domingo, 19 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Toda la belleza del mundo


Viernes, 10 de febrero
NO ME QUEJO

Hasta ahora, siempre he visto a tiempo venir sobre mí la ola negra de la melancolía y he logrado apartarme de un salto para que no me arrastre con ella. Lo que no puedo evitar es que unas veces me salpique y otras me empape.
            De momento no me quejo: una buena ducha, cambiarse de ropa y como nuevo.


Sábado, 11 de febrero
PARA AMARTE MEJOR

Me sumerjo en un libro como quien bucea en el océano a pulmón libre; por mucho que disfrute con lo que veo o con lo que leo, cada poco tengo que salir a tomar aire.
            ––¿Para qué tantos libros, Martín?
            ––Para verte mejor, realidad.


Domingo, 12 de febrero
EL PATITO FEO

Los cuentos de hadas, los verdaderos, no la versión rosácea a que nos han acostumbrado las adaptaciones infantiles y las películas de Walt Disney, se parecen más a Moonlight, la áspera película de Barry Jenkins, que a las dos horas de melosa felicidad que ha filmado Damien Chazelle.
            Los cuentos de hadas están llenos de madrastras, de niños abandonados, de pruebas casi imposibles de superar. Como la vida misma.
            Hay en Moonlight un error de casting que finalmente se revela un acierto. No resulta verosímil que el adolescente desmedrado que interpreta Ashton Sanders se convierta, pocos años después, tras pasar por la cárcel, en el atlético y guapo Chiron interpretado por Trevante Rhodes. Mucha gimnasia tuvo que hacer, muy buena alimentación que recibir. Esa radical metamorfosis, la escuálida víctima transformada en poderoso príncipe, nos indica que estamos en el terreno de los cuentos de hadas.
            Pero en un cuento de hadas que no abandona el terreno de la realidad. El niño perseguido por sus compañeros, maltratado por su madre, se dedica ahora al business, al trapicheo, controla la distribución de droga en una pequeña zona, como su primer mentor.
            El director de la película y el autor de la obra de teatro en que se basa el guión, Tarell Alvin McCraney, saben bien de qué hablan: los dos son negros y homosexuales, como su personaje, los dos vivieron en ambientes semejantes. Barry Jenkins incluso en el mismo barrio de Miami, Liberty City, en el que transcurre buena parte de la película. Todavía tenía allí amigos y parientes cuando se rodó, todavía circulaban por allí  algunos de sus maltratadores que sin duda le miraban con ojos de envidia e incomprensión. La película tuvo que rodarse con protección policial. La realidad se parecía demasiado a la ficción.
            Nos angustia ese Little, ese animalillo inocente que no entiende por qué sus compañeros le persiguen, por qué incluso su madre se burla de él. Sacia su hambre en silencio, parece que le cuesta hablar. De pronto hace una pregunta: “¿Qué es  marica?”
            Sus protectores, que lo han encontrado escondido de los otros niños en un refugio de yonquis, no saben qué decir. "Es el nombre con que algunos se dirigen a los gays cuando quieren ofenderlos", responde Juan (Mahershala Ali), el traficante de drogas que hace de hada en este cuento. "¿Y yo soy gay?", pregunta el chiquillo. "Si lo eres o no, lo sabrás cuando debas saberlo", responde la mujer de Juan.
            La última parte, cuando el niño Little, el adolescente Chiron, se ha convertido en el exitoso traficante Black, con su aparatoso coche y sus colgantes de oro, supone el triunfo de los humillados y ofendidos; del patito feo, ahora hermoso cisne negro.
            A la luz de la luna los chicos negros parecen azules se titula la obra de teatro que da origen a la película. Qué curiosa paradoja: La La Land nos deja un regusto de amargura, Moonlight una sensación de reconfortante aceptación de la vida, llena de trampas y alambres con espinos, pero en la que a veces es posible encontrar un mago bueno que nos guíe hacia la felicidad.


Lunes, 13 de febrero
BORGES Y YO

Borges se imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Yo, más modestamente, he convertido cualquier rincón del mundo en una biblioteca: vaya donde vaya siempre encuentro una esquina –no hace falta que sea un café del Boulevard Saint-Germain, basta el McDonalds de Los Prados– donde sentarme tranquilo, abrir un libro, sacar mi cuaderno de notas y leer o escribir o mirar la vida que pasa.
            Tras pasar un rato en el París del Segundo Imperio con el diario de los Goncourt, del que ando preparando una reedición, abro el cuaderno y anoto:
            Demasiadas grandes palabras, hunden cualquier conversación.
            De la inteligencia de quien nos admira no solemos tener la menor duda.
            Qué poco inteligente quien siempre anda demostrando lo muy inteligente que es.
            El mayor premio, merecerlo.
            Andar por el mundo enamorado es como ponerse a nadar con pies de plomo.
            Las cosas que no sabemos son las que hacen interesante al mundo.
            Hablar con ingenio está al alcance de unos pocos; callar con ingenio, de casi nadie.
            Para oídos necios no hay palabras inteligentes.


Martes, 14 de febrero
UNA CITA

¿Hay algo todavía más deprimente que no tener ninguna cita romántica el día de San Valentín? Sí, tener una cita –como yo esta tarde– con el dentista.

Miércoles, 15 de febrero
MORIR DE ÉXITO

“¿No crees que tus libros se venderían más si los promocionaran como a los de Javier Cercas?”, me pregunta Enrique Bueres.
            “No sé. El riesgo de una tan exhaustiva promoción es que luego el libro no añada nada a lo que ya nos han contado el autor en sus entrevistas, Javier Rodríguez Marcos o Antonio Lucas en sus reportajes, Mainer en su servicial reseña de costumbre. No añada nada, salvo el tedio”.


Jueves, 16 de febrero
AFUERAS DE LA NOVELA

No soy un buen lector de novelas. En seguida aprovecho cualquier pretexto de la trama para abrir una puerta y salir fuera y continuar por mi cuenta. Salir fuera, a los recovecos de mi memoria, o quedarme dentro, pero explorando territorios que no se le ocurrieron al novelista. Comienzo Asesinato en el Jardín Botánico, de Santo Piazzese, la primera entrega de su Trilogía de Palermo, y pronto desaparece el cadáver que cuelga de uno de los gigantescos ficus y los policías que acaban de llegar llamados por el profesor Lorenzo La Marca, ese investigador que tiene más de Woody Allen (o de Víctor Botas) que de Philip Marlowe. Quedo yo solo en el Orto Botanico, como aquella tarde, y las cuatro gotas que comienzan a caer y a las que no doy demasiada importancia se convierten súbitamente en un chaparrón. Corro hacia el invernadero, que es el refugio que tengo más cerca, y hay momentos en que la lluvia golpetea con tanta fuerza que temo vaya a romper los cristales. Tardo en darme cuenta de que no estoy solo. En la otra esquina, en el lugar más apartado de donde yo me encuentro, hay una mujer, sin duda otra turista solitaria. No parece haberse dado cuenta de mi presencia. Yo me quedo mirándola, no sabiendo si saludarla o no, y ella se da la vuelta, me ve, pone cara de terror y antes de que yo pueda decir nada sale corriendo bajo la lluvia y se pierde por los senderos embarrados. Quedo sorprendido y un poco asustado yo también. Continúa lloviendo cada vez más fuerte, como si hubiera empezado el diluvio universal. Pronto será de noche, cerrarán las puertas del jardín, corro el riesgo de quedarme dentro si no me atrevo a desafiar el agua y el barro, como la mujer. Viene a salvarme el guarda, refugiado bajo un gran paraguas rojo. Sin duda lleva la cuenta de la gente que entra. “¿Ha salido ya la mujer que estaba aquí conmigo?”, le pregunté. “¿La mujer? Esta tarde no hubo más visitas que la suya. La tormenta estaba anunciada y todo el mundo se quedó en casa, salvo los turistas”. Cuando salía por la gran puerta que custodian las esfinges –ya había comenzado a amainar la lluvia–, me di la vuelta y creí verla al fondo del paseo de las palmas. Por la noche soñé que yo era Adán y ella Eva y el Jardín Botánico una versión didáctica del paraíso. Con un rotulador y unas cartulinas, íbamos poniéndole nombre a los árboles y las plantas. Al día siguiente, lucía un sol espléndido y aunque yo tenía otros planes, al llegar a la estación central, en lugar de subirme a un tren para ir hasta Bagheria, seguí por via Lincoln y me dirigí de nuevo al Jardín Botánico. Antes de mí, entró un ruidoso grupo turístico. Me dirigí en dirección contraria. Buscaba, absurdamente, sin querer reconocerlo, a aquella mujer que había huido de mí. Recordaba el comienzo del Orlando furioso narrado en prosa por Italo Calvino: “Al principio, hay solo una mujer que huye; corre para entrar en un poema que acaba de empezar”.
            ¿También aquella mujer corría para entrar en una historia que acababa de empezar? Muchas veces volví a soñar con aquel encuentro y ahora, leyendo Asesinato en el Jardín Botánico, me he decidido por fin a correr tras ella. La he tranquilizado y sentados en un banco (ha dejado de llover, han cerrado el jardín y nos hemos quedado dentro), a la luz titilante de las estrellas, me ha contado su historia. Algún día la contaré yo.


Viernes, 17 de febrero
QUÉ ABSURDO

El pequeño Martín (este domingo cumple cinco meses) todo lo mira con sus grandes ojos asombrados y nunca dice nada. Qué absurdo le debe parecer, recién llegado del paraíso, este mundo nuestro.



domingo, 12 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Los visitantes


Viernes, 3 de febrero
EN EL SAVANNA

Nada más salir de casa, al dar la vuelta a la primera esquina, me acordé de que me había olvidado del libro que un amigo me había pedido que le prestara, las traducciones de la poesía griega de Joan Ferraté, y volví en su busca.
            No habían pasado ni cinco minutos fuera, pero todo lo encontré patas arriba: los libros en el suelo, las sillas de la cocina volcadas, las macetas rotas y con la tierra esparcida por todas partes. Me asusté, volví a salir al descansillo, cerré de un golpe la puerta. Cualquiera que hubiera hecho eso, debía estar todavía dentro.
            Saqué el teléfono para llamar al 091, pero cambié de idea y preferí llamar a un amigo. Dentro no se oía nada y quizá aquel estropicio tuviera una explicación natural. A fin de cuenta soy bastante desordenado y más de una vez un montón de libros se ha venido al suelo con estrépito dándome un buen susto. Pero José Havel, como es frecuente, tenía el teléfono desconectado. Tampoco respondía Marcos. “¡Tenga uno amigos para eso!”, me dije. Bajaba entonces la escalera un vecino y le pregunté si podía entrar conmigo en casa. “He estado fuera un momento y creo que han entrado ladrones”.
            Miramos habitación por habitación: no había nadie. Tampoco me pareció que faltara nada. “Más o menos así suelen dejarme el piso que tengo alquilado a estudiantes cuando se marchan al final del curso”, bromeó. "Lo más extraño es que cuando salí todo estaba perfectamente y no tardé ni cinco minutos en volver".  No me acababa de creer: "Si usted lo dice... Hay que tener cuidado con quien uno invita a beber o a lo que sea a casa; hoy no te puedes fiar de nadie”.
            Arreglé mínimamente aquel desbarajuste y el resto lo dejé para la asistenta, que llegaría en una hora. Cogí el libro de Ferraté y me fui a tomar el habitual café en Las Salesas. No podía quitarme aquel extraño asunto de la cabeza. Llamé a la asistenta para avisarla de lo que se iba a encontrar. Me dijo que no me preocupara, que esas cosas –no sabía yo muy bien a qué cosas se refería– pasan. Comí fuera. Cuando volví todo estaba en su sitio, ordenado y reluciente. Llamé a la asistenta para agradecérselo. Ella creía que le había gastado una broma. "Iba asustada y fue el día de menos trabajo", me dijo.
            Miré los libros. Ni la más mínima alteración del orden alfabético, como a mí me gusta. Desbaratarlos es cuestión de unos pocos minutos, pero volver a colocarlos en su lugar lleva su tiempo. ¿Quién lo había hecho? Estuve preocupado dos o tres días, pero acabé no dándole mayor importancia al asunto. Hasta que volvió a ocurrir y esta vez sí, allí estaban ellos...
            ––¿Quiénes?, preguntaron a coro los contertulios del Savanna.
            ––Ellos, ya sabéis, siempre son ellos.
            Sonrieron mirándose con complicidad. Yo procuré cambiar de tema y saqué a relucir la última antología de la joven poesía española; todos tenían que decir algo al respecto, a todos les parecía un bodrio, salvo al único poeta de la tertulia incluido en ella. A la salida, discretamente, me pasaron una tarjeta con la dirección de un psiquiatra: “Es muy bueno, a mí he ha ido muy bien”.
            Pero en materia de salud mental yo soy de los que se automedican. De vez en cuando me tiendo en el diván y juego a psicoanalizarme. Me va bastante bien y el tratamiento es gratis. Pero no intento comprenderlo todo. Hay cosas que pasan y carecen de explicación. A fin de cuentas, la realidad no necesita ser verosímil.


Sábado, 4 de febrero
UN CUENTO

“¿Pero todo eso que cuentas es verdad?”, me pregunta algún despistado que ignora mi falta absoluta de imaginación.
            Sonrío. Hay cosas de las que solo soy capaz de hablar si consigo que parezcan un cuento.


Domingo, 5 de febrero
TURBINA EN ESTERCOLERO

El último sábado le di un contundente bastonazo al último libro de Jon Juaristi, irritado por el que me parecía desprecio del autor hacia su propio talento y hacia los lectores. Un amigo común, Ángel Gómez Moreno, me cuenta que Juaristi ha tenido que pasar por el hospital como consecuencia de una caída y mi mala conciencia se acentúa. No sé cómo me las arreglo pero siempre acabo dando palos a los libros de los amigos.
            Pero mi mala conciencia desaparece de pronto cuando leo artículo suyo publicado en ABC. Replica a la reedición de La desfachatez intelectual, el libro de Sánchez Cuenca titulado, una obra que yo comenté elogiosamente. Copio algunos pasajes del artículo: “Como después se demostró, dicho libelo formaba parte de una campaña para establecer una lista definitiva de intelectuales reaccionarios y en consecuencia ajusticiables tras la inminente llegada al poder de una gran coalición de izquierdas encabezada por Pedro y Pablo (doble nombre, por cierto, de una famosa cárcel de San Petersburgo). Luego las cosas no salieron como esperaba el autor, pero Sánchez Cuenca no se hizo el harakiri, que habría sido el único gesto honorable en su indecente vida de soplona”.
            Otro parrafito: “Pero lo que parece ya verdaderamente escandaloso es la permanencia de semejante membrillo al frente de un instituto financiado por la Universidad Carlos III y la Fundación Juan March, desde donde ejerce de turbina en estercolero. Ni una ni otra institución necesitan seguir pagando impuesto revolucionario a un detrito tóxico del zapaterismo. Por mi parte, suspendo cualquier relación personal con ambas hasta que cierren el grifo de las subvenciones al chiringuito de marras, e invito a los demás insultados por Sánchez Cuenca (y a la gente decente en general) a hacer lo mismo”.
            Sobran los comentarios. Solo una aclaración para quienes no hayan leído La desfachatez intelectual: los insultos del autor, las delaciones que le permiten a Juaristi hablar de “su indecente vida de soplona”, se limitan a citar párrafos de los artículos de Savater, Azúa, Prada, o Juaristi (el que a menudo resulten sonrojantes no es culpa de Sánchez Cuenca).


Miércoles, 8 de febrero
APRENDO A SER COMEDIDO

Comento el artículo de Juaristi con un amigo y a él no le parece tan grave. “Más o menos, eso mismo es lo que haces tú con el bueno de Javier Fernández. Pero todos vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Afortunadamente, la mayoría no piensa como tú, que de literatura sabrás mucho, pero que en política no das una en el clavo. Mira lo que dicen hoy los periódicos”. Y me alarga El País, últimamente mi monstruo favorito, abierto por una página en la que, en la parte superior, se lee en grandes letras: “El PSOE es el único de los grandes partidos que sube”. Y en La inferior, a la derecha: “Javier Fernández se estrena con nota al frente de los socialistas”.
            “Lee, lee, y cuando vuelvas a hablar de Javier Fernández en tu diario pide disculpas por el mal trato que le diste cuando por el bien de España dio una patada en el trasero al guaperas al que unos cuantos millones de despistados aupasteis con vuestro voto”.
            Y yo leo, leo y me entero de que los cuatro grandes partidos siguen manteniendo, más o menos, el mismo porcentaje de votos que en las últimas elecciones, salvo el PSOE, que del 22.7 ha pasado al 18,6 que le dan ahora las encuestas y de encabezar la oposición a ocupar el tercer puesto. Y este batacazo se debe a una operación –Cebrián y González de por medio– supuestamente motivada por el mal resultado electoral. Parece que les ha salido el tiro por la culata. Los de Podemos hicieron todo lo posible por superar al PSOE en las elecciones y no lo consiguieron. Pero en esto llegó Javier Fernández, y sin que ellos tengan que hacer ningún esfuerzo (están enredados en la guerra interna) les regala ese codiciado sorpasso. No me extraña que esté entre los preferidos por los votantes (salvo los de su partido, por cierto). Ocupa el puesto que durante varios años ocupó Rosa Díez. Pero yo no pienso hablar mal de él. Me respeto demasiado como para convertirme en un insultante Juaristi o en un Azúa. Me limitaré a expresar mi deseo de que cuando, más pronto que tarde, se vaya como Rosa Díez al rincón de los juguetes rotos no se lleve con él, como hizo ella, a su partido.


Jueves, 9 de febrero
EN PIAZZA DEL DUOMO

No sé por qué me acordé de aquel domingo, sin nada que hacer, en la vieja ciudad provinciana, dándole vueltas a la Piazza del Duomo, sentándome algún rato al sol en la gradas de la Fontana dell’Elefante. Se me acercó un hombre que me dijo algo en una lengua que no entendí, luego cambió al italiano. Al parecer había perdido un manojo de llaves. "Debieron caérseme por aquí. Estuve sentado ahí al lado. ¿No las ha visto usted?" Las vi entonces, medio escondidas por un viejo periódico. Se las señalé y, para demostrarme su alegría, quiso invitarme a tomar algo. Se notaba que estaba solo y tenía ganas de charlar. Pero yo me encontraba en uno de esos momentos de misantropía en que no me apetece hablar con nadie, ni siquiera conmigo. Me disculpé amablemente y seguí allí, medio aletargado, como si no hubiera ayer ni mañana. Y entonces ocurrió lo inesperado. Recordé el título de André Maurois: Siempre ocurre lo inesperado. El mimo que con sus aros y su bombín había estado haciendo una función de circo callejero al otro lado de la plaza terminó su función, recogió sus trastos y, cuando me quise dar cuenta, lo tenía plantado ante mí. "¡Quién me iba a decir que le iba a encontrar aquí, profesor!" Llevaba la cara pintarrajeada de blanco. Aunque no la llevara, seguro que no le habría reconocido. No soy muy buen fisonomista. Pero no era un alumno y no tardé en reconocerle. Vivía en un piso compartido en la parte alta de la ciudad. Le acompañé hasta allí y mientras se quitaba el maquillaje y se vestía de civil, yo me dediqué a curiosear los libros que llenaban una de las paredes. Me entretuve hojeando un volumen de cuentos de Giovanni Verga (había estado en su casa-museo, en Vía Santa Anna, muy cerca del Duomo) y al ir a devolverlo a su sitio algo me llamó la atención, medio escondido tras los libros. Era una pistola, o un revólver, yo no sé la diferencia, y no parecía de juguete. Lo tomé en las manos, inconscientemente, sin saber muy bien lo que hacía, y en ese momento apareció Marco en la habitación, recién duchado. La sonrisa que yo conocía tan bien desapareció de inmediato. Con un grito se abalanzó sobre mí y me quitó la pistola. Luego los dos nos quedamos callados, sin saber qué hacer ni qué decir. "La encontré sin darme cuenta", dije yo. "Debe de ser de algún compañero de piso", dijo él. "Aquí es rara la gente que no guarda un arma en casa, declarada o sin declarar, por lo que pueda ocurrir". No se volvió a hablar del tema, pero yo no me encontraba a gusto. Comimos en una trattoria cercana y luego yo tenía que pasar por el hotel, no le dije cuál era, no quise que me acompañara y no le volví a ver. A veces lo lamento.



domingo, 5 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: La realidad y otras novelas


Sábado, 28 de enero
MUERTE EN PALACIO

Empezar a leer una novela y encontrarse uno en el primer capítulo no ocurre todos los días. El informe Casabona, de Sergio Vila-Sanjuán, comienza en el Palacio Real durante la recepción de cada 22 de abril. Ese día los reyes ofrecen una comida a diversos representantes del mundo cultural en la que es invitado de honor el premio Cervantes, que se entrega al día siguiente. Vila-Sanjuán caricaturiza a unos cuantos invitados y entre ellos al “Dietarista de Provincia, de aspecto funcionarial, cáustico y atento a la minucia, que sobre todo si es malvada reproducirá muy pronto en su blog”.
            No me parece que haya muchas dudas sobre a quién se refiere. En la primera de esas comidas, en 2015 (se trata de una costumbre iniciada por Felipe VI), me colocaron junto a Vila-Sanjuán en una esquina de la gran mesa del comedor de gala. Apenas nos sentamos, comenzó a echarme en cara lo que yo había dicho de él en mi blog a propósito de ya no recuerdo qué. Tras el desahogo, quedamos tan amigos. Es buena persona, sospecho que mejor persona que novelista.
            El invitado de honor, que no es el premio Cervantes, como en la realidad, sino un destacado empresario, mientras el rey lee su discurso se desploma sobre la “crema de guisantes a la menta” que constituía el primer plato. ¿Pero dónde se vio que el rey se ponga a discursear con la comida servida y enfriándose?
            En nota final, nos indica el autor que ha modificado detalles del protocolo “por necesidades narrativas”. No veo esa necesidad por ninguna parte. La comida comienza a servirse una vez que el rey ha leído su breve discurso.
            Luego el “diaterista” (qué palabreja) ya no pinta nada en la novela, una novela realista que sin embargo no parece cuidar mucho los pequeños detalles que hacen verosímil la ficción.  A mí me habría gustado ser el detective que aclara el enigma tras averiguar que la mayoría de los invitados, comenzando por los reyes, estaban interesados en la muerte del empresario Casabona. Me divierto tras leer los primeros capítulos imaginando esa otra novela que estaría a medio camino entre Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie y Asesinato en el Comité Central de Vázquez Montalbán.


Domingo, 29 de enero
SAN PEDRO Y LA CALAVERA

Lo he contado tantas veces que a mí mismo ha acabado pareciéndome una historia inventada. Allá por 1970, durante un curso, di clases como profesor en prácticas en el colegio de San Pedro de los Arcos (guardo todavía un ejemplar de Naranco, la revista que editada con los niños en borroso ciclostil). Situado junto a la iglesia de la que tomaba el nombre, el patio del colegio, todavía a medio construir, carecía de muro y más de una vez los niños se iban a corretear entre las tumbas del antiguo cementerio. Un día me dijo uno de ellos: “Maestro, maestro, están jugando al fútbol con una calavera”. Y efectivamente, como en una parodia de Hamlet, me encontré a varios niños dándole patadas a una. 
            En el diario El Comercio dedican un reportaje a conmemorar los cincuenta años de ese colegio. Entrevistan al primer alumno matriculado, José Vázquez, y resulta que él es, si no el que me avisó,  sí uno de los niños que jugaban con la calavera: “Rememora también cómo, hace cincuenta años, entre el antiguo cementerio de San Pedro de los Arcos y el patio, había una pared que muchos escolares saltaban cuando tenían un rato libre.  En el recreo, algunos de ellos traspasaban esa barrera para jugar con los huesos que desenterraban. Tal era la afición que tenían que un día lanzaron una calavera desde el otro lado y cayó a los pies de Vázquez”.



Lunes, 30 de enero
MIS LIMITACIONES

No soy la única persona que lee todos los días el horóscopo en el periódico, pero debe ser la única que lo reconoce. Me divierte. Y a veces me da buenos consejos. “Trate de sacar todo el partido posible a sus limitaciones”, leo esta mañana. Es lo que llevo haciendo desde hace bastantes años.


Miércoles, 1 de febrero
PERIODISTAS SUICIDAS

Los periodistas ya no saben qué hacer para denigrar los periódicos. El último en sumarse a la campaña ha sido mi admirado Manuel Jabois. Sospecho que a partir de ahora le admiraré un poco menos. Y no por sumarse a esa campaña suicida para su oficio, sino por el poco ingenio que ha demostrado al hacerlo.
            Así comienza su columna de este miércoles el columnista estrella del diario antaño de referencia: “Hoy entré en un bar a comer, pregunté por pura melancolía si tenían prensa y tras la respuesta salí a la calle a buscar periódicos, no sin antes dejar encargados espaguetis con carbonara”.
            Amigo Jabois: si en un bar no hay prensa, es la excepción, no la regla. Nada le gusta más al personal que hojear gratis el periódico. Donde puede no haberla es en los restaurantes, sobre todo si son de alguna categoría. Sentarse a comer leyendo el periódico es una estampa de otro tiempo, de viajantes llenos de caspa y melancolía.          
“No era la primera vez que me ocurría”, continúa. Pues si no es la primera vez que te ocurría y te gusta comer leyendo el periódico, ¿no se te ha ocurrido comprarlo? Por un euro y medio (que es lo que cuesta en el que tú escribes), te ahorrarías el tener que estar pendiente, no solo de si hay o no prensa en el bar, sino de si está ocupada, porque me imagino que no esperarás que tengan un ejemplar para cada cliente.
            Su mala costumbre es heredada: “Yo como delante de un periódico de papel de la misma manera que come mi padre y comía mi abuelo”. No nos dice si son viudos o están divorciados o si su madre y su abuela eran unas santas de infinita paciencia. ¡Debe de ser duro comer día tras día con un señor que se tapa la cara con el periódico!           
Continúa la historia: sale a la calle, camina quince minutos y no encuentra un quiosco. Y podía haber caminado una hora. Los quioscos no son como las farolas que se colocan cada pocos metros. Debería haber preguntado primero dónde había uno. O mejor, haber comprado el periódico antes, si es que le gusta leerlo mientras come.           
            La columna es breve, pero a Jabois no se le ha acabado el catálogo de tonterías. En lugar de disfrutar de los espaguetis a la carbonara, pide algo atrasado que tuvieran por ahí, como si estuviera en la consulta del dentista o fuera a ir al baño. Le traen una revista de 2015 y aprovecha para hacer un chiste: cree reconocer a Donald Trump y resulta que es Terele Campos.
            Tras comerse los espaguetis mirando una revista atrasada (y no la televisión como se hace en los restaurantes cutres), regresa al hotel, escribe el primer párrafo de su artículo y se pone a leerlo “con el consiguiente pitillo y la consiguiente alarma, que me obligó a dar explicaciones penosas en pijama al resto de clientes”. O sea que Jabois. después de comer, se pone el pijama, escribe unas líneas en un folio, enciende luego un cigarrillo y automáticamente todos los clientes del hotel entran en su habitación para pedirle explicaciones (suponemos que llamarían antes).    
            ¿Vale la pena seguir? Sigamos: “La evolución del negocio, su traslado general a la pantalla, me ha llevado a situaciones que hace años serían surrealistas”. Antes, cuando veía a alguien en la calle con un periódico bajo el brazo pensaba: “Ahí va un lector”. Ahora: “Ahí va un periodista”. Cito: “La imagen del diario bajo el brazo me resulta tan llamativa que la explicación es que esa persona viene –o va– a su Redacción; nunca he preguntado por si me responde que sí”.
            Pues pregunta, pregunta antes de hablar. ¿Desde cuándo los periodistas compran un ejemplar del diario en que trabajan y lo llevan a la redacción?
            Claro que el artículo no es autobiográfico, pero inventarse algo así para decirle a quien lee esos disparates “qué haces, eres un dinosaurio, alguien a extinguir, deja de comprar en el quiosco el periódico para el que trabajo”, me parece todo un penoso autorretrato intelectual.
            Pero como la historia de la comida sin periódico se le acaba y aún no ha terminado la columna, cuenta una anécdota: “Mourlene Michelena llegó un día de invierno al Café Comercial y le dijeron al entrar: ‘¿Ha visto qué frío, don Pedro?’. ‘Si’, contestó, ‘lo he leído en el Ya’. Hoy don Pedro, si lee eso antes de salir de casa, baja en bañador”.
            ¿Qué tendrá que ver el que se lean o no los periódicos en papel con su credibilidad? ¿Un periódico es menos creíble en versión digital?
            ¡Cuántas tonterías tienen que escribir los columnistas para ganarse la vida! Afortunadamente, y a pesar de todos los Jabois de este mundo (o del Cebrián que los mande), los periódicos y los libros en papel siguen teniendo (como siempre han tenido) una mala salud de hierro. Todavía hay mucha gente que disfruta con ellos y que está dispuesto a pagar por ellos. Sin que eso suponga negar que las noticias también se escuchan en la radio (yo, si estoy en casa, como siempre a las dos y escuchando las noticias de Radio Nacional), se ven en la televisión, se leen en el teléfono (yo, los titulares y poco más), en el ordenador o en la tablet. Medios complementarios, cada uno con sus ventajas y sus inconvenientes, cada uno el mejor de todos si es al que estamos acostumbrados. (Pido disculpas por estas obviedades: yo no podría ser columnista, amo más la sencilla verdad que la apocalíptica tontería,)


Jueves, 2 de febrero
REPÚBLICA BANANERA

No hablo de política, ¿para qué? Ya se habla demasiado. Pero me extraña que nadie haya dicho que Estados Unidos, que se ha pasado la historia dando lecciones de democracia, no es más que una república bananera. Y no lo digo porque hayan elegido a un impresentable (podía ser un nuevo Lincoln y daría igual), sino porque en ningún país democrático se aceptaría que, si se presentan dos candidatos para un cargo, lo obtenga el menos votado. Vamos a suponer que Maduro, en las elecciones presidenciales de Venezuela, obtiene dos o tres millones de votos menos que el candidato de la oposición, pero que sin embargo es nombrado presidente porque según la constitución son los departamentos los que deciden y da la casualidad de que los de mayor fidelidad al bolivarismo cuentan con más peso electoral. Nadie reconocería a un gobernante así. Y Felipe González sería el primero en justificar una intervención armada para derrocarle.
            Estados Unidos, en lo que se refiere a la elección de su presidente, no puede darle lecciones de democracia, no ya a la Rusia de Putin o a China, sino ni siquiera a la República de Guinea.