domingo, 14 de diciembre de 2014

Nadie lo diría: El pensamiento es un pájaro extraño


Sábado, 6 de diciembre
AVANCES DE LA CIVILIZACIÓN

El que haya días de fiesta en que los centros comerciales estén abiertos aún es para mí una fiesta. Recuerdo el tiempo en que los domingos había que comer pan duro, o descongelado. Y los piquetes –Comisiones Obreras, UGT– que se formaban frente a las primeros locales que se atrevieron a abrir. Y los lunes sin periódico, salvo un sucedáneo que se llamaba Hoja del lunes. Y las semanas santas interminables con solo música religiosa. Ahora hasta las bibliotecas abren los domingos. La civilización avanza no solo enfrentándose a los prejuicios religiosos sino también a los intereses gremiales.
            –-¿Pero tú realmente crees –se escandaliza un amigo– que el que el Corte Inglés abra los domingos es un avance de la civilización? ¿No te parece más bien un abuso del consumismo? ¿No crees que los trabajadores tienen derecho al descanso?
            ––Sí. No. Sí, pero para eso existen los turnos y pueden descansar cualquier otro día como quienes trabajan, por ejemplo, en los museos o en las salas de cine.


Domingo, 7 de diciembre
TRAMPAS DE LA MEMORIA

Me levanté temprano, más temprano que de costumbre, y bajé al jardín. Esperé poco tiempo. Pronto oí un silbido. Salí entonces al camino, pero no vi a nadie. Otro silbido, esta vez impaciente. Estaban ya en el bosque, confundidos con la oscuridad de los árboles. Corrí tras ellos. Caminamos, sin hablarnos, durante bastante tiempo. Ya era completamente de día cuando llegamos a la casa. Parecía deshabitada. La puerta se abrió de un empujón. Pasamos a una sala grande con muebles destartalados y viejos retratos colgados en las paredes. Nos sentamos como pudimos, unos en las pocas sillas que mantenían el equilibrio y otros en el suelo. Un reloj de cuco, en el que no nos habíamos fijado, comenzó a dar la hora y al principio hubo un sobresalto y luego algunas risas. Yo creí que en la casa no vivía nadie, pero en cuando dejó de sonar el reloj apareció una mujer. No era muy joven, pero seguía siendo atractiva y el ceñido vestido, que dejaba los hombros desnudos, lo resaltaba. Traía una bandeja con copas. No parecía el momento más adecuado para beber, yo ni siquiera había desayunado y me imagino que los demás tampoco. Probé un sorbo, por cortesía, creo que fui el único que lo hizo. Nadie dijo nada hasta que no desapareció, tan silenciosa como había llegado. Yo solo conocía a dos o tres de mis compañeros. Esto pasó hace algunos años cuando yo era más joven, bastante más joven, que ahora. Lo que ocurrió en aquella casa no se lo he contado nunca a nadie. Ahora ya puedo contarlo porque el tiempo le ha limado las aristas, lo ha convertido en un cuento no demasiado verosímil, un cruel cuento de hadas. Mientras los demás hablaban, preparaban el atentado, yo me quedé dormido, no sé si porque la impaciencia me había mantenido despierto toda la noche o porque había algo en aquellas copas que los demás no había querido tomar. El caso es que me desperté en la cama, en una habitación desconocida, con la mujer que nos había servido profundamente dormida al lado. Estaba desnuda, yo también. Me levanté de un salto, me vestí y bajé al salón. Quedé horrorizado ante el espectáculo: las paredes estaban salpicadas de sangre y había un gran charco en el suelo. Eché a correr, aterrado, sin querer saber nada más. No me atrevía a volver a casa. Estuve dando vueltas por el bosque. Encontré una cabaña abandonada, me quedé allí a pasar la noche. A la mañana siguiente, nada más abrir los ojos, sentí el grato aroma del café. Allí estaba la mujer, que me había preparado el desayuno y me alargaba el periódico. Busqué ansioso alguna noticia de lo que pudiera haber ocurrido en aquella casa. Pero todo eran noticias de un día feliz como cualquier otro en aquellos tiempos de la dictadura. Las malas noticias entonces ocurrían siempre en el extranjero. La mujer me miraba y sonreía silenciosa. Me atreví a preguntarle quién era, qué hacía en aquella casa, qué había sido de mis compañeros. Siguió mirándome un rato más, sin decir nada, poniéndome cada vez más nervioso. “No te preocupes, todos están muertos” la oí decir de pronto cuando ya se marchaba. No me dio tiempo a preguntarle más. Decidí regresar a casa. Por entonces yo hacía una vida bastante independiente. Nadie se había preocupado por mi ausencia. Eran los años de la dictatura, hacía poco que había dejado atrás la adolescencia. En mi país y en mi vida ocurrían cosas muy extrañas para las que no encontraba explicación. Una vez más me viene a la cabeza aquella historia al leer la entrevista con Elizabeth Loftus que publica hoy un suplemento dominical. Nuestros recuerdos no son fiables. Podemos manipular, sin saberlo, nuestros recuerdos y también, sabiéndolo o sin saberlo, los ajenos. No sé qué pasó aquel día en la casa del bosque, hace tantos años. O no quiero saberlo. Pero a veces sueño con aquella habitación llena de sangre y no sé si en alguna ocasión fue verdad o si siempre fue un sueño.


Lunes, 8 de diciembre
NO, GRACIAS

Como Melvin Udall (Jack Nicholson), el protagonista de la película Mejor imposible, soy maniático y obsesivo, y quizá igualmente insoportable. Una de mis manías es no jugar jamás, jamás, a ningún juego de azar y menos que ninguno a la lotería de Navidad. No solo no compro participación alguna, sino que rompo cuidadosamente las que me regalan. Temo que, si alguna vez se me ocurre comprar lotería, me toque un premio que me cambie la vida y maldita la gana que tengo yo de cambiar de vida. Ya sé que las probabilidades son escasas, pero prefiero no tentar la suerte. Por si acaso.


Martes, 9 de diciembre
UN PALACIO, CIEN HISTORIAS

Paseo, ya anochecido, por la desierta plaza del Fontán. Se abren de pronto las historiadas puertas de la cochera del palacio barroco, junto a la hundida fuente, y es como si comenzara un raudo documental con la historia del edificio. Lo construyeron los duques del Parque en el siglo XVIII, pero parece que pronto se cansaron de él y decidieron arrendarlo, primero a unos particulares y luego, en 1794 para fábrica de armas. Lo fue durante más de dos siglos. Los trabajadores –cañonistas, llaveros, cajeros, bayonetistas, aparejeros– eran vascos y se traían sus propios curas y médicos porque no sabían castellano. Cuando la fábrica de armas se trasladó al monasterio de Santa María de la Vega, aquí se instaló una fábrica de tabaco. Estuvo funcionando unos pocos años y al cerrar dejó en la calle a 450 trabajadores, casi todos mujeres (no hay constancia de que entre ellas hubiera ninguna Carmen). Los propietarios deciden vender el edificio. El nuevo propietario lo parcela para el alquiler. En dos habitaciones del bajo se instala Correos; un salón lo alquila la Sociedad Musical Santa Cecilia; hay también una sociedad cultural, el Liceo, y una popular botillería. El dueño del palacio, poco antes de morir en 1888, deshereda a su mujer y a su hija, de la que sospechaba que no era suya, y nombra heredera universal a su ama de llaves. En Oviedo se rumoreó que dicha ama de llaves, mujer de armas tomar, lo había encerrado en una habitación y le amenazó con dejarle morir de hambre si no la nombraba heredera de toda su fortuna. La antigua ama de llaves, María Álvarez Guerra, decide vender el palacio. Se piensa comprarlo para instalar en él la Diputación, pero finalmente lo adquiere un particular Antonio Sarri Oller, que había llegado a Oviedo para acompañar a su hermano, un canónigo catalán. Antonio Sarri Soler hizo fortuna administrando los bienes del Obispado y casándose con la hija de un afamado pastelero. Suya fue la idea de crear la fábrica de bombones La Perla Americana. Organizó, con los fieles ovetenses, diversos viajes a Roma. En una de ellos, le regaló al papa varias cajas de bombones. Al papa, al parecer muy goloso, le gustaron tanto que no solo le autorizó a poner en las etiquetas “Proveedora de SS León XIII”, sino que, a cambio del envío regular de bombones, le otorgó el título de marqués de San Feliz. El nuevo marqués devolvió al palacio todo su esplendor. Lo volvió a llenar de muebles de época, cuadros y tapices. Un día se enteró de que las monjas pelayas no tenían dinero para reparar el tejado de su inmenso convento junto a la catedral. Se ofreció generosamente a hacer todos los arreglos necesarios. A cambio, solo aceptó unos lienzos renegridos a los que las buenas monjas no daban mayor importancia: el apostolado del Greco que fue la joya de este palacio y ahora está en el Museo de Bellas Artes. Durante los años veinte, en los salones de este palacio se celebraron tés danzantes: quien no fuera invitado a ellos no era nadie en Oviedo. En una esquina del palacio, desde siempre, estaba el caño del Fontán, a menor altura que la plaza, rodeado de bancos en las que las mujeres, mientras los cántaros se llenaban, hacían tertulia. El heredero del marqués de los bombones consiguió que le autorizaran a eliminar la fuente y nivelar la plaza. Muchos años después, siendo alcalde Antonio Masip, se rescataría de su enterramiento el viejo caño, pero ya buena parte de su entorno no se pudo recuperar, había sido cedido para el paso a la cochera. Mientras un coche entra en ella por mi cabeza pasan todas estas cosas, la novela o la película del palacio, en cuya larga vida, como en cualquier vida, hubo de todo, buenos y malos momentos.
            Acababa de leer, en una cafetería cercana, una conferencia de Ernesto Conde, “El Fontán: laguna, fuente y túnel”, y ahora la historia de este lugar se me hace presente de golpe. Junto al caño, un ventanuco medio cegado: es la entrada a un túnel por el que discurren las aguas de la fuente y sobre el que se levanta, sostenida por un pilar, la esquina del palacio. Entra el automóvil, se cierran las puertas de la cochera y yo me imagino un largo pasadizo bajo el subsuelo que lleva a regiones fabulosas y tesoros escondidos. Me gusta la erudición que enseña a mirar, que ayuda a soñar. 


Miércoles, 10 de diciembre
CARTAS DE AMOR

Yo también, como todo el mundo, he escrito cartas de amor. Algunas de ellas, no sé cómo, han ido a parar a un librero de viejo entre varios libros míos dedicados. Las echo una ojeada antes de destruirlas y sonrío. ¡Qué razón tenía Álvaro de Campos! Todas las cartas de amor son ridículas, y las mías más. Hasta cito a Ortega: “El pensamiento es un pájaro extraño que se alimenta de sus propios errores”. Cuánta pedantería.  Dudo mucho que yo haya estado enamorado alguna vez.




23 comentarios:

  1. "Me gusta la erudición que enseña a mirar, que ayuda a soñar." Feliz ocurrencia

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  2. La duda ¿Que gran consejera!

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  3. Uno que fue al oftalmólogo se quejaba de que, desde que tomaba café, sentía molestias en los ojos y que se le enrojecía la conjuntiva: vamos, que tenía una conjuntivitis que iba para crónica., porque se le hacía insufrible privarse del brebaje.
    El médico lo sometió a una concienzuda exploración: fondo de ojo, fotosensibilidad, eventuales alérgenos...Llevó la encuesta hasta sus más nimios detalles.
    Concluyó que el motivo de aquel trastorno ocular era..., que el paciente tomaba el café con la cucharilla enhiesta en el pocillo. Y, claro, el puyazo en el ojo era la secuela. Secuela, pues de tomar café sin tomar las elementales precauciones.
    ¿Tienes, Martín, molestias en los ojos? Pero gastas gafas y seguro que no te las quitas al tomar café, porque hojeas libros y periódicos a la vez...
    Saludos cartujanos, camarada.

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  4. ;-) por fin los bombones del bombin y del cojin.que me contaban de cria

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  5. Cuando te oigo hablar de lo maravillosamente que viven los trabajadores de los comercios, que pueden hacer turnos y así permitirte a ti ir a comprar un domingo, tengo la impresión de que vives en los mundos de yupi. Estás tan fuera de la realidad que me pasma. Lo que sería justo es que tú tuvieras que dar clases sábados y domingos de 9 de la mañana a 7 de la tarde, con dos horas para comer, eso sí. ¿No sabes que es otra forma de explotación (y nada de quejarse, que hay cien esperando por tu puesto) y un acoso al pequeño comercio, que no puede competir? ¿No sabes que son horas extras mal pagadas (con suerte), cero conciliación familiar, cero derechos? Sal de tu burbuja, Martín, mira a tu alrededor, abstráete de tu cómoda situación de funcionario con 3.000 euros al mes (o los que sean).

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    1. Nada tiene que ver una cosa con la otra. La explotación laboral es la explotación laboral se haga en lunes o en domingo. ¿No tienen derecho a conciliación familiar los camareros o los empleados de los museos, que siempre han trabajado los domingos?
      Razona, Piquero, razona, que nunca viene mal. Yo digo lo que digo: que el derecho al descanso de los trabajadores es una cosa y el cierre de todo los domingos otra, con origen religioso,

      JLGM.

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  6. Qué razón tiene Piquero y qué poca el buen Martín...No creo que sea cosa de los emolumentos, que va. Es que este hombre es contradictorio (a veces pienso que por joder al personal) y lo mismo defiende cosas tan razonables y progres como son el derecho a decidir de los pueblos, el de que haya matrimonio homosexual..., como que se descuelga con la teoría del "mal menor", para sugerir que él votará al PSOE, pese a la que está cayendo(le), y a la palmaria vocación de continuismo en la corrupta rapsodia que sufrimos.
    Esto de su buena predisposición a que se generalice la apertura de las tiendas en día festivo va en la dirección de lo segundo: tronchemos el derecho consolidado (?) de las familas a reunirse en torno a un puchero de garbanzos los domingos y fiestas de guardar; ahóguese a los pequeños comerciantes que no están dispuestos a morir agarrados a la manivela (enmohecida) de la caja registradora; demos a los gigantes de la distribución patente de corso para doblegar a las ingentes mesnadas de menesteroso de un (in)digno puesto de trabajo...; sacrifiquemos el precario bienestar de las familias al dios Moloch del consumismo compulsivo, hagamos cosa natural la aberrante manía de emplear buena parte de nuestro ocio transitando los pasillos de esas Babilonias actuales que son los grandes centros comerciales.
    Lo que Martín viene a consagrar es la idea de que no es nocivo para el cacumen de la gente hurtar el cuerpo a los centros de consumo ni una vez, al menos, por semana. Háganse, pues, cubículos con literas y así no se iba a tener necesidad de pasar por casa: de la tienda al trabajo, del trabajo al Carrefour.
    En fin...

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    1. Reléase, como respuesta, la respuesta a José Luis Piquero.

      JLGM

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    2. Hombre, Martín, si de lo que se tratara es de que existiesen algunas tiendas abiertas en festivo (el consabido problema de los cruceros turísticos, que no encuentran abierta una tienda en donde hacer compras) pudiera aceptarlo. Pero lo que no me parece razonable es acomodar los hábitos sociales, condicionar el ocio, manipular las costumbres arraigadas..., porque lo quieran los gigantes de la distribución mercantil. Independientemente de que la idea de magnificar la importancia del acto de comprar (consumismo) me repugna, estoy convencido de que (y conociendo a estos lobos rapaces que suelen ser los empresarios españoles) no se iba a crear demasiado empleo nuevo, sino que iban a putear a los empleados actuales para que se desangraran en jornadas laborales interminables, en pérdida de días de descanso (a muchos les iban a compensar el domingo trabajado en julio, con un día por semana en enero), en movilidad desquiciante de turnos. Esta gente tan despiadada, que tiene a las sufridas (y sufridos) empleadas sometidas a ritmos frenéticos por sueldos miserables, no merecen que se le otorgue la menor fiabilidad en lo tocante a que iban a crear empleo.

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  7. Me da igual que el origen del descanso dominical tenga un origen religioso. Para una cosa buena que nos da la religión... El caso es que es un derecho universal de los trabajadores que corre peligro. F. lo ha explicado muy bien.
    Hay profesiones y oficios que tradicionalmente se han ejercido en festivos. Mencionas los camareros y puedes añadir servicios básicos como la policía, médicos, etc. Pero en todas esas actividades hay una cultura arraigada del turno y de los incentivos económicos, que en las circunstancias de crisis y explotación actuales no se trasladará al ámbito comercial. Ya sabes, si uno se niega, hay veinte esperando su puesto por lo que les quieran dar. Por no mencionar a los pequeños comerciantes, que no tienen posibilidad de competir más que sacrificando su propio descanso y su vida familiar.
    Quizá tú también quieras cambiar tu cine de los domingos por unas horas de tutoría en tu despacho...

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    1. El derecho universal (ojalá se respetara en todo el mundo) de los trabajadores es el descanso semanal, amigo Piquero, no que ese descanso sea un día determinado. Y la festividad religiosa varía en cuanto al día: viernes (musulmanes), sábados (judíos), domingos (cristianos).
      ¿Los camareros que trabajan los domingos tienen unos incentivos económicos de los que carecen los cajeros de Carrefour? Me gustaría conocer alguna prueba de ello. Por otro lado, la tradición (al menos la tradición franquista) era que no trabajaran en domingo los panaderos, los periodistas (salvo los de la Hoja del Lunes), los bibliotecarios... Y ahora podemos comer pan reciente el domingo o ir a la biblioteca y leer cualquier periódico el lunes. ¿Son explotados esos trabajadores o no?
      Y en cuanto al tópico del pequeño comercio; abrir el domingo (ya se abre muchos domingos a la semana) no es obligatorio y unos abren y otros no, según les interese. Y hay pequeños comercios que abren todos los días de la semana.
      Continúo: antes todos los comercios cerraban a mediodía, ahora muchos tienen un horario continuo. ¿No comen sus trabajadores?
      Y en lo personal: si mis alumnos, prefirieran que las tutorías fueran el domingo y no el lunes, pues yo cambiaría el cine de los domingos por el los lunes. ¡Vaya problema! Pero esa es una argumentación personal que carece de sentido. Yo soy un mal ejemplo. También paso por mi despacho en la Facultad los domingos y los días de vacaciones.
      Si vienes por Asturias estas navidades, te doy más argumentos de viva voz. Es aburrido escribir. Pero creo que ya eres consciente de estar confundiendo argumentos, que una cosa son los derechos de los trabajadores y otra los horarios comerciales, que si algunos explotadores obligan a trabajar horas extras al empleado sin abonárselas eso es un abuso que hay que combatir, pero no solo si es un domingo, sino si se da en cualquier otro día de la semana.

      JLGM

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  8. O sea, que mientras tengan un día de descanso a la semana está bien. ¡Pero es que no vale un día de descanso cualquiera! Son precisamente los festivos cuando los niños no van al colegio y se pueden hacer planes. Se llama conciliación.
    Por desgracia, no puedo afirmar que los camareros y otros colectivos parecidos tengan garantizados hoy en día sus derechos, a diferencia de policías, bomberos y profesores. Lo que cualquiera puede ver es que la implantación de la apertura en días de fiesta supondrá turnos y horas extras en un colectivo que no había tenido esa tradición, y en las circunstancias que vivimos ya sabes cómo serán esos turnos y esas horas extras. “Un abuso que hay combatir”, dices. Nuevamente te proyectas a los mundos de yupi.
    La libertad de horarios beneficia a las grandes superficies pero perjudica totalmente al pequeño comercio, que o bien abre y pierde su día libre o cierra y pierde ventas que se producirán en las grandes tiendas y no en la suya. Más mundos de yupi: “Unos abren y otros no, según les interese”.
    Me alegro de que no te importe trabajar en fiesta. Yo soy igual y trabajo todos los días. Pero ¿es justo que se sume a tanta gente a trabajar en fiesta sólo para que comas pan del día o te des el capricho de comprarte una camisa ese día de fiesta en concreto?

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  9. Yo no creo que sea justo. Ni necesario. Porque es a costa del sufrimiento (sí, sufrimiento) de mucha gente. Parece que no somos capaces de sacrificar ni una parte infinitesimal de nuestro bienestar para ponernos en el lugar de quien no tiene detrás una gran empresa. Pero sólo es una opinión.

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  10. Lo de justo y necesario era una broma porque no tenía gana de explicar más. Lo hago ahora, paternalista amigo.
    1/ Los trabajadores no necesitan la compasión ajena, sino una legislación adecuada y unos sindicatos que velen por sus derechos.
    2/ El trabajo a turnos (trabajo de noche, por ejemplo) supone mayores días de descanso. A veces díez días seguidos, y hay quien lo prefiere.
    3/ El trabajo en festivos también supone unos extras en descanso y sueldo.
    4/ El ocio crea empleo y la mayor parte de la población tiene más tiempo de ocio los festivos (y en vacaciones, claro), por eso determinados trabajadores tienen más trabajo cuando los demás descansan.
    5/ Las compras (determinadas compras: ropa, complementos, regalos...) han pasado a formar parte del ocio y por eso los centros comerciales (en los que no solo hay grandes superficies, sino también pequeños comercios) reciben más clientes los fines de semana que cualquier otro día.
    6/ La conciliación familiar se hace de muchas maneras. A los niños hay que llevarlos al colegio, recogerlos, etc, y eso es más fácil hacerlo cuando uno de los progenitores descansa en días de entre semana (y así ese día descansa la abuela).
    7/ El que los establecimientos que lo deseen puedan abrir los domingos no supone que todos sus empleados tengan que trabajar todos los domingos, para eso están los turnos. Y en bastantes casos lleva a contratar a más gente, lo que crea empleo.
    En resumen, que una cosa es la explotación laboral (que puede darse, y se da, en cualquier día de la semana) y que debe combatirse (y yo siempre estoy dispuesto a ello) y otra muy distinta que, por prejuicios heredados, y sin darse cuenta de la evolución de la sociedad (el mundo de yupi tiene ventanas y a mí me gusta observar el comportamiento de mis conciudadanos) se obligue a la gente a no hacer sus compras en domingo (menos mal que contra el sábado nadie dice nada, aunque hubo un tiempo en que también se trató que cerraran los centros comerciales por la tarde), compras que, en muchos casos, solo pueden hacerse en fin de semana, ya que requieren (ropa y demás) la colaboración de toda la familia.

    JLGM

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  11. Lo que sostiene Martín es simplemente obsceno, habla como si fuese un capitoste del gremio de los mercachifles; o que tenga una hipertrofia del lóbulo consumista del copón; parece que no huele ni de lejos que las personas son algo más que títeres inmersos en la charca del consumismo insensato (el otro existe, pero no requiere de que los comercios hayan de abrir incluso los festivos): parece mentira que este hombre componga poemas de mérito.

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    1. La mente humana es un espectáculo fascinante. Yo no me canso nunca de observar la manera de razonar de algunas personas. ¡Y luego decía Aristóteles que el hombre era un animal racional!

      JLGM

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    2. Hombre, lo racional para un nazi son esas cosas que sabemos.¿eh? ¿Quién dice que esa gente no usaba (usa) la razón para perpetrar aquellas maldades? La mar de razonables, la mar de lúcidos, la mar de coherentes..., con sus principios ideológicos. La maldad puede ser de una racionalidad aplastante.
      Pero aquí se está tratando (sin mencionarlo expresamente) de otra clase de principios: éticos, morales, humanitarios... Y tú razón (y perdóname por la crudeza) deja bastante que desear a la luz de esos principios últimos que cito.
      Presumes de listo, amigo ..., pero a mí hace tiempo que me tienes desengañado. Escribir con destreza no capacita para alardear de razonable full time, aquí queda en evidencia. Y la carencia de reflejo solidario, idem de lienzo. Los razonables como tú no dan un palo al agua ni se mojan el culo a la hora de la "verdad", nunca.
      He dicho.

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    3. ¡Comprar y vender un domingo, el día del Señor! Anatema, anatema.

      JLGM

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    4. Querido Martín, que no se trata de seguir con una costumbre de reata, que existen implícitos otros factores en el descanso dominical que asombra que no veas con nitidez .Mira, si llegáramos a la convención de que TODO el ocio (laboral. académico, etc.) se desplazara a los martes o los miércoles no tendría nada que objetar, porque todo se ajustaría y se complementaría. No tengo el menor interés por secundar los mandatos bíblicos.
      Anda, buen Kurtz, obséquianos con un relato enjundioso de esos que tú sabes y deja en paz el rollo del Día del Señor.

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    5. El ocio nunca puede ser total. Para que unos descansen (o estén de vacaciones) otros tienen que trabajar. Lee lo que he escrito antes. Prejuicios religiosos, paternalismo de la peor especie o ignorancia de los cambios sociales es lo que hay tras el empeño en que determinados establecimientos (no otros, como los bares o los cines) no abran los domingos.

      JLGM

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  12. ¿De dónde es la foto de la construcción de la antigua Universidad Laboral de Gijón.? Lo pregunto como antiguo alumno de la misma hace muchísimos años.

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