lunes, 6 de enero de 2014

A buen entendedor: Natural, saludable, variado


Viernes, 27 de diciembre
EL CORAZÓN Y EL SOMBRERO

Sonetos y sombreros en uno de los salones del hotel Barceló. Extraña mezcla la de hieráticas modelos con sus tocados delicadamente extravagantes y los versos de amor de Shakespeare o Villamediana, Quevedo o Lorca: “Si vieras cómo me cuesta / quererte como te quiero. / Por tu amor me duele el aire, / el corazón y el sombrero”.
            Mientras llega la hora de mi lectura, me entretengo hojeando la rara antología que he traído conmigo, 505 sonetos de 505 autores, publicada por Afrodisio Aguado en 1945. De ese medio millar largo de autores, solo unos pocos forman parte de la historia de la literatura, pero no por eso el resto carece de interés. En “Mi gusto” un ignoto Constantino Gil describe a su mujer ideal. “No la quiero que sea literata” dice el primer verso; la quiere “discreta y sencilla”, que “cosa / y me sepa freír una tortilla”. Otro soneto se titula “El encierramozas” y nos describe una costumbre entonces habitual: “Apostado en los cruces del tranvía / cuando torna la gente del paseo, / más que audaz rondador de galanteo / creyéranle farol o policía. / Mas no hay moza que pase por la vía / que no sufra su estulto mosconeo / o lo lleve detrás, cual cirineo / que acosa a fuer de perro la jauría”. Un soneto (más para gritado que para recitado) de Ramón de Nocedal se titula “¡Firmeza!” y expresa bien la postura de la iglesia católica española: “¡Nada de transigir! ¡Firme en el puesto, / como soldado fiel en la trinchera! / ¡Nada de pacto! ¡Transacciones fuera! / ¿Es esta la verdad? ¡Sigamos esto!”. Animaba Nocedal a la guerra santa contra el infiel: “¡A luchar con valor! ¡Venga el impío, / que el católico brazo se levanta, / airado, a defender con fuerza y brío / los muros santos de la Iglesia santa. / ¡No haya temor, ni os horrorice el duelo, / que morir por la iglesia es ir al cielo!”
            Qué medievales y remotos parecen estos sonetos y, sin embargo, reflejan un mundo que yo todavía conocí, que quizá aún no ha desaparecido del todo. El poema “Invocación en Ginebra”, que Pere Gimferrer dedicó a José Ángel Valente, comienza con tres versos entrecomillados: “En la protesta –respondió sincero– / se vive con mayor desenvoltura, / mas para bien morir…”. Y luego, ya sin comillas, el resto de la estrofa se entremezcla con los propios versos: “pese a Lutero”, “la católica, madre”, “es más segura”. Jordi Gracia, en su edición anotada de Arde el mar, nos indica que esos versos “proceden del libro escolar de Gimferrer”.
            En esta curiosa antología del soneto encuentro el poema al que pertenecen. La madre de Melanchton, “un sectario de Lutero”, va a morir y le pregunta llorosa a su hijo si es mejor hacerlo como protestante o como católica: “Melanchton, aunque siempre fue embustero, / esta vez contestó la verdad pura. / –-En la protesta –respondió sincero– / se vive con mayor desenvoltura; / mas, para bien morir, ¡pese a Lutero!, / la Católica, madre, es la segura”.
            El soneto lo escribió Fray Ambrosio de Valencina y a Gimferrer se le quedó en la memoria como a mí todos los versos que venían en la vieja enciclopedia Álvarez.
            Quizá en la mala literatura, más que en la gran literatura, permanece la huella del tiempo pasado. Yo me abstraigo viajando en el tiempo con estos sonetos y cuando me toda la hora de intervenir resulta que me he olvidado del poema que pensaba recitar, un soneto de Aleixandre que me gusta mucho, y que ni siquiera he tenido la precaución de traer escrito. Improviso un soneto parecido y nadie se da cuenta, salvo uno de los poetas participantes: “Yo también me sé de memoria el soneto de Villamediana, pero no por eso he dejado de traer una copia”..
            Sonetos y sombreros. Hay sonetos que nunca pasan de moda, pero los otros, como nuestras viejas fotografías, que a veces nos horrorizan, también tienen su encanto.


 Sábado, 28 de diciembre
CONTRA LA IRONÍA

Tendría más amigos, y más lectores, si utilizara menos la ironía, eso que nadie entiende, según afirmó Pessoa, y que tan a menudo se confunde con el sarcasmo. Pero es que hay cosas de las que me resulta imposible hablar en serio, por ejemplo de mí mismo.
            Hojeando al azar Humano, demasiado humano encuentro que Nietzsche hace una curiosa defensa de esa mala costumbre: “La ironía es buena por parte de un maestro en relación con sus discípulos, cualesquiera que sean estos; su finalidad es la humillación saludable que despierta buenas resoluciones y que procura a quien la emplea un respeto y gratitud semejante al que sentimos por el médico”.
            ¿Una defensa? Más bien todo lo contrario. A nadie le gusta que le traten como a un alumno, y menos que nadie a los alumnos. Ahora comprendo por qué resulto tan antipático. Siempre ando sentando cátedra.
            Pero no sé si podré enmendarme. Lo he intentado muchas veces. Y no comprendo por qué me resulta tan difícil. Con un poco de esfuerzo, puedo se tan convincentemente hipócrita como cualquiera. Pero la verdad es que raras veces me apetece hacer ese esfuerzo. Acabaré solo, sin pareja, sin amigos, con la sola compañía de la única persona del mundo que siempre se divierte con mis irónicos dardos: yo mismo.


Domingo, 29 de diciembre
UNA RESPUESTA INDISCRETA

La verdad es que las preguntas indiscretas no me molestan demasiado. Tampoco es que hagan muchas. Cuento tantas cosas de mi vida privada que no abundan las personas interesadas en saber más.
            Pero hoy me llega un correo que me hace sonreír: “Leo sus libros, leo sus blogs, leo todos los días sus Facebook y me extraña que nunca haga referencia a su vida sentimental, quiero decir, sexual. ¿Ha hecho voto de castidad? Mi vida en ese aspecto es tan desastrosa que también lo he intentado, sin conseguirlo jamás. ¿Cómo se las arregla?”
            “Muchas gracias por su buen gusto al escoger lecturas, amigo lector, o lectora. Se habrá dado cuenta de que tampoco hablo de los restaurantes que frecuento ni cuelgo fotos de los platos que me gusta cocinar. No quiere eso decir que no me alimente todos los días. Lo mismo pasa con el sexo y otras actividades propias de los seres vivos. Me parece impropio de un caballero entrar en detalles. Pero puedo decirle que mis preferencias en cuanto al sexo son más o menos las mismas que las que se refieren a la alimentación: me gusta natural, saludable, en pocas cantidades y variado.


Lunes, 30 de diciembre
ELOGIO DE LA PUBLICIDAD

Todavía te queda mucho por conocer del lugar que mejor conoces. Este aforismo no es mío. Lo encuentro anunciando la guía Repsol.
            La publicidad tiene mala fama. Yo disfruto por eso doblemente dejándome seducir por ella. Y nunca me defrauda el paraíso prometido porque tengo la precaución de quedarme fuera. “No es el amor, sino sus alrededores, lo que vale la pena”, decía Bernardo Soares. Yo soy un asceta que puede prescindir de todo, salvo de la tentación.


Martes, 31 de diciembre
LA VIDA MÁS ABURRIDA

Como todo el mundo, yo también tengo mis recurrentes ataques de falsa modestia. Tomo esta tarde en La Corte el último café del año con Silvia, que ahora vive en Colombia, y con Jaime, que pasa este curso en el Trinity College de Dublín, y tras escuchar las aventuras de uno y de otro, se me ocurre decir: “¡Y pensar que yo solo he vivido en Aldeanueva del Camino, en Avilés y en Oviedo! ¿Qué interés puede tener lo que escriba alguien tan provinciano y poco aventurero?”
            ––Bueno, ya afirmaba Oscar Wilde que los escritores de vida más aburrida son los que escriben libros más divertidos –dice Jaime–. Claro que, bien mirado, tu vida no es aburrida.
            ––Ni tus libros divertidos  –concluye Silvia con una sonrisa.
            Los suyos lo son más, seguro, pero ha perdido la costumbre de escribirlos. Esperemos que sus aventuras en Villavicencio, capital del distrito de Meta, territorio de las FARC, le hagan recuperar esa costumbre.


Miércoles, 1 de enero
COMO TODOS LOS DÍAS

Me levanto a las ocho, como siempre (no me gusta madrugar, pero me gusta menos trasnochar, así que a esa hora ya suelo llevar un tiempo despierto). A las nueve me pongo a escribir; a las once, ya he acabado la tarea del día. Contesto algunos correos, actualizo el perfil en mi red social favorita y salgo a tomar un café.
            Hoy no hay periódicos en papel (pero los hojeo en el iPad) y está cerrada la cafetería habitual, así que tengo que entrar en otra, también junto al Fontán. He quedado con un amigo para corregir algunos textos.
            Me divierte ver la mala cara de los que han pasado la noche de fiesta. No divertirme por obligación es una de mis diversiones favoritas.
            El lunes hablé con Abelardo Linares y se ofreció a publicarme un nuevo libro. Esta tarde se me ha ocurrido el título, la división en partes, el título para cada una de ellas, el prólogo. Anoto todo y empiezo a recopilar el material. Antes he leído el guión de El consejero, de Cormac McCarthy. Soy tan poco aficionado al autor como a Roberto Bolaño o a Jesús Carrasco. Me he entretenido analizando sus trucos: una historia confusamente contada para que no parezca un telefilm, impactantes escenas de violencia (la cabeza del motorista cortada por un alambre) alternando con otras de sexo (pretenden ser escandalosas pero la mayoría se quedan en ridículas, como la de la señora que se excita frotándose contra la luna de un coche) y mucho diálogo con pretensiones más o menos trascendentales.
            Tengo tiempo por la tarde para pasar un rato por mi despacho del Milán a terminar de corregir los trabajos de los alumnos, tomar un café tranquilo con una amiga, pasear bajo la lluvia por las calles casi desiertas, aburrirme un poco (para mí no hay día completo sin una saludable ración de aburrimiento). Luego, ya en casa, trato de distraerme con la televisión, pero me puede más la tentación del grueso tomo de David Stevenson 1914-1918 Historia de la Primera Guerra Mundial. Aquella carnicería no fue inevitable ni una catástrofe natural; muchos querían la guerra, en un bando y en el otro, y los que pronto iban a ser masacrados inmisericordemente, y sus madres y sus mujeres y sus hijos, aplaudieron jubilosos el inicio del conflicto. Leo este libro para entender un poco mejor la estupidez natural, y cuidadosamente cultivada por la educación, del ser humano.
            Un día como cualquier día, un día como me gustaría que fueran todos los días del nuevo año.


Jueves, 2 de enero
LA CULPA ES MÍA

“Solo he vivido en Aldeanueva, en Avilés, en Oviedo, ¿qué interés tiene lo que puedo contar”, repito a menudo con mi falsa modestia acostumbrada.
            Pero vivas donde vivas tienes el universo a tu alrededor, seas quien seas eres solo una persona entre las demás y a la vez el centro del mundo.
            Si lo que cuentas no interesa a nadie, la culpa es solo tuya por no saber contar. Por no saber mirar. Por no saber sentir. Por no saber vivir (yo tampoco sé, pero me esfuerzo en fingir lo contrario).


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