domingo, 13 de diciembre de 2009

Línea roja: Con cien candados

Domingo, 6 de diciembre
UN CRIMEN

El crimen fue en Granada, ¡en su Granada!, escribió Antonio Machado en el poema que dedicó a la muerte de García Lorca. El crimen fue en Perugia, en mi Perugia, podría decir yo a propósito del asesinato de Meredith Kercher, estudiante británica de 21 años.
El día de difuntos de 2007 apareció degollada en el piso que tenía alquilado en Via della Pergola con otras estudiantes. Puedo imaginarme perfectamente los lugares que frecuentaba: las aulas palaciegas de la Università per Stranieri, el elegante y provinciano corso Vannucci, recorrido una y otra vez cada tarde, las escaleras del Duomo, la Via dei Priori que lleva hasta el césped sobre el que se alza la fachada policromada de San Bernardino, los oscuros pasadizos, los recovecos, las infinitas escaleras, las subterráneas calles medievales, toda la verde Umbria desplegada ante la terraza de los jardines de Carducci…
Sus asesinos fueron Amanda Knox, estudiante norteamericano de veinte años, rubia, angelical y gélida como una heroína de Hitchcock, su novio Raffaele Sollecito, un galante italiano de poca más edad, y Rudy Guede, de Costa de Marfil, también con veinte años.
Acaba de hacerse pública la sentencia. Tras la larga noche de fiesta los tres condenados llegaron juntos al piso en el que ya estaba la joven inglesa: “Knox, Sollecito y Guede, bajo el efecto de estupefacientes y quizá del alcohol, decidieron llevar a cabo el proyecto de implicar a Meredith en un juego sexual que entró pronto en un crescendo incontrolado de violencia que acabó con la muerte de la muchacha británica”. Mientras Raffaelle Sollecito la sujetaba, Rudy Guede la violó y Amanda Knox le asestó la cuchillada mortal. Al parecer el motivo fue que quería vengarse de aquella “joven afectada, demasiado seria y morigerada para su gusto”.
Amanda, que permaneció impasible durante todo el juicio, lloró al escuchar la sentencia.
Cuando vuelvo fugazmente a Perugia, me gusta acariciar los lugares que recorría diariamente hace ya casi treinta años, tomar un café en el sitio de siempre, sentarme con un lento helado en las escaleras de la Catedral. Veo los grupos de estudiantes que hacen la vida que yo hacía entonces y me parece que son los mismos, que solo yo he envejecido. Los imagino felices, ajenos a la usura de los años, en otro mundo.
Pero no hay otro mundo en el que no se agazape el Mal.


Lunes, 7 de diciembre
DÍA DE FIESTA

Hoy es San Ambrosio, el gran día de la ópera. Se inaugura la temporada en Milán y yo estoy invitado a la fiesta de la manera más cómoda posible. Si no puedo desplazarme hasta el teatro, el teatro por arte de magia se acerca a mí. Me entretengo, antes de que comience la función, con el espectáculo de la sala, a veces no menos deslumbrante que el otro. Ahí está, en el palco principal, Giorgio Napolitano, y fugazmente entreveo a Umberto Eco, que intercambia algunas ironías con Dan Brown. La cámara pasa de un grupo a otro, a veces acaricia un rostro especialmente hermoso que parece mirarnos soñador desde la distancia, o encuadra en el palco un retrato de grupo que no desentonaría en una galería renacentista. Yo pienso, como siempre en estos casos, en la novela de Mújica Láinez, Gran Teatro, protagonizada por el público que se reúne en el teatro Colón, de Buenos Aires, y también en un relato de Dino Buzzati, Pánico Alla Scala, donde los asistentes a una representación no pueden salir al final porque fuera se ha iniciado, o eso creen, una revolución.


Fuera, este día de San Ambrosio, hay protestas, abucheos (algunos de estos elegantes trajes han estado a punto de recibir un huevo podrido), pero aquí dentro todo parece perfecto, el mejor de los mundos posibles. Entra Daniel Barenboim. Comienza la función. Qué prodigiosa Carmen, con un don José –Jonas Kaufmann- perfecto en la voz y en el gesto doliente, con un Escamillo –Erwin Schrott— lleno de gracia y pícara simpatía, con una Carmen que vuelve a hacer realidad el cuento de Cenicienta. Anita Rachvelishvili, una recia georgiana veinteañera, había sido seleccionada para un papel secundario. Barenboim, nada más escucharla, le ofreció el de la protagonista, y aquí está, cantando como nadie, o eso me parece a mí, que “l’amour est un oiseau rebelle / que nul ne peut apprivoiser, / et c’est bien en vain qu’on l’apelle, / s’il lui conviene de refuser”. Sí, con el amor no valen amenazas ni plegarias…
En los entreactos, no me aguardan los dorados salones ni las gráciles damas que fascinaron a Stendhal; yo estoy en un Centro Comercial, con el suelo lleno de palomitas y grandes colas antes las taquillas. “Toda la tarde llevamos así –me dice el encargado—, cinco taquilleras y no dan abasto, las colas llegan hasta el McDonalds”. Y yo, feliz en mi mundo de toreadores, gitanas y contrabandistas, me siento agradecido a los padres con niños y a los adolescentes devoradores de palomitas; gracias a ellos, todavía hay salas de cine y es posible el milagro de estar a la vez en Milán y en Oviedo. Los cinéfilos exquisitos prefieren bajarse las películas de Internet.



Martes, 8 de diciembre
EXTRAÑO PAÍS

“El pasado, ese extraño país donde todo sucede de manera distinta”, afirma Hartley al comienzo de su novela El mensajero. Vuelve el periódico a traerme noticias de Perugia. Por allí anduvo, un curso antes que el mío, un estudiante turco de inquietante mirada, Alí Agca. El 13 de mayo de 1981 disparó contra Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Cuando anduvo por Perugia, y se alojó en la misma casa de Via Garibaldi que yo ocupé después, ya había matado a un hombre, Abdi Ipecki, director del periódico Milliyet. Ahora es noticia porque dentro de unos días, a comienzos de enero, saldrá de la cárcel.
Aquella Perugia que en mi memoria ha ido convirtiéndose en la imagen de un paraíso fuera del mapa y del calendario ya entonces escondía demonios.
El pasado, ese extraño país que no ha existido nunca.



Miércoles, 9 de diciembre
ALGUNAS PRECISIONES

La cosas no ocurrieron exactamente como tú las cuentas –mi dice Enrique, que fue estudiante en Perugia por los mismos días en que lo fui yo—. He seguido con detalle el caso de Meredith Kercher porque un amigo mío casi fue testigo de los acontecimientos, incluso tuvo que declarar. La noche del crimen tenía aparcado su coche muy cerca de la casa de Via della Pergola en que ocurrió todo. El coche se estropeó cuando volvía de cenar y allí estuvo esperando a la grúa mientras presuntamente ocurrieron los hechos. No vio ni oyó nada. La casa, independiente, con un pequeño jardín, más o menos como la que alquilé yo con unas amigas, o como la tuya, aunque me parece que vosotros no teníais jardín, estaba ocupada por cuatro estudiantes de Erasmus. No iban a la Università per Stranieri, sino a la Università degli Studi, la que está construida sobre un mosaico romano. La mañana del dos de noviembre, encontraron a Amanda, una de las inquilinas, sentada a la puerta de la casa, junto con su novio. Estaban preocupados. Temían que le hubiera ocurrido algo a una de sus compañeras. Llamaban y no respondía. Forzaron la puerta y la encontraron acuchillada sobre su cama. Poco días después la policía detiene a Amanda, estudiante de Seattle, a su novio, del sur de Italia, y a Patrick Lumumba, músico congoleño que tenía un pub, “Le chic”, en el que a veces había trabajado Amanda como camarera. En comisaría, Amanda acusa a Patrick, casado y con un hijo, de ser el autor material del crimen. Le salvó un profesor suizo que aquella noche fue el último en retirarse del pub y que pudo asegurar que el músico no se movió de allí.


En casa del novio de Amanda, se encontró un cuchillo en el que había sangre de ésta, en el mango, y de Meredith, en la hoja. A ellos dos, en la larga fiesta de aquel día de difuntos, los había acompañado otro estudiante, Rudy Guede. Lo detienen en un tren de Alemania, por donde viajaba solo, sin equipaje, como huyendo de no se sabe qué.
Hubo acontecimientos extraños en los dos años que transcurrieron antes de que se celebrara el juicio. Unos desconocidos entraron en la casa, rompiendo la ventana de la cocina, y encendieron velas y dejaron varios cuchillos, como en un ritual satánico.
Los tres detenidos negaron siempre su participación en el crimen. “Meredith era mi amiga y no la odiaba –afirmó Amanda en el juicio—. La idea de que yo haya querido vengarme de una persona que siempre había sido amable conmigo es absurda. Las cosas que se han dicho en esta sala son todas pura fantasía”. El tres de diciembre, al final del juicio, habló por última vez ante el tribunal: “Tengo miedo que se me obligue a llevar para siempre una máscara de asesina sobre la piel. Después de dos años de cárcel estoy desilusionada, triste y frustrada”. A pesar de eso, dice que sigue confiando en la justicia. En la cárcel de Capanne, mientras se resuelve la apelación (en Estados Unidos se ha pedido el boicot a los productos italianos, Hillary Clinton se ha interesado por ella), hace lo mismo que hacía antes: leer, escribir. Incluso ganó un concurso literario con un relato que ella califica “de pura imaginación”, pero que causó cierto escándalo porque hablaba de una fiesta con droga, alcohol y una joven herida. Rafaelle, que ya no es su novio, se licenció en informática mientras estaba en la cárcel. Durante el juicio, se limitó a repetir una y otra vez que él es incapaz de matar una mosca.


La casa del crimen ha vuelto a ser alquilada. Es una agradable casita de pueblo, de esas que en el laberinto de Perugia alternan con los grandes y oscuros caserones. La dueña, que vive en Roma, una vez que la policía lo permitió, la ha vuelto a pintar y ha cambiado todos los muebles. Consta de dos apartamentos. Aquel en que murió Meredith lo ha alquilado por 1300 euros; el otro, por mil. No es que el morbo del crimen tenga un precio; es que es un poco más grande.


Jueves, 10 de diciembre
CANSA SER

¿Cuántas veces habré hablado de Pessoa? Vuelvo a hacerlo esta tarde, en Gijón, vuelvo a recordar la historia del hombre que era, como cualquiera de nosotros, una multitud. Todos llevamos dentro, encerrado con cien candados, un monstruo. El de la dulce y ejemplar Amanda Knox los rompió todos una noche de fiesta.
Cuando me quedo solo, releo a Pessoa y siento miedo: “Cansa ser, sentir duele, pensar destruye”.

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