza) que me ha salido. Y no soy culterano como otros sino luterano. Pa que aprenda modales (literarios):

    Sálvame el pullover, mamita,
    sálvalo de la mugre que le viene pegada
    desde que frecuento aquella trattoría infecta vicina alla stazione Termini.
    Hecho a los gustos de la pulcra Minnesota, me acodo sin caución en los veladores de los cafés del mundo. Aquí, en esta Roma cochambrosa, sufro las consecuencias de la fe en lo bien hecho que infunden los colegios luteranos y el recato de los excusado para el hombre blanco. Y las coderas de mi pullover pagan las consecuencias, impreso el algodón de aceites y polentas servidos sobre un mármol puede que sustraído a los fastos palatinos o pecio del naufragio de alguna basílica paleocristiana. Una vez vi que un "cave canem" figuraba en una esquina de una mesa de café en Civitavecchia.
    A quienes por tan poco tienen el legado de sus gloriosos ancestros poco va a preocupar el aliño indumentario de los frugales anglosajones.
    Salva pues, mamy, my pullover, que sabes que tan bien me sienta y que prendó de él -y yo dentro de él- a Sandra Morricone, la girlfriend que me eché en una recepción de la embajada.
    Save it for me.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por su cariñosisima dedicatoria.

      Eliminar
  17. Gracias a Casado nos ahorramos miles de muertos. Eso a Negrín le importaba poco. Moradiellos es un sectario, lean a Payne.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que el ahorro fue solo entre los franquistas. Gracias a Casado hubo una propina de dos mil muertos más (todos republicanos).

      Eliminar
    2. Mejor a Antony Beevor, porque tuvo la oportunidad de escribir sobre nuestra guerra después de que Rusia permitiera acceder en fecha reciente a sus archivos, dónde la información recogida al respecto ha resultado de un valor incalculable para los historiadores.

      Eliminar
  18. Hay cierta maldad, Demetrio Cárdenas, en quienes argumentan como la señora Taibo; una maldad no sé si congénita o adquirida, que da fe del desdén despiadado de quienes parece que han venido al mundo para "salvarse" al modo de Noé y demás familia. Porque son muy religiosos estos ejemplares, no se crea. Una variedad de esquizofrenia y no de las más benignas. Pero, tranquilos, que su Dios les ha de pedir cuentas.
    En cuanto a que personas muy impuestas en latines y filosofías diversas den resbalones puede que hasta irrisorios... Nadie es perfecto, queda claro.
    PS.- Desconfío de la lucidez de quienes cifran su porvenir en una quimérica supervivencia post mortem: ¿qué clases de filosofía puede salir de una mente que piensa que en este mundo no se mueve una brizna de hierba sin que el Altísimo lo tenga así dispuesto? ¿Qué clase de locura es esa que hace que una persona que dice acomodar su vida terrenal a los Mandamientos del Sinaí apoye a toda laya de criminales y tiranos, o se diga feligrés incondicional de una Iglesia Católica que parece que ha unido su destino al de aquellos?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Puestos a escatología, recordar que San Negrín fue un putero redomado que tal vez esté tostandose en la sarten de Satán por su descarada práctica de la gula. Dos pecados mortales descalifican a cualquiera.

      Eliminar
    2. Sí, don Pedro. Y además murió sin pedir confesión.

      Eliminar
  19. Demetrio Cárdenas26 de julio de 2018, 11:21

    Qué se le puede decir, señor F, sino que tiene usted mucha razón. Y sin embargo la creencia religiosa es universal, y no parece haber una sola cultura que se salve de la dudosa protección, ni de la molesta vigilancia, de su correspondiente "altísimo" (en algunos casos suplantado por algún Gran Hermano o por El Partido).

    Muchos han explicado la universalidad de la religión y de la idea de "vida eterna", a veces con gran finura y acierto. El horror al vacío y a la Nada, la angustia ante la desaparición física, el terrible e inaceptable dolor por la pérdida de seres muy queridos, la necesidad de Justicia no hallada en este mundo, junto con ciertos rasgos de la psicología humana (como el sueño y los diversos niveles de consciencia) han propiciado la aparición de tan curiosa "ilusión óptica". Pero siempre ha habido humanos con suficiente entereza como para rechazar sofisterías. Más aún, en vista de lo que tenemos y de adónde vamos, hay más de uno que espera el alivio del no-ser.
    Saludos cordiales.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Aunque la deriva que ha tomado el intercambio de opiniones y noticias sobre el asunto planteado por García Martín ha dejado de interesarme (pues ha dejado de serlo para dar en algo que nada tiene que ver), aun me atrevo a recomendar la lectura de dos testigos privilegiados de los combates por Madrid (creo no equivocarme en la cita de ambos títulos, que hago de mi memoria): José Caballero, Diario de un capellán de la Legión (1976) y Juan Urra, En las trincheras del frente de Madrid (1966). El primero se encuentra con cierta facilidad; el segundo, en cambio, rara vez sale a la venta (y, cuando esto ocurre, ronda los cien euros). Al Sr. Cárdenas, le desaconsejo expresamente su lectura de ambas obras; en mi opinión, si no lo tiene, más le interesará buscar algún ejemplar (si es que hay alguno en venta, cuyo precio no bajará de los trescientos euros) del libro de Julián Zugazagoitia, Historia de la Guerra en España (1940), que leemos en la versión deturpada (y ajena a la mano de Zugazagoitia, que fue ejecutado el mismo año en que salía la citada edición bonaerense de esta importantísima obra): Guerra y vicisitudes de los españoles (de la que, por ejemplo, parten las versiones sobre las que trabaja Santos Juliá). En cualquier caso, desde estas líneas saludo a todos.

      Ángel Gómez Moreno

      Eliminar
    2. Yo no aconsejo leer esa obra de Zugazagoitia. La encontre simplista y escandalosamente tendenciosa: los buenísimos y los malísimos. La historia contradice esa postura, a no ser que busquemos ciegamente en ella lo que nos agrada conocer.

      Eliminar
    3. Qué bobada, Pedro Álvarez. Ese no el libro de un historiador distante, sino de un directo protagonista de los hechos, escrito con una serenidad y una buscada objetividad admirables. Su autor fue fusilado poco después de publicarlo. Un hombre ejemplar.
      Con todos los respetos por la disparidad de opiniones, creo que es conveniente orillar a ciertos comentaristas y seguir el sabio consejo de Ángel Gómez Moreno.

      Eliminar
    4. De la guerra civil estoy bastante más informado que usted, por eso discrepamos. La insinuación al orillamiento resulta inadmisible. Y tampoco cometa otro error facilón, pensando que quien no es del Betis tiene que ser del Sevilla.

      Eliminar
    5. Pues admisible o no, orillado queda. Esta vez es la última vez que respondo, si es que esto es responder. La condición de interlocutor se gana y se pierde. Y hace tiempo que, al menos en lo que a mí respecta, la ha perdido.

      Eliminar
    6. Diga mejor que en esta aldea solo admitimos a nuestros aldeanos. Y no se crea usted un intelectual, porque le puede más la ira sectaria que el cerebro. Un pensador no puede vivir apuntalado en dogmas baratos.

      Eliminar
  20. Yo también recomiendo leerse el libro de Julián Zugazagoitia. A mí no me interesa mucho la historia pero lo leí porque estaba en la biblioteca de mi padre. Por suerte que lo leí. Un gran libro con muchas lecciones. Si los buenos eran buenísimos pues no lo sé, pero que los malos eran malísimos estoy seguro. Eran asesinos desalmados sin otra meta que liquidar a todo disidente, aunque les hubiese hecho favores. Zugazagoitia había ayudado a escapar a zona rebelde a varios de derechas por simple humanidad. Uno creo que fue un escritor W. Fernández Flores, que salvó la vida gracias al socialista Julián. No le valió, en 1940 fusilaron a Julián en Madrid, junto a las tapias del cementerio de la Almudena.
    Pero hay ejemplos a patadas, como el cabrón cacique que cortó la mano a un niño pobre porque arrancaba flores de su seto. O los intentos que hicieron de condenar y ejecutar al Ángel Rojo, un anarquista que había salvado del fusilamiento a miles, sí, sí miles de detenidos franquistas. Dos juicios le hicieron para acabar con él y de poco servían los miles de sublevados que ayudó. Se llamaba Melchor Rodríguez, y al final tuvo que aparecer el comandante máximo de la División Azul, general Muñoz Grandes, al cual también lo había salvado Melchor, para declarar en el juicio en favor del anarco, y tampoco bastaba. Entonces el general sacó de la cartera un rollo de folios llenos de firmas de gente de derechas, curas y demás, declarando la bondad y las buenas acciones de Melchor. Sólo así consiguió escapar de la muerte. Ojo, no de la cárcel. O sea que malísimos claro que eran, de lo peor que ha dado el género humano. Esto no lo digo yo, sino gente muy especializada como Gibson o Preston, que vienen a decir que en cuanto a arbitrariedad con los civiles y carácter sanguinario dejaron cortos a los alemanes nazis.

    ResponderEliminar
  21. No te preocupes, don Pedro, que este culterano sí te va responder si se tercia; aunque sea para cascarte. Eres tan palizas como servidor y puede que nos echen a la par: aunque yo a Boston, tú pa California.
    Que le conste a Martín que el señor Álvarez también dice verdades, como cuando denuncia el infame comportamiento del gobierno de Londres (el de París no le fue a la zaga) para con la República Española, a la que se puede decir que abandonó (abandonaron) a su suerte no solo por cobardía ante el empuje del III Reich, sino por mezquina animadversión y temor ante la consolidación del Frente Popular. La clase social de los dirigentes europeos pintó mucho a la hora de decidir de qué lado se posicionaban, Está claro que prefirieron la derrota de la democracia española. Caro lo pagaron, que la hecatombe que sobrevino poco después, con su secuela de cincuenta millones de muertos, fue un precio demasiado alto que hubieron de pagar. Bueno, los infames que decidían no: como siempre el pueblo llano de sus respectivos países.
    Tratar de comparar la traición de Casado (Besteiro, Miaja, Mera...) con los intentos de Negrín para que Francia en Inglaterra mediaran en una eventual deposición de las armas, es una falacia. Casado obró desde el conocimiento de que iba a suceder una masacre inmensa (cuando entraron los "nacionales" en Madrid se encontraron con los calabozos atestados de comunistas, que fueron diligentemente asesinados); sin embargo Negrín cae de su peso que trataba de utilizar la influencia (que pudo ser coactiva) de las potencias democráticas europeas para que el instinto sanguinario de Franco (y compañía) se viera minorado en gran parte. Nada se pudo hacer dada la intransigencia del "caudillo"...; aunque vete tú a saber si este no afrontó impávido el envite (¿lo habría habido?) porque le constaba la "neutralidad" cómplice de los gobiernos de esas naciones.
    Y, como dice más arriba Pablo M., ante un terrible dilema como este, ante la certeza de una venganza sangrienta si había rendición incondicional..., Negrín optó por resistir.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No solo abandonaron a la República, sino que al hipócrita Pacto de no Intervención en la guerra española le siguió una no menos farisaica aplicación de la supuesta neutralidad, para lo que Baldwin dispuso el despliegue de su potente flota en el Mediterráneo con el fin de impedir la llegada de armas a los contendientes. La tercera parte de la farsa, la más cruel, consistió en que se bloqueó a los barcos procedentes de Rusia y se toleró el paso de los italianos. En esos primeros días está actitud resultó determinante para el transcurso de la guerra.
      Lo curioso, y ya lo he comentado aquí, es que ni entonces ni años después y ni siquiera ahora, se esboce hacia Inglaterra el menor reproche. Me he preguntado muchas veces el objetivo de este silencio y nunca lo he comprendido. Unos ignoraron la afrenta, y los pocos que lo supieron la digirieron sin Omeprazol. A mí me asombra con que frivolidad rubricamos las paginas de nuestra historia aplicando un maniqueismo infantil, y mucho más que quienes nos rebelamos contra las versiones oficiales seamos tenidos inmediatamente por enemigos.
      Al efervescente F le haré saber la siguiente anécdota. Tal tirria le tenía Baldwin a la República, que consistió a Henry Chilton, a la sazón embajador en Madrid, trasladar la legación a San Juan de Luz. O sea que durante la guerra la embajada inglesa en España estaba en Francia. Más desprecio imposible. En fin...los aliados.

      Eliminar
    2. “Caro lo pagaron, que la hecatombe que sobrevino poco después, con su secuela de cincuenta millones de muertos, fue un precio demasiado alto que hubieron de pagar”.
      ¡No puede ser posible! ¡Qué reiteración de pagos! Paga usted dos veces por lo mismo, como los jubilados sus medicamentos.
      Debería usted pagar un café a Martín en penitencia, al que masacró por menos de eso… en estos mismos pagos. La próxima vez ponga usted el alto… en la palabra alto. Y luego un punto. Y punto.
      La frase correcta iría así:

      “Caro lo pagaron, que la hecatombe que sobrevino poco después, con su secuela de cincuenta millones de muertos, fue un precio demasiado alto”.

      Para su próximo pseudónimo le recomiendo "La bien pagá". Aunque tampoco le iría mucho, pues tiene usted más palabrería que salero.
      Lo de "para cascarte" a Pedro Álvarez es una chulería violenta impropia de este espacio, pero el moderador sabrá.

      Eliminar
  22. Me preocupa mucho que la Guerra Civil se viva como si fuese el presente, cuando en unos meses hará ochenta años que acabó y cuando los más de cuarenta años transcurridos desde la muerte de Franco deberían haber servido para poner orden en nuestras cabezas y, sobre todo, para facilitar la vida en nuestra gran casa, España.
    Lo que está pasando en la sociedad española es para preocuparse, pues del revanchismo verbal se está desembocando en una política de idéntico tenor que puede tener consecuencias catastróficas. Me preocupa mucho que, incluso en personas que tengo por juiciosas y ponderadas, hayan anidado tales sentimientos.
    Llevo escritas unas cincuenta páginas de un librito sobre la Guerra y la Posguerra que acaso nunca llegue a publicar, pues no sé si servirá para calmar los ánimos y apagar fuegos, que es lo único que le daría sentido. Aunque aún no le he puesto título, sí tiene subtítulo: Vivencias personales, memoria familiar e historia nacional. En él, entre otras muchas cosas, me ocupo de los mecanismos que hicieron posible que los perdedores de la Guerra, como los miembros de mi propia familia, se integrasen en la vida española; de hecho, esta integración se dio incluso en los sectores que más importan desde un punto de vista ideológico, como el teatro o el cine.
    Por quedarme en este último arte, basta recordar a un director como Juan Antonio Bardem, a un representante como Damián Rabal y a actores como Gila, Lola Gaos, Paco Rabal, Fernando Rey, etc. El caso de los cineastas judíos procedentes de Hungría (con genios como Ladislao Vajda y Enrique Guerner) e instalados definitivamente en España merece mención especial; del mismo modo, hay que tomar en consideración a otro cineasta judío, Samuel Bronston (cuyo apellido verdadero era Bronstein, el mismo de un tal Leo Davidovich Bronstein, alias Trotski, de quien era sobrino), que no sólo era amigo personal de Franco, sino que en 1963 rodó el documental El valle de los Caídos y dejó dispuesto en su testamento que sus restos fuesen traídos desde cualquier lugar del mundo hasta el cementerio de Las Rozas, donde hoy descansan.
    Todo es tan complejo (y, me atrevo a decir, tan interesante) que, antes de nada, exige que no nos quedemos en el mero dualismo maniqueísta. Y, sobre todo, que no nos inflijamos un daño irreparable a cambio de nada.

    Saludos para todos.

    Ángel Gómez Moreno

    ResponderEliminar
  23. PART ONE

    Me extraña, don Pedro, que te extrañe el presunto silencio hecho sobre el infame papelón del gobierno de Gran Bretaña (y de Francia y alguno más) en la Guerra Civil española, porque no me consta que haya existido: cualquier tratado sobre esta tragedia lo pone de manifiesto con suficiente claridad.

    PART TWO

    Eres un mal tomado, don Pedro. Picado porque te amagara con un metafórico cascar y sabedor de mi orgullosa suficiencia en los asuntos de la lengua, te has querido vengar poniendo en evidencia mis vergüenzas estilísticas, cosa que no te niego que me llena de sonrojo y que jamás te he de perdonar: jamás.. Una puñalada traicionera, así lo percibo. Y ante todos...
    Y, además, has hecho -por segunda vez- de acusica con Martín, para que me cobre (+) manía.
    Por consiguiente, ceso en mi noble intención de hacerme con un amigo dextrógiro que atempere mi crispada deriva levógira.
    Con Dios.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No cuela don esdrújulo29 de julio de 2018, 11:27

      “Cascarte” no es metafórico, alude directamente a una agresión física, con fractura de huesos inclusive. Como “partir la cara”, aunque no suene tan violento. Pero sí lo es.
      Metafórico sería “poner en su sitio” a alguien, o “leerle la cartilla”. Por cierto la de F es ilegible de tanto como la recarga alambicadamente (acaba de hacerlo con esdrújulas) para ocultar su escaso fondo y/o esconder la mano. Y además y tal como ha quedado demostrado con un solo ejemplo (se podrían poner otros), sus formas tampoco son tan pulcras como él pretende y como se aventura a exigir a los demás, de manera obsesiva y con escándalo purista incluso, ese es su error.
      Cualquiera se equivoca y, sin embargo, cualquiera puede corregir a otro puntualmente. Pero para hacerlo de manera puntillosa y vigilante hay que ser uno mismo irreprochable (o casi) y usted está lejos de eso, aunque se engañe con retórica.
      Pues eso don F, a cascarla. Que no es muy diplomático ni fino, pero es distinto a “cascar” uno a los demás. Y no es violento.

      Eliminar
  24. Ay, bonus fatum, bonus fatum... Tu destino no es tan bueno: eres demasiado fatu (1).
    1.- Consúltese el diccionario de la Llingua.

    ResponderEliminar
  25. "... con fractura de huesos inclusive"... Jajajaja..., se nota que es domingo y que los tontos tienen permiso para acceder al PC del asilo.

    ResponderEliminar