domingo, 25 de mayo de 2014

A buen entendedor: Déjate querer


Sábado, 17 de mayo
BAROJA Y LAS SIRENAS

Ser rutinario tiene sus ventajas: uno vive en perpetua aventura. Habitualmente paso los sábados en Avilés, pero hoy, antes de regresar a Oviedo, me doy una vuelta por Gijón y allí me encuentro, en casa de mis editores, con Baroja. Bueno, con un libro sobre Baroja que yo, que creía conocerlo todo sobre el escritor, una de mis debilidades, no había leído: Baroja y su máscara, de Marino Gómez-Santos. Se subtitula “Diálogos y confidencias” y es un libro destartalado y entrañable, maravillosamente barojiano. Parte de su contenido lo reproduce Gómez-Santos en sus memorias, pero en ellas se pierde el encanto de estas páginas.
            En los años cincuenta, el anciano y senil escritor se convirtió en una figura popular. En La memoria cruel explica Gómez-Santos las razones: “Juan Aparicio, director general de Prensa, que se declaraba barojiano para dárselas de liberal, enviaba a los alumnos de la Escuela de Periodismo a casa de Baroja para que se ejercitaran en la entrevista. Entonces se difundió por los periódicos un sinnúmero de tópicos referidos a la boina, la manta, la bufanda, las zapatillas y el chubesqui de don Pío, tópicos que servían de introducción a las declaraciones del anciano novelista, un tanto surrealistas, debido a las tachaduras del censor de turno. Aparicio utilizó políticamente la presencia de Baroja en Madrid cuando los escritores de la República permanecían exiliados”.
            Marino Gómez-Santos era entonces un joven ambicioso de poco más de veinte años. Acababa de trasladarse de Oviedo a Madrid dispuesto a conquistar la gloria y cultivaba la amistad de los grandes nombres que podían serle útiles. Se ofreció para servir de amanuense a Baroja y durante un tiempo le visitó todos los días. En una fotografía de entonces, que sirve como portada en La memoria cruel, aparece repeinado y trajeado, con cara de niño, escribiendo lo que Baroja le dicta.


            El Baroja anciano se repetía constantemente, mezclaba la lucidez con el disparate, pero nosotros no nos cansamos de escucharle. Por su casa, en aquellos años en que apenas salía de casa, pasaban toda clase de tipos curiosos, como por cualquiera de sus novelas, y Gómez-Santos los traslada a su libro con bondadosa ironía (la crueldad de la memoria vendría después).
            Leo el libro –que incluye también recortes de periódicos de entonces, un reportaje de Josefina Caravias, una entrevista de González-Ruano– en un café de la calle San Bernardo, no puedo esperar a llegar a casa, y luego subo hasta el cerro de Santa Catalina. En una lápida afirma Jovellanos: “El espectáculo es magnífico. A su vista se siente un placer inexplicable”. La tarde es ventosa y soleada. Sobre los verdes prados, el azul intenso del mar y un velero en la lejanía. Qué ganas de subirse a él, como en el romance del conde Arnaldos, y partir hacia islas remotas fuera del mapa y del calendario.
            Al contrario que el conde Arnaldos, yo no oía el mágico cantar del marinero en el navío, pero al llegar a lo alto del cerro y colocarme, como siempre hago, en medio del Elogio del Horizonte, no pude dejar de escuchar el canto de las sirenas. Un canto tan seductor que me hizo cerrar los ojos al borde del precipicio cuando el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte. No me habría importado que me llevaran con ellas.  


Domingo, 18 de mayo
LA ÚNICA PERSONA

Soy la única persona que después de conocerme bien me sigue queriendo. Y me temo que se está empezando a cansar.

Lunes, 19 de mayo
UNA NOVELA, LA VIDA MISMA

“Mi mujer me quería, pero no me quería bien. Solo era feliz cuando estaba a mi lado, o cuando me tenía bajo su control. Siempre encontraba un pretexto para llamar al trabajo y procuraba enterarse al minuto de dónde había estado y lo que había hecho las pocas veces que lograba salir con amigos. Yo también la quería, sobre todo al principio, cuando éramos novios. Luego comencé a sentir que me asfixiaba, que me faltaba el aire. No veía la manera de librarme de aquella situación. Como el prisionero condenado a cadena perpetua, me pasaba las noches ideando estratagemas para poder escapar. Solucionarlo hablando ya lo había intentado más de una vez, sobre todo los primeros años. Pero no servía de nada. Mi mujer decía que sí a todo, estaba de acuerdo conmigo y luego seguía comportándose como siempre. Quererme me quería mucho, ya le dije, de eso yo no tenía ninguna duda, me quería tanto que a veces me daba la impresión de que nada le gustaría más que atarme una correa al cuello y llevarme consigo a todas partes. No sé cómo habría terminado aquello si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Yo, primero en sueños, y luego despierto, había comenzado a pensar en su desaparición, de una forma o de otra. El asunto podía haber acabado en tragedia, pero terminó en farsa. Un día mi mujer no me llamó al trabajo, y al regresar yo a casa, no estaba en ella. Me extrañó bastante, pensé que podía haberle ocurrido un accidente. Y entonces sonó el teléfono: No me atrevía a decírtelo directamente; temía romperte el corazón; espero que sepas perdonarme, pero era tu felicidad o la mía. Mi mujer, de la que no sabía cómo librarme, a la que fantaseaba incluso con asesinar, se había ido con otro (luego me enteré que era con otra), me dejaba. Me sentí ofendido, humillado, no aliviado como yo pensaba. Colgué el teléfono sin responderle una palabra, no me salían del cuerpo. Fui hasta el bar ese, el Savanna, donde ustedes tienen ahora la tertulia y me emborraché minuciosamente. Anduve luego toda la noche dando tumbos, no me atrevía a volver a casa. Pero luego volví y dormí un día entero y me desperté decidido a hacer lo que fuera para recuperar a mi mujer. Aún no lo he conseguido. Su compañera es casi una chiquilla, tiene veinte años menos, no se despega de su lado; en ella ha encontrado al verdadero perrito faldero. La cabeza me dice que ahora yo debería ser feliz, que tengo la libertad que siempre he buscado. He intentado otras relaciones, dos o tres, pero me aburría pronto. O se aburrían ellas, no lo sé, el caso es que no funcionaron. Mi mujer, para mí todavía sigue siendo mi mujer, me ha denunciado, dice que la acoso con mis llamadas, y no soy ni la mitad de insistente que era ella. El psicólogo me aconsejó que escribiera la historia para tratar de entenderla. Afortunada o desafortunadamente ahora tengo mucho tiempo. Estoy prejubilado. He escrito una novela. Me gustaría que la leyera y me diera su opinión. Su opinión sincera. Le he puesto un final feliz, bueno feliz para mí, un poco vengativo. El protagonista le roba la joven amante a su exmujer y ella se suicida. Su opinión sincera, no tema indicarme los fallos. La muy puta. Y yo que creía que me quería, que estaba obsesionada conmigo. Puto imbécil”.


Martes, 20 de mayo
FICCIONES DE LA MEMORIA

¿Debe uno creerse las historias que le cuentan? ¿Y las que uno se cuenta sobre sí mismo? A la memoria le gusta la autoficción: olvida, retoca, recrea para hacer interesante la trivial sucesión de los días.

Miércoles, 21 de mayo
OTRO MILAGRO

Eurídice suplica a Orfeo que se vuelva a mirarla. Orfeo sabe que no debe hacerlo, pero no puede resistir la tentación. Eurídice muere en sus brazos. Orfeo, la mezzosoprano Blandine Folio-Peres, canta: “J’ai perdu mon Eurydice, / rien n’égale mon malheur; / sort cruel! quelle rigueur!  / Rien n’égale mon malheur! / Je succombe à ma douleur!”
            Nada iguala a mi desgracia, no puedo soportar mi dolor… Y el dolor de Orfeo, con tanta felicidad expresado, es también el mío. La historia acaba ahí, en el mito y en mi vida, pero no en la obra de Gluck que esta tarde representa en el Campoamor el Ballet National de Marseille.
            “Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera”, como en el poema de Machado o en la ópera de Gluck, donde el amor “dédommage tous les curs”, recompensa todos los corazones.


Jueves, 22 de mayo
NADIE TAN NECESARIO

Quedo con un amigo en La Corte para ayudarle a revisar un trabajo y, cuando terminamos de hacerlo, antes de lo que pensaba, él se marcha y yo he de esperar a una amiga sin apenas nada que leer. Me temo que como se retrase acabaré escribiendo aforismos o haikus. Es lo malo de ser una de esas personas incapaces de estar sin hacer nada. Pero mi amiga Inés llega afortunadamente pronto, así que apenas me da tiempo a apuntar dos aforismos (“A nadie necesitamos tanto como a alguien que nos necesite”, “Más importante que acertar en el centro de la diana es no equivocarse de diana”) y un presunto haiku: “Cómo deslumbran / esas nieves de antaño / en la memoria”.

Viernes, 23 de mayo
LO QUE NOS ESPERA

Hoy la tertulia de los viernes, una costumbre que ya dura más de treinta años, terminó un poco antes de lo habitual (había no sé qué fiesta), así que yo abrí el cuaderno que me acaban de regalar y me entretuve en rellenar unas páginas con mi caligrafía ilegible.
            Ningún aforismo vale la pena si no se le ha ocurrido antes a otro.
            El que más corre es el que primero llega. A ninguna parte.
            En los conciertos, ninguna tos se queda sola.
            La felicidad es un lujo que pocos adultos pueden permitirse.
            Los cuentos que la religión cuenta para quitarnos el miedo a veces dan mucho más miedo.
            Para ser feliz, mejor que querer, dejarse querer.
            ¿Por qué tiene tanto éxito don Juan con las mujeres? Porque no se enamora nunca.
            ¿Por qué soy yo tan infeliz? Porque me enamoro siempre.
            Tiene muy mala fama dormir solo, pero yo no conozco manera más cómoda de dormir.
            Vivir en pareja no es más que una mala costumbre.
            La vida es algo demasiado serio como para tomársela demasiado en serio.
            La vejez o no llega nunca o llega demasiado pronto.
            La naturalidad solo resulta verdaderamente natural si está muy bien ensayada.
            La inteligencia nunca está de más, pero con frecuencia sobra.
            Hace falta ser muy tonto para no equivocarse nunca.
            Las mujeres son capaces de lo mejor y de lo peor, y esa es una de las muchas cosas que tienen en común con los hombres.
            Era tan listo que lograba engañarse a sí mismo, pero a nadie más.
            Somos felices cuando olvidamos lo que nos espera.


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