domingo, 6 de septiembre de 2015

El arte de quedarse solo: Noticia de la vida



Sábado, 29 de agosto
ACERCA DEL PARAÍSO

Dedicar, de vez en cuando, una mañana entera a no hacer nada es una buena costumbre que yo practico poco. Quizá porque me recuerda al amenazador futuro, a los inminentes días de la jubilación –ya solo faltan cinco cursos– en que tendré todas las mañanas del mundo para esa pronto cansina ocupación.
            Esta mañana me he levantado tarde, he tomado el autobús hasta la plaza de las Naciones Unidas y luego me he acercado hasta el Jardín Botánico. Un cartel advierte a la entrada que aquel es un espacio reservado para los peatones, que los ciclistas “mettent pied à terre”. Debería abundar más ese cartel para evitar que calles y parques se vuelvan imposibles para el viandante.
            Apenas si me cruzo con nadie en este jardín de senderos que se bifurcan. Una exposición sobre las plantas sagradas. Quizá Dios lo que hizo a su imagen y semejanza no fue al hombre ni a la mujer, sino a este árbol inmenso a cuya sombra ahora me cobijo. O a ese macizo de flores sobre el que revolotean las abejas.
            Si fue verdad el paraíso, debería parecerse a este lugar. Un paraíso que continúa fuera. Salgo a la orilla del lago. Solo algún solitario pescador y, sobre el azul del agua y del cielo, el leve blanco de veleros y nubes. Al otro lado, la crestería de los Alpes, con la cabeza siempre cana del Mont-Blanc; a este, neoclásicas villas con estatuas sobre las verdes colinas. En la fachada de la Perle-du-Lac, leo: “Heureux celui qui sur ces bords peut logntemps se reposer”. 
            Dichoso yo que puedo pasear sin prisa por estas orillas, teniendo la mañana entera y tanta calma belleza para mí solo. “Me quedaría aquí toda la vida”, pienso mientras el Jet d’eau se despereza y juega con los rayos del sol a formar el arco iris.
            Pero sé que es mentira. Que para mí “longtemps se reposer” en cualquier lugar es poder hacerlo una hora o dos, un día o dos. Saber que esta tarde, como cada tarde de sábado, me tomaré mi café en Los Prados acentúa el placer de la indolente mañana.


Domingo, 30 de agosto
SHERLOCK, MARILYN Y YO

Desde niño, desde que a los diez o doce años, leí por primera vez Estudio en escarlata, he admirado a Sherlock Holmes, he soñado con ser como él, pura inteligencia en acción. Me sé al dedillo las sesenta aventuras del canon y no me pierdo ninguna de sus secuelas. Le reconozco en cualquier época, bajo cualquier disfraz, incluso bajo el de Sheldon Cooper en The Big Band Theory, el avatar con el que más me identifico.
            Este domingo fue sherlockiano por partida doble. Primero leí No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes, de Daniel Tubau, y luego fui a ver Mr. Holmes, la película de Bill Condon protagonizada por Ian McKellen. Es una algo edulcorada fábula sobre la vejez y la amistad, pero yo la vi como una película de terror. Sherlock ha cumplido 93 años y está perdiendo la memoria y sus capacidades intelectuales.
            Salí del cine  recordando el verso de Jaime Gil de Biedma: “envejecer, morir, es el único argumento de la obra”. Pero mientras atravesaba el parque de Los Prados para regresar a casa recordé un pasaje del libro de Tubau que no me había acabado de convencer. Lo releí nada más llegar. Y de inmediato me cambió el humor.
            En “El problema de Monty Hall” distingue Tubau entre la manera de pensar de Sherlock y la de Watson, esto es, entre el razonamiento inteligente y el que se deja llevar por las primeras impresiones y confunde intuición con prejuicio. Utiliza para ello un antiguo programa de la televisión en el que a un concursante se le presentan tres puertas, tras dos de las cuales hay una cabra y tras la otra un automóvil. El concursante elige una de esas puertas, el presentador abre otra y tras ella encuentra una cabra. Pregunta entonces al concursante si se queda con esa puerta o prefiere cambiarla. La mayoría opta por quedarse con ella, pero el sentido común nos dice que las probabilidades de acertar son las mismas –un cincuenta por ciento– cambie o no.
            Esta era la opinión mayoritaria hasta que, en 1990, intervino “la persona más inteligente del planeta”, si hemos de creer a Tubau y al Guinness: Marilyn Vos Sarvant, para quien era mejor cambiar de puerta, ya que si se hace hay un 66% de posibilidades de ganar el coche, mientras que si no se hace solo hay un 33%.  Este ejemplo lo utiliza Tubau en sus clases de creatividad  para demostrar a sus alumnos que no deben fiarse de la intuición.
            Veamos cómo explica Tubau el razonamiento de Marilyn (una de mis fantasías favoritas es haber sido profesor de literatura de la otra Marilyn, aunque tampoco me importaría haberlo sido de Letizia Ortiz): “La razón es que, cuando elegimos entre tres puertas, tenemos un tercio de posibilidades (33 %) de acertar y, por lo tanto, las dos puertas que no hemos elegido reúnen los dos tercios restantes (66 %). Cuando Monty Hall abre una puerta y nos muestra una cabra, nosotros seguimos con nuestro 33 %, pero la puerta restante tiene ahora aquel 66 % que tenían las dos puertas no elegidas”. Ingenuamente añade: “Sospecho que la mayoría de los lectores sigue sin verlo claro. Es razonable que así sea. Nos pasa a todos”.
            ¡Y tan razonable! ¿Qué es eso de que cuando las tres puertas se reducen a dos una se queda como estaba y la otra suma a sus posibilidades las de la que se ha eliminado? Si detrás de una puerta hay un coche y detrás de la otra una cabra, las posibilidades de acertar son exactamente el 50 %, independientemente de que el experimento se comenzara con solo esas dos puertas o con mil (según el razonamiento de Tubau en ese caso, al cambiar de puerta, tendríamos un 99 % más de posibilidades de acertar con el coche).
            Habría que decirle al avispado Tubau (se vende muy bien en la Red) que, si no quiere y prefieres seguir el argumento de autoridad, debería buscarse una autoridad mejor que la de Marilyn. Claro que también ofrece una comprobación experimental: escribir en Google “Monty Hall online New York Time” y luego jugar, unas veces cambiando de puerta, y otras no. Según él, siempre se gana más veces cambiando de puerta. Otros piensan que sale más veces el seis soplando en la mano antes de lanzarlo, y a veces es así. Esa es la gracia del juego. Pero las posibilidades de cada cara (si el dado no está trucado) son similares.
            Me voy a la cama sonriente y feliz. Estaré envejeciendo, no seré nunca como Sherlock, pero al menos no me dejo engañar como Tubau por la persona con el mayor índice de inteligencia del mundo, según el Libro Guinness de los récords.



Lunes, 31 de agosto
MI  INTERLOCUTOR FAVORITO

A veces irritante, siempre estimulante.


Martes, 1 de septiembre
EL POETA SOCIAL

Ningún periódico da noticia de la muerte el pasado viernes del poeta Carlos Sahagún. Había conseguido plenamente su intención de borrarse, de desaparecer en vida. Fue una de las primeras víctimas del conflicto catalán. En 1981, profesor de Lengua y Literatura españolas en Barcelona, firmó, junto con Jiménez Losantos, el manifiesto de los dos mil contra la política lingüística de la Generalitat. La sustitución del español por el catalán, como lengua vehicular de la enseñanza, le dejó mudo literalmente: sufrió una depresión que le provocó afasia. Pidió pronto el traslado a “lo que quedaba de España”,
            La última vez que le vi, se me acercó, se presentó (no le había reconocido) y me dijo: “Te tengo fichado”. Ante mi extrañeza, aclaró: “Sí, os tengo apuntados a todos los que votasteis a favor de la OTAN”. Recordé que yo había escrito un artículo apoyando el sí en el referéndum. “Voté a favor para no votar lo mismo que Manuel Fraga”, le dije tomándome el asunto a broma. En realidad, voté sí porque lo que se votaba era menos a favor o en contra de la OTAN que de Felipe González, del político que hoy entretiene su jubilación enredando con Venezuela o dando paternales consejos a los catalanes. Qué distante lo siento ahora (aunque no tanto como al Alfonso Guerra abanderado del más belicoso nacionalismo). No sé si han cambiado ellos o he cambiado yo. Seguramente ambos. Sobre Cataluña, lo más sensato que un político español ha dicho lo dijo Zapatero: “Cataluña será lo que quieran los catalanes”. Como debe ser.
            La noticia de la muerte de Carlos Sahagún me ha llevado a pensar en estas cosas. Al poeta lo tenía un tanto olvidado. Le había sustituido el personaje, desengañado de la literatura, pero no de los libros: era un habitual frecuentador de las librerías de viejo; muchas mañanas de domingo se cruzó en el Rastro con Andrés Trapiello, quien lo caricaturiza reiteradamente en sus diarios.
            Abro sus libros y compruebo que por su precisa desolación, por su música triste, no ha pasado el tiempo: “Una vez más nos vemos desamados, / desasistidos, solos, / y aún esperamos al pie del camino / la más leve noticia de la vida”.
            A veces es necesario que muera el hombre para que resucite el poeta.


Miércoles, 2 de septiembre
FILOSOFÍA DE CALENDARIO

Las ofensas que nos hacen, por pequeñas que sean, no las olvidamos nunca; las que hacemos, por grandes que sean, las borramos pronto de la memoria.


Jueves, 3 de septiembre
RUBÉN Y LA REVOLUCIÓN

En La Noceda, la nueva librería de viejo ovetense, me encuentro un libro de Rubén Darío que no conocía, El salmo de la pluma, y en él un soneto al Dios de la revolución. “La sangre, las matanzas, / vienen como una triste y aterradora ley”, afirma. Y concluye: “Sí, Dios lo quiere a veces, y envía el cataclismo: / hace brotar del lodo siniestro del abismo, / las lívidas borrascas, la negra tempestad, / para que surja en medio de la ardua noche trágica, / tu nimbo constelado de luz, oh Libertad”.
            “No sé yo si Dios lo quiere a veces, no conozco a ese señor –me diría Carlos Sahagún–, pero esa OTAN que tú has votado sí que propicia la sangre y las matanzas por el mundo para que surja en todas partes, constelada con luces de neón,  la libertad de mercado para sus monopolios”.


Viernes, 4 de septiembre
MI WATERLOO

Llego a la tertulia, pavoneándome como de costumbre, y cuento que he leído un libro de Daniel Tubau y que he encontrado en él, como en el relato de Borges “La biblioteca de Babel”, un error al hablar del cálculo de probabilidades que me he apresurado a rectificar. Cuento que, a la hora de distinguir lo que él llama el pensamiento Holmes del pensamiento Watson, alude a un concurso televisivo en el que se presentan tres puertas, tras de las cuales…
            ––¿Te refieres al dilema de Monty Hall?--me interrumpe Saúl Fernández. o Saúl Borel, como firma en Anáfora un artículo en el que en vano trata de refutar mi refutación de Borges.
            ––Sí. ¿Lo conoces?
            ––En ese caso, hay más posibilidades de ganar el coche si se cambia de puerta.
            ––Eso es lo que dice Tubau, pero yo puedo demostrar que no es así. Cuando quedan dos puertas, cada una tiene el cincuenta por ciento de posibilidades de esconder un coche o una cabra, independientemente de que al principio hubiera tres o trescientas puertas.
            ––Cierto si la elección se hace cuando quedan solo dos puertas, no si se hace antes. Si yo escojo una de las tres puertas, tengo un 33 % de haber acertado con el coche y un 66 % de haber dado con una cabra. Y se escogiera entre trescientas (tras de las cuales hay un coche y 299 cabras), tendría solo un 0.33% de haber acertado con el coche. Es obvio, por tanto, que, en el primer caso, si cambio de puerta, tengo el doble de posibilidades de acertar y en el otro caso el 99,67 % de posibilidades.
            Muy a mi pesar he de darle la razón. Me siento como Napoleón después de Waterloo. Vuelvo a casa deprimido y humillado, como volvería Sherlock después de haber sido derrotado por un Moriarty de poco más de veinte años.




11 comentarios:

  1. Lisandro Torreblanca6 de septiembre de 2015, 16:17

    el Mont-BlanC
    Heureux celui qui SUR ces bords peut LONGTEMPS se reposer
    Que para mí LONGTEMPS se reposer
    la Perle du Lac
    el Libro GuinneSS de los rÉcords

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  2. Lisandro Torreblanca6 de septiembre de 2015, 16:26

    "Las ofensas que nos hacen, por pequeñas que sean, no las olvidamos nunca; las que hacemos, por grandes que sean, las borramos pronto de la memoria."

    Plagio de un lugar común que se encuentra por todas partes en la literatura clásica francesa: Montaigne, La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, etc.

    Hasta Stanislas Leszczynski, rey de Polonia, lo utilizó en su "Le philosophe bienfaisant" 1764:

    "On peut oublier les offenses que nous avons faites, mais on perd rarement le souvenir d'avoir été offensé."

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    1. De ahí lo de "filosofía de calendario". Los lugares comunes no se plagian: no tienen dueño.Todos llegamos a ellos alguna vez por experiencia propia.

      JLGM

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    2. Lisandro Torreblanca6 de septiembre de 2015, 17:44

      ¿Usted sólo aspira a ser un filósofo de calendario?

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  3. Protéico pero decente.7 de septiembre de 2015, 15:22

    No, Martín; ni Felipe ni Guerra han cambiado: has sido tú el que lo ha hecho, cuando te apea ahora de la burra saúlica de albarda damasquinada el fogonazo fosforino que da la mierda incandescente, inflamada a la manera de los flash de magnesio antiguos. Y lo que deja ver ese relámpago que luce más que el sol de Lebrija no son los poros de la diva o el acné de Valentino. No. Nos descubre a dos pequeños saltamontes de la ripa bética, masajeados por el avida dollars de los gringos, que traen en las maletas de cartón sureño las etiquetas pegadas de los mejores hoteles de Baden-Baden (Godesberg).
    Si has necesitado, buen Martín, de tan larga singladura para ver..., has sido menos perspicaz que aquel chigrero de la Carretera de la Costa de mi pueblo, que allá por las postrimerías de los setenta echó a los mencionados de su honrado establecimiento, al hacérsele sospechosos con su pinta agitanada y muy, pero que muy mal careto: lo que se dice una corazonada, una premonición del buen hombre. A mí nunca me engañaron. A ti ya se ve que sí.
    Y to dicho zin ninguna acritú.

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    1. ¿Sospechosa "pinta agitanada"? Donde menos se espera salta el racismo que afecta incluso a ciertos españolitos que van de más de izquierdas que nadie.

      JLGM

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    2. Eso díselo al chigrero, yo soy un mero transcriptor de la anécdota, parece ser que verídica.

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    3. O sea que el racista era el chigrero... si hemos de hacer caso al transcriptor. Mientras no presumiera de votar a Izquierda Unida...

      JLGM

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    4. Sepa vuesa merced, mi señor García Martín, que este es reino en donde conviven las más chuscas paradojas, pues hombres hay que maltratan de palabra y de obra a sus esposas y militan en lo más granado de la progresía; en donde padres de emigrantes o habiéndolo sido ellos mismos, reniegan de los menesterosos que se agolpan en las fronteras de la patria suplicando asilo y mísera despensa; en donde lo desunido se nombra a sí mismo como unido y en donde gente con alma de Sancho Panza le enmienda la plana al mismísimo Cervantes. Nada me extrañaría, por consiguiente, que el honrado chigrero fuera racista y estuviese no obstante al corriente de las cuotas de IU.

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  4. Dos cosas más: Zapatero es muchísimo mejor persona que los otro dos. Y la foto del café la mejor de la serie: un sol radiante con una constelación de planetoides orbitando en torno suyo, además de la estela de un cometa en el ángulo superior izquierda. Y ni un mal espolvoreado de azucar fuera del platillo. A todo se aprende. Como en política. Sí.

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  5. Aconsejo a JLGM, o a cualquier otra persona que me lea, que no se tomen el trabajo de señalar ningún desacuerdo en que puedan sentirse con F., P. y otras cuantas docenas de cambiantes identificaciones más. Resulta obvio que si, por ejemplo, modificase alguna vez sus actuales convicciones más o menos políticas, no sólo pensaría que sigue teniendo razón, sino que todo aquél que no se haya equivocado con él, y desengañado al mismo tiempo que él y por idénticas razones, será (como todos los demás) un ignorante. Y es que, para el Hombre de las Mil Caras, la única definición aceptable del término "inteligencia" parece ser "pensar lo mismo que yo, naturalmente". No es el único que cree eso, que la soberbia es cualidad largamente abundante; pero hay que reconocerle el descaro con que la exhibe. La gente suele ser algo más recatada.

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