domingo, 7 de agosto de 2016

Ciudades de autor: La Habana de Valente y de Lezama



Desde la terraza del hotel, aquel atardecer de verano, La Habana mostraba su mejor perfil: una desleída acuarela ajena al tiempo. Enfrente tenía la majestuosa cúpula del Capitolio, más alta que la de Washington, según proclamaba orgullosa la guía que me lo enseñó, y la florituras neobarrocas del antiguo Centro Gallego; a uno de los lados, el isabelino paseo del Prado (y al fondo, entrevisto, el Malecón); al otro, el arbolado del Parque Central, torres y terrazas. Todo parecía hermosamente al margen del tiempo; el hedor de las ilusiones putrefactas no llegaba hasta aquella altura.
            ––¡Las utopías revolucionarias! ¿Dónde han quedado? –el viejo escritor con sobria elegancia, al parecer había sido modelo de Armani–. Parecen tan remotas como el paso de Aníbal por los Alpes, que diría Borges. Y sin embargo todos creímos en ellas. Yo el primero. Seguía creyendo cuando me mandaron como auxiliar a una biblioteca de barrio, que tenía que barrer todas las mañanas. Y tengo mis dudas de que la autocrítica de Heberto Padilla fuera forzada, como se dijo. Hubo un tiempo en que todos creímos en la posibilidad de otro tiempo mejor. No solo fue peor, como usted se habrá dado cuenta, sino mucho peor de lo que podríamos imaginar.
            Ahora La Habana parece una vieja decrépita y pintarrajeada de colorines en los edificios restaurados para seducir a los turistas. ¿Ha entrado en alguna librería? ¿En La Moderna Poesía, por ejemplo? Ahora no hay más que media docena de títulos, casi todos publicaciones oficiales, y está atendida por más de media docena de indolentes funcionarios. En otra época no tenía que envidiar a ninguna librería de París. Mucho antes que a Madrid llegaban aquí las novedades francesas.
            ¿Estuvo también ilusionado con la Revolución Lezama Lima? No sabría decirle. Al principio, se dejó querer. Aceptó cargos oficiales, nunca de mucho relumbrón, pero bien pagados para lo que aquí teníamos por costumbre. A él siempre le faltó dinero. Tenía una manera muy peculiar de administrarse. El sueldo del mes se lo gastaba los primeros cuatro días. “Es que así me luce más”, solía decir. “Si yo esos cien pesos los divido en treinta días, son treinta días pobres. Vivo cuatro días como un príncipe y luego me siento en la mecedora a disfrutar de mis libros y mis sueños”. Tenía cuenta en las mejores librerías. Iba a pasear por la calle Obispo y volvía por O’Reilly, donde entonces estaban sus favoritas, y las mías. A veces regresaba con  más de cincuenta títulos, todo lo que le había llamado la atención, lo mismo una nueva edición de Las flores del mal que un tratado sobre el orfismo o la cábala. Lo leía todo, o no lo leía, porque yo creo que nunca leyó un libro completo, pero lo olfateaba y lo aprendía por ósmosis. Tenía una erudición fabulosa. Fabulosa en el doble sentido de la palabra. No había que pedirle exactitud ninguna en las referencias o en las citas. Cortázar le corrigió casi todas las de Paradiso; apenas había alguna que no contuviera algún error. Pero era un mago. Te hipnotizaba con su palabra.
            Yo estuve muchas veces en su casa, en un bajo de la calle Trocadero, enfrente precisamente de donde yo vivo ahora. Era estrecha y larga, muy oscura, sin más ventanas que las que dan a la calle y a un pequeño patio al fondo. El cuarto de Lezama estaba lleno de libros amontonados, parecía que en cualquier momento se le iban a caer encima. No le gustaba recibir visitas allí. Sus lugares de encuentro eran los restaurantes y las casas de los amigos o  admiradores adinerados, como la del músico Julian Orbon, a la que él llamaba el palacio Orbón.
            Era asmático, ya sabe. Al principio daba fatiga oírle hablar, pero luego te olvidabas por completo. Se le escuchaba como se escucha la música, dejándose fascinar sin esforzarse en entender. Y era un tragaldabas increíble, capaz de comerse una pierna de cordero entera. Resulta fácil imaginarse lo que tuvo que pasar en los últimos años cuando todo estaba racionado.
            A mí me hablaba con frecuencia de aquel año prodigioso, 1936, en que conoció a su maestro, Juan Ramón Jiménez, y a quien sería su más admirada amiga, María Zambrano. A la discípula de Ortega, recién desembarcada, le dieron un banquete en La Bodeguita del  Medio. Se sentó a su lado un joven de poco más de veinte años, pero ya con el aplomo de quien se sentía superior.
            Los sabios españoles esparcidos por la guerra fueron muy bien acogidos aquí, pero no por los medios oficiales, entonces tan ignorarnes como ahora, sino por los jóvenes y por una serie de burgueses adinerados que no tenían inconveniente en gastar parte de su fortuna en agasajarles y en financiar sus cursos y conferencias. Uno de esos mecenas era Josefina Tarafa, Fifi Taraza, que acogió a María Zambrano y a su hermana y que siguió ayudándolas toda la vida. Siempre que hablaba de aquella época fabulosa, más fabulosa según iban pasando los años, Lezama nos contaba la misma anécdota. Con otros jóvenes estudiantes, fue a pedirle al Rector de la Universidad permiso para que Juan Ramón Jiménez pudiera dar una charla en el Aula Magna. Y él les respondió: “Ya saben ustedes que en un lugar así no puede hablar cualquiera. ¿Ese señor es conocido”. La otra época feliz para Lezama fue la de la revista Orígenes, cuando aquí vivía María Zambrano, cuando por aquí pasó Cernuda, cuando la aparición de cada número, donde uno podía encontrarse a Eliot y Valery junto a Guillén y Juan Ramón, era una fiesta, pretexto para una noche bien comida, bien bebida y bien reída que parecía que no se iba a agotar nunca.


            Luego todo se acabó y todos pusimos nuestro granito de arena para enterrarnos mejor. Heberto Padilla, el de la autocrítica, andaba por Nueva York, lo mismo que Carlvert Casey, que pronto se suicidaría en Roma, y aquí vinieron dispuestos a construir el futuro. No solo nos engañamos nosotros, también las mentes más brillantes de Europa. Se los invitaba con prodigalidad a pasar una temporada en el Paraíso con todos los gastos pagados y ninguno dejó de aceptar la invitación. José Ángel Valente vino en diciembre de 1967. Su encuentro con Lezama resultó trascendental para ambos. Le traía una carta de María Zambrano, con la que Lezama había perdido el contacto. Le alojan, como a todos, en el antiguo Hilton, ahora Habana Libre. Le dan una espléndida suite con vistas al Malecón, ron, tabaco y bombones. Les traen y les llevan, siempre a cuerpo de rey, como se decía antes. Por aquí andaba Blas de Otero, depresivo y con problemas conyugales, más con el Partido que con su mujer cubana. A Valente le acompañaban Caballero Bonald, Alfonso Sastre y los Celaya, a los que no podía soportar y a los que trata de payasetes en un poema tan poco amable como el que dedicó a José Hierro. A Lezama lo vio a poco de llegar durante una cena en el Patio, un restaurante de la plaza de la Catedral. En seguida se le acerca y le pide noticias de María Zambrano, su mentora, su guía espiritual. Lezama hablaba siempre de ir a España, a Bilbao, de donde era oriunda su familia. Pero cuando pudo, no quiso y cuando quiso no pudo. Tras el éxito de Paradiso le invitaban de todas partes, pero nunca consiguió los permisos necesarios. Las cartas que recibía y enviaba pasaban por la censura, muchas de ellas se perdían.  Valente le visitó en su casa tan pronto como las obligaciones oficiales se lo permitieron. Hace poco me trajeron de España su diario, publicado póstumamente, y yo pude conocer sus impresiones de entonces: “La casa es un conjunto abigarrado y extraño de objetos, retratos (el padre y la madre en posición visible, dominante), cuatros y libros. Lezama está enorme, pesado, como un gran ídolo. Su rostro es joven. La Revolución para él es el paso de la riqueza a la pobreza. Pero reconoce que fue un hecho revolucionario auténtico”.
            La poesía de Valente no volvió a ser la misma, no sé si para bien, desde aquel encuentro con Lezama. No, en el jurado del premio famoso a Fuera del juego no estaba Valente. Sí Lezama y un poeta, Manuel Díaz Martínez, que luego se marchó a España y que ha contado todas las peripecias del caso. El libro se publicó, como usted sabe, aunque con escrito reprobatorio; también se publicó Los siete contra Tebas, aunque no se estrenó hasta el 2000, cuando ya La Habana no era la de los años triunfales de la Revolución. Yo he pasado de barrer bibliotecas a ser una especie de gran patriarca de las letras cubanas. Pero la ciudad sigue invivible, salvo para  los turistas, aunque nunca haya dejado de ser hermosa. Hermosa y repulsiva al mismo tiempo. Tiene algo de jinetera repintada que se ofrece al mejor postor.






13 comentarios:

  1. Interesantísima evocación. Una duda: donde se dice, refiriéndose a "las mentes más brillantes de Europa", que "ninguno aceptó la invitación", lo que parece desprenderse del contexto (puesto que se cita a muchos que sí fueron) es lo contrario, o sea, que ninguno la rechazó. ¿Me equivoco?

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  2. Lezama es el poeta más asombroso,el del ser para la resurrección.Poeta rodeado de madres,despertado para recomenzar el hilo de la imagen.Es el poeta de los ojos verdes de Julián del Casal,de la tos más sonora que un verso de Baudelaire,el de los gatos genuflexos de Las Zambrano,el de la palabra ASMA con sus dos sílabas intraspasables.Su mejor descifrador:Severo Sarduy y lo mejor de Paradiso,como señaló otro coterráneo,lo que sin perderse en divagación filosófica tiene de crónica familiar y ciudadana aflorando en cada imagen.En sus manos,es ésta sagrada,remota,misteriosa,pez, jeroglífico egipcio,la llanura de Platea; en sus manos ,en sus gestos,en sus palabras hay no poca zumba y guasa,omicomprensiva ironía que ahuyenta a los solemnes y a los suplementos literarios,gracias a Dios! De hecho si se le encuentra es en ediciones perdidas de segunda mano,con letra de microscopio y hojas retorcidas como la hoja de tabaco.El Lezama de los ensayos ofrece monedas de oro a cada embrollo:una frase es un recodo,un alimento,algo para perpetuamente recordarlo.un incio : "Extraño Garcilaso" y procede a quemar el aroma de sus pasillas; lo onírico popular: "molestos con el tomista convencimiento de última actualidad de toda forma"- y nos ahorra cinco estudios y un capítulo de historia de la literatura-...El mejor Lezama es el que viaja en su sillón deslizante,el de las anillas de humo,el que da con el reverso,el significado oculto,lo adelo;el que rasca el Tokonoma y aparece conversando en una esquina de Alejandría .A su lado La Habana de Valente es una Habana de tres al cuarto: ron,puros y chocolates,vaya cosa! un poeta que hubiera sido carismático de haberse llamado "Lobo".La Habana reclama,en cambio, a gritos a Cabrera Infante o, a falta de este, las tortas del Cortázar inmortalizado junto al orondo y perplejo vate en una mesita de café habanero en foto tan legendaria como la de la Conferencia de Yalta : el autor de "Para ir a la Montego Bay" con el de "Rayuela" conversando tras rascar,quizá, la servilleta e invocar el tokonoma,o como quiera que tan remota palabreja-sortilegio se diga.

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    1. Ay, Anodino mío, qué distinto es tener datos a escribir bien...Su melopea es aburrida, confusa, carente de la menor gracia literaria. Y es negligente el Anodino: no hace espacio después de la coma (o los deja triples si le da la gana) y así sus escritos parecen soldados y compactos como el caparazón de un galápago, igual de aburridos. Si tratara de vivir de lo que escribe le auguro un mal porvenir a este resabido prepotente, que parece que se apalanca para escribir en alguna que otra copichuela de caña o ron, de esos que quitan las penas.
      Plomífero: simple y llanamente.
      A mejorar.

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    2. jajaja gracias por su interés herpetológico,MR.Braulio (great and properly,by the way)ya sé que su tiempo es oro.Reconozco haber dado un brinco,o tres, al leer lo de los soldados compactos pensando,a lo primero, que me iba a hablar de ese entrelazamiento hoplita a espadazos que el difunto profesor Bueno ponía como ejemplo-madre mía,lo diré-de Symploké...pero se trataba de un quelonio! y, a juzgar por la trompa y el monótono pasar, camino de Barranquilla,como su melancólico compañero.Simple y llanamente: gracias.

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    3. Pues qué quiere que le diga, a mí este joven, aunque confuso, me entretiene,eso sí, mucho cuidado con el poeta de "la lluvia como una lengua de prensiles musgos"...intenten imitarlo en casa!
      Una vez más felicito al autor del artículo y dejo caer el dato de no haber daiquiris, en todo el orbe, como el de Floridita.Saludos a todos.

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    4. Mejor que en los hoplitas (de hermosas grebas) debiera haber pensado en los entrelazamientos a espadazos de los romanos (los de los hoplitas eran mayormente a picotazos). Me estoy refiriendo a la táctica del testudo y no a las artes de la infantería pesada griega. Cierto que existe un quelonio llamado testudo graeca... Y esa si me hace evocar el estilo de don A.A.
      A mejorar.

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  4. Preciosa evocación (si el término es aceptable para lo no experimentado) de una ciudad que desconozco, evocación que despierta vivos deseos de ir y lamentos de no haber ido. Deseos y lamentos que agradezco a su eficaz inductor.

    Pero a todo esto ¿qué fue de la Revolución? Pregunto de modo ingenuo y sincero, pregunto a quien esté en condiciones de responder. Y lo hago porque los amigos que vuelven de la isla traen siempre datos contradictorios, entusiastas o condenatorios, con lo que crece mi confusión.

    ¿Llegó a darse realmente una revolución? ¿Se consumó la justicia en una medida razonable? En caso afirmativo, ¿constituía Lezama Lima alguna amenaza o algún peligro para dicha revolución? ¿Se corrompió la supuesta revolución, o fue saboteada y perseguida por los enemigos exteriores, empezando por el bloqueo? Asechanzas contra los cubanos las hubo y las hay, eso es innegable, pero ¿justifican el miedo y la aversión del gobierno a la literatura independiente y no sujeta? ¿O se trata sólo de ese plus de autoritarismo e imposición inherente a toda dictadura? El odio al Régimen por parte de Cabrera Infante, ¿en qué medida se justificaba, o cuánto tenía de obsesión y pulsión personal?

    (De pasada: es evidente que Anodinus infringe la gramática, o la desatiende, pero a mí no me disgusta esa especie de venero que es su cerebro, con sus borbotones y su manar torrencial).

    Climaco Acosta

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  5. Don Climaco Acosta se hace preguntas y reflexiones muy razonables, muy pertinentes, como "¿Se corrompió la supuesta revolución (cubana), o fue saboteada y perseguida por los enemigos...?"; "Asechanzas contra los cubanos las hubo...; "¿Un plus de autoritarismo inherente a toda dictadura?". Nobles cuestiones en tiempos tan cínicos.
    El odio cabrero a un régimen nuevo suele estar ligado al lugar que se ocupaba en la escala social antes del sismo que muta y que remueve las posiciones que se creían consolidadas. De modo que quien sufre expropiación, merma de privilegios, postergación, o cualquier daño en los emolumentos acostumbra a reaccionar con virulencia contra el nuevo orden que así le maltrata..., haciendo abstracción, obviando cuál fuera la calidad de lo antiguo, si era o no corrupto, criminal, injusto... Está claro (¿lo estará?) que el régimen de Batista fue una dictadura sangrienta y que era bien visto de los yankys (¿habrá alguna dictadura de derechas que no goce de la comprensión y de la simpatía de estos acendrados paladines de la libertad?). Y debiera estarlo también que durante aquella una minoría gozaba de un nivel de vida incomparablemente mejor que el del pueblo sojuzgado. He conocido a exiliados cubanos que contaban pestes del régimen castrista, pero ninguno era lo que se dice un trabajador, un obrero, un campesino pobre. Encuentro explicable, hasta razonable, aquella inquina; menos que me quieran convencer de la justeza de sus argumentos.
    El cinismo ignorante con que se emiten juicios condenatorios contra cualquiera que contravenga los intereses del Gran Poder (y no me refiero al de la cofradía sevillana), es reflejo de los estragos que produce la propaganda intoxicante, el atentado permanente contra la capacidad de reflexión y raciocinio de amplias capas de la sociedad, el calculado infundio, la conspiración, la violencia (expresa o encriptada).
    Los Bush, Aznar, Erdogán y el emergente y bárbaro Mr. Trump, serán limitados de intelecto pero tienen o tenían asesores (o, mejor dicho, estos asesores los tienen a ellos) lúcidos y cerebrales, que saben lo que hay que hacer para destruir todo aquello que perjudique o limite sus poco confesables objetivos. Estas prácticas -no menos inconfesables en sus propósitos- las hemos visto recientemente en la saña con que se ha humillado, masacrado, hundido en la miseria a una nación como Grecia; lo estamos viendo en el golpe de estado que se acaba de perpetrar en Brasil contra la presidenta legítima de aquel país:¿dedicará El País a este atropello la enésima parte de la hiel que venía (digo venía, que ahora que Podemos no ha medrado lo temido se han moderado un tanto) destilando contra el gobierno legítimo de Venezuela? Desde luego más legítimo que el que hoy quiere amordazar a los brasileños, cuando expresan en voz alta su repulsa olímpica.
    Y así un sinfín de conductas muy poco democráticas que están al alcance de cualquiera que posea una mediana inteligencia y que tenga preservada -si ello fuera posible- la capacidad de pensar por sí mismo y de no dejarse influir por la propaganda mendaz.
    A Cuba se la ha agredido desde el primer minuto que quiso ser dueña de su destino como nación. Amenazar a uno con clavarle un puñal (o un machete zafreño) en la espalda al menor descuido (las invasiones fracasadas eso eran) y luego acusarle de desconfiado, policíaco, excesivo en las cautelas, censor..., es de un cinismo incalificable.
    En fin..., a qué vamos a seguir ilustrando de ejemplos lo que todos debiéramos saber en este distinguido café, en el que se supone que, entre tazas de café y periódicos, habrá momentos para la reflexión y el buen juicio.
    PD.- Hoy en día, se puede pasear por entre los desconchados edificios habaneros, sin cuidado de perecer porque le caiga encima a uno un suicida: eso no se puede decir de muchas capitales del "mundo libre".

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  6. Anoche cuando dormía soñé (bendita ilusión)... con Zapatero Sánchez.

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  7. Pues sí,estimado Climaco,el ubi sunt revolucionario es pertinente.Me temo que la mística de la revolución ardiera en la hoguera de las ideas,o viceversa,según lo que prendiera mejor si la astilla de la cogitada idea o el toco de su vehemente fe en ella; y así, de los libros de Carlos Marx escaparon,entre las llamas, tantas trizas y mariposas como las que revoloteaban por los poemas de Villamediana, y todos:conde,Ícaro y mariposas perecieron de muerte accidentada,como la revolución,tal vez,para el caso de que esta consistiera en el fulgurante momento de los tabacos en Sierra Maestra,los planes a la luz de la linterna y las diferentes razones por las que era más digno morir de pie que vivir de rodillas-con la sola y justificada dispensa de los que deseaban prolongarla para enderezarlas a Lourdes o arrastrarlas hasta Fátima-.Para el caso de que por revolución se entienda,sin embargo, el largo y hegeliano proceso que la trae hasta aquí con su indeclinable retahíla de prescripciones,discursos,dogales y cadenas,y lejos, pues, de las guajiras y cantinelas,o de la hermosa estampa de un Camilo Cienfuegos acariciándose la barba en noche estrellada,es de prever que expire en la cama y de muerte natural,como Tirante el Blanco, con más años que Matusalén; si bien,con sus deudos atentos a celebrarlo,aunque solo sea por descansar de tanto cuidado.Por la Cuba de hace unos años circulaban proxenetas que distinguían con dos rones el materialismo histórico del dialéctico, jineteras que aplicaban la mismas categorías a sus bostezos,comunistas achispados que dicen que les decían 'comemierdas',así,por las malas.Hay quien atravesaba la isla en zigzag provocando el feliz reencuentro con un viejo televisor.Una sombrerería mostraba un sombrero,la negra Tomasa agarraba un puro,el único que he visto fumar a alguien de la isla,con la perla de su diente y un tren varado en medio del paisaje esperaba a recibir un impulso eléctrico, una orden,una consigna,una patada en su férreo y decimonónico trasero mientras el turista,el que pasara,seguía siendo el rey, y los demás del cuento hacían lo que podían,que no era poco,y se tiraban si no de las barbas,de los cabellos.

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  8. Estimado Climaco,son procedentes todas las preguntas lanzadas al aire a propósito de la revolución.En cuanto a Lezama y la misma y sin contar con más datos que la participación de José Cemí-su trasunto- en una revuelta universitaria en tiempos de Batista y las cartas que Pepito-como se le conocía en familia-se cruzaba con su hermana exiliada en Florida y de las que resulta, si no una crítica directa al régimen, la amarga queja de dos de sus consecuencias: escasez y separación,sugiero la siguiente cábala.Si la revolución es sobre todo un estado de espíritu,al decir de Ortega,y este se hallaba ya suficientemente radicado,racionalizado y presto a ser efectuado en la mística convulsa de la sorpresa,el tabaco y la pólvora,muchos de sus partícipes la persiguieron,probablemente,con entusiasmo político e intelectual,como el propio Cabrera Infante,y otros la vislumbraron,es un rumiar,con familiaridad espiritual,como el délfico,católico,mutante,heterodoxo y desovillador Lezama.El poeta del reverso,de lo invisible,el amante de las transformaciones-de humo a cristal-,de la armonía de formas,de las simbiosis-el mejillón japonés en el guaycán verdinegro-,el poeta que hacía arder del apeirón, como una yesca, el verbo ireemplazable,no podría sino considerar con empatía, con toda seguridad,la bella estampa de los barbudos bajo la luna de Sierra Maestra con acompañamiento de guajiras y cantinelas,y el combinado perfume de promesa y revelación.Él mismo dijo que faltaba en la literatura cubana el poeta que golpeara con todas sus fuerzas sobre un solo punto,sobre un clavo,siendo el contorno de éste el acuático perímetro de la isla; pues bien,ese poeta fue el revolucionario y su poema la revolución,y al golpear con la fuerza esperada se puso en línea de sucesión con Julián del Casal y Martí.A partir de ahí,pasado el breve instante de los poetas, llegaron los exégetas,las cátedras,el cerrado aire de las aulas,los discursos,las cadenas...el fracaso de la revolución, y con ello las cartas desesperadas de un Lezama atravesado por el puro como un pez globo y suplicando el envío de medicamentos,un reencuentro familiar,un milagro...quizás,perfectamente inocuo para un régimen escandalizado-eso es todo-con los priápicos pasajes de sus difíciles obras.

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