Domingo, 13 de septiembre
JUGAR CON FUEGO
Nunca
dejarán de sorprenderme los abismos de la condición humana. ¿Cómo puede
estirarse y estirarse la tragedia de Ceuta para sacarle todo el rédito
electoral posible, no ya sin una protesta, sino con el aplauso generalizado de
mucha buena gente?
Con
la inmigración pasa lo mismo que con los vasos comunicantes. No es posible
tener uno lleno y otro casi vacío; la fuerza de la gravedad hace pasar el
líquido de uno a otro hasta igualarlos. Es precisa una sólida barrera de
contención para que los pobres del mundo no busquen una oportunidad donde pueda
haberla, en los países más ricos que el suyo. Hace falta establecer controles
para que ese inevitable flujo resulte provechoso para ambas partes. ¿Y qué pasa
cuando esos controles fallan? No olvidar nunca que quienes han entrado
ilegalmente en nuestro país son seres humanos, no alimañas a las que hay que
exterminar. Hacer que vuelvan al suyo, sí, pero respetando la humanidad y la
legalidad.
La frontera de Ceuta, como la de
Melilla, es una frontera especial. Son territorios de la Unión Europea que
están situados en un país que no es de la Unión Europea. Necesitan de la
colaboración de Marruecos para poder seguir siendo españolas. Si a Marruecos le
interesara, con una Unión Europea cada vez más débil y con unos aliados cada
vez más fuertes y con menos escrúpulos, Trump y Netanyahu, se las merendaría en
dos bocados. O tendríamos otra guerra de los cien años, como la de Ucrania. ¿Qué
sentido tiene entonces pedir mano dura con Marruecos?
Medio
problema de Ceuta se solucionó en un día, el ochenta o el noventa por ciento de
los inmigrantes ilegales volvieron por su propio pie al país del que venían; el
otro medio se habría solucionado en una o dos semanas si el gobierno de la
ciudad autónoma de Ceuta y los de las comunidades gobernadas por la
oposición hubieran colaborado, como era su deber, con el gobierno de España. No
lo hicieron, no lo hacen, practican la política de cuando peor, mejor. Cuando
peor vayan las cosas en Ceuta, mejor para sus particulares intereses
partidistas.
Con todas las encuestas a su favor,
no pueden esperar unos meses a que haya elecciones y se produzca la previsible
alternancia en el poder. Quieren que caiga Sánchez como un Ceaucescu cualquiera,
arrastrarlo de la Moncloa a la cárcel, y si fuera posible hacer con él lo que
Fernando VII hizo con Riego: cortarle la cabeza.
Ya hasta los jueces (no todos, por
supuesto, solo la mayoría) se han quitado la careta y en los asuntos de
contenido político se ponen del lado de los suyos sin el menor intento de
aparentar la obligada imparcialidad.
Me temo que se avecina otra década
ominosa. Las bandas de matones rojigualdos comienzan a campar a sus anchas y
las autoridades y el público en general cada vez los miran con más
benevolencia. Weimar, 1930.
Quieren que Ceuta sea la tumba del sanchismo, pero actúan tan desvergonzadamente, tan despreocupados por el interés de la ciudad y de sus habitantes, que yo confío en que se produzca una reacción y todos a una –todos los que aún creemos en los derechos humanos y en los viejos principios de libertad, igualdad y fraternidad-- vayamos a darles cuando toque con el voto en las narices y Ceuta sea la tumba del fascismo.
Lunes, 14 de septiembre
NUNCA HE TRABAJADO
“Claro,
como tú no has trabajado nunca”, me dice un amigo y yo, en el fondo, pienso que
tiene razón.
He
dado clases durante cincuenta años, he publicado no sé cuando libros, he
cuidado la edición de más de un centenar de libros ajenos, he dirigido
revistas, colaboro en la prensa regularmente desde hace décadas, pero no tengo
la sensación de haber trabajado nunca.
Para
mí, nada que tenga que ver con libros –salvo venderlos-- o con hablar de
literatura es un trabajo. Se trabaja en el campo, en la construcción, en el
servicio doméstico, en la hostelería, en la mina, en la siderurgia… Voy contra
mi interés al confesarlo, como digo siempre citando a Bécquer, pero mi trabajo
no es un trabajo ¿Cómo va a ser un trabajo hablar de la poesía de Góngora o las
novelas de Galdós? ¿Cómo va a ser un trabajo analizar en dos folios el libro
que acabo de leer? Sobre todo, si es un fraude como el que comento esta semana,
y nadie lo va a decir sino yo. Un trabajo es una actividad que uno hace a
cambio de dinero. Y yo tengo la suerte de no haber hecho en mi vida nada que no
haría igual si no me pagaran.
Martes, 15 de septiembre
CUANDO ME ABURRO
Me
gustaría ser un hombre importante, de esos a los que su secretaria les lleva la
agenda y no tienen ni un instante libre, siempre de acá para allá, con citas y
reuniones y papeles que leer y firmar urgentemente.
Pero
mi agenda me la tengo que preparar yo y por mucho que me empeñe en que no haya
huecos siempre termino todos los deberes que me pongo antes de lo previsto y no
hay días en que no me sobren, al caer la tarde, una o dos horas.
Al principio siento como si se detuviera al
tiempo, como si no fueran a pasar nunca. Luego casi siempre acabo escribiendo
un poema y eso me fastidia. Ya he escrito demasiados. Además, me parece una
falta de respeto a la poesía escribirla solo porque uno se aburra, sobre todo
si es alguien como yo que se aburre todos los días.
La
solución que he encontrado es escribir un poema ajeno. Un día de Unamuno, otro
de Guillén, el último un poema de Gerardo Diego que supuestamente leyó en
Avilés el 18 de mayo de 1968 cuando vino al instituto Carreño Miranda, donde yo
estudiaba, a celebrar sus bodas de oro con la poesía.
En
un ejemplar de Alondra de verdad, perdido en mi casa de Rivero 99,
encontré una invitación al acto y en el Atrio, mientras esperaba a un amigo que
se retrasaba, garabateé el poema que él leyó en aquella ocasión y que
supuestamente se ha perdido. Lo eché a volar de inmediato por Internet y tuvo
cierto éxito. No es lo mejor que ha escrito Gerardo Diego, pero tampoco es lo
peor.
Miércoles, 16 de septiembre
SE NOTA
“Se nota que estás encantado de haberte conocido”, me reprochan a menudo. Y no seré yo quien les lleve la contraria. Reconozco que no deja de ser raro que yo, que me llevo tan mal con casi todo el mundo, me lleve tan bien conmigo mismo. Debe ser que, como me conozco desde que nací y no me he dejado solo ni un momento, me he cogido cariño.
Jueves, 17 de septiembre
EN EL CAMPILLIN
Me
siento en el Campillín, donde los domingos se amontonan los puestos del
mercadillo, sin nada que hacer, sin haberme traído siquiera un libro, aún más
aburrido que de costumbre, cuando de pronto un grupo de personas que charlaban
junto a un banco frente al mío se ponen a bailar.
Seguramente
forman parte de uno de los grupos que desfilarán el sábado con motivo del Día
de América en Asturias y han venido aquí a ensayar, pero yo pienso que lo hacen
solo para distraerme. Mientras evolucionan con gracia delante de mí suena una
música popular y alguien canta: “A la vera del camino / hay una fuente sin agua
/ que el que la bebe se olvida / que quiere a quien no le ama”.
La luz del atardecer entre las ramas
de los árboles, unas pocas nubes blancas en el azul del cielo.
El
niño caprichoso que yo soy, el acelerado que todo lo hace deprisa y corriendo y
enseguida se aburre, olvida su mal humor y agradece un inmerecido regalo más.
Viernes, 18 de septiembre
TIEMPOS FELICES
Qué
cosas escribía Aquilino Duque, allá por los años setenta, describiendo la
decadencia de la Italia democrática y no queriendo nada semejante para España:
“Piden divorcio los seglares, / matrimonio los curas, / amor libre los feos, /
fraternidad los fratricidas, / igualdad los enanos / y libertad los
bolcheviques”.
Esas
cosas que tanto me indignaban entonces ahora me hacen sonreír. A fin de cuentas,
Aquilino Duque era el único que se atrevía a escribirlas. En aquellos buenos tiempos,
todos los que uno admiraba eran de izquierdas. Hasta eran de izquierdas Savater
y Trapiello, Juaristi y Azúa, Tamames y Felipe González, aunque hoy parezca
difícil de creer. No había más fachas orgullosos de serlo que los de Fuerza
Nueva y eran una reliquia del pasado.
Ahora negros nubarrones se ciernen sobre el horizonte, las derechas extremas parecen ser el inminente futuro. Andan como enloquecidos con la lotería que les ha caído en Ceuta. ¡Lástima que se marcharan tan pronto la inmensa mayoría de los “invasores”! Si se hubieran quedado los cien mil, la ciudad sería un infierno, pero ellos –los que presumen de llevar a Ceuta en el corazón-- estarían en la gloria.
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