domingo, 24 de enero de 2010

Línea roja: Jugar al escondite

Sábado, 16 de enero
HABLA LEW ARCHER

“La encontré en uno de los bares que hay detrás de la estación. O tal vez ella me encontró a mí. Nunca lo sabré. Yo estaba esperando a alguien totalmente distinto: un hombre que conocía a otro hombre que había vendido heroína adulterada al hermano pequeño drogadicto de un amigo mío. Pero no se moleste en recordar a esas cuatro personas. El chico está muerto, y el hombre que conocía al camello no se presentó. Ella entró veinte minutos antes del cierre. El camarero la vio primero y su sonrisa se alteró y se desencajó de pura sorpresa. Me giré en el taburete para ver qué le había sorprendido, qué desecho humano era el causante. Pero se trataba de una joven con un traje azul marino y unas gafas ovaladas con la montura azul oscuro. Aunque iba bien arreglada, parecía como si se hubiera visto zarandeada por una tormenta. Cuando se quitó las gafas, vi que la tormenta estaba dentro de ella. La suya era una belleza nerviosa y de piernas largas y con una historia a la espalda, la clase de belleza que es peligroso mirar”.
No sigo escuchando, o mejor, no sigo leyendo. A los libros, como a la realidad, no le pido más que un punto de partida; todo lo que pasa después pasa solo en mi imaginación.


Domingo, 17 de enero
LO QUE CONTÓ MR. HANSEN

Estaba en la azotea de la casa con Charles Cooner y uno de los obreros, Melquíades Benítez, arreglando los timbres de alarma, cuando a eso de las cinco y media vi llegar a Jackson en su automóvil Buick. Antes de detenerse, dio una vuelta con el coche para dejarlo de frente a la carretera, como si pensara marchar con prisa. Me saludó con la mano y me preguntó si ya había llegado Sylvia. “No, no ha llegado”, le respondí, creyendo que ambos estaban citados. Charles abrió la puerta de acceso. Al mismo tiempo, Harold Robins salió a recibirle. Jakson fue directamente al corral, donde en estos momentos el jefe daba de comer a las gallinas y a los conejos. Pasados unos diez o quince minutos, escuché un gran ruido y gritos. En un principio creí que había ocurrido un accidente a alguno de los hombres que hacían reparaciones en la casa. En seguida me di cuenta de que ocurría algo distinto. Hice sonar los timbres de alarma y bajé precipitadamente. Desde la azotea vi por la ventana del despacho que Jackson luchaba con el jefe. Cuando entré en el comedor, salía de su despacho con una mano en la cabeza, de donde manaba mucha sangre. Dijo: “¡Mira lo que me ha hecho…!”. Pedí a Robins que se encargara de Jackson, mientras yo atendía al herido. Su mujer salió de la cocina, aterrada. Él dio la vuelta a la mesa y, antes de caer al suelo desplomado, me preguntó: “¿Me disparó con su revólver…?”
La señora pasó a la cocina y regresó con hielo, que puso sobre la herida. A mí me pareció que la lesión no era grave y le contesté que no era un balazo porque no se había escuchado el disparo. Luego me dirigí al despacho, donde vi a Harold luchando con Jackson. Allí estaba una pistola Star, calibre 45, sobre la mesa del escritorio y un piolet manchado de sangre por el suelo. Recogí la pistola para que no la pudiera usar el asesino y regresé al lado del jefe, a quien le dije con qué le habían asestado el golpe y que no era grave su lesión. Pero él repuso: “Esta vez me han matado, lo siento aquí…”, y se señaló el corazón.


Lunes, 18 de enero
SER OTRO

Qué aburrida la vida de los que viven una sola vida. A mí me basta abrir un libro, escuchar al azar un fragmento de conversación, para ser otra persona.


Martes, 19 de enero
JACKSON, MORTON O MARLAN

Sobre las cinco horas del martes pasado, en las afueras de la casa que ocupaba el revolucionario ruso, se detuvo un automóvil de color gris, que había pertenecido al señor Trotsky y que vendió casi regalado a Morton o Jackson. Del vehículo descendieron éste y otro sujeto. Jackson se dirigió a la puerta de la casa-fortaleza, llamó al timbre, se le franqueó la entrada, pues era persona conocida, y se dirigió hasta el jardín, donde se encontraban el exiliado, su esposa y dos ayudantes arreglando las conejeras. Trotsky conversó en francés con el recién llegado, al parecer sobre cierto artículo escrito por este. El señor Troksky se hallaba algo indispuesto. Pidió a su esposa, Natalie Sedoff, un poco de té, que más tarde le llevaron a su despacho, donde se habían trasladado los dos interlocutores. La primera señal de que algo raro ocurría fueron los gritos que se escucharon. Los secretarios-guardas creyeron a principio que había ocurrido un accidente. Corrieron hacia el comedor. Encontraron a Trotsky saliendo de su estudio, la sangre manchándole la cara. Uno de los guardas atacó inmediatamente al asesino, quien estaba pistola en mano; el otro ayudó a Trotsky a reclinarse en el piso del comedor.


Jackson, que antes dijo llamarse Morton, y ahora dice llamarse Jacques Marlan afirma que nació en Teheran, que fue educado en París y que es ciudadano belga. Dice que su padre tuvo un cargo diplomático en Persia y que él ingresó en el ejército obligado por su padre. Llegó a tener el grado de teniente y cuando iba a ser ascendido a capitán pidió la baja. Entonces se fue a París a estudiar periodismo. Allí conoció a Sylvia Ageloff de la que se enamoró apasionadamente y se inició en el trotskismo. Luego sufrió un desengaño al conocer al líder, que le pareció un traidor que se aprovechaba del idealismo ajeno. Por eso decidió vengarse. Acerca de las armas, dijo que el piolet lo compró en Suiza, donde había practicado el alpinismo; lo trajo a México como recuerdo y lo tenía colgado en su alcoba. El puñal lo adquirió en el mercado de la Lagunilla; la pistola, con la que pensaba suicidarse después de haber matado a Trotsky, fue lo que más le costó encontrar. En la cantina Kit-Kat, la semana pasada, coincidió con un parroquiano que iba armado. Le invitó a tomar unas copas y luego le dijo que le enseñara el arma, viendo que era una Star 45. Logró que se la vendiera por 160 pesos.



Miércoles, 20 de enero
COMIENZOS

Me gusta el comienzo de las historias: “Era una calle de mala muerte. El vacío azul del mar resplandecía por el espacio estrecho que había entre las casas. La que estaba buscando necesitaba una mano de pintura y se sostenía como un hombre con muletas. No pasó nada cuando pulsé el timbre. Volví a llamar. Poco a poco, como dos cuerpos siendo arrastrados, unos pasos se acercaron al otro lado. ¿Sí?, dijo una voz de hombre, ¿quién es? Archer, me llamo Archer”.
Me gustan los comienzos, cuando todo es posible. Si por mí fuera, cada día iniciaría un nuevo amor, como cada día comienzo un nuevo libro. O dos.


Jueves, 21 de enero
POR NADA

En casa de un amigo, cuyos padres había vivido en México, me encontré el otro día con amarillentos recortes periodísticos que daban noticia del asesinato de Trotsky, ocurrido el 20 de agosto de 1940. El nombre verdadero del asesino tardó muchos años en conocerse, al menos oficialmente, porque entre los exiliados españoles pronto se supo que se trataba de Ramón Mercader, hijo de Caridad Mercader, ambos fieles militantes comunistas.
Veinte años pasó Ramón Mercader en la prisión de Lecumberri. Fue un preso ejemplar, que daba clases a sus compañeros, y recibía frecuentes visitas. Un día quiso conocerle Pablo Neruda, que le admiraba, y otro una guapa actriz que había sido amante de León Felipe y que quería añadirle a la lista de sus conquistas, Sara Montiel.


Ramón Mercader, héroe de la Unión Soviética, nunca desveló su secreto, nunca dijo quién le había encargado el asesinato, aunque ese secreto fuera un secreto a voces. En 1972 Josep Losey llevó al cine su historia; su papel lo hacía Alain Delon. Cuentan que Sara Montiel, cuando vio la película, dijo: “Ramón era más guapo”. Murió en Cuba, en 1978. Él habría querido morir en España. Hizo todo lo posible por regresar. Pidió ayuda a Santiago Carrillo. Parece que este le puso una condición: que escribiera sus memorias, que lo contara todo. Se negó a hacerlo: “Al contrario que tú, yo nunca traicionaré a los míos”.
No le importó traicionar a Sylvia Ageloff, la joven que se había enamorado de él, ni a la familia Trotsky, que confiaba en su amistad, ni a tanta otra gente, pero no podía traicionar a la policía secreta de Stalin, ni siquiera después de que en la propia Rusa se dieran a conocer sus crímenes. Pero quizá a la única persona a la que no quería traicionar era a su madre, la fanática Trinidad Mercader, que era quien le había reclutado para la causa. O no quería reconocer que había sacrificado su vida por nada.


Viernes, 22 de enero
LA CASA DE LA PLAYA

“El sonido de un susurro me despertó. Abrí los ojos y vi los primeros rayos de luz clara filtrándose por la persiana de madera fina. Cerré los ojos y me di la vuelta hacia la pared, diciéndome que solo era el mar. Llevaba menos de una semana en la casa de la playa y no estaba acostumbrado a su sonido constante”.
Ross Macdonald apuntó en un cuaderno el comienzo de varios relatos que no tuvo tiempo de desarrollar. En El expediente Archer se publican ahora esos esbozos. A mí me gusta leer cada día uno de ellos y, antes de dormirme, continuar a mi aire la historia. Vivo solo en la casa de la playa y de pronto me despierta un susurro que yo confundo con el sonido del mar. Pero no: hay alguien al otro lado de la ventana. Comienza la aventura.


Sábado, 23 de enero
TU PROPIA VIDA

“Cada vez hablas menos de tu propia vida”, me reprocha un amigo, “te escondes en los libros que lees”.
Cierto. De lo único que no me gusta hablar es de lo que más me preocupa.

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