---Hace
tiempo que no nos cuentas historias de fantasmas, Martín. Hubo una época en que
estabas obsesionado con ellas. A tu edad, ya vas teniendo cada vez más amigos
en el otro barrio. ¿Nunca se te aparece ninguno para contarte si por allí hay o
no tertulias?
---Tienes razón, cada vez son más
ciertos los versos de Gastón Baquero, que me gusta tanto repetir: “Parece que
estoy solo, / pero llevo conmigo un mundo de fantasmas”. Ahora que todo el
mundo anda por ahí con la dispersión veraniega, y que estamos como en familia
en el Black Bar, me gustaría contaros algo que nunca me he atrevido a contar y
que tiene que ver no con fantasmas, sino con extraterrestres.
---¡Anda ya!
---Pero tenéis que prometerme no repetírselo
a nadie, que no quiero pasar por un chiflado. Además, yo creo que solo fue un
sueño, una alucinación provocada por la ingesta de sustancias poco
recomendables. Sin embargo, por muchas razones que me doy, no acabado de
convencerme del todo de que no fue real. Ocurrió en Catania, en el invierno de
2017. Yo pasaba allí unos días, ya no recuerdo por qué razón, y era uno de los
pocos huéspedes de un destartalado hotel de la Via Etna. Cada mañana, tras
desayunar sin prisa, caminaba hacia la catedral y el mercado. Me entretenía un
poco en el parque Bellini, casi solitario a esas horas, y me llamó la atención,
ya el primer día, una extraña nube cuyas precisas formas geométricas –algo así
como el segmento de un cilindro o como un queso gigante-- no parecían casuales.
Pero lo más curioso es que pude verla, exactamente igual, durante varios días.
Bajo ella, en una pradera, al fondo la silueta del volcán y a un lado un modernista
kiosco de la música, había siempre un individuo, vestido de negro, que hacía
curiosos movimientos entre la gimnasia, la plegaria y el ballet. Una tarde,
visitando la casa-museo de Giovanni Verga, conocido, entre otras cosas, por ser
el autor del cuento en que se basó la ópera Caballeria rusticana, me
encontré con un antiguo alumno que estaba de Erasmus en la universidad de
Catania. Escribía relatos, había pasado alguna vez por la tertulia, y me alegró
encontrarle. Anochecía pronto aquel desapacible invierno en Catania y yo no
tenía con quien quedarme a charlar en alguna cafetería, que además cerraban muy
pronto, antes de retirarme al hotel. Tomamos algo tras visitar la casa del
escritor, me dijo que al día siguiente unos amigos suyos daban una fiesta y me
invitó a asistir. No soy yo muy dado a fiestas, pero estaba tan aburrido que
acabé aceptando. No me arrepentí por el lugar, una villa de las afueras,
propiedad de los padres de un adinerado compañero, que estaban de viaje, un
tanto destartalada y con un descuidado jardín sombrío y algo amenazador.
Parecía el escenario perfecto para una historia de fantasmas de las que a mí me
gustan, de las que oscilan entre lo ominosamente racional y lo inexplicable.
Como yo no fumo ni bebo ni etcétera (bueno etcétera sí, aunque raras veces), me
aburrí pronto, pero no tan pronto que no tuviera ocasión de probar una tarta,
que apareció de pronto como una sorpresa traída por una joven, ya no tan joven
si se la miraba de cerca, y que fue recibida con mucho alborozo. La probé con
gusto, y repetí la ración, y no debería haberlo hecho, porque –lo supe más
tarde-- no todos los ingredientes utilizados eran los habituales en las tartas
de cumpleaños. Quiero creer que a esa tarta se debe lo que me ocurrió después.
Quiero creerlo. Volvía yo al hotel por oscuras calles solitarias, em Catania
las calles, incluso las principales, se vacían en cuanto se hace de noche,
cuando sentí unos pasos apresurados tras de mí. Me volví, y allí estaba el tipo
aquel de la gimnasia matinal en el Bellini. Sin decir nada, se puso a mi lado,
alargó una de sus manos, apretó la mía, y los dos nos elevamos como en los
sueños o en las comedias musicales con las que yo tanto disfruto, aunque en
estas quien asciende es la pareja de enamorados protagonista. Fue todo tan
rápido que ni siquiera tuve tiempo de asustarme. Allá arriba, sobre los tejados
y las cúpulas de la ciudad, estaba la extraña nube que ya me era conocida. No
era una nube, como os podéis imaginar. Sin atravesar ninguna puerta, o eso me
pareció, me encontré en una gran sala llena de esos ordenadores con lucecitas
de colores que se encienden y se apagan tan habituales en las películas
antiguas de ciencia ficción, y una gran pantalla en la que me veía a mí mismo,
tendido en una mesa como de sala de operaciones, y rodeado de hombrecillos
grises, con grandes cabezas y cuerpos esmirriados, también como de películas de
la serie B, que me miraban atentamente. En la pantalla se sucedían imágenes
confusas, rostros que me eran familiares, yo mismo en alguna situación de la
que no me sentía muy orgulloso. Pensé que estaba soñando y que pronto me
despertaría. Pero no me desperté tan pronto. Habían pasado más de veinticuatro
horas cuando me encontré, sudoroso, en el cuarto del hotel. Sudoroso y aterrado:
había sido testigo de un crimen. Unos jóvenes que parecían borrachos sujetaban
a una chica desnuda mientras que una rubia angelical, con heladora sonrisa, la
acuchillaba una y otra vez. No me extrañó esa pesadilla. En Perugia, muy cerca
de dónde yo vivía cuando estudiaba en la Università per Stranieri, tuvo lugar
un crimen tremebundo, que desde hacía años me obsesionaba. Había ocurrido tras
una fiesta muy semejante a aquella a la que yo acababa de asistir. Fueron
detenidos y condenados tres jóvenes: un emigrante subsahariano, que creo que
trabajaba como camarero, un estudiante italiano y una estudiante norteamericana
que entonces eran pareja. La condena se mantuvo en la primera apelación, pero
en la definitiva el italiano y la norteamericana fueron absueltos, al parecer
por un fallo en la cadena de custodia de las pruebas. Tras cuatro años en las
cárceles italianas, la norteamericana volvió a su país y participa a menudo en
programas televisivos contando su experiencia como” falso culpable”. ¿Falsa
culpable? No se dio ninguna versión alternativa de los hechos que pueda
sustituir de manera creíble a la proporcionada por la justicia italiana. Pero sin
posible apelación la joven que, en mi pesadilla, porque seguro que eso fue,
asesta una y otra vez sádicas puñaladas a la infeliz estudiante inglesa, ha
sido declarada “no culpable” y no puede volver a ser juzgada por esos mismos
hechos por muchas pruebas que pudieran aparecer. Aprovecha la atención
mediática de la que sigue gozando para monetizar su experiencia como víctima de
la mala praxis judicial de un atrasado país de la vieja Europa, Italia.
---¿Y qué iba a ser todo eso que nos
has contado, sino un viaje más o menos alucinógeno, Martín? ¿No irás a creer
que de verdad te abdujeron, o como se diga, los extraterrestres?
---Sin duda fue un sueño, Fran. Pero
qué sueño más raro. Los detalles que pude observar, y que luego anoté
minuciosamente, no figuraban en los reportajes periodísticos que yo conocía. He
investigado después un poco más –ya te digo que el tema me obsesiona-- y los he
visto confirmados en el sumario.
---¿Y piensas ir a la policía para
que se reabra un caso que no puede ser reabierto? ¡Menudo pitorreo cuando
cuentes cómo has conseguido las nuevas pruebas!
---Fue un sueño, seguro que fue
sueño producido por aquella maldita tarta, que a mí me supo a gloria, por
cierto. ¿Qué otra cosa podría ser? Pero no dejo de pensar en aquella pobre
estudiante muerta y en el joven inmigrante encarcelado que carga con todas las
culpas y en la impune asesina de mi sueño, rubia y fría como una heroína de Hitchcock,
rehaciendo feliz su vida gracias a que en Estados Unidos nadie es culpable si
puede contratar al mejor equipo de abogados, incluso cuando los crímenes no
ocurrieran en el extranjero, y a la curiosidad morbosa e insaciable de las
audiencias televisivas. Pero quizá nada de lo que yo vi con mis propios ojos es
verdad. Todo fue un sueño, una pesadilla. ¿Qué otra cosa podía ser? Le hice
algunas fotos, desde lejos, con el Etna
al fondo, al gimnasta que supuestamente me raptó. También a la extraña nube que
camuflaba la nave. Aquí las tenéis.
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