sábado, 2 de julio de 2022

De andar y ver: Lusitania Express

  

 

PUENTE DE TRAJANO

Mandó construir este puente el emperador Trajano. Yo lo crucé por primera vez un día de invierno muy próximo a la Revolución de los Claveles. Era una mañana de niebla que apenas dejaba entrever a la izquierda, sobre el caserío, la torre del castillo. De pronto, en el silencio, se oyeron los cascos de un caballo y apareció la borrosa silueta de un jinete que, poco después, cruzó por mi lado. El caballo era blanco, el jinete muy pálido y joven. Pensé, como no podía ser de otra manera, en el rey desaparecido en Alcazarquivir.

            Hace tiempo que ese caballo y esa ilusión se desvanecieron entre la lejanía, pero siempre que vuelvo a Chaves —que parece guardar ya en su mismo nombre las llaves de un reino mágico— lo recuerdo.

CAFÉ SPORT

Tener un café al que volver es como tener casa propia en una ciudad. En Chaves tengo el Sport, con su decoración inalterada desde los sesenta, frente a la plaza más bonita de la ciudad, con permiso de la plaza Mayor. Al fondo está la biblioteca pública, a la derecha correos y al otro lado el instituto Fernando de Magallanes. No hay iglesias ni palacios, este no es un lugar de nobles ni de clérigos. Lleva el nombre de un general, pero debería llamarse Plaza de la República porque aquí están los tres pilares que sostienen una república bien ordenada: la comunicación entre las gentes, los libros que hacen soñar y la educación que nos hace humanos. Hay siempre poca clientela en el café Sport, algún solitario, dos o tres grupos que hablan bajito. Pasan los años, pero siempre parece el mismo día, el día en que entré por primera vez. En torno se derrumba el mundo, pero aquí podemos tomarnos un respiro mientras nos tomamos un café con sabor a los buenos días perdidos en un tiempo que no ha existido nunca.

FORUM

Mi casa en Aveiro, el lugar al que no dejo de volver cuando paso por allí, donde me encuentro más a gusto, es un centro comercial, Forum, junto al canal por el que discurren los coloridos barcos moliceiros. Los centros comerciales son la versión contemporánea del ágora griega o del foro romano. Este forum está diseñado con inteligencia y entremezcla las galerías cerradas con las que tienen el cielo por techo. Es un buen refugio para los días de lluvia y no agobia los días de verano. Siempre tuvo alguna buena librería —antes la Bertrand, ahora la FNAC— y yo paseo un rato entre los libros antes de sentarme a comer entre la gente. Si es domingo, aunque esté abierta (signo de civilización), no suelo entrar en la librería, sino pasear por el rastrillo de libros viejos y cachivaches que se coloca entre el centro y el canal. Nunca me ha defraudado, nunca ha dejado de ofrecerme algún regalo que guardaba para mí. Esta vez han sido dos tomitos intonsos del diario de Miguel Torga, el XIII y el XIV, escritos entre sus setenta años, que cumplió en 1977, y los ochenta. Ya los había hojeado, y me parecieron sin demasiado interés. Ahora que estoy en la edad del autor al escribirlos los veo de otra manera. Tengo los años que él tenía —fue en el 80 o en el 82— cuando lo vi por única vez. Coincidimos en el teatro Gil Vicente, de Coímbra. No me atreví a decirle nada, aunque habría sido fácil acercarme a él e intercambiar unas palabras. Le acompañaba su mujer, que era mi profesora de literatura en el Curso de Férias de la Universidad. Abro algunas páginas y picoteo acá y allá mientras tomo un café. Se queja mucho de la edad, de la marcha del mundo y de la insistencia de los políticos para que intervenga en la vida pública. Opositor destacado al salazarismo, que lo metió en la cárcel, ahora es una de las figuras intelectuales de referencia en el nuevo régimen. Los primeros tomos de los diarios —que él mismo editó sobriamente— tenían una tirada de quinientos ejemplares y aún amarilleaban en muchas librerías cuando yo pasé por Coímbra; la tirada de estos nuevos tomos es de doce mil. No puedo dejar de comparar esos setenta años suyos con los míos; él ya había hecho todo lo que tenía que hacer, recibía quejumbrosamente un premio y un homenaje tras otro; yo tengo la impresión de que todo lo tengo por hacer. Una falsa impresión, lo sé de sobra, pero que me ayuda a sonreír.

BOM JESUS

Aunque no estoy afiliado a ninguna confesión religiosa, tengo mis lugares de culto esparcidos por el mundo: la mezquita de Plovdiv, la catedral de Alexander Nevski en Sofía, el Muro de las Lamentaciones (que solo visité una vez), la Sé Velha de Coímbra, donde Antero de Quental desafió a Dios y Eça de Queiros se encontró con el demonio, la azoriniana Saint-Julien-le-Pauvre, en París. Añado ahora las escalinatas del Bom Jesus en Braga- Las escalinatas, no el templo neoclásico que las corona. Las vi por primera vez hace casi medio siglo. Atravesaba en coche Portugal con unos amigos, dormíamos en tiendas de campaña o al aire libre. Pasamos por Braga, pero no quisieron detenerse. “Demasiados curas”, dijo uno. Y yo entreví entre los árboles el oleaje barroco de la escalinata. Insistí en que paráramos un momento, pero no me hicieron caso. Azares diversos han impedido que ese deseo no se cumpliera hasta hoy. Tardo en llegar a lo alto. Me entretengo con cada fuente, con cada estatua, descifrando las inscripciones latinas. Asciendo como quien va leyendo un libro que es la historia del mundo y la historia de su vida. Una de las cinco fuentes de los sentidos, la de la vista, me trae a la memoria la “Noche serena”, de Fray Luis, que habla de unos ojos hechos fuente, como los de esta escultura: “Cuando contemplo el cielo / de innumerables luces adornado, / y miro hacia el suelo, / de noche rodeado, / en sueño y en olvido sepultado, / el amor y la pena / despiertan en mi pecho un ansia ardiente, / despiden larga vena / los ojos hechos fuente…”

            El lugar sagrado al que me llevan estos escalones  —símbolo de los que unen la tierra con el cielo— no es el templo neoclásico con su teatral altar mayor. Está detrás y sus columnas son los árboles y su bóveda el fresco verdor de las ramas entrelazadas entre las que se asoma el azul del cielo. Allí juego a perderme para ver si logro encontrarme.

DESCUBRIMIENTOS

¡Qué portuguesa esta librería! Está en la planta baja de la Casa Rolao, un sobrio edificio barroco —solo destacan los aleros de las ventanas como grandes cejas— que un comerciante encargó, a mediados del XVIII, a Andrés Soares. Para no estropear la fachada, no han puesto ningún rótulo y al pequeño escaparate con dificultad se asoma algún libro. Pasé por delante varias veces sin reparar en ella. Pero escondida en aquel caserón estaba la maravilla de Centésima Página, alargada y laberíntica, con su jardín al fondo. Me senté junto a un macizo de hortensias blancas y azules a leer —hojear más bien— el libro que acababa de comprar, la biografía de Pessoa de Richard Zenith, recién traducida al portugués. No la leeré con la pasión con que leí —como si fuera la historia de mi vida aún por vivir— Vida y obra de Fernando Pessoa de Joao Gaspar Simoes, pero picoteando acá y allá encuentro que está escrita con garbo y llena de pequeños detalles exactos que yo desconocía. Encierra unas cuantas horas de demorada felicidad. ¡Cuántos viejos conocidos me aguardan en este libro!

En la Avenida Central de Braga, con su inagotable encanto antiguo, dos han sido mis descubrimientos: esta librería, situada al lado mismo del hotel en que me alojaba, otro regalo del azar, y el límpido pabellón art déco ocupado por el McDonalds, en el que nadie salvo yo parece reparar y del que no he encontrado información ninguna. A mí me da una lección cada vez que paso junto a él. Así quisiera yo la obra y la vida: líneas claras, grandes ojos abiertos al mundo, redondeadas curvas de navío para adentrase en el misterio, geometría sin angustia.

DUNAS

Me gusta perderme entre la gente, como el hombre de las multitudes del que hablaba Poe, y también pasear solo por las dunas, entre el bosque de pinos y el mar. San Jacinto, al otro lado de la ría de Aveiro, una tarde tranquila de verano, puede ser la mejor sucursal del paraíso. El libro de la naturaleza, tanto tiempo cerrado para mí, se ha ido entreabriendo poco a poco y no es un libro, o es el borgiano libro de arena, una biblioteca ilustrada. Garzas y patos marinos, sauces y juncos, tímidos insectos y diminutas flores cuyo nombre ignoro, posan para mí. Y el mar me cuenta historias de aventureros y náufragos y me canta una canción que es la misma que escuchó el infante Arnaldos cuando iba a dar agua a su caballo la mañana de San Juan.









 

 

           

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