domingo, 14 de marzo de 2010

Línea roja: Una casa en Cerdeña

Sábado, 6 de marzo
SENSO

No hay amor sin humillación. De la historia de la condesa Livia y el teniente austriaco me enteré por primera vez en el Real Cinema, una dorada sala a la italiana que ya no existe, y como ocurre siempre con las buenas historias me pareció que contaba mi propia historia. El relato de Camillo Boito lo leí una noche solitaria en el Cafè Quadri, veinte años después. Se me quedó en la memoria una frase: “Cuanto más vil me parecía su corazón con mayor hermosura resplandecía su cuerpo”.


Ana Eva Guerra es hoy la condesa turbiamente enamorada, colaboracionista y vengativa, en el escenario del avilesino Palacio Valdés, que fue uno de los ruidosos cines de mi infancia. En esta estilizada versión de Moisés González –con la música minimalista como un personaje más— se pierden muchas cosas, pero el núcleo de la historia queda intacto. Comete un pequeño error: hace decir a la condesa que frecuenta el Florián, pero ese café no había sitio ni para los austriacos ni para sus amigos. Estamos en la Venecia de 1865, deseosa de formar parte del joven reino de Italia.
Aquella noche solitaria de junio leía en el Quadri, por primera vez, el cuaderno secreto de la condesa Livia: “He aquí como comenzó mi terrible pasión. Yo tenía la costumbre de ir todas las mañanas al balneario flotante puesto entre el jardincito del Palacio Real y la punta de la Aduana. Había alquilado por una hora, de siete a ocho, una de las dos bañeras para mujeres, de un tamaño suficiente para poder nadar un poco dentro, y mi camarera venía a desnudarme y a vestirme; pero, como nadie más podía entrar, no me molestaba en ponerme el traje de baño”.
Salí del café, atravesé la piazza y la piazzeta, torcí a la derecha y, delante de la verja de los jardines, me entretuve mirando el rielar de la luna sobre las aguas negras, la silueta de San Giorgio, la punta de la Dogana con su estatua dorada de la Fortuna. Allí, una mañana espléndida como la primera mañana del mundo, el agua se agitó, la condesa sintió su ondulación fresca en todo el cuerpo y por uno de los anchos huecos del armazón de madera entró inesperadamente un hombre: “Me pareció de mármol, tan blanco era y tan hermoso; su amplio pecho se agitaba con la respiración profunda, sus ojos azules brillaban y de sus cabellos rubios caían las gotas como una lluvia de perlas resplandecientes. Puesto en pie, medio velado por el agua todavía temblorosa, alzó los brazos musculosos y mórbidos. Parecía dar las gracias a los dioses diciendo: Por fin”.
Una sombra se movía tímida en aquel lugar tan distinto al que durante el día llenaban los turistas y los vendedores de máscaras y baratijas. Se acercó por fin, o me acerqué yo, ya no recuerdo. Como no decía nada, le pedí fuego. Me dijo que no fumaba. Dije qué suerte, yo tampoco. Sonrió.
Han pasado diez años. La condesa Livia, despojada de oropeles viscontianos, revive sobre el escenario de mi infancia, sobre el teatro de la memoria, la historia de su pasión. Y yo recuerdo otras historias que me hicieron desear la muerte y que ahora solo me hacen sonreír. Envejecer también tiene su gracia.



Lunes, 8 de marzo
SER TEMIDO

Siempre vuelvo a Maquiavelo. Supo ver claro: “A los hombres les da menos miedo atacar a uno que se hace amar que a uno que se hace temer, porque el amor se basa en un vínculo de obligación que los hombres, por su maldad, rompen cada vez que se opone a su propio provecho, mientras que el temor se basa en un miedo al castigo que nunca te abandona”.


Martes, 9 de marzo
EL REPROCHE DE UN AMIGO

No critiques esos programas de televisión en los que todos chillan y se sacan los trapos sucios de los famosos a la cara. ¿A fin de cuentas que es lo que hacéis vosotros los investigadores universitarios? Pues lo mismo que Carmele Marchante, Quico Matamoros y otras estrellas de la cosa, pero con más ínfulas. Sois cuervos sobre rastrojos de difuntos, hacéis con Miguel Hernández lo que ellos con Carmen Ordóñez o con quien sea. Pero no os lo reprocho, así sois más divertidos. Leyendo la Revista de Estudios Gallegos, de la Universidad Complutense, me he enterado de cuál fue la verdadera razón de la pelea en que Valle-Inclán perdió su brazo. De aquella tertulia en el café de la Montaña, muy cerca de la Puerta del Sol, formaba parte un joven dibujante portugués cuyas caricaturas en contra de la monarquía le habían obligado a marchar de su país. Se llamaba Leal da Câmara y es autor de la primera caricatura famosa de Valle-Inclán, aparecida en La vida literaria. En ella cruza las dos manos. No tardaría mucho en no poder hacerlo.


A Leal da Câmara algunos compatriotas que vivían en Madrid le había advertido que tuviera cuidado al exponer sus opiniones ya que los españoles no tenían ninguna simpatía por Portugal, un país al que miraban por encima del hombro. El joven dibujante no tardó en comprobar la verdad de esas afirmaciones. En carta a su madre, escrita el 31 de julio de 1899, contó así lo ocurrido: “Sepa que recibí los padrinos de un señor para batirme en duelo. Es el caso que estando hace algunas noches en un paseo llamado la Castellana con un grupo de señores –todos literatos o pintores--, uno de ellos se puso a decir barbaridades sobre Portugal. Como el hombre continuara, perdí los estribos y le dije que le iba a partir la cara, que era una bestia, un burro y no sé cuántas cosas más. En vista de mi actitud, el hombre se calló. Al día siguiente, recibí una carta de dos amigos suyos. Me pedían que retirara mis palabras. No quise hacerlo. Nombré mis padrinos, decidido a seguir adelante. Al comprobar mi decisión firme de batirme, él se echó atrás, quedando así terminado el asunto, espléndidamente para mí y pésimamente para él”. En los años cuarenta, Leal da Câmara pasó por Madrid y en diversas entrevistas volvió a aquel viejo asunto que los biógrafos de Valle-Inclán habían hecho famoso. Parece que las cosas no fueron exactamente como se las contó a su madre para tranquilizarla. Tras la primera discusión, en la que Leal da Câmara no pudo contenerse cuando oyó decir que “Portugal podía ser tomado con una simple marcha de granaderos” y dio un puñetazo al español jactancioso, recibió la carta que ponía en marcha el duelo. En la entrevista de los años cuarenta dice que liquidó el asunto a la portuguesa “esperando a Gutiérrez en el Paseo de la Castellana y dándole una paliza hasta hacerle desistir del aparatoso duelo”. A Valle-Inclán el asunto le había irritado especialmente. El portugués no había tocado nunca espada ni sable y se puso a recibir apresuradas lecciones de un militar amigo. “¡Leal es un niño y ese duelo es un infanticidio, un crimen!”, le gritaba a Manuel Bueno aquel aciago día en el café de la Montaña. A Bueno le consideraba especialmente culpable porque había sido uno de los que habían llevado la carta de desafío al día siguiente de la disputa. Le reprochaba que no hubiera tratado de calmar al españolito agraviado, que al parecer no se llamaba Gutiérrez, sino López del Castillo. Ya sabemos lo que ocurrió: de las palabras se pasó a los insultos, Bueno hizo un gesto amenazante con su bastón, Valle-Inclán en respuesta le lanzó una botella de agua y a continuación vino el bastonazo fatal, que produjo a don Ramón una herida en la cabeza y un rasguño en la muñeca izquierda. En un dispensario le hacen una cura de urgencia y le tranquilizan: no hay más que un desgarro en el cuero cabelludo, aparatoso por la sangre, pero superficial, y un corte del gemelo en el puño: desinfección y “tirita de tafetán”. Luego vino, a las dos semanas, lo ya sabido: el agravamiento, la gangrena, la amputación del brazo. El bastón de Manuel Bueno era un bastón grueso, de camorrista: escondía una barra de hierro.


Jueves, 11 de marzo
MALA SUERTE


En España es imposible no enterarse de las intimidades ajenas. Todo el mundo las grita por teléfono o directamente a su interlocutor. De cuántas historias no me he enterado yo mientras tomo un café en el Rosal. Si las contara una tras otra, escribiría otra Regenta. Lo malo es cuando en la mesa de al lado pontifican sobre política. Hoy me toca escuchar las habituales diatribas contra el gobierno, el feminismo, los catalanes y los vascos, y de pronto una frase me hace sonreír: “Los portugueses no son más que unos catalanes con suerte”. El feroz españolito no se da cuenta de que está dando la razón a los independentistas: si lo que dice es cierto, los catalanes solo serían españoles porque tuvieron mala suerte en los cambalaches de la historia.


Viernes, 12 de marzo
SEGURO AZAR

Leyendo un libro de Jorge Eduardo Eielson, Poeta en Roma, me acordé de lo que me reprochaba mi amigo el otro día. Ciertamente de la erudición a la chismografía hay solo un paso. Eielson es un poeta y pintor peruano que tiene gran prestigio en ciertos medios. A mí la verdad es que su poesía me interesa poco. No ocurre lo mismo con las noticias biográficas que acompañan esta edición. Los dos acontecimientos fundamentales de su vida ocurrieron el mismo día y exactamente en el mismo lugar: la Piazza del Popolo. Allí, por la mañana, un amigo le regaló un libro que le abrió las puertas del budismo zen; allí, por la tarde, otro amigo le presentó a Michele Mulas, un joven artista sardo del que no separaría en los cuarenta y dos años siguientes. Tras un tiempo de vagabundeo, se instalan definitivamente en Milán. El verano lo pasan en Cerdeña, en una casona antigua que Michele había heredado, con amplios estudios para cada uno, dependencias para los huéspedes y una paradisíaca soledad alrededor, atravesada por el arroyo Barisardo, al que iban a bañarse o a pescar. Una radiante vida en común que concluye el 19 de diciembre del 2002 al morir Michele. Y es entonces cuando ocurre lo inesperado. Dos mujeres, que se apellidan Eielson, descubren al pintor-poeta por Internet y se ponen en contacto con él. El apellido es poco frecuente: quizá tengan algún parentesco. Y vaya si lo tenían. Resulta que una de ellas, Olivia Eielson, era su hermana. El padre de Jorge Eduardo, del que no tuvieron noticias después de que abandonara a la familia, había regresado a Estados Unidos y se había vuelto a casar. La otra mujer, Kari Eielson Mork, era hija de un hermano de su padre. Al encontrarse en Milán, hay otra sorpresa añadida: Kari llega con su hija, de muy pocos años, y al viejo solterón se le ilumina el mundo. Murió en 2006, convertido en abuelo, rodeado de mujeres que le querían. En su hermana Olivia, que también escribía, pintaba, hacía música, encontró un alma gemela. El último verano de su vida, en la casa de Cerdeña, fue quizá el más feliz: Michele no estaba en el pequeño cementerio de Barisardo, sino multiplicado en el amor de aquella nueva familia que el azar le había entregado. Me parece que el mejor poema de Jorge Eduardo Eielson fue su propia vida, inverosímilmente hermosa.

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