domingo, 12 de noviembre de 2017

Acción de gracias: Comer lentejas


Sábado, 4 de noviembre
DÓNDE ESTABAS TÚ

Cuenta una anécdota –quizá apócrifa– que cuando Nikita Kruschev pronunciaba, en febrero de 1956, su famoso discurso ante el congreso del partido comunista denunciando los crímenes de Stalin, una brusca voz le interrumpió: “¿Y dónde estabas tú, camarada Kruschev, cuando fueron asesinadas todas esas personas inocentes?”.      Kruschev se detuvo, recorrió con su mirada la enorme sala, los cientos de cabezas expectantes, y luego suavemente dijo: “Agradecería a quien ha formulado esa pregunta tuviera la bondad de ponerse en pie”.
            Esperó unos minutos, nadie se levantó: “Muy bien, ya tienes la respuesta, seas quien seas. Yo estaba exactamente en el mismo lugar en el que tú está ahora”.
            Me gusta imaginarme que yo me habría levantado, pero no estoy nada seguro.


Domingo, 5 de noviembre
LÍNEAS AL VUELO

Ser tan rutinario tiene sus ventajas: Cualquier mínimo cambio se convierte en una aventura.
            Voy por la mañana a Gijón, media hora escasa de autobús, y antes de encontrarme con los amigos que me acompañarán a ver un par de exposiciones, me doy un paseo por la playa de San Lorenzo, entre lluvia y sol, casi desierta, con el arco iris a un lado sobre la iglesia de San Pedro. Corretea un grupo de surfistas, algún perro pasea a su amo, las siluetas se reflejan en los charcos que ha dejado la marea. Esta plácida mañana de domingo sabe a de verdad a domingo, a infancia y lejanía.
            La exposición dedicada a la ilustración y al diseño gráfico asturiano, Líneas al vuelo,  llena varias salas del Antiguo Instituto. Se clausura hoy y por eso he roto mi costumbre dominical del paseo por el Fontán y el Campillín.
            Abarca poco más de medio siglo: las últimas décadas del XIX, las primeras del XX, hasta 1937, cuando Gijón cae en manos franquistas. Ilustraciones de viejas revistas, carteles de fiestas, portadas de libros, vitolas de puros: arte aplicado, el que yo prefiero. Un viaje en el tiempo, desde los años del Madrid Cómico, con sus prohombres cabezones en la portada, hasta los clarines contra el fascismo en los días de la guerra civil. En medio, las nostalgias burguesas de Blanco y negro, las portadas de El cuento semanal, las postales entre el folclore y la picardía que firman Valle o Piñole.
            Volutas lánguidas del modernismo, nítidas geometrías de los años treinta. Arte utilitario, arte al servicio de la cotidianidad, una espléndida lección de la historia que no suele aparecer en los libros de historia.
            Y de pronto, como inesperado fin de fiesta, Nueva York, el Nueva York de Paul Morand ilustrado por Vaquero Palacios. No conocía esta edición norteamericana de un libro que yo leí por primera vez, con fascinación adolescente, en la colección Austral.
            Escritor y pintor aparecen en el primero de los grabados ante la línea de rascacielos. ¿Llegaron a conocerse? Joaquín Vaquero Palacios era un joven becario recién llegado a la ciudad; Paul Morand, el escritor de moda, el que supo reflejar como nadie el espíritu de entreguerras. En el blanco y negro de los grabados, las escaleras de incendios, los depósitos de agua, las vías del tren elevado, los anuncios luminosos, las apresuradas gabardinas, los faros de los coches. El mundo del cine negro, el Nueva York que yo llevo para siempre al fondo de la memoria.
            Esta edición ilustrada se publicó en 1930. Yo no había oído hablar de ella. Como vivimos en un tiempo prodigioso, allí mismo, frente a la vitrina, me entero de que en Amazon tienen a la venta un ejemplar usado por catorce dólares. Lo encargo de inmediato. Hablo luego con Abelardo Linares, que lo sabe todo de libros viejos en general y de Paul Morand en particular. No la conocía. Está interesado en reeditar la obra y va a ver si puede utilizarlos. ¿Querría yo hacer el prólogo? Nada me gustaría más.
            Hace un cuarto de hora no sabía que existía este libro ilustrado por Vaquero Palacios. Ya viene de camino hacía mí desde una remota librería norteamericana, ya me ha encargado un editor sevillano que prologue una nueva edición, ya estoy dándole vueltas a mis ideas sobre el Nueva York de Paul Morand, que era también la ciudad automática de Julio Camba y la angustiosa geometría de Lorca.
            El lema de Paul Morand era “vite et bien”, rápido y bien. Es también mi lema y creo que la primera parte la cumplo a la perfección, la segunda me cuesta algo más.


Martes, 7 de noviembre
AYER Y HOY

Me encuentro en un mercadillo el libro Casos comunicantes, que recoge una serie de coloquios sobre la información celebrados en la Casa de Cultura de Avilés en 1983. Asistieron primeros nombres del periodismo de entonces (algunos de ellos también de ahora): Miguel Ángel Aguiler, César Alonso de los Ríos, José Luis Balbín, Rafael Conte, Máximo, Fernando Onega, Peridis, Fernando Savater.
            Qué lejana, casi medieval, nos parece aquella modernidad. Todo eran loas a El País, ejemplo de rigor informativo. Habla Rafael Conte, que entonces dirigía el suplemento “Libros”: “Influencias económicas en El País no existen porque va muy bien y tiene mucha publicidad. Si un editor dice: ‘Voy a contratar una página de publicidad si usted me hace una crítica’, esa es una forma de presión inoperante, porque El País deja todos los días publicidad sin colocar, no le cabe”.
            Qué remota aquella España, donde para recibir información inmediata era necesario salir de casa con un transistor, donde en la mayoría de las provincias los únicos periódicos existentes eran propiedad del gobierno, donde no había más que una televisión.
            Pero no todo ha cambiado: los jueces de la Audiencia Nacional siguen siendo los jueces de la Audiencia Nacional. Tras el coloquio sobre la crónica política, un “obrero metalúrgico de Gijón” –así se presenta– pregunta por qué no se ha hablado del caso Vinader. Yo lo había olvidado por completo. Xavier Vinader era un periodista de Interviú que se dedicaba a investigar a los grupos violentos de extrema derecha y a las fuerzas parapoliciales que actuaban en el País Vasco. Tras publicar varios reportajes sobre el tema, ETA asesinó a dos de las personas mencionadas en ellos y como consecuencia el periodista fue procesado, se exilió Francia, acabó entregándose con la promesa de un juicio justo. Se le condenó a siete años de cárcel por “imprudencia temeraria profesional con resultado de dos asesinatos”. Hubo una gran campaña a su favor. Terminó siendo indultado por el gobierno de Felipe González.
            No conocía el libro, pero sí asistido a los coloquios. Mientras lo leo ahora, unas veces viajo a la España ilusionada del primer gobierno de González y otras soy el joven de entonces que se asoma sorprendido al cada vez más amenazante presente de ahora.


Miércoles, 8 de noviembre
POR QUÉ SOY TAN ANTIPÁTICO

No pensaba asistir a la presentación del premio Ángel González de investigación literaria, pero me entero de que allí estará Gabriele Morelli, el hispanista italiano, al que me gustaría saludar. Le leo y le admiro desde hace años y me alegra poder charlar con él por vez primera. Me cuenta cómo conoció a Neruda. Era todavía estudiante y preparaba un trabajo sobre Miguel Hernández. Un profesor se lo contó a Neruda, entonces en Milán, y este le invitó a cenar para hablarle del poeta. Ahora está preparando una antología de la poesía política de Neruda.
            No pensaba asistir porque sospecho que a los responsables de la Cátedra no les resultó demasiado simpático, y tienen sus razones para ello. Soy un poco aliens en el mundo universitario: carezco del espíritu de cuerpo, de la solidaridad gremial, no practico el habitual intercambio de favores. Si el primer premio Ángel González de investigación (El sujeto boscoso, de Vicente Luis Mora) era un indigesto bodrio, pues yo no tengo inconveniente en señalarlo así; si en la revista que publican aparece un artículo poco afortunado de algún hispanista norteamericano, pues no dejo de subrayarlo en la reseña correspondiente.
            Ya sé que esas cosas no se hacen: que la crítica académica es un intercambio de flores y gratitudes. ¿Quién va a ponerle peros al libro de un catedrático que mañana puede estar en el tribunal de su oposición? Para entrar en la docencia universitaria es necesario un largo camino en el que  sucesivas pruebas van determinando la capacidad y, sobre todo, docilidad del aspirante. Lo primero que aprende el doctorando es a quien debe adular, con quien conviene tener trato y con quién no.
            Yo soy un cuerpo extraño: trabajaba mientras estudiaba, discutía con los profesores (e incluso en la defensa de la tesis doctoral), seguí otro camino y ahora puedo permitirme el lujo de ir a mi aire. Y lo curioso es que si estoy donde estoy fue precisamente gracias a Ángel González: él conoció mi revista Jugar con fuego, le habló de ella a Jesús Neira, que había sido profesor mío; su mujer, Rosario Neira, que también me había dado clase, sabía que había una vacante de interino, hizo gestiones para dar conmigo, logró enterarse de la aldea perdida en que yo daba clases, me escribió, llegué a tiempo de presentar mis papeles y etc, etc.
            La verdad es que es un lujo llevar cuarenta años en la universidad y poder seguir a mi aire, al margen del más o menos mafioso gremialismo. Algo tiene que ver el carecer de ambiciones y conformarme con el último puesto del escalafón.


Jueves, 9 de noviembre
CASAS DE ACOGIDA

Primero, cuando no tenía dinero para comprar libros, mi casa fueron las bibliotecas públicas; luego, las bibliotecas y las librerías. No todas. Hay algunas frías y distantes, funcionariales, en las que solo se entra para pedir un libro concreto. En las que yo prefiero, se entra también para pasar el rato, para estar a gusto, aunque luego siempre salga uno con algún libro que le estaba esperando y que ni siquiera sabía que existía.
            Solitario en alguna ciudad extranjera, entrar en ellas era como acogerse a un refugio, a una embajada del reino remoto de la felicidad.
            Recuerdo ahora la Feltrinelli de Catania, en la Via Etna, las frías tardes de invierno, o el Barnes & Noble, de Union Square, escenario de tantas jornadas de felicidad, o la cotidiana Cervantes. Hoy añado la Casa del Libro, en Gijón, que había frecuentado poco: cruzo la puerta y es como si entrara en un laberinto sonriente en cuyo centro no acecha ningún Minotauro, sino que aguarda un inagotable tesoro.


Viernes, 10 de noviembre
MI PLATO FAVORITO

Recordaba hace poco una anécdota de Kruschev y hoy me la encuentro en un libro de Anthony de Mello. Junto a ella, esta otra.
            Estaba un día el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía muy lujosamente gracias a su costumbre de adular a los poderosos.
            ––Si aprendieras a ser sumiso al rey –le dijo Aristipo–, no tendrías que conformarte con esas lentejas.
            ––Si aprendieras a comer lentejas –le replicó Diógenes–, no tendrías tú que besarle la mano, y lo que haga falta, al rey.




21 comentarios:

  1. No hace mucho he vuelto de pasar la tarde con mi madre y antes de irme a dormir - apenas se nota el frio en este madrid de los tribunales - me tienta curiosear un rato en este blog. He respondido a Higgins y luego me he adentrado en la página que hoy se ofrece. Acepto que uno de los placeres que con más frecuencia me atraen es el de practicar a cara descubierta el reconocimiento con mayúsculas, (¿será que no padezco complejo de inferioridad?). Me refiero a esta entrada del sr. Martin, que me parece sencillamente deliciosa. No solo es amena y está muy bien tratada estilísticamente, sino que resulta de gran interés y hasta muy ilustrativa. Quiero decir, en definitiva, que mi profunda discrepancia hacia su postura en el contencioso catalán no me impide ni un segundo abrir la sensibilidad a su categoría literaria, que es muy apreciable. Por lo tanto, enhorabuena por su autoría y también muchas gracias por regalarla. Así de claro, así de sincero me expreso.
    En cuanto a "Líneas al Vuelo", qué pena me produce no haber podido visitarla para admirar a José Cuevas (de niño conocí por mi padre no pocas de sus obras) y esas potentes ilustraciones neoyorquinas de Vaquero Palacios o las sugerentes láminas de De las Alas-Pumariño. Piñole me gusta menos y no me cuesta decirlo en voz alta, pese a lo valorado que está. Tampoco pude con el Ulises ni con la Recherche, por poner un ejemplo forzado, y no me avergüenza reconocerlo. Y eso que soy de los que dicen que sobre gustos sí está todo escrito y que el blanco en absoluto "va con todo".
    ¿Será bueno olvidarnos durante unos días de las aventuras y desventuras de los Monty Python para debatir sobre lo que Martín nos sugiere?

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    1. Muchas gracias por sus palabras. Me alegra que todavía se pueda en este país discrepar en unas cosas y coincidir en otras.

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  2. Pareces un hombre sin pecados gremiales. Yo lo creo y es una de las cosas que admiro en ti, pero ¿será verdad que nunca los has cometido?

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    1. Pecados he cometido bastantes. Sobre todo, de soberbia, que creo que son los peores.

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  3. Yo también sigo leyendo con placer este blog, y seguiré comprando y disfrutando de sus libros aunque no comparta ni sus ideas catalanistas ni su admiración por cierto secretario general.Por cierto, ¿cómo se llama su último diario? Gracias.

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    1. El último diario se titula "Razón de más".
      Mi entusiasmo por cierto secretario general, como mi entusiasmo por cierto jefe del Estado, ha disminuido un poco últimamente.

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  4. Don José Luis, se ha colado una errata en el texto. El discurso de Kruschev fue en el 56.

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  5. Me hace gracia cómo el camarada Psico se “retrata” un poco con José Cuevas, cuando lo elige como referente de calidad entre los muchos ilustradores de la muestra gijonesa. Cuevas fue, sin duda, un buen ilustrador costumbrista asturiano, probablemente el mejor que haya dado esta tierra (aunque no llegó al virtuosismos de otros colegas suyos de la época, como por ejemplo el catalán Javier Parcerisa). Este Cuevas de un costumbrismo un poco chaparro (abundan los personajes pequeños y rollizos) mejora en el retrato (algunas litografías son excelentes), pero tendemos a sobrevalorarlo porque no contamos con que en la época del artista abundaban los virtuosos del lápiz, la pluma y el buril. De esto último poco Cuevas, pues los grabados parten de dibujos suyos pero que grabadores como Rico, Manchón o Marichal se encargaron de grabar en virtuosas planchas de metal..., lo que no dejaba de contribuir al resultado final de la obra, yo diría que de manera decisiva. Me choca su firma enmandorlada en un bocadillo de cómic y de letra vulgar.
    Digo que Psico se retrata como gustoso admirador de un arte (artesanía a veces) que envejece mal.
    Al menos le da aprecio a la vigorosa xilografía de J. Vaquero Palacios que, dicho sea de paso, estaba a varios codos por encima de su aplicado vástago, el también pintor y arquitecto J. Vaquero Turcios, que desmerece (pese a pintar y esculpir mono) al lado de su papá.
    Recuerdo la exposición antológica de ambos artistas (1992) en el Revillagigedo de Gijón, en la que quedaba patentente el enorme talento y personalidad de Vaquero Palacios, con unas maneras que -paradójicamente- eran más frescas y directas a medida que avanzaba en edad. Me quedó grabado el trato cariñoso que el hijo pintor deparaba al anciano padre.
    Psico dice que no le mola Piñole..., lo que no deja de ser un juicio de valor honrado pero superficial. Porque una cosa es que no le guste el aparatoso “mosquetero” del inicio, o los retratos de la burguesía local, o sus múltiples selfies, y otra que tenga por menores los prodigiosos retratos de su madre o los bocetos excelentes de su madurez.
    Quiero decir que este menda también sabe hacer el “Psico análisis” cultural de la gente, a través de los flecos que va uno recogiendo del percal de su bata de andar por casa.
    Concluyo diciendo que encuentro coherente el gusto por lo antañón y superado con tener ideas “trasnochadas” (con perdón) referentes al Kaso catalán y al Regimen del 78. Y a que se replique con descalificadoras palabras a los que osamos asociarlo con cierto fascismo emergente.
    A mandar.



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    1. Mi admiración por Cuevas la referencio a la labor pedagógica de mi padre con su hijo, aunque no me avergüenzo en absoluto de reconocerla.
      El gusto por lo antañon tampoco lo oculto, sobre todo si hablamos de Ribera, Caravagggio o Gainsbourgh. Cualquier día como hoy, donde la paz parece corretear mansamente por este prado, profundizamos sobre arte, atracción y dedicación que ha ocupado la mayor parte de mi larga vida. Ahora, con visión retrospectiva, confieso que de volver a nacer incurriría en los mismos pecados.
      Un amigo.

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  6. Esta es una entrada un tanto filosófica, no solo por Diógenes y Aristipo, sino porque la pregunta "Por qué soy tan antipático" supongo que remeda al "Por qué soy tan sabio" de Nietzsche en Ecce Homo.

    Siempre emociona aquel radical desapego de Diógenes, la indiferencia a los honores, incluso a la buena consideración y los aprecios, pero destaca su respuesta a Alejandro Magno cuando este le ofreció lo que quisiera: que no me quites el sol.

    Me temo que nuestro Il bello Pedro, como aquel de la película Il bell'Antonio, está más cerca de Aristipo que de Diógenes, muy pendiente del qué dirán. Qué dirán los electores, cómo les agradaré más, de qué postura me pondré para que me voten más. Y si fuera sólo él... Pero qué va, está en un partido sin ideario, o al menos sin ideario unívoco respecto a los nacionalismos, muy propenso a sacrificar la libertad a eso tan siniestro que suelen llamar "políticas de Estado", disfraz de toda clase de fechorías. Todo sea para no enfadar a los soliviantados de la rojigualda, que suman más votos que los de enfrente.

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    1. Sí, esta gente del PSOE es cobarde hasta la náusea.

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  7. Miguel el Entrerriano15 de noviembre de 2017, 17:57

    Gracias por dar difusión a esos excelentes ilustradores, desconocidos para mí, acostumbrado a Manuel Mayol, Cao Luaces, Aurelio Giménez... Durante mucho tiempo pensé que el paso del siglo XIX al XX y la primera mitad de este habían sido especialmente fértiles en buenos dibujantes, incluyendo los grandes grafistas y cartelistas de ambos bandos de la guerra española. (Hay una buena exposición del preciosista Alfons Mucha en Madrid). Hoy creo que no, que en todas las épocas los hubo geniales. Lo demuestra el desarrollo actual del comic, entre otras cosas, si bien no es lo mismo un historietista que un ilustrador, claro. Aunque su temática sea otra, André Juillard, maestro de la perspectiva, Milo Manara con sus lujuriosas percantas, o Luis Royo, creador de un mundo de perfección visual saturado de iconos de muchachas imposibles e hipersexuadas, no son menos diestros que los viejos maestros. (Tiene web y tienda virtual Luis Royo).

    España decae y retrocede políticamente unos treinta años, lustro allá o acá. Ilustradores del desastre próximo quizás andan ya aprestando la plumilla. Entre los comentaristas creo observar alguna notable conversión paulina, sin descartar un posible trastorno bipolar, ni un sobreconsumo de psicotrópicos.

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    1. Alphose Mucha tiene su museo en Praga, que tuve el placer de visitar hace tres o cuatro años. Mucha gente conoce a Mucha..., porque ha visto alguno de sus magistrales diseños modernistas sin saber de la autoría. Pero otros más impuestos en Arte desconocen el gran pintor que era, incluso su grandiosa Epopeya Eslava, que vi en la Galería Nacional -también en Praga- y que estaba aún expuesta a finales de 2016. Las dimensiones de los lienzos son descomunales y solo pueden ser expuestos en espacios muy generosos, como es la G.N.de Praga.
      Visitaba yo el cementerio de Vysehrad en busca de las tumbas de Dvorak y de Smetana y topé con el modesto enterramiento del pintor. Cada hora, el carrillón de la vecina iglesia de San Pedro y San Pablo percutía las notas del "Moldava" de Smetana. Y coincidió que estaba yo allí. Memorable la visita.

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  8. A últimos de mayo (calor en Roma) estuve en San Luis de los Franceses y volví a ver el tríptico de San Mateo, de Caravaggio, en la Capilla Contarelli.
    A la puerta del templo un soldado con fusil terciado y el dedo en el gatillo. Los accesos a la piazza cortados por un blindado. Alarma cuatro, decían.

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    1. Magistral obra, por cierto, donde se adivina lo que luego sería Rembrandt, sobre todo (desde mi punto de vista) en el óleo dedicado a "La vocación", menos potente que el martirio pero aún más sugerente por el "lamido de la luz".
      Y hablando de martirio, comunico la inmensa curiosidad que supone tener un libro antiguo dedicado a El Prado, en el que la lámina dedicada al sublime "Martirio de San Felipe" se titula "Martirio de san Bartolomé". Prefiero pensar que el error se produjo en imprenta y no fue delirio transitorio de Sánchez Cantón, autor de la obra y por aquel entonces recién cesado como director del Museo. Me quedó grabado a fuego el imperdonable lapsus porque uno de los diez iconos de mi altar es sin duda ese apabullante Martirio, ejemplo sin par de la composición en diagonal tan característica del barroco. Cada vez que voy a El Prado, me deprime ser testigo de la escasa atención que la marabunta de visitantes le presta, más preocupada en alcanzar a toda prisa la sala dedicada a El Bosco para disfrutar con las mil y una viñetas y anécdotas. Para mí, Ribera no está considerado lo suficiente.

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    2. Esa atribución equívoca a San Bartólome duró hasta los años cincuenta; así que no es un error puntual sino la inercia de algo anterior a la edición del libro.
      Y sí, "La vocación" es un verdadero "interior holandés".

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    3. Pero el libro al que aludo se editó en 1971. No parece, incluso asumiendo la inercia, que por esas fechas aún persistiera el error.
      En cualquier caso, desconocía yo esa explicación.

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    4. No parece comprensible, quise decir.

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    5. "Durante mucho tiempo esta pintura se clasificó como un martirio de san Bartolomé, el apóstol que murió desollado vivo; fue en 1953 cuando la historiadora del arte estadounidense Delphine Fitz Derby indicó su verdadero asunto".

      (Gabriele Finaldi)

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